sábado, 19 de enero de 2019


Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentándome sólo a los hechos esenciales de la vida, y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, no fuera que cuando estuviera por morir, descubriera que no había vivido.

No quería vivir nada que no fuera la vida. Pues vivir es algo muy valioso, ni tampoco practicar la resignación, a no ser que fuera absolutamente necesario. Quería vivir intensamente y extraer el meollo de la vida, vivir de manera tan dura y espartana como para apartar todo lo que no fuera la vida, surcar una divisoria y llevar la vida hasta un rincón y reducirla a sus elementos básicos. Y, si resultaba mezquina la vida, obtener entonces toda su genuina mezquindad y hacerla pública al mundo. Y, si resultaba sublime, saberlo por experiencia y poder dar cuenta de ello en mi próxima excursión.

Me parece que la mayoría de los hombres se halla en una extraña incertidumbre acerca de si la vida es cosa del diablo o de Dios. Y que han decidido, algo apresuradamente, que el fin principal del hombre es “dar gloria a Dios y gozar de Él eternamente”.

Henry David Thoreau

viernes, 18 de enero de 2019

El viaje


Un día por fin supiste
lo que tenías que hacer, y lo empezaste,
aunque a tu alrededor algunas voces
insistían en gritar
malos consejos…
aunque toda la casa
se puso a temblar
y sentiste el viejo tirón
en los tobillos.
“¡Arréglame la vida!”,
gritaba cada una de las voces.
Pero no te detuviste.
Sabías lo que tenías que hacer,
aunque el viento husmeara
con sus dedos rígidos
hasta en los cimientos,
aunque su melancolía
fuese tremenda.
Ya era bastante tarde
y era una noche espantosa
y la carretera estaba llena
de ramas y piedras caídas.
Pero poco a poco,
a medida que dejabas atrás sus voces,
las estrellas comenzaron a arder
a través de las láminas de nubes,
y se oyó una voz nueva
que lentamente
reconociste como tuya,
que te hacía compañía
mientras a zancadas
penetrabas cada vez más en el mundo,
con la decisión de hacer
lo único que podías hacer…
la decisión de salvar
la única vida que podías salvar.

Mary Oliver

jueves, 17 de enero de 2019


Cuando te veo así, mi cuerpo, tan caído
por todos los rincones más oscuros
del alma, en ti me miro,
igual que en un espejo de infinitas imágenes,
sin acertar cuál de entre ellas
somos más tú y yo que las restantes.
Morir.
Tal vez morir no sea más que esto,
volver suavemente, cuerpo,
el perfil de tu rostro en los espejos
hacia el lado más puro de la sombra.

José Ángel Valente

miércoles, 16 de enero de 2019

Paisaje con río


Los hombres han dejado de temblar sobre la noche,
de extraviar el fuego de los muertos
que dulcemente llaman bajo el peso del mundo.
No estoy dormida, sólo juego a caer sobre los sueños
como una tierna aguja.

No quiero deshacer el nudo que me afirma
a la sangre de los iluminados,
yo quiero que mi voz descuelgue del cilantro
y que el índice marque el cuello del embudo
donde resbala el día como un veloz jinete:
esa aventada huella,
su derrota.

Voy a nombrar la esquela de los locos,
de los que guardan el cordón del grito
en la eterna preñez del desamparo:
Ofelia con su luz ahogada,
la mano de Celan abriéndose al paisaje
como un ala difunta sobre el Sena.
Hay en la pureza alguna lengua rota
donde la oscuridad reniega de sus hijos
y los arroja al vaso silencioso
para beber la culpa,
esa infinita culpa.

Todo lo que el dolor alcanza se hace libre
o necesario
o verso.

Sara Castelar Lorca

martes, 15 de enero de 2019

Taberna Gonzalo


Dos hombres se dicen, se desmadejan.

¡Oh tarde de los Generales!

Cerrar los ojos y que las verdades rojas
o las muchachas de la fruta,
las tres fotografías de cuando,
¿te acuerdas?
la policía, su prisa de almidón
y nosotros corriendo, con los bolsillos
llenos de carbón y futuro:
por los tejados, el gato,
apóstol del presente.

Dos hombres diciéndose, en las hilachas.

¡Oh noche de los Generales!

Mi último poema es más viejo que yo.
Aún puedo ver las farolitas de cuando,
las bellas ratas del amanecer,
¿también tú?
Hasta la policía se cansa
y nos arde el bolsillo si recordamos mucho:
por los tejados, el gato,
bujía del pasado.

Iván Onia Valero

lunes, 14 de enero de 2019

Traspié de dos estrellas


¡Hay gentes tan desgraciadas que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tanto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!

¡Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar toda su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres!


¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora, ...
el que suda de pena o de vergüenza,
aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,
el que paga con lo que le falta,
el que duerme de espaldas,
el que ya no recuerda su niñez;
amado sea el calvo sin sombrero,
el justo sin espinas,
el ladrón sin rosas, rosas,
el que lleva reloj y ha visto a Dios,
el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!

César Vallejo
fotografía de Chema Madoz

domingo, 13 de enero de 2019


Toda semana debe empezar con un asesinato.
Decía el poeta "me interesa sobre todo el presente porque es el sitio donde voy a vivir el resto de mi vida".
A mí me importa sobre todo lo que dure el pan, lo que de tierno ofrezca. Igual que del estraperlista me interesa que, cuando se abra la gabardina, sea capaz de hacerme creer en el oro de los relojes y las esclavas, que me prometa que son verdaderos los Rolex o el Bulgari, del pan quiero creer que su ternura es infinita, que la miga seguirá siendo tierna mañana. Harinas y levaduras, esos otros relojes falsos.
Y me interesa el periódico, su actualidad destartalada, su naturaleza de insecto tonto. Si una mosca dura de media veintiocho días y, en ese tiempo, le da lugar a enamorarse, aparearse, conocer el paraíso de una sandía, del hueso de un melocotón o de la cabeza de una sardina, el periódico de la mañana llega a la tarde herido de muerte y por la noche es un fiambre, un finado que se vela a sí mismo encima de la mesa, entre ofertas de supermercados y restos de la cena. El periódico al final del día siempre tiene una mancha de aceite del desayuno por donde empezó a entrarle la muerte.
Es necesario el crimen. Para que esta mañana tenga enjundia, gravedad, peso de actualidad y sangre de lunes, es indispensable asesinar a quienes éramos el viernes, el pasado jueves ¿quién se acuerda de qué almorzó el último martes?, ¿en qué cloaca navegarán ahora esos tallarines a la boloñesa o la merluza con guisantes?
El cementerio lleno de cadáveres de mí mismo, eso me interesa. Visitar a mis yo muertos, ser la viuda de mí mismo, llevarme flores de tomate, llorar tres lágrimas virgen extra.
Para enamorarme todos los días, tengo que matar al enamorado de ayer. Si mañana quiero estar vivo, tienen que encontrar mi cadáver a medianoche.
En eso se me va la vida.

Iván Onia Valero

sábado, 12 de enero de 2019


Mi mujer de cabellera de fuego de madera
De pensamientos de relámpagos de calor
De cintura de reloj de arena
Mi mujer de cintura de nutria entre los dientes del tigre
Mi mujer de boca de escarapela y de ramo de estrellas de última magnitud
De dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca
De lengua de ámbar y de vidrio frotadas
Mi mujer de lengua de hostia apuñalada
De lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
De lengua de piedra increíble
Mi mujer de pestañas de palotes de escritura infantil
De cejas de borde de nido de golondrina
Mi mujer de sienes de pizarra de techo de invernadero
Y de vaho que empaña los cristales
Mi mujer de hombros de champaña
Y de fuente con cabezas de delfines bajo el hielo
Mi mujer de muñecas de cerillas
Mi mujer de dedos de azar y de as de corazones
De dedos de heno cortado
Mi mujer de axilas de marta y de haya
De noche de San Juan
De ligustro y de nido de escalares
De brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de mezcla del trigo y del molino
Mi mujer de piernas de cohete
De movimientos de relojería y de desesperación
Mi mujer de pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer de pies de iniciales
De pies de manojos de llaves de pies de calafates que beben
Mi mujer de cebada no perlada
Mi mujer de garganta de Valle de oro
De cita en el lecho mismo del torrente
De pechos de noche
Mi mujer de pechos de topera marina
Mi mujer de pechos de crisol de rubíes
De pechos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer de vientre de despliegue de abanico de los días
De vientre de garra gigante
Mi mujer de espalda de pájaro que huye vertical
De espalda de azogue
De espalda de luz
De nuca de canto rodado y de tiza mojada
Y de caída de un vaso en el que acaba de beberse
Mi mujer de caderas de barquilla
De caderas de lucerna y de plumas de flecha
Y de tronco de plumas de pavo real blanco
De balanza insensible
Mi mujer de nalgas de gres y de amianto
Mi mujer de nalgas de espalda de cisne
Mi mujer de nalgas de primavera
De sexo de gladiolo
Mi mujer de sexo de yacimiento de oro y de ornitorrinco
Mi mujer de sexo de alga y de bombones antiguos
Mi mujer de sexo de espejo
Mi mujer de ojos llenos de lágrimas
De ojos de panoplia violeta y de aguja imantada
Mi mujer de ojos de sabana
Mi mujer de ojos de agua para beber en prisión
Mi mujer de ojos de madera siempre bajo el hacha
De ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego

André Breton

viernes, 11 de enero de 2019


Las distancias no miden lo mismo
de noche y de día.
A veces hay que esperar la noche
para que una distancia se acorte.
A veces hay que esperar el día.
Por otra parte
la oscuridad o la luz
teje de tal manera en ciertos casos
el espacio y sus combinaciones
que los valores se invierten:
lo largo se vuelve corto,
lo corto se vuelve largo.
Y además, hay un hecho:
la noche y el día no llenan igualmente el espacio,
ni siquiera totalmente.
Y no miden lo mismo
las distancias llenas
y las distancias vacías.
Como tampoco miden lo mismo
las distancias entre las cosas grandes
y las distancias entre las cosas pequeñas.

Roberto Juarroz

jueves, 10 de enero de 2019

El infinito


Amé siempre esta colina,
y el cerco que me impide ver
más allá del horizonte.
Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
me encuentro con mis pensamientos,
y mi corazón no se asusta.
Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
la realidad presente y todos sus sonidos.
Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y naufrago dulcemente en este mar.

Giacomo Leopardi

miércoles, 9 de enero de 2019


Tú con la palabra que yo dije,
tú con tu silencio,
tú contigo misma
en el mundo su-
bi-
da,

tú mi amor:

perdida, extra-
viada, una
y ora vez
regresada en el dolor: es

tarde.

Ayúdame,
ayúdate,
ayuda.

El camino de horas anduvo lo que dije.
El camino de horas anduvo lo que callé.
Anduvo y anduviste,
por lo infinito anduviste,
hacia delante y hacia atrás,
hacia ninguna parte, hacia la palabra, hacia allí.

Deja.
Un nombre se te abre,
otro:
quédate.

Paul Celan

martes, 8 de enero de 2019

Inmortal sonata de la muerte (fragmento)


A veces me pregunto cómo será el concierto de solemne, de melódico y de increíble cuando vaya a morir; todos los violonchelos y las guitarras, todos los clavecines, los oboes, los clavicordios y muchas y dulcísimas gargantas de mujer en un himno majestuoso que podría traducirse así: en el océano de la vida y del tiempo, tú, criatura humana, sin saber ni una sola cosa que te sirva para ser inmortal, inmortalmente existes, a escasos años de tu disolución.
Al fin he descubierto el verdadero nombre del insomnio. Pasan los siglos como mansos bueyes, los acontecimientos como caballos con la crin dura por la velocidad. Pasan las canas en una multiplicación sistemática y clandestina. Pasa mi padre hacia donde le aguarda el suyo. Pasan todos cuantos conozco, todos aquellos que amo. Pasa la especie donde habito. Pasa todo en silencio. Somos los lentos forajidos que inventamos los mitos, las religiones y la historia, el lenguaje, las drogas y el amor, únicamente porque sabemos que vamos a morir. Ahora sé que un abrazo lleva al fondo un pequeño violín de espanto, una matriz de desconcierto. Y en la alta noche, a unos pasos de los antiguos y a unos pasos de nuestros futuros arqueólogos, nos sentamos sobre las mantas, ateridos de perplejidad y de emoción. Y algo gigante y cósmico nos acaricia un poco nuestra cabeza ebria, antes de que tengamos tiempo de llegar, como locos, al interruptor de la luz.

Félix Grande

lunes, 7 de enero de 2019


Igual que quien injerta
sobre la rama abierta el brote nuevo,
así te llevo en mis brazos al dormirte.
Me ha pesado entender que dando vida
estás atándote a la vida,
y creces cuando ayudas a crecer.
Cada día me ato más a ti
para que corra el tiempo por nosotros.
Te llevo en brazos
pero eres tú quien me sostiene.

Juan Manuel Romero

domingo, 6 de enero de 2019


De las tres cosas que me ocurrieron ese sábado, me quedo con la primera de ellas.
Sucedieron; segundo, en otra librería, de segunda mano ésta, encontré libros de poetas que conocía, muy nuevos (los libros) vendiéndose, dedicados con cariño por éstos a otras personas, que también conozco, y a las cuales ya no miro del mismo modo. Ahora desconfío de ellos y pienso mucho en la elegancia. A veces basta con arrancar la página donde te dedicaron un libro antes de vender al peso la carne magra de lo leído y desahuciado.

Tercero pasó una cosa muy sencilla y, no por cotidiana (me ha pasado alguna vez con un tomate), menos asombrosa, me enamoré de un melocotón en una frutería, así, sin más, a primera vista. Y a esta hora, siete y cuarto del día diez del mes junio del año 17 después del segundo milenio (China al margen), ese amor me está bajando, descuartizado, esófago abajo.

Antes de todo eso, ocurrió lo primero. En una librería, antes de pagar y viendo que yo compraba un poemario, una mujer joven le explicaba al librero cómo jamás la poesía le había interesado. Imaginad mi alegría, casi le planto dos besazos a ese pedazo de mujer. Se dirigió a mí y fue cuando me preguntó directamente si decir allí eso era políticamente incorrecto, a lo que respondí, mientras guardaba el libro en la mochila, que era algo maravilloso y que la envidiaba como no podía imaginar. También le dije que el verdadero problema es que estamos, todos, demasiado coaccionados por la idea de no llegar a un sitio supuestamente fascinante, nos frustra oír a cada paso que los libros son mesiánicos y mejores que cualquier otra realidad, cuando lo realmente escandaloso, señora mía, es decir aquí, donde nos encontramos, que el 80% del material que una librería vende es basura que el mar no traga y flota por estanterías y olas. La poesía, en su mayor y obscena parte, sólo es material inflamable y ése debería ser su único destino.
Creo que me tomó por una especie de pirómano porque se despidió con una prisa fabricada en ese instante y me dejó el lugar común en los labios de la pregunta más típica del mundo: “pero, ¿qué es la poesía?”.

De los cientos de vídeos de la Novena Sinfonía de Beethoven que hay en internet, hay uno que me gusta especialmente, se trata del de la Filarmónica de Viena, dirigida por Christian Thielemann. Hay un detalle del que sólo me percaté después de unos cuantos visionados. Más allá del éxtasis final y, en ese instante en el que la marea de aplausos está a punto de abalanzarse como un puma sobre los músicos para devolverlos a la realidad, la cámara recoge en el plano del director (que aún no ha regresado de 1824) a un violinista rubio, muy triste o preocupado porque en el último movimiento, las crines de su arco han saltado por los aires.
De modo que a un lado tenemos la gran obra de la historia de la música acabada de ejecutar magistralmente, dos siglos después, en el lugar donde a su autor le hubiese gustado escucharla y no pudo, con el público flotando en un orgasmo de violines y coros. Y, frente a ésto, hallamos a un chico rubio, delgado y pálido que mira su arco roto.
Dura apenas dos o tres segundos esa mirada en el centro de la Musikverein de Viena. Dura tanto, en realidad.

Iván Onia Valero

sábado, 5 de enero de 2019

Anclao en París


Al que extraño es al viejo león del zoo,
siempre tomábamos café en el Bois de Boulogne,
me contaba sus aventuras en Rhodesia del Sur
pero mentía, era evidente que nunca se había movido
del Sahara.

De todos modos me encantaba su elegancia,
su manera de encogerse de hombros ante las
pequeñeces de la vida,
miraba a los franceses por la ventana del café
y decía "los idiotas hacen hijos".

Los dos o tres cazadores ingleses que se había
comido
le provocaban malos recuerdos y aun melancolía,
"las cosas que uno hace para vivir" reflexionaba
mirándose la melena en el espejo del café.

Sí, lo extraño mucho,
nunca pagaba la consumición,
pero indicaba la propina a dejar
y los mozos lo saludaban con especial deferencia.

Nos despedíamos a la orilla del crepúsculo,
él regresaba a son bureau, como decía,
no sin antes advertirme con una pata en mi
hombro
"ten cuidado, hijo mío, con el París nocturno".

Lo extraño mucho verdaderamente,
sus ojos se llenaban a veces de desierto
pero sabía callar como un hermano
cuando emocionado, emocionado,
yo le hablaba de Carlitos Gardel.

Juan Gelman

jueves, 3 de enero de 2019


Más allá de la noche que me cubre
negra como el abismo insondable,
doy gracias a los dioses que pudieran existir
por mi alma invicta.

En las azarosas garras de las circunstancias
nunca me he lamentado ni he pestañeado.
Sometido a los golpes del destino
mi cabeza está ensangrentada, pero erguida.

Más allá de este lugar de ira y de llanto
donde yace el Horror de la Sombra,
la amenaza de los años
me encuentra, y me econtrará, sin miedo.

No importa cuán estrecho sea el camino,
cuán cargada de castigos la sentencia,
soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

William Ernest Henley

miércoles, 2 de enero de 2019

Converso con Julio Cortázar sobre la nueva vida de los cronopios


Don Julio, no los vaya a mirar demasiado ahora. Son horribles estos tiempos, usted no sabe porque lleva en su columbario ese trecho, pero son realmente horribles, créame.
No es excusa, cuando vivía, tirábamos ¿entiendes? Con un mendrugo y una guitarrita hecha a base de perseguir caniches para la prima y mixtolobos para el bordón. Pero éramos felices así; un bocado y un canción, un bocado y una canción... "Cádiz la dulzura de los árboles cayéndose en el agua", por ejemplo, felices así, y qué apagaditos a pesar los veo, pobres, ay mis húmedos-verdes y pobres.
No es color apagado, son efectos digitales. Cuando salen del plató de grabación siguen siendo verdecitos y húmedos, "color entrañable" lo llamó esa marca de pinturas el día que les propuso el primer negocio y muchos padres y madres pintaron la habitación de sus hijitos del color de sus brazos o su pectoral inflamado. Pero detrás de la pantalla tienen ese color como traslúcido y siglo veintiuno que confunde, sé que impacta descorrer la cortina y ver este espectáculo después de su trecho allí, pero son ellos, sin duda, más viejos y con un piyama de nueva era. Si los que mandan creen que ya es suficiente, mañana mismo podrían ser amarillos o quitarse el piyama y ser del color que usted los imaginó en su útero de tinta, pasando a llamarse ´Cronopio Origin Colour´ o ´Pantone Cortázar´ y hasta lleguen a usar sus enormes ojos de tiburón martillo como reclamo en carteles, por las marquesinas de los autobuses que siempre se retrasan o en las autovías que llegan a la costa.
Yo llevo un piyama color triste y color ojalá-nunca-los-hubiera-visto. Además ese no es su baile ¿y los famas? todavía recuerdo cómo les pasaban sus bracitos por los hombros si estaban asustados y daban patadas a una lata vieja para ahuyentar el hambre si dormían a trompicones.
Los famas se fueron muriendo, Don Julio, cuando ya sólo quedaban dos, se encargaron de hablar con los publicistas y otros ejecutivos de esos grandes almacenes, una suerte de Macy a la europea, y a manojos los vendieron como recién bajados de un barco, para que los cronopios de usted no adelgazaran mucho y se vieran obligados a lanzarse a las ruedas de los camiones por esas rondas. El día antes de morir, el último fama dejó el negocio cerrado y sólo después, él solito, se tiró a un estanque por el puro amor a los patos que su padre le inculcó antes de abandonarlo.
La posibilidad de morirse uno no justifica este maquillaje ni esta tristeza neoliberal.
Llévame lejos de aquí, por favor, déjame de nuevo en mi columbario trechos y más trechos, ya he visto suficiente.
Como usted guste Don Julio.
NO TENÍAS QUE HABERME SACADO NUNCA A ESTOS HORRIBLES, HORRIBLES TIEMPOS.
¿Ni siquiera quiere saludarlos o darles un último abr/...?
Vámonos.

Iván Onia Valero

martes, 1 de enero de 2019

Vuelta de paseo


¿De qué otra realidad será enero metáfora? Quizá exista un río helado, tiernamente lejos, con novios tristes en la orilla oliéndose el sexo, un amor de velocidad y manos frías. Alguien los mira desde el puente y los nombra con una alquimia de árboles y mercurio: "enero, arteria del hielo, ruido de serpiente, música de orina".
Luego me mira a mí, atravesando los círculos de las seis de la tarde y me grita: ¡jinete! y ¡poeta! y ¡tontoelculo!
Cuando miro, estoy solo y hace frío, a lo lejos asoma de nuevo el cabotaje de astros que trae la noche. Regreso a mis asuntos, como si hoy nadie hubiese detenido el tiempo con el lenguaje.

Iván Onia Valero, de Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017)

lunes, 31 de diciembre de 2018

Estoy oyendo crecer a mi hijo


Anda entre sus trenes sin destino, sus mitologías de trapo, la carabina de Jesse James, el caballo Furia, la Moradita Luz, que es una luz que él ha visto y bautizado desde la terraza, antes de dormirse, un planeta nuevo que mi hijo ha encontrado en el cielo de la noche madrileña, una cosa roja y fina que parpadea, una luz que a él se le antoja morada, moradita.


Estoy oyendo crecer a mi hijo en el silencio de los libros, en el monólogo de los juguetes, una batalla de trapo, una fiesta de muelles rotos, una catástrofe de automóviles sin pilas, ponen la vida de mi hijo de tres años, como el viejo tango, se han secado las pilas de todos los timbres que vos apretás, y entonces me escriben de una revista y me dicen que haga algo sobre el año viejo o el año nuevo, la nochevieja, una cosa así, ya se sabe, lo de todos los años.

(...)

Pero estoy oyendo crecer a mi hijo y un hijo cuesta mucho, come mucho, gasta mucho, de modo que ahora ha venido el final de un año y el comienzo de otro. Aquí estamos, hijo, tratando de pasar la frontera entre dos años, tú con tus trenes accidentados, con tu coco guapo, tu moradita luz, tu lobote bueno y tu lobote malo, tu popó redondito y tu automóvil italiano, blanco, de pedales, que te regaló la tita por reyes, el año pasado, y que todavía da la vuelta al mundo de apartamento en ochenta pedaladas de tus botas breves y duras. Así las cosas, él anda a sus sillas que disparan, a sus ceniceros que son volantes de automóvil, a sus escobas que son aviones, y yo a mis libros, que cada día vienen más libros a casa, esto es una bendición del cielo catalán, de los editores de Barcelona, que no se cansan, benditos sean, de fabricar libros, en tanto que otros fabrican balas, escopetas, tanques, bombas atómicas, navajas barberas y mentiras.

(...)

El mundo está afuera, lleno de revoluciones, represiones, avances, regresiones, huelgas, frío, castañeras, discursos, lentejuelas, músicas, ternurismos y hambre, y nosotros aquí, en este apartamento pequeño (a ver si para el verano nos tienen la casa nueva, que está casi fuera de Madrid y se respira más aire puro, menos polucionado, y tendremos más habitaciones). Tendremos más habitaciones, sí, pero entonces yo me aislaré en la mía, que gustaré de llamar estudio, con mis libros, la máquina, esta máquina de escribir, los retratos de Valle-Inclán y Jesse James, el retrato que me hizo Álvaro Delgado, y el que me hizo Martínez Novillo, dos retratos, hijo, donde estoy verde, enfermo, miope, dos retratos de Dorian Gray a los que les sale ya la decadencia de mi vida en este fin de año, en este fin del mundo.

Estoy oyendo crecer a mi hijo y quisiera para él un mundo mejor, más justo; más libre. Cuando yo me haya muerto entre estos dos retratos verdes y amarillos, cuando ellos den ya toda la amargura de mi vida ida, quisiera que los hombres, hijo, hubiesen dejado de matar niños, que los niños hubiesen dejado de pensar en matar hombres el día de mañana, que hubiera en el mundo más justicia y más libertad. Decía Camus, hijo, que entre su madre y la justicia, se quedaba con su madre. Decía Madariaga que un día dejó de creer en la justicia para creer en la libertad. Está muy malparada la justicia para creer en la libertad. Está muy malparada la justicia, hijo, no tiene prensa entre nosotros, y entre la justicia y tú, yo no tengo que elegir, porque si digo justicia estoy diciendo justicia para ti (para ti también) y si digo que mi hijo, estoy diciendo un hombre justo para el día de mañana. En fin.

Hay un cruce de trenes en el cruce del año que se va y el que viene, hay esa tristeza ferroviaria que es la fundamental tristeza de la vida, un instante de andén vacío, una sala de espera entre diciembre y enero, con frío y humo, y estoy aquí, oyendo crecer a mi hijo, que se asoma tras los cristales helados de la noche a mirar al parpadeo rojo de la moradita luz, y luego se va a meter en la cama y vamos a tener un diálogo de ardillas que leen libros y ciempiés que hablan por teléfono, hasta que él se duerma. Antaño, yo le dormía en la mecedora e hice un relato contando esto, que me publicó Garagorri en “Revista de Occidente”. Garagorri tiene barba blanca de Papá Noel laico, de hombre bueno y sabio de la cultura española, pero no siempre le van bien las cosas, porque no siempre les van bien las cosas a los hombres buenos y sabios, hijo. Garagorri, si quisiera podía hacernos un Papá Noel barbado y honrado, para ti, pero no va a querer.

Es el año nuevo, el año viejo, la nochevieja, no sé. Dejo de escribir a máquina y estoy aquí, sencillamente, oyendo crecer a mi hijo.

Francisco Umbral

domingo, 30 de diciembre de 2018

Synecdoque Nueva York


Lo que antes fue para ti un emocionante
y misterioso futuro, ahora ya pasó.

Vivido, comprendido, decepcionante.

Te das cuenta de que no eres especial.

Has luchado por la existencia y ahora
estás saliendo en silencio de ella.

Esta es la experiencia de todos,
de todas las personas,
las especificaciones no importan mucho,
Todos son Todos.

Como las personas que te adoraban dejan de adorarte,
como mueren, como siguen adelante.

Como compartiste con ellos;
como compartiste tu belleza,
tu juventud.

Como el mundo te perdona,
como reconoces tu trascendencia.

Como empiezas a perder tus características,
una por una.

Como entiendes que no hay nadie viéndote
y que nunca nadie lo hizo.

Piensas sólo en conducir,
ni viniendo de algún lugar,
ni dirigiéndote a algún lugar,
simplemente conduciendo,
haciendo pasar el tiempo.

Ahora estás aquí,
son las 7:43
Ahora estás aquí,
son las 7:44

Ahora te fuiste.


Extraído de Synecdoque Nueva York, de Charlie Kaufman

sábado, 29 de diciembre de 2018

OFFF SEVILLA


ilustración de MALIKA FAVRE

Muy contento por haber participado en el festival OFFF SEVILLA de la mano de la editorial Maclein y Parker.
El proyecto consistía en poner palabras a tres artistas participantes en el festival celebrado a principios de diciembre https://offfsevilla.com/

Me adjudicaron a:
Joshua Davis https://joshuadavis.com/
Malika Favre http://malikafavre.com/
y la empresa de diseño y publicidad barcelonesa HEY ESTUDIO https://heystudio.es/

NANA PARA DORMIR A LAS MUJERES FUERTES es el poema escrito a partir de la obra de Malika Favre. La traducción al inglés corre a cargo de Gloria Jurado.

Si quieres leer los otros dos poemas entra en mi facebook para leer el de Joshua Davis pinchando aquí
y en mi instagram para el de Hey Studio pinchando aquí

NANA PARA DORMIR A LAS MUJERES FUERTES

Eres mi territorio, mujer patria.
Mujer himno. Potestad, liturgia.
Banderita sola,
corazón de leche:
planeta mío.

¿A dónde vas con la cintura?
¿A dónde vas con los talones?
Del tran/tran a la verde pandereta
de mi muerte/muerte
y luego

sueño
sueño
sueño
sueño

hasta que olvides los reptiles lisos
y las azules sombras
donde una vez te dije:
corazón de leche,
banderita sola.
Potestad, liturgia.
Planeta mío.

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LULLABY TO SLEEP STRONG WOMEN

You are my territory, womanland.
Woman anthem. Authority, liturgy.
Little lonely flag,
milky heart:
planet of mine.

Where are you going with the waist?
Where are you going with the heels?
From the tom/tom to the green tambourine
of my death/death
and then

dream
dream
dream
dream

until you forget about the smooth reptiles
and the blue shadows
where I told you once:
milky heart,
little lonely flag.
Authority, liturgy.
Planet of mine.

Iván Onia Valero

viernes, 28 de diciembre de 2018

La noche William Bloom


Mañana mataré a un hombre,
estoy mirando mi hacha mirarme.
Esta caterva de asnos me da ganas de vomitar.
Hoy han dejado flores en mi ventana
con una nota:
“suerte para el domingo, Will,
estamos aguardando tu hacha”

Yo también pertenezco a una raza que persigue
la perfección y se destruye a cada paso,
como si Dios hubiese huido de espanto
al adivinar la naturaleza de sus errores.

Mañana mataré a un hombre.
Una noche hablé con él de cosas asombrosas,
historias nuevas de frío y de mala suerte.
Bebimos hasta el filo del olvido,
brindamos por la vida del poeta
que atraviesa montañas con su madre
del brazo para darle tierra.
Cantamos versos en grito
golpeando la mesa con los puños.
Nos echaron a la calle y allí nos abrazamos,
luego se perdió calle abajo
cantando Inesita del alma mía.
No lo he vuelto a ver.

Mañana mataré a ese hombre,
–mi hacha también me mira las manos
rojas y endecasílabas, temblando–
Convoco en estas horas a los dioses
en los que alguna vez creí, los llamo
con la única oración que he aprendido
todo este tiempo para que mañana,
cuando lo aten y le limpien la nuca,
no me recuerde.

Iván Onia Valero de El decapitado de Ashton (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016)

jueves, 27 de diciembre de 2018

Buzos


A cincuenta metros de profundidad
dos buzos se miran, se hacen gestos;
intentan decirse que se aman
con la torpeza crucial
de quienes aman.

En la superficie
un barco flota
y les espera.

Tobías Campos Fernández

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Retrato


Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—;
mas recibí la flecha que me asignò Cupido
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñò el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansiòn que habitò,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje
y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.

Antonio Machado

martes, 25 de diciembre de 2018

Villancico en Central Park


mañanicas floridas
del frío invierno
recordad a mi niño
que duerme al hielo
LOPE DE VEGA

Vistió la noche, copo a copo,
pluma a pluma,
lo que fue llama y oro,
cota de malla del guerrero otoño
y ahora es reino de la blancura.
¿Qué hago yo, profanando, pisando
tan fragilísimo plumaje?
Y arranco con mis manos
un puñado, un pichón de nieve,
y con amor, y con delicadeza y con ternura
lo acaricio, lo acuno, lo protejo.
Para que no llore de frío.

José Hierro

lunes, 24 de diciembre de 2018

Verbena


Siempre aspiré a que mis palabras,
las que llevo al papel,
continuasen llorando
porque yo las había llorado antes.
JOSE HIERRO

Yo también me he quedado sin las lágrimas
necesarias con que nombrar la niebla
de bosque envuelve a los hombres solos
y la cara gris de los animales
enjaulados y la percha que forman
las preguntas si, en vez de las respuestas,
colgamos solamente los abrigos.

Es necesario a veces ser preciso
con el llanto, escribir mirando al río:

latigazo de mar, herida abierta.

O andar la ciudad fiera y anotar:

un semáforo en rojo es una bala
al corazón de la palabra prisa.


Todo sea por no esconderse siempre
detrás de las esquinas con los ojos secos
o despertarse todas las mañanas
para beberse la sombra caliente
de un café como si fuese la propia.

Todo para adentrarse en los días
igual que nos colamos en una fiesta,
con la certeza de no encontrar nunca
a las personas que vamos buscando
y la esperanza de parecer simplemente
invisibles.

Iván Onia Valero, de Tumbada Cicatriz (Ediciones en Huida, 2011) (DESCATALOGADO)

domingo, 23 de diciembre de 2018

Big Fish


Cada día escribo menos, un poco menos cada vez, como si me hiciera
lento en la cantidad o la manigua de ideas me pesara en la mano con
un plomo de aburrimiento. Me da miedo abrir un libro por si alguien
ha escrito ya lo que yo llevo persiguiendo en mis años de pescador
paciente y ha logrado atrapar al Gran Pez legendario o si, por el contrario,
me aburre más de lo que yo puedo aburrirme a mí mismo.

Odio a los poetas básicamente por dos cosas: por mediocridad y por
envidia. A los primeros los dejo vivir y les doy palique incluso. Hablamos
de asuntos dispares, pero nunca profundizamos, siempre
tengo en mente algún pasaje de algo que haya escrito, una metáfora
coja o un verso descarnado y horrible que me haya dado a leer,
entonces nuestras vaguedades lo salvan de un buen puñetazo en
los dientes y casi siempre acabo rascándome el bolsillo para invitarlo
a la última cerveza.
A los segundos me gustaría matarlos y sé que ellos harían lo mismo
conmigo. Tampoco hablamos demasiado de poesía, a lo sumo,
nos limitamos a citar a algún autor grande, demasiado viejo o demasiado
muerto, ya se sabe, cuando un poeta lleva mucho tiempo
muerto, regresa a la vida en forma de anciano y de ahí no pasa, es
eternamente un mueble antiguo al fondo de las conversaciones,
inmortalizado en su única fotografía de principios de siglo.
Tratamos de otras cosas por evitar la reyerta lorquiana de gallo, gitano
y faca. Nos reímos y nos abrazamos a ciertas horas largas, cuando
sólo queda un puñado de jinetes atravesando los bulevares y siempre
tenemos una mano en el bolsillo que está tocando la punta de la
navaja o la pistola por si al otro le da por enseñarte un buen poema,
nos dé tiempo a matarnos.

Soy un hombre de cera consumiéndose. A los veinte años era un potro
desencadenado a la vida, mastín de tinta que escribía como una
yugular recién cortada. Todo era taumaturgia y fiesta, pregón de la
primavera y mi sangre manchaba las flores. Todas las metáforas eran
una mujer desnuda en el desayuno, todas las palabras una leche tibia
y amarilla donde hundir la cara de alegría.

Cada día escribo menos. Pienso en que la lluvia y la tormenta llevan
siglos diciendo lo mismo, fascinando con el mismo tempo. No les
ha hecho falta cambiar el diapasón ni llevar sus trombones a afinar
para deslumbrar con electricidad y agua a las nuevas generaciones.
Escribe eso, me digo a veces cuando el espejo me devuelve la
copia de un tipo a medio acabar. Escribe el rayo y el aguacero, el
gran poema, atrapa al Pez y repítelo tantas veces a lo largo de la
historia que la gente no tenga más remedio que huir de frío al leerlo,
abrir los paraguas o correr a las cafeterías a resguardarse de la
belleza, a hipnotizarse detrás de los cristales mientras se enamora
o seca la cabeza a sus hijos.

Iván Onia Valero, de Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017)

sábado, 22 de diciembre de 2018

Breve tratado sobre el miedo


Soy lo que sobrevive a los cobardes
y a los fatuos que ha sido
JORGE LUIS BORGES


Miedo me dan los que no dudan nunca
porque en el borde de su certidumbre
llevan mi sangre.

Miedo me dan aquellos que reniegan
de la envidia y del egoísmo porque
abjuran de lo humano.

Miedo me dan los que buscan la patria
y la señalan con el dedo mientras
cargan el fusil.

Miedo me dan los que queman banderas
y ahogan himnos porque besan otras
y cantan distinto.

Miedo me dan la izquierda y la derecha
porque ignoran que son el doble filo
de la misma espada.

Miedo me dan aquellos que jamás
han traicionado porque está próximo
el día en que lo hagan.

Miedo me dan los que no matarían
por un perro porque están preparados
para morir por un rey.

Miedo me da mi cuerpo porque siempre
es un enigma arcano frente a los espejos
y a los ojos.

Miedo me da la luna y sus formas
porque mira y gobierna como un cíclope
sobre la marea y mis hijos.

Miedo me da la copa de vino
porque en su poso duermen las palabras
que aún no te he dicho.

Miedo me dan el suicida y su olivo
porque legan en la tarde un valor
que desconozco.

Miedo me da la vasta exactitud
que canta Borges porque es un tigre
ciego e inalcanzable.

Miedo me dan el tiempo y sus principios
porque alguien escribió en ellos el día
en el que no estarás.

Miedo me da el alfanje del eclipse
porque es el final de una pregunta
que nadie responde.

Miedo me da el secreto y su ranura
porque forja una sola llave para
demasiadas manos.

Miedo me dan las mil lenguas babélicas
porque sólo alcanzo a descifrar
la magia negra de las traducciones.

Miedo me dan las noches y los días,
esa moneda en el aire.

Miedo me da el anzuelo, esa pregunta
que se muerde en el fondo.

Miedo me da el amor, ese extraño en los espejos
y miedo la venganza, esa cruz en el calendario.

Miedo me da el pasado con su roca,
el futuro, con su planeta.

Miedo me da el presente, ese pez que nadie ha visto.

Miedo me da el mar por su corazón
de clepsidra, sus olas que restan mi tiempo.

El gorrión y la zumaya,
esa única ave que se da la espalda.

El silencio, ese diálogo ancestral.

Miedo me da el poeta ese animal miserable
que miente más que muere.

Miedo me da el insomnio, esa metáfora del sueño
y miedo la metáfora, ese insomnio de las cosas.

Miedo me da olvidar el temblor
y los cuerpos que habita una camisa
cuando la luz apuñala a la luz.

Convertirme en el hombre que enumera
otro inventario de temores.

Llegar a ser aquel que sobrevive
a todos los cobardes que ha sido.


Iván Onia Valero, de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en Huida, 2013)
Cuadro: Silencio de pez, de Mateo Cabrera

viernes, 21 de diciembre de 2018

Lo que pasa


No es en realidad lo transcurrido,
lo que fue, por ejemplo, conocernos
los nombres o las limpias manías
a través de aquel túnel que atravesaba
las estaciones, y nos dejaba a nosotros
hendidos de distancia y tan cerca sin embargo.

No es la fugacidad diaria tampoco,
esa colección de horas y silencio paralelo,
la tenaz construcción de un diálogo sencillo
sobre el que irse durmiendo casi sin ambiciones.

Lo que pasa es la ausencia de fronteras,
la incertidumbre unida a la certidumbre
de no saber apenas, sólo que estarás luego
para recoger tantas palabras aún no pronunciadas
o que mañana te veré en los espejos sonreír incompleta,
futura,
esperándome.

Iván Onia Valero, de Tumbada Cicatriz (Ediciones en Huida, 2011) (DESCATALOGADO)
fotografía de Maxime Ballesteros

jueves, 20 de diciembre de 2018

El pozo limitado


Porque no sabemos el momento en el que moriremos,
tendemos a pensar en la vida como en un pozo inagotable.
Sin embargo, todo ocurre tan sólo un número limitado de veces,
un número muy pequeño en realidad.
¿Cuántas veces más recordarás una particular tarde de tu infancia,
que es una parte de ti tan profunda
que no puedes ni concebir tu vida sin ella?
Quizá cuatro, cinco veces más.
Quizá ni siquiera eso.
¿Cuántas veces más verás surgir la luna llena?
Quizá veinte.
Y sin embargo,
todo parece ilimitado.

Paul Bowles

miércoles, 19 de diciembre de 2018

El poeta a su amada


Amada, en esta noche tú te has crucificado
sobre los dos maderos curvados de mi beso;
y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,
y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

En esta noche clara que tanto me has mirado,
la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.
En esta noche de setiembre se ha oficiado
mi segunda caída y el más humano beso.

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;
se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;
y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;
ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura
los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

César Vallejo
fotografía de Illona Falk

martes, 18 de diciembre de 2018

Canción chica del niño poeta


Mi mare a mí me dejaba
ser carpintero y dentista
jugar a lo que quisiera
arquitecto y futbolista
de todo menos poeta
que esa gente está muy loca
niño que yo no te vea
enreando con los libros
inventándote historietas
del que viene y del que va
con un sapo en la cabeza
que le cuenta y que le dice
dónde esconde una escopeta
un rinoceronte verde
siete tinajas de letras
la cocina de un palacio
una sábana holandesa
los idiomas del pan blanco
y el pezón de la doncella

gorrioncito de mi vida
vístete de lo que quieras
del minero del estaño
del torero de la arena
del bailarín de los peces
del pescador de la siembra
con los anzuelos de esparto

vístete de lo que quieras
rubio cabezón mi niño
de todo menos poeta
de poeta nunca amor
de todo menos poeta.

Iván Onia Valero

lunes, 17 de diciembre de 2018

No volveré a ser joven


Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde ­
como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos ­
envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma

domingo, 16 de diciembre de 2018


El amor empieza cuando se rompen
los dedos
y se dan vuelta las solapas del traje,
cuando ya no hace falta pero tampoco
sobra
la vejez de mirarse,
cuando la torre de los recuerdos, baja o
alta,
se agacha hasta la sangre.

El amor empieza cuando Dios termina
Y cuando el hombre cae,
mientras las cosas, demasiado eternas,
comienzan a gastarse,
y los signos, las bocas y los signos,
se muerden mutuamente en cualquier
parte.

El amor empieza
cuando la luz se agrieta como un
muerto disfrazado
sobre la soledad irremediable.

Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.

Roberto Juarroz

sábado, 15 de diciembre de 2018

VARIACIÓN SOBRE UN TEMA DE LORCA: LLANTO POR LA MUERTE DE FRANCISCO RIVERA PAQUIRRI (La cogida y la muerte)


Aquella tarde sin estación ni año, tarde paisana de trigo y fotogramas, aprendí la sangre.
Las puertas crudas, hasta entonces cerradas a la infancia contra el dialecto de la pesadilla, se abrieron a caudal como el muslo del hombre, que miraba lo blanco desde un túnel femoral, tendido en su camastro, mitad rabia, mitad oxígeno.
Tenía un libro debajo de la ingle, Biblia tremenda por donde aún se podía oler el marfil y el grito redondo de España, pero ante todo se olía el galope de la sangre en el televisor. Esa sangre analógica y verde como ya nunca más la sangre.
Aquella tarde grande de pueblo, como pan de avispas, aprendí la muerte y su centímetro.


A las siete de la tarde.
Eran las siete en punto de la tarde.
Un avispero de ángeles lo traen
a las siete de la tarde.
Dibujan un círculo equivocado
a las siete de la tarde.
Un hombre descosido va a la muerte
a las siete de la tarde.

La plaza es una herida del mundo
a las siete de la tarde.
Huele a cobre de grifo desolado
a las siete de la tarde.
Lo tienden en la cáscara de un huevo
a las siete de la tarde.
El hombre ya es un muslo sin cerrojo
a las siete de la tarde.
Un libro hecho de bocas llena el aire
a las siete de la tarde.
Trompetas de marfil jadeando
a las siete de la tarde
y avispas en el centro se preguntan
a las siete de la tarde.
Dentro, los toros mugen letanías
a las siete de la tarde
y un tambor de agua tibia se prohíbe
a las siete de la tarde.
Viene la nieve verde en la serpiente
a las siete de la tarde
y un cuchillo gigante y desquiciado
a las siete de la tarde.

A las siete de la tarde.
A las siete en punto de la tarde.

Un corazón de muerto lo transporta
a las siete de la tarde.
Música de titanio y caracoles
a las siete de la tarde.
El toro sueña en su campo de relojes
a las siete de la tarde.
Los sables lo saludan por las curvas
a las siete de la tarde.
Claveles de hojalata en las arterias
a las siete de la tarde
y piel de pandereta por los párpados
a las siete de la tarde.
El puño de Tomás cabe en la llaga
a las siete de la tarde.
Clarines de azafrán traen la noche
a las siete de la tarde.
A las siete de la tarde.
¡Ay qué terribles siete de la tarde!
¡Eran las siete en todos los relojes!
¡Eran las siete en sombra de la tarde!

Iván Onia Valero



viernes, 14 de diciembre de 2018

Ven conmigo


SE TE HA OLVIDADO ANDAR Y HAY QUE APRENDERLO de nuevo.
Ven. Comienza,
ve juntando este sol,
¡alguna tarde
tenemos que nacer!
Amarillean
las nubes en el cielo y no me escuchas;
vas a mi lado y tiemblas;
el pie va tras del pie como la ola
va detrás de la ola.
Estás inquieta.
Se te ha olvidado hablar, se te ha caído
la voz y no la encuentras,
la buscaré contigo y las palabras
vendrán:
Vamos a hacer la primavera,
vamos a hacer el mar poquito a poco,
la noche y las estrellas,
como si no se hubiesen desprendido
ya una vez de tu voz y en ti nacieran.
¡Vamos a hacerto todo
de nuevo! hasta que puedas
reunir tu corazón como se hace
la firmeza del mundo con arena.

Luis Rosales

jueves, 13 de diciembre de 2018

La perra


Yo no lo sabía, pero mi hermana, la chica, siempre había sido una perra.
Una perra inmensa al final de la familia.

De pequeños nos mirábamos sin lenguaje.
Aprendimos a ladrar primero y, sólo después,
supimos de otros códigos más humanos.
Mucho antes de querernos, quisimos, cada uno por su lado,
a una caniche blanca que murió muy ciega
-que murió muy sorda-
gruñendo al mundo porque ya no pudo descifrarlo.

Después vino el jardín de una casa en el extrarradio
y dos perros brotando como los hongos de la hierba de los días.
Un padre y un hijo, alegres, desperezados encima de los almanaques
contra todo pronóstico.
Perros falderos que lastiman y se mean en los parterres
por donde pasa la muerte a escucharlos.

Igual que Edward Bloom era un pez gigante,
mi hermana fue siempre una perra grande.

En la playa, una perra.
En navidades, una perra.
Los domingos comía la paella con la perra.
Una perra de madrugada sacando las oposiciones en la habitación de al lado.
Eso ha sido mi hermana todo este tiempo y yo sólo lo supe hace unas semanas.

Hubo de nacer primero una galga lejos de ella dos años atrás.
Hubo de venir el cazador para zurrarla si no atrapaba la liebre
y le enseñaba el olivo ungiéndola con un aceite de miedo.
Hasta el tuétano de esa resina la embadurnó el malnacido,
hijo de las mil putas de Satán. Si lo cojo.
Si el destino me lo pusiera delante, lo colgaría
-como he visto a esos perros suspendidos de la tarde-
del árbol universitario y allí lo dejaría hasta que el viento
lo borrara mes a mes, apestando a lo largo de la historia.
Todavía algunas noches sueño que me dejan matarlo,
y lo mato con dientes tremendísimos,
con mandarinas duras,
con el fémur largo de un niño enfermo,
con el cuchillo romo de la justicia.
Vuelve a nacer y lo mato, y lo mato al cabrón
martilleando su cabeza contra la madrugada.
Toda la noche así, hasta que amanece
y me levanto radiante, odiando de alegría.

A ese madrigal de huesos y miedo
encomendó mi hermana su ternura,
su hogar en ciernes, el olor preñado
de una perra aventando a las moscas.
Salvándola, gramo a gramo, del triste quintal de su mala suerte.

Por eso, cuando la galga huyó en enero,
espantada por el ladrido y el avellano,
mi hermana lloró tanto y tanto
que le creció un hocico cuarterón,
se le doblaron las orejas blandas
y corrió lejos, como buscando en el gasoil de la noche
la lágrima redonda del encuentro.

Mi hermana, transformada ya.
Mi hermana, licántropa mansa,
bendita y triste,
loca en los andenes,
quieta y galga ya para siempre.

Tuvo que venir la muerte para que supiera al fin
que no la había amado tanto a ella
como quise aquel día a esa hermana conversa,
a esa perra mirándome.

Iván Onia Valero  poema inédito recogido en la antología Luz Sur (Unaria Ediciones, 2016)

miércoles, 12 de diciembre de 2018


Hay que beber a morro del dolor, como se bebe de las férreas fuentes. Que esta carne de luz empape toda la sombra. Hay que baldear hasta el fin el ciego enlagunamiento de la sangre. Hay que agotar el mal, el sufrimiento, no en pequeños sorbos, no en tragos cobardes, sino seguido y hasta lo hondo, que luego queda un fuego neutro, una nada, y sólo resta, por fin, la loza simple de la vida. Voy hasta el final de mi dolor, hago todo el recorrido, bebo de mí mismo, sacio una sed de sufrimiento que estaba en mí y yo no conocía. La saciedad del dolor es como la saciedad del placer. El dintel de una paz vacía, de un cielo plano y soso, de una neutralidad de clima y carne que es toda la imparcialidad desoladora de la naturaleza.
La alegría es un camino más corto. El dolor es un laberinto con angustia de perderse. La alegría nos lleva en línea recta y eso vale más que la alegría misma. Pero el dolor duda continuamente, vuelve atrás, como una bestia sombría que no acaba de aprenderse el viejo camino. Voy tras sus oscuras pezuñas y de vez en cuando, sí, bebo en las fuentes amargas y densas, con sabor a hierro y a muerte. No huyo mi dolor, no me lo dosifico, como el suicida precavido o la dama sin sueño. Bebo y bebo. Me fulminará el veneno o lo agotaré. No quiero cucharaditas de plata para sufrir. A morro, directamente, bebo a borbotones sangre de niño, muerte de niño, la hemorragia necia y dulce del mundo.

Francisco Umbral

martes, 11 de diciembre de 2018

El madrigal del odio muerto

En el año 2000, la noche de marzo en que Aznar consiguió la mayoría absoluta, cuenta Félix Grande que se le apareció su padre, muerto doce años atrás, y estuvieron hablando de varias cosas toda la noche. Antes de marcharse, el padre le dijo al hijo: "...tendrías que darle un beso verdadero a tu madre antes de que se muera". La madre del poeta viviría aún 23 meses más.
Todo esto lo estaba explicando Félix Grande en una charla literaria cuando una asistente le preguntó si finalmente le había dado el beso, a lo que respondió con la verdad: No.
Años más tarde, en 2008, Grande escribe EL MADRIGAL DEL ODIO MUERTO como una forma de perdonarse.

Vamos a echar las cuentas, madre.

…Acomódate en tu mecedora de tierra.
Aparta de las cuencas de tus ojos
los gusanitos, los escarabajos,
la mansa podre de la eternidad
y mírame despacio, con amor: lo necesito, ya soy viejo
y no quiero morirme sin explicarte cuánto te he querido
chapoteando en aquel charco del odio.

¿En dónde nace el odio, madre?
¿En qué naufragio de la confianza
se me pegó esa grasa sobre mi piel de hijo?
¿En qué estallido de la decepción
nació aquel estupor que se clavó en mi infancia
como un arpón de soledad, y de culpa, y de angustia?
…¿Lo sabes tú, barriga de mi vida,
tetas de leche de mi vida,
obradora de mi materia,
artista de mi irrupción en este mundo,
polen de mis cinco sentidos, miel de mi baba,
semillita de mi desgracia más antigua?
¿En dónde nace el odio?
¿En qué brocal del pozo, madre?

[“pero qué es lo que dice este hijo mío qué palabras son esas que se
le salen de la boca a Felicito el niño de mi sangre el niño que parí en
La Guerra! ¡Quién es este hombre viejo que me golpea como si fuese
mi padre pero que es mi hijo primero el que más sacrificios me costó…
y dice que me odia!”]

¡No me mires así! ¡Ya no más, madre,
ya basta de escenas!... No he venido
a discutir, sino a reconciliarme.
No he venido a echar yel sobre nuestras heridas
sino a lamerlas, a besuquearlas.
Traigo besos de infancia y de vejez conjuntos
con los que amedrentar a la alpargata
cuyo poder duró mil años.
Traigo una cacerola, una tinaja, un fudre
de jarabe de calma, el mejunje sigiloso de la alegría,
para que en él resbale el ciempiés de tu histeria. Traigo…
¡Espera, cálmate, pordiós , serénate! Tranquila…
…Histeria, madre, así es como se llama,
es una enfermedad, no es un insulto,
no es una acusación. Al contrario: esa convulsa,
zaque de fuego, fue tu brasero de sufrir,
una tormenta de piedras con estruendo de sino,
tu cerco de animales rabiosos con sus colmillos fantasmales
en donde unas gotas de sangre dibujaban tu nombre…
Cálmate. Ya pasó…

…¿Veías eso, María: ese incendio de piedras,
esa testarudez de tus neuronas fuera de su ley
disparando misterios de terror y tiniebla
contra tu sobresalto germinal? ¿Veías
esa alquimia de saña desgarrando
la seda de tu ingenuidad, la túnica de tu inocencia?
¿Veías perros oscuros arrimando el hocico
hacia el vestido de tu boda? ¿Veías
dinosaurios bamboleantes emporcando con agua negra
las toallas enharinadas en sangre de tus partos?
Madre, mamá, cariño ¿qué veías
cuando corrías ininteligible hacia el brocal del pozo?

¡No, aguarda! ¡Aguarda, no te sientas culpable,
no te defiendas, no hace falta! ¡Si he venido
precisamente a convencerte no de que te perdono,
sino de que te apiado y que te quiero!
¡Qué tengo yo que perdonarte!... A mí mismo
es a quien he de perdonar.
A eso he venido: a merecer dos lágrimas
con que abrochar por fin tu vida con la mía,
mi paz con tu destino, mi vejez suntuosa
con el ojal de tu sudor de miedo.

¡Lágrimas de perdón, de autoperdón,
entrad con humildad impetuosa
hasta los posos de mi ciénaga! ¡Lágrimas de hijo viejo,
apareceos, teas de túnel, caminad por la alfombra
de mis años atónitos reunidos en este camposanto,
dadle iluminación a esta pena ceremonial de sombra,
amortajad a este odio muerto, amortajadlo con vuestro
cántico de sal silenciosa! ¡Lágrimas genealógicas,
sólo vosotras, sólo vosotras, sólo vuestro barbecho!

Acomódate, madre, en tu mecedora de tierra.
Recuéstate sobre tus almohadones de silencio.
Brísame con tus ojos llenos de antaño y de reposo.
…Esa que orea el sudor de tus sienes
nace en el abanico del arrepentimiento:
disfruta de esa brisa para que yo contemple
cómo entrecierras los ojillos atolondrada por la felicidad.
…¿Notas cómo una mano te acaricia las dos mejillas?
No es la manaza de papá, aquel abarcamiento
que en cinco dedos acaparaba tu desastre
y en un pispás alborotaba tu ansia secreta de vivir:
ahora es mi mano, que baja hasta tu calavera
para depositar una moneda quíntuple
en la mendicidad exacta de tu muerte…

Anda, sonríe de aquel modo eminente,
por encima del mundo, con inocencia todopoderosa:
como era tu sonrisa cuando acababas de parir.
…Si me das una prueba de que has vencido el miedo,
de que ya has aprendido a pedirle al tendero
la comida de la semana sin reventar de humillación el sábado,
…si me demuestras que puedes resistir
una tormenta de granizo y de truenos
sin temer que dos pastorcillos aparezcan
asesinados por el rayo
entre cabras lecheras muertas y barro del Camino Real
…si me das tu palabra de que por fin ya no presientes
el rostro de mi padre
en los cadáveres derramados por las calles de Mérida
tras el desdén rabioso de los bombarderos de la guerra civil
oh madre alucinada, oh madre medio loca, princesilla
del martirio, emperatriz del pánico, sacerdotisa
de la calamidad, hormiguita cargada con la piedra
del miedo universal del mundo …si me consientes sospechar
que por fin aprendiste a engullir el caramelo del sosiego
con grandes lametones de gula y regocijo
…!soy capaz de cantar flamenco!
¡Por bulerías de Jerez! ¡Por tangos extremeños!
¡Por alegrías de Cádiz, como el Chano Lobato!

…La paz está llegando, madre: ve qué dos lagrimones!
Mírame ahíto en forma de doble pan de llanto.

Todo va a ser mejor que nunca. Ni borrachos ni en sueños
hubiéramos llenado el buche de esta ración de azúcar cósmica.
Observa con qué gracia, con qué finura casi palaciega
las mandíbulas del perdón se menean dichosas, triturando
aquellos escorpiones que hincaban tóxico en tus sienes,
observa cómo las fauces del perdón regurgitan y eructan
con esa distinción de sutiles vizcondesas de la Justicia
¡…y regüeldan después con elegancia insigne,
como vicealmirantas de la Reparación!
…créelo, María, todo va a ser mejor que nunca:
ni tu verás mi miedo, ni viviré tu miedo,
ya no habrá miedo, ya no hay miedo,
muera el miedo, hijodeputa el miedo,
tus muertos, miedo, atrévete a volver, miedo de mierda!
…ya no te faltarán el sábado los veintisiete reales
para que dar en paz, a la mierda el tendero!
…Ya no vendrán los dos fascistas de paisano
a llevarse a papá al calabozo del Ayuntamiento,
a la mierda el fascismo! Papá ya no escuchará más
con una manta sobre la cabeza y sobre el telefunken
los partes de la Radio Pirenaica. Los maquis
no volverán al pueblo a por comida y medicinas
ni los guardiaciviles los rodearán a tiros en la calle de Oriente.
…Luisita Grande Lara no volverá a morir
ahogándose mirándote resollando penando
consumiéndose hediendo a pus y muerte
muriendo de difteria mirándote a los ojos
mirándote con pena purulenta…mirándote
quieta de pronto para siempre ante tus alaridos
y el sollozo de piedras de papá…
Ay Luisi, corazón, quién es la perra que parió al destino!

Disculpa, madre: ya lo ves, me descuido un instante y olvido
como un tonto que entre los dos reunimos casi ciento setenta años,
y que si le sumamos otros noventa y ocho que va a cumplir papá el
21 de junio resultan más de un cuarto de milenio; y, asómbrate, si a
esa hermosura de años añadimos los sesentiocho que cumplió Luisi
hogaño, el jueves 17 de enero, ya juntamos más de trescientos;
y si además, ya puestos, agregamos los doscientos cincuenta, bien
despachaos, que juntan tu Juliete y tu Ignacio, tu José Luis y tu
Manolo …¡música, maestro: casi seiscientos años alrededor del
vientre de la María! ¡Música de perduración y no aquel pentagrama
siniestro de posguerra! ¡Venid a la María, blancas con calderones!
¡Semifusas del miedo, huid como ratas! ¡Semifusas intrusas, inclusas
y confusas, no me asustéis a la María! ¡Respetadla, que acopia en su
barriga como quien dice un cacho de planeta, una rebanada de
eternidad!

Quiero decir, mamá, que el tiempo vuela
con interplanetarios arropes en el pico:
¿comprendes? Todo va a ser mejor que nunca:
puro potaje de Semana Santa,
pura hojuelas, pura berenjenas de Almagro,
puro clamor de Navidad empapada en vino moscatel:
¡nos vamos a chupar todos los dedos!

… Y no voy a verter la tacita de aceite. Ya no me voy a hacer otro
siete en la camisa, que es que te estás dejando la visión cose que te
cose de madrugada a veinte watios, madre! No voy a perder
jugueteando en las afueras del Canal mientras te vuelves loca por si
los ladrones de niños me venden a los forasteros. Ya no voy a decir
palabros, que eso es de personas mayores. Ya no le voy a pegar capones
a mi hermano Juliete, que es de mi misma sangre. Ya no voy a perder
un zapato quién te manda corretear descalzo, no me des más tormento!
Ya no voy a cazar gatos en los tejados, ni a gastar la peseta en
chucherías de la confitería de la Lilia, que luego se me forman
lombrices y a pique de tener la solitaria! Te lo prometo, te lo certifico:
mira cómo me beso el dedo gordo (cuestión que significa juramento):
¡No me vuelvo a subir a los tejaos, ni a cazar gatos ni a ninguna
mandanga, se acabó, tejas, nunca más, finito! ¡Respirad hondo, oh
liebres del tejado, proteínas suculentas de la posguerra: yo, cazador,
os doy la absolución! ¡Vivid, en nombre de mi madre!

…Serénate, María. Cálmate, madre; ya no sufras, mamá: te voy a
rodear con una arroba con un quintal con milenta serones de pan
blanco: no del pan del racionamiento: ¡pan blanco, del que comen
los del Servicio Nacional del Trigo, el Alcalde, el Notario, los
enchufaos del Estraperlo, los Gobernadores Civiles, la Biblia en
pasta! …Y no vas a tener eternidad bastante para freír picatostes con
aceite de oliva… Y ya no voy a derramar la taza de aceite con el
maldito codo, y no vas a pegarme, coloradita por la congestión, loca
de horror ante el aceite, tu mano, la alpargata, tu hijo… espantada
de tu violencia, furiosa por tu espanto, máquina de sufrir y de
romperte y de romperme. …El color colorado de tu cara cuando
pegabas, madre: tu color de volcán escupiendo materia, líqui-
do rojizo, gruñido rojo del dentro de la Tierra del cerebro! …Aquello
era la refutación del noviazgo materno; en aquel color colorado tú
dejabas de ser mi diosa, y el niño aquel perdía a su madre y caía al
abismo antedeluviano. En aquel color colorado nacía y sonaba el
miedo, despótico y sin ojos, en las cuevas del miedo, allí, en
el légamo, en la pasta retráctil, en la homínida sopa de terror, nacía el
odio: un volumen jadeante que crecía y crecía, a la velocidad de las
bestias, se derramaba sigiloso en un Ganges de angustia, bajaba ciego
por los barrancos de pasmo …y así, despacio …aquella tripa de odio
defecó sobre el susto de mi infancia y la precipitó al agua sucia de la
culpa: el excremento que engrudó mi vida, el tóxico con el que he
hecho sufrir a seres inocentes: toda mi vida. Toda mi vida. Toda mi
escalera.

¡Qué rueda, madre, qué lenta noria altiva de su cieno, qué cangilones
de lealtad a la insolvencia del Destino, qué impavidez rastrera, ofidia,
aplicando como un verdugo la desmisericordia! ¡Qué noria la del
miedo pariendo el odio, la del odio pariendo la culpa, y qué noria de
culpa pariendo angustia malparida! ¡Qué parto de tristeza, qué
aborto interminable de dolor …! La culpa, madre. ¡La Culpa, María
Lara Pradillos! ¡La puta culpa entre tú y yo y el pozo!

…Sí, madre: aún me quedaba esta gota de odio.

Ahora sí, madre: el llanto.
Llora por los cuatros ases imperiales del llanto.
Llora con los setenta veces siete mandamientos del llanto.
Apaga los incendios del Pentateuco con arena de llanto.
Abre en la calle de Asia un Guadiana de llanto
que vierta sobre las piedras abrasadas del Sinaí los refranes del llanto.
Empapa en llanto las raíces de las Tablas del llanto.
Sobre Moisés derrama versículos de llanto.
Sobre la estirpe de los hombres dibuja las sílabas del llanto.
Esparce los nombres y los verbos y los evangelios del llanto.
Llora hasta que se mezclen en la riada del llanto
los nonatos, los solos, los apestados, los hambrientos de llanto.
Llora sobre los dos odios de llanto, amor de llanto.
Llora a placer: es la liberación: tu último llanto.
Exprime sobre ti y sobre mí este final gajo de llanto.
Llora ácido de ortigas al ver cómo tu hijo
vuelca sobre tu tumba, sobre tu barro, sobre tu ceniza
esta gota de odio. Mira esta gota, madre: está cayendo
sobre tu residencia sagrada: sobre tu sepultura.
Cae sobre toda tu memoria y sobre todo tu misterio.
Cae como aerolito de estaño al rojo
sobre tu frágil dermis de pena maternal. Esta gota de odio
cae exacta sobre la inmensidad de tu cansancio,
cae sobre la epopeya de tu mendicidad.
Cae sobre tu santa podre. Cae sobre la majestad convulsa
de tu maternidad. Cae sobre la cruz de tu inocencia.
Mírala, madre: esta es la última gota de mi odio.
Cae sobre tu cadáver, cae temblando
sobre la doble indefensión de tu vida y tu muerte.

Ya no queda más odio, madre. Gota y gota.
Fin y principio. El obelisco de la Inauguración.

Gota final de odio, gota final de llanto: criaturas
juntas de la manita entrando en el palacio
de la piedad: pura levitación. Puro ritmo maestoso.
Puro largo maestoso por fin. Puro porfín.
Vuela un porfín con apariencia de paloma corchea
dibujando sus órbitas de plata en la mañana pura. Suenan
las notas blancas de un porfín lleno de calderones de sosiego
y accelerandos de mistela. …Ya, madre, acabó.
Nos quedaba sufrir este trago, este veneno,
esta monstruosidad …esta revelación.
Aún nos quedaba umbilical, paciente,
la última escurridura de mi limón de odio
las lavacias de zumo de yel vieja.
Aún había que tragar este maltrago
que misteriosamente mortuorio
le está abriendo las puertas a la felicidad.

Al fin porfín sin fin ya soy tu hijo.
Juntos al fin tu luz materna y mi resplandor de vivir,
juntos tus dos pezones y mis encías de leche,
juntos tus huesos muertos y mis dientes postizos,
juntos desde tu parto hasta mis canas,
juntos y laras, apedillados, genealógicos,
juntos en la familia descomunal, prehomínida, primate,
juntos de la caverna al rascacielos,
juntos sacando con los dedos la cuenta de los siglos:
juntos sorbiendo Tiempo en este colosal calendario del mundo.

Juntitos como novios: incestuados a manera de dioses.
Amartelados a la luz del Uno. Privilegiados huéspedes del Cero:
cáscara, clara y yema del Huevo Órfico: puntos cauterizados
en la curva absoluta, Circunferencia de la eternidad.
Ambos zumo del centro. Lujuria de la esencia. Viajeros
en la Nave perenne de la disolución: cómplices
de la transformación de la Materia. Juntísimos
en el noviazgo cósmico del Azar y el Misterio. ¡Partículas
de la bisagra lúbrica de la Vida y la Muerte!

Madre: he tenido un sueño.
He visto la bisagra de la vida y la muerte.
He visto jadear el origen del mundo
en el átomo del Deseo.
He visto a las galaxias, sonrientes
ante tu pelo negro derramado en la almohada.
He visto mi noviazgo primordial:
tu juventud materna abanicando
a la sofocación de mi niñez.
(En un rincón Cirlot y Jung gritaban
a un impasible doctor Freud:
qué raros son los sueños
que proceden del cráter de la carne).
He visto a Jaime Szpilka
mirando con piedad mi infancia
y cegando con piedras todo el pozo,
como un obrero de la salvación.
En la bisagra de la vida y la muerte
(que no chirría: la alcuza de energía
Vierte en ella sin fin el unto del deseo)
he visto transformarse
tus dos tetas de madre alimenticia
en dos montañas de consolación.
Madre, he tenido un sueño:
detrás de una alpargata y una histeria
besándole la boca a la Guerra Civil
he visto a un hombrecillo de seis años
mirándote dormir casi desnuda
¡Tus bragas, tu camisón celeste,
tu misterioso olor balanceando
el oleaje oceánico de mi renacimiento!
En el sueño, mi padre (en Villafranca,
en la Membrilla, en Malagón
en Piedrabuena o en Villarrobledo,
en Manzanares o en Herencia… ¿dónde
en qué lugar titánico llenito de legumbres?)
cargaba camiones con sacos de cien kilos
de las lentejas del racionamiento
con una sola mano; con la otra
brindaba con coñac por don Manuel Azaña.
Qué raros son los sueños
amasados con soplos de materia
y con secretos de evidencia cósmica.
Y en ese sueño he contemplado
a tu dulce y millón olor de hembra
por vez primera en la extensión del mundo.
Y en ese sueño lento, oculto, omnipotente,
yo miraba feliz cómo mi mano,
zarpita de sigilo, muñón de terciopelo,
garra de litúrgico tacto,
se acercaba tu piel con un miedo de seda
allí en la noche altiva de color de la luz.
El hombrecito yo se quedaba dormido
y en sus ojos durmientes
se sentía, satélite de ti, guardaespaldas de ti,
abrazadito innumerable a ti
como el planeta Tierra es abrazado
por la ley de la gravedad. Y deambulaba
dormido como un tigre apretado a su tigra.
Mamá: he tenido un sueño.
He visto la bisagra de la vida y la muerte
y al verla, allí, infantil, dormido, importantísimo
como el susurro de la Inauguración,
escuché el formidable estruendo de alegría
que se abre en el espacio para parir los astros.

¿Me oyes, María? Desde tu mecedora de tierra ¿puedes oírme? Tu
obediencia a la ley soberana ¿te consiente una migaja de atención
recóndita, fuera de la razón? Tu lealtad a la aniquilación y a la ruina
que hoy presumen de ser tu identidad ¿puede abrirle la puerta a un
beso viejo, milagro sobre milagro? En la sordera de la tierra póstuma,
entre el estruendo inaudible de los escarabajos, desde la lenta
inexistencia de tus cinco sentidos ¿puedes sonreír bajo el imperio de
esta emoción puntual que te disparo con la ballesta de la adoración?
Por entre la potestad que ha desbaratado la arquitectura de tus
huesos, y ha disuelto el dibujo de tu rostro, y ha diseminado tus
ácidos y tus fosfatos, y que muerde, con displicencia, los apellidos
de tu padre y de tu madre, y que echa sobre tu nombre tierra milenaria
¿puedes, María, sentir el pálpito genealógico, el susurro de tu sangre
en el silencio de mi voz, a este lado de la frontera? las ordenanzas
del sumo tribunal ¿te dan permiso para que contemples, extasiada,
la formidable juventud este viejo achacoso ergudodo como un árbol
al pie de tu sepulcro? Desde tu atareada costumbre de morir ¿puedes,
durante un instante inaudito, demorar ese afán, volver la espalda a
esa sequía, y recibir en medio de la cara, en medio de tu sed
resurrecta, el diluvio apacible de esta lágrima que te ofrezco como
un ramo de siemprevivas ¿Puedes oírme, María? ¿Puedes acaparar
la trinidad de un beso enlagrimado por el regocijo? Desde lo más
profundo del tiempo negro de la separación, ¿puedes compartir con
tu hijo este beso que pone fin a todo pleito del alma, esta lágrima
absolutoria y aleluya, esta alegría que encharca tu fosa con el sudor
inmemorial que vierten luz a luz la piedad y el amor? ¿Cabe en tu
paz mi paz? en tu perpetuidad ¿hay sitio para este soplo de finitud
que llega a tu orilla nadando feliz como un delfín en
el mar de una lágrima? ¿Hay un lugar de honor en tu mutismo umbrío en
donde puedan resultar dos palabras, Te quiero; en tres palabras solares,
Te quiero, madre? En tu celeste trastero del perdón ¿caben el triunfo
y la vejez de unas pocas palabras verdaderas? ¿Oyes es la música olvidada,
la lira inmensa flotando en la ola humilde? ¿Te besan con tu broche
de lágrima todas estas palabras de alegría? ¿Aceptas la mano
empalabrada de tu hijo, de este viejo que habla sólo, con un pañuelo
apretado contra la boca?

Las palabras: mis machetes de abrir la selva,
mis silbidos de reunir lo disperso, mis ungüentos
en la fractura de vivir. Las palabras: mis madres.
Con las palabras he venido a tu casa. Con estas profesoras en el
bachillerato del dolor, catedráticas de la clemencia, alquimistas que
transmutan las escorias del miedo en la sanidad de la alegría; con
las palabras, cómplices del ritmo, metrónomos del reloj cósmico,
obreras de la permanencia, carcomas en la madera de la muerte…
Con las palabras he venido a tu casa: con su brasero lleno de picón
de la eternidad he venido a tu mansión de frío. ¡Calienta tus huesos!
Arrima tus manos al rescoldo de las palabras: ellas son el consuelo
incandescente, ellas son la hoguera nocturna de la horda, piedras al
miedo y tuétano de Especie. ¡Calienta tus manos! Adormécete,
duérmete… Duerme, cariño, duerme… ¡Ah, las palabras, cantándole
a tu calavera la nana apoteósica! ¡Ah, las palabras: alucinadas:
elocuentes! …Aquí las dejo, madre, sobre tu tierra muda.

Mientras beso este puñado de tierra que yace palpitante en el
absorto cuenco de mi mano, quiero que sepas que la alucinación
materna que reside tras el cerrojo de la edad, la madre que está viva,
la madre ritornella y lázara perpetua …desde bajo la tierra me
contempla con piedad enfermera, con amor analgésico, con yodo de
pupila, con algodón de lágrima, con pomada de párpado: me
contempla con la luz ya sin susto de sus ojos …y de repente me
sonríe: me perdona: me quiere.

Adiós, madre.
Me llevo para un siempre ya muy pequeño, pero ya sereno,
esta sonrisa con dos asas, esta vianda de enmadrecimiento,
esta sonrisa que comparten tu calavera y mi vejez,
este pañuelo tan dichoso apretado contra la boca.

Adiós, María. Descansa.
La tierra, el tiempo y yo somos tu cuna.

Duérmete, ea.
A la nana nanita del cementerio
una muerta y un viejo en asamblea.
Por fin lo que fue estrépito es ya misterio.
Duérmete, mi niña, ea.

Pronto vendrá la luna
para lamer mi lágrima, para mecer tu cuna.

Ea, ea…


Félix Grande