viernes, 23 de febrero de 2018

gralha! gralha!


Perdi uma pena, a primeira que comprei e sempre carregava comigo; gostava de apalpá-la, enfiar a mão no bolso e acreditar que era um revolver com que um dia mataria alguém de um poema na testa...

La poeta brasileña Rita Barros traduce al portugués mi poema ¡Urraca! ¡Urraca!, perteneciente al recientemente publicado Paseando a Míster O, para la revista LIBEROAMERICA.

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jueves, 22 de febrero de 2018



Bebé Rocamadour, bebé bebé, Rocamadour:
Rocamadour, ya sé que es como un espejo. Estás durmiendo o mirándote los pies. Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos. Pero no lo creo, te escribo porque no sabes leer. Si supieras no te escribiría o te escribiría cosas importantes. Alguna vez tendré que escribirte que te portes bien o que te abrigues. Parece increíble que alguna vez, Rocamadour. Ahora solamente te escribo en el espejo, de vez en cuando tengo que secarme el dedo porque se moja de lágrimas. ¿ Por qué, Rocamadour ? No estoy triste, tu mamá es una pavota, se me fue al fuego el borsch que había hecho para Horacio; vos sabés quién es Horacio, Rocamadour, el señor que el domingo te llevó el conejito de terciopelo y que se aburría mucho porque vos y yo nos estábamos diciendo tantas cosas y él quería volver a París; entonces te pusiste a llorar y él te mostró como el conejito movía las orejas; en ese momento estaba hermoso, quiero decir Horacio, algún día comprenderás, Rocamadour.

Rocamadour, es idiota llorar así porque el borsch se ha ido al fuego. La pieza está llena de remolacha, Rocamadour, te divertirías si vieras los pedazos de remolacha y la crema, todo tirado por el suelo. Menos mal que cuando venga Horacio ya habré limpiado, pero primero tenía que escribirte, llorar así es tonto, las cacerolas se ponen blandas, se ven como halos en los vidrios de la ventana, y ya no se oye cantar a la chica del piso de arriba que canta todo el día Les amants du Havre. Cuando estemos juntos te lo contaré, verás. Puisque la terre est ronde, mon amour t'en fais pas, mon amour, t'en fais pas...Horacio la silba de noche cuando escribe o dibuja. A ti te gustaría, Rocamadour. A vos te gustaría, Horacio se pone furioso porque me gusta hablar de tú como Perico, pero en el Uruguay es distinto. Perico es el señor que no te llevó nada el otro día pero que hablaba tanto de los niños y la alimentación. Sabe muchas cosas, un día le tendrás mucho respeto, Rocamadour, y serás un tonto si le tienes respeto. Si le tenés, si le tenés respeto, Rocamadour.

Rocamadour, madame Irène no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo. Cuando se lo dije a Horacio, se reía mucho, pero no se da cuenta de que yo lo siento, y que aunque no haya ningún animal maligno que esconde las manos, yo siento, no sé lo que siento, no lo puedo explicar. Rocamadour, si en tus ojitos pudiera leer lo que te ha pasado en esos quince días, momento por momento. Me parece que voy a buscar otra nourrice aunque Horacio se ponga furioso y diga, pero a ti no te interesa lo que él dice de mí. Otra nourrice que hable menos, no importa si dice que eres malo o que lloras de noche o que no quieres comer, no importa si cuando me lo dice yo siento que no es maligna, que me está diciendo algo que no puede dañarte. Todo es tan raro, Rocamadour, por ejemplo me gusta decir tu nombre y escribirlo, cada vez me parece que te toco la punta de la nariz y que te reís, en cambio madame Irène no te llama nunca por tu nombre, dice l'enfant, fíjate, ni siquiera dice le gosse, dice l'enfant, es como si se pusiera guantes de goma para hablar, a lo mejor los tiene puestos y por eso mete las manos en los bolsillos y dice que sos tan bueno y tan bonito. Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico, pero quiero decir que Horacio llegará en seguida. ¿ Le dejo leer mi carta para que él también te diga alguna cosa ? No, yo tampoco querría que nadie leyera una carta que es solamente para mí. Un gran secreto entre los dos, Rocamadour. Ya no lloro más, estoy contenta, pero es tan difícil entender las cosas, necesito tanto tiempo para entender un poco eso que Horacio y los otros entienden en seguida, pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que no te puedo tener conmigo, que es malo para los dos, que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto.

Es así, Rocamadour: En París somos como hongos crecemos en los pasamanos de las escaleras, en piezas oscuras donde huele a sebo, donde la gente hace todo el tiempo el amor y después fríe huevos y pone discos de Vivaldi, enciende los cigarrillos y habla como Horacio y Gregorovius y Wong y yo, Rocamadour, y como Perico y Ronald y Babs, todos hacemos el amor y freímos huevos y fumamos, ah, no puedes saber todo lo que fumamos, todo lo que hacemos el amor, parados, acostados, de rodillas, con las manos, con las bocas, llorando o cantando, y afuera hay de todo, las ventanas dan al aire y eso empieza con un gorrión o una gotera, llueve muchísimo aquí, Rocamadour, mucho más que en el campo, y las cosas se herrumbran, las canaletas, las patas de las palomas, los alambres con que Horacio fabrica esculturas. Casi no tenemos ropa, nos arreglamos con tan poco, un buen abrigo, unos zapatos en lo que no entre el agua, somos muy sucios, todo el mundo es muy sucio y hermoso en París, Rocamadour, las camas huelen a noche y a sueño pesado, debajo hay pelusas y libros, Horacio se duerme y el libro va a parar abajo de la cama, hay peleas terribles porque los libros no aparecen y Horacio cree que se los ha robado Ossip, hasta que un día aparecen y nos reímos, y casi no hay sitio para poner nada, ni siquiera otro par de zapatos, Rocamadour, para poner una palangana en el suelo hay que sacar el tocadiscos, pero donde ponerlo si la mesa está llena de libros. Yo no te podría tener aquí, aunque seas tan pequeño no cabrías en ninguna parte, te golpearías contra las paredes. Cuando pienso en eso me pongo a llorar, Horacio no entiende, cree que soy mala, que hago mal en no traerte, aunque sé que no te aguantaría mucho tiempo. Nadie se aguanta aquí mucho tiempo, ni siquiera tú y yo, hay que vivir combatiéndose, es la ley, la única manera que vale la pena pero duele, Rocamadour, y es sucio y amargo, a ti no te gustaría, tú que ves a veces los corderitos en el campo, o que oyes los pájaros parados en la veleta de la casa. Horacio me trata de sentimental, me trata de materialista, me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio, porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan Potemkin y hay que verlo aunque se caiga el mundo, Rocamadour, porque el mundo ya no importa si uno no tiene fuerzas para seguir eligiendo algo verdadero, si uno se ordena como un cajón de la cómoda y te pone a ti de un lado, el domingo del otro, el amor de la madre, el juguete nuevo, la gare de Montparnasse, el tren, la visita que hay que hacer. No me da la gana de ir, Rocamadour, y tú sabes que está bien y no estás triste. Horacio tiene razón, no me importa nada de ti a veces, y creo que eso me lo agradecerás un día cuando comprendas, cuando veas que valía la pena que yo fuera como soy. Pero lloro lo mismo, Rocamadour, me equivoco, porque a lo mejor soy mala o estoy enferma o un poco idiota, no mucho, un poco pero eso es terrible, la sola idea me da cólicos, tengo completamente metidos para adentro los dedos de los pies, voy a reventar los zapatos si no me los saco, y te quiero tanto, Rocamadour, bebé Rocamadour, dientecito de ajo, te quiero tanto, nariz de azúcar, arbolito, caballito de juguete...

Julio Cortázar

martes, 20 de febrero de 2018

Mordido

El próximo jueves 22 de febrero se presenta el nuevo poemario de Juan Cuevas "Mordido" (Asociación Noctiluca, 2018) a las 20:30 en el café Metáforas (C/ Mata, 20) y a las 22:00 en el café Entrelíneas (C/ Peris Mencheta, 19) con actuaciones musicales.
El libro es una suerte de animalario humano o de humanidad bestiaria, lleno de pezuñas, hocicos, metáforas y alegorías, donde cada animal homenajea otras realidades. La pequeña introducción que lo abre, y que aquí comparto, es una aportación mínima por mi parte que hace de prólogo o zaguán a los poemas.
¡Nos vemos!





















Como el arca del Génesis que Noé fabricara sobre lo seco, yo he visto levantarse esta barcaza desde su primera tabla. En ella iban entrando las bestias sencillas –una a una– las derrotadas, las cojas, las sin futuro, las dejadas de la mano de Dios –una a una– la tortuga abrazada al museo, los reptiles cosmonautas, los pajaritos con equipaje, los perros mirando la tarde, relamidos con el hueso lunar, los peces trayendo la noche, las luciérnagas su cajita de alfileres.
Anfibias criaturas de los márgenes del mundo, id pasando. Ratas, salid. Gatos, ladrad, que retumben vuestros idiomas callejeros.
Caballitos lentos, estas son vuestras metáforas para el frío. Vivos elefantes cosidos a la tierra, vuestro hijo os llama.
Canta, ballena, porque al fin alguien traduce tu triste decibelio. Topos, batracios, tiernos hocicos, mitologías con patas, aquí está vuestro Capitán. Celebrad todos el mordisco de la vida, la fiesta yugular, porque ahí afuera empieza a llover sobre las cabezas de los hombres y en esta góndola de papel estáis a salvo.

Iván Onia Valero

lunes, 19 de febrero de 2018

Los gorriones


La precisión
del miedo
es el arco
del violín

TOBÍAS CAMPOS FERNÁNDEZ

Hace años, cuando yo era inocente y sabio,
ya erais el bisturí oscuro y la alarma,
el himno pensando en hombres despiertos.

Hace años, cuando los ojos cerrados
y el frío eran la misma palabra,
yo iba al colegio dentro del invierno
y amaba las rodillas astrales de mis compañeras.

Ya por entonces, entre el valor y la lluvia
había una trinchera de árbol
y un amor de pan os domesticaba.

Aquí,
debajo de vuestra sucia línea,
vivo y triste igual que los hoteles
de arrabal a los que el viento rompe
media estrella,
he seguido.

Amé vuestro desorden
porque cosía las llagas del agua
y hacía creer en los aviones
que se pierden buscando bosques en llamas.

Suma de corazones, más alas, más ojos,…
igual que luces negras.
Eso seréis hasta siempre,
violines asustados,
geometría para venir del hambre
a mis edades.

Iván Onia Valero, de Hermanos de Nadie (karima Editora) 2015

domingo, 18 de febrero de 2018

IV


No digáis que, agotado su tesoro,
de asuntos falta, enmudeció la lira;
podrá no haber poetas; pero siempre
habrá poesía.

Mientras las ondas de la luz al beso
palpiten encendidas,
mientras el sol las desgarradas nubes
de fuego y oro vista,
mientras el aire en su regazo lleve
perfumes y armonías,
mientras haya en el mundo primavera,
¡habrá poesía!

Mientras la ciencia a descubrir no alcance
las fuentes de la vida,
y en el mar o en el cielo haya un abismo
que al cálculo resista,
mientras la humanidad siempre avanzando
no sepa a dó camina,
mientras haya un misterio para el hombre,
¡habrá poesía!

Mientras se sienta que se ríe el alma,
sin que los labios rían;
mientras se llore, sin que el llanto acuda
a nublar la pupila;
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Mientras haya unos ojos que reflejen
los ojos que los miran,
mientras responda el labio suspirando
al labio que suspira,
mientras sentirse puedan en un beso
dos almas confundidas,
mientras exista una mujer hermosa,
¡habrá poesía!

G.A Bécquer

viernes, 16 de febrero de 2018

52 Blue (la ballena más solitaria del universo)


Es tan delgada la línea del mar para su canto,
que nadie quiere nadar hacia él.
La canción más solitaria del mundo
sobre el océano más basto y solitario.

Su sonido tiene entrañas de neutrón,
absorbida dinamita en soledad prendida.
Para llegar al vientre del espacio
es necesario recorrer el amor, que es azul.

El viaje es un fruto mojado donde germina la semilla.
A través del líquido hinchado de las ondas sonoras,
del viento que muerde la frecuencia
y el registro desolador que pregunta a los tímpanos turbados.

Sólo escuchar los rayos filtrados en verde espiral,
la luz que presagia la muerte de la música,
la orilla que es en su boca melodía
o un dolor de azucenas náufragas, inconclusas.

Traen los barcos las sonoridades altas,
asolan mi abismo azul. Un cargamento sonoro e inalcanzable.
A la deriva, un rumor casi eléctrico, pez cuchillo o cristal en las encías.
Descifrar luciérnagas suspendidas en el sonido,
esclarecer el holograma de las mareas,
saber qué mar me nombra, así, con labios como olas, que susurran entre sus brazos mi nombre las medusas, que se escribe en los corales, que gritan las ostras al despertar.

Qué hermosas las orquestas erguidas sobre el mar,
con sus violas diminutas como huesos de melocotón,
con sus bailes perfumando los cabellos trenzados.
En el centro del silencio los faros musícan auroras.
El pacífico es un ártico donde el atlántico muerde su índico ya inevitablemente antártico.

Desde la pleamar al pleonasmo,
la búsqueda abrasada.
A lo lejos, ellos, sus cantos ufanos.
Herida en sal y soledad mi afonía.
Donde afila el iceberg su eterna barcarola,
allí bufaré.

Que el cristal de la noche se rompa en mi garganta.

Juan Cuevas

jueves, 15 de febrero de 2018

La autopista


Estás en la autopista y el coche te obedece,
no vas a ningún sitio,
todos los sitios pasan y pasan a tu lado,
todos los sitios son el mismo sitio,
ves las indicaciones, los rótulos,
y ves los edificios en obras con sus grúas,
montones de ladrillos,
una gasolinera, anuncios:
has salido a la calle sin pisar la calle,
el ascensor te lleva
hasta el lugar
donde te espera el coche,
te baja a la cochera,
no tienes que saludar a nadie,
de tu casa a tu coche,
de tu coche a la calle,
de una calle a otra calle,
sin saludar a nadie estás en la autopista
y notas que el coche te obedece,
sus ruedas giran, gira el motor,
los motores se mueven, no se cansan,
son máquinas que están girando siempre:
el mundo está repleto de motores,
las casas están llenas de motores,
hay motores en todos
los rincones del mundo,
hay uno en la nevera,
la lavadora también tiene un motor,
y los ventiladores, la caldera,
el microondas, los relojes,
tu maquinilla de afeitar,
el aparato de la música,
la cafetera, el horno,
un secador de pelo,
exprimidores, batidoras,
todo está lleno de motores,
el mundo es un motor,
sólo existen motores,
es más fácil encontrar un motor
que encontrar un amigo,
la puerta del garaje también tiene un motor,
y te obedece siempre,
hará lo que tú digas,
y se abre o se cierra,
si se rompe alguien viene
deprisa y la repara,
todo está en movimiento,
todo gira y se mueve,
todo está en movimiento menos tú,
que ahora corres por la autopista
en dirección a cualquier parte.

José Carlos Rosales

lunes, 12 de febrero de 2018


Pero el niño está ahí, dorado de sí mismo, vivo, mirado desde los rincones por todos los gatos de la muerte, haciendo hablar a las cosas, gozoso de la locuacidad de los objetos y las esquinas, asomado al culo de la vida, viendo el revés de todo, encontrándole al mundo púas musicales, resortes de payaso. El niño, su vida breve, el oro de su pelo, sin tiempo por detrás ni por delante, amenazado, fugaz, inverosímil como una manzana en el mar, reciente todavía de aquel parto a última hora de la tarde, cuando me mire a mí mismo en su llanto boca abajo.

La primera niñez, la época que perdemos de nuestra vida, de la que nunca sabemos nada, sólo se recupera con el hijo, con él vuelve a vivirse. Gracias al hijo podemos asistir a nuestra propia infancia, a nuestro propio nacimiento, y yo miraba aquellos ojos cerrados, aquel llanto rosáceo, y me veía a mí mismo, por fin, en el revés del tiempo. El niño, su debilísimo denuedo, su crueldad rosa, fe total en la vida, sin pasado ni futuro, presente completo, y cómo se ha ido abriendo paso a través del idioma, cómo ha ido abriendo frondas, tomando palabras, y llega ya hasta mí, venido de la manigua que nos separaba, del bosque de los nombres y las letras, y está ya de este lado, habitante del alfabeto.

Nunca llevamos a un niño de la mano. Siempre nos lleva él a nosotros, nos trae. Aprender a dejarse llevar por el niño, confiarse a su mano, loto que emerge en los estanques de la infancia. El niño nos lleva hasta los reinos de lo pequeño, acude a nuestra propia infancia dormida, nos mete por el sendero más estrecho, transitado sólo por la hormiga, la sansanica, el clavo solitario y la piedra rodadora.
Ir con él por la calle, por el campo. Y nos da la medida de nuestro exilio, porque él sí pertenece a los cielos viajeros, a la luz del día, al estallido de la hora, y nosotros ya no. Nosotros nos hemos distanciado con el pensamiento, la reflexión, la impaciencia y el orden.

Francisco Umbral