lunes, 22 de octubre de 2018

McDonald's


Estoy en el MacDonald´s de la Plaza de España de Zaragoza,
haciendo la cola gigantesca,
con los ojos clavados en los carteles de los precios,
el dinero justo en la mano derecha,
billetes arrugados.

Estoy ahora en el piso subterráneo, arriba fue imposible.
Estoy sentado al lado de un niño negro que tiene en su mano
una patata amarilla untada de ketchup muy rojo:
Santísima bandera del otro mundo, el niño negro que resplandece,
mi hermano ciego.
El niño está solo, no bebe,
no le llega para la Cocacola, sólo patatas.
Sólo patatas, sólo patatas, esa desgracia,
esa soledad idéntica a la mía,
¿no lo entiendes?, sólo le llega para las patatas,
y está sentado, quieto,
en su trono, la negritud y el niño,
en el trono, allá, allá, en ese trono radiante.

MacDonald´s siempre está lleno.
Es el mejor restaurante de Zaragoza,
una alegría despedazada nos despedaza el corazón:
Por tres euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas,
de pajitas, de bandejas.
Es el mejor restaurante del mundo.
Es un restaurante comunista.
Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo,
aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,
al lado de un cartel que dice "I´m lovin´ it".
Tengo una bota encima de un charco
de un helado de nata deshecho. Miro la nata comerse el tacón de mi bota.
Una nata blanca, despedazada.
Arde el sol sin tiempo, bulle la mano sucia.

A mi lado, una niña de veinte años le dice a un tío de diecisiete
que no le importaría hacérselo con él. Con él, con él, un eco negro.
Y ríen y tragan patatas fritas.
Y yo trago patatas fritas.
Y dos maricas están enfrente comiéndose
la misma hamburguesa goteante,
cada boca en un extremo, y se manchan y
se muerden.
Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan.
Y se despedazan.

En Londres, en París, en Buenos Aires,
en Moscú, en Tokio,
en Ciudad del Cabo, en Tucson, en Praga,
en Pekín, en Gijón,
somos millones, la tarde harapienta,
el dolor en el cerebro, la comida,
millones en miles de subterráneos esparcidos
por la gran tierra de los hombres.

Estoy en paz aquí con todo: barata la carne, barata la vida,
baratas las patatas.
Me siento Lenin. Soy Lenin, el marica inusitado,
el gran hereje, el loco supremo,
el hijo de la última mano miserable que tocó
el monstruoso corazón del cielo.
Si Lenin volviera, MacDonald´s sería el sitio,
el palacio sin luna,
el gueto de las reuniones clandestinas.

Algo importante está sucediendo
en este subterráneo del MacDonald´s
de la Plaza de España de Zaragoza,
pero no sé qué es.
No lo sé.
De un momento a otro, vamos a arañar la felicidad:
el niño negro, los novios, el muñeco, la nata del suelo, mis botas.
Botas nuevas, de piel brillante, con la punta afilada en señal de muerte.
En MacDonald´s, allí, allí estamos.
Carne abundante por tres euros.

Manuel Vilas

domingo, 21 de octubre de 2018

Caribe mix 2017



Mi infancia son recuerdos de fin de año en familia
y un top claro donde a Sabrina le asoma un pezón.
Mi juventud, siete años de instituto en Sevilla,
mi historia, casi está escrita en una canción.

Qué mal pirata fue aquel niño,
qué llorón de secano, miedica,
apretando los ojos cuando John Silver, el Largo,
venía a por él para llevarlo a los mares del Caribe
y cerraba el libro atrapando un tiburón por la cola.
Mi infancia son recuerdos del mar lejos
y las canciones cerca:

Michael Jackson entra en mi salón
con su leva de muertos y se beben mi infancia.
Soy uno de los niños de Robert Miles,
encerrado en el piano hasta que aprenda
a bailar con su hermosa sonata en do mayor
para atolondrado y doncella.
¿Qué demonios hago aquí?
Yo no pertenezco aquí.
Ese soy yo en un rincón, ese soy
en el centro de la pista de baile, mientras
pierdo mi religión, los amigos
me sueltan de la mano y me pierdo
en los altos maizales de mi pelo entonces.
Lo añoro como a una novia que se cambia de colegio.
Pelo, mi primera nostalgia, soy tu extranjero.
Tumbado en la cama, Axel Rose
llueve su canto sobre noviembre
y meto mis dedos en la alegre estopa.
Sonrío porque es viernes y estoy enamorado
de las pequeñas hogueras del calendario.
Tonto melodramático, neurótico
hasta los huesos que, a ratos, muerde un gajo de alegría.

Eso soy al final de los 90.

La soledad y yo nos matamos mutuamente,
somos socios en el crimen,
una vez yo y tres veces ella.
Sólo quiero zigzaguear y alguien a quien no pueda resistir,
llorar con ganas en la garganta de Steve Tyler,
soñar con su hija y la dulce Alicia a lomos de un Cadillac.
Debo confesar que mi soledad me está matando ahora:
Oh Britney Spears, patrona de los pajilleros,
reina de los Cuarenta Principales,
larga vida a tu falda y tus coletas.
Sólo quiero zigzaguear,
ver amanecer en año nuevo,
ver anochecer desde mi viejo coche,
gritar por la ventana no seas membrillo
y hundir mis manos en los muslos tibios
de mis primeros poetas;
corazón coraza, tú me llamas amor
y un taxi recorre la distancia entre
García Montero y Brandon Flowers.
No me importa vuestra mala fama:
chicos tiernos, mafiosos de club,
soy una llave que necesita ser girada
y colocáis mis dientes enfilando
las frutas del porvenir.
Poetas míos, héroes de mi silencio,
dueños del himen de mi asombro.


He caminado bajo tantos paraguas desde el segundo milenio
que ya no recuerdo un solo centímetro de desolación.
Aunque el mundo reparta sus cartas
y la guerra se haya llevado su parte,
siempre tengo a alguien amparando mi triste osamenta
de niño en los tejados.
Tengo veinte años y pienso que el mundo es mío.
Con la luna en las pupilas y mi traje agua marina,
siento el miedo en los ojos de mis enemigos,
los mares se alzan cuando yo lo ordeno,
miro los cañones rotos por el cielo,
los barcos atuneros, los fuegos beduinos,
la luz de los campos petrolíferos al amanecer.
Cada segundo perdido es más de lo que puedo soportar.
San Pedro conoce mi nombre.
Son días bonitos.


A pesar del miedo al mar, no he dejado de navegar todo este tiempo,
buscando mis islas, el Caribe del presente.

I´m a lonely boy
que todavía vuela a Johannesburgo
en las bodas
y tiembla en los minutos finales.

El futuro era esto:
un traje de emperador a juego con mi aire súbdito,
un museo de medallas y de arazaños,
la cabeza rubia que ahora amo, brotada como un hongo de lo seco.
¿Quién quiere timón en la deriva?
quién, cuando ha sobrevivido a casi todo;
la crisis, Lopera, las versiones de Pitingo.
Soy el sepulturero analógico al otro lado del Atlántico
que abre una cerveza helada y mira la tarde
desde su porche en 2017.
Hasta aquí has llegado, pequeño Jim Hawkins.

En el nombre de hoy, Viva la vida.

Y brindo al Sol con el último salmo de occidente:

Sí, ya sabes que llevo un rato mirándote,
tengo que bailar contigo hoy.
Vi que tu mirada estaba llamándome,
muéstrame el camino que yo voy

(Oh)

y el Sol desaparece

des
pa
ci
to.

Iván Onia Valero

sábado, 20 de octubre de 2018

En vos confío


Ven otra vez socórreme apacigua este frío
Aproxima una mano de luz por las horas retintas
El desconcierto hiela mis huesos y mis ojos
Estoy abandonado de la felicidad

Protégeme, poema
Sano sólo me queda este odio a la desdicha
Dame calor acércame las palabras alucinantes
Fonema colorado abre tu portalón solemne
y pasaré a la cueva grandiosa del lenguaje
orando interminable la sílaba sin fin

Mira a este can salvaje atado con cadena
Mira a este tigre altanero extenuado en la lluvia
Y mira a mi velocidad tumefacta de miedo
Acércate, poema, dame una medicina desaforada
Delibera con todas mis vísceras, regresa sudoroso
maravillosamente sucio de humores y de sangre
y dime qué te han confiado qué les ocurre
descíframe recítame mi propio secreto
Apresúrate sílaba, me apago

Estoy abandonado de la felicidad
y como un alacrán que se matara con su propio veneno
con mis preguntas me estrangulo Responde tú, poema
Siéntate en una silla dame conversación
tú eres el brujo más misericorde
tú eres el sacerdote boreal

Ven otra vez Aproxima una mano de luz
Acércame las palabras fantásticas en el pan de la voz
Una jauría de ininteligibles
va cercando a mi vida y a mi cuerpo sagrados
con bocados con alimañas Asóciate a mi corazón
baja a esta selva y sé mi camarada augusto
Combate a mi favor contra esa peste a cataclismo
contra ese caldo soez de error y de amenaza

Ven otra vez Socórreme Socórreme, poema
Tú eres el enigmático solar
la mano que apacigua el espanto
la niebla enorme que todo lo besa
En vos confío En vos confío En vos confío

Félix Grande

viernes, 19 de octubre de 2018

Dios debe ser alguien que con dos copas se arranca


Hemos llegado al final del invierno como si nada, como si principiáramos
la escarcha o tocáramos la tormenta en el naranjo, preñado del
zumo y la pulpa de los otros árboles que murieron entonces y que
ahora regresan.
Esa dulzura de los ciclos y nosotros tan aquí todavía, comiendo langosta
y bebiendo champán en este trasatlántico del presente, mientras
la orquesta toca fuerte el Lucille del pequeño Richard y, afuera,
la ola que habrá de borrarnos alimenta su terrible curva con odio, con
pequeños peces, con justicia.

El invierno se acaba, lo sé por las fresas y porque los gordos llenan
los parques de sudor y espíritu olímpico. Porque en el aire ya puede
olerse la cabalgata de abejas como valkirias señalando las flores
para el sacrificio.
Es casi una broma continuar en el mismo lugar mientras la vida
acontece sin descanso. Ver reventar el mundo una y otra vez, como
Sísifos incansables de nuestro propio esqueleto, cada año más insano
y pesado, contemplando cómo los ríos de sangre nueva salpican
nuestros zapatos para que un poco sonrían en su ascenso, se
alegren en la bajada.
A esta misma hora un adolescente plancha su túnica y besa las
siete llagas del Mesías en una estampa, más tarde se masturbará
pensando en las muchachas del Domingo de Ramos, esas novias descalzas
de la primavera que se paran delante de los escaparates y se
sueñan pisando el azahar con unos tacones rojísimos, hechos de fiesta,
potencias y espinas.

Es la vida.

La contemplamos desde lo alto de la colina, con el glosario de nuestros
huesos a la espalda, como a una macabra broma de los órdenes.
Si pudiésemos mirar mucho, veríamos la tiza en el infinito bailar la
fórmula de nuestra exactitud en el tiempo y el espacio, pero somos
limitados, obtusos, promesas del óxido, inventores de las palabras fe
y destino, llamamos a este fenómeno ley de vida.

El invierno se acaba,
en el bostezo de un oso cabe el alfabeto de la naturaleza,
las margaritas son una raza de la nieve.
Dios debe ser un buen tipo o al menos alguien que con dos copas
se arranca, nos deja ver la resurrección lázara del planeta cada
año, al tiempo que sus manos húmedas de alfarero nos abrazan
los tobillos y los clavan a la tierra con un guiño y un nuevo centímetro.
Me cuesta no pensar en otra cosa, pero atardece, las muchachas pasan
bellísimas, despeinadas y con los pies ensangrentados, el invierno
es ese viejo delgadito balbuceando en la puerta de la iglesia, un
globo se escapa y el niño llora su réquiem tirando del abrigo
paterno, pero ya le han dicho que el globo pertenece ahora a las estrellas,
como el hámster o los abuelos, aunque no entiende nada, ni
yo tampoco.
Un pájaro me picotea la calva y todo me parece una bellísima ironía.

Iván Onia Valero, de Paseando a míster O (Asociación Noctiluca, 2017)
Fotografía de Cristina Quicler

jueves, 18 de octubre de 2018

Contra las cosas redondas


Amamos las cosas redondas pensando
que han de ser eternas y amables y perfectas:
el pomelo bajo el rotundo sol de agosto,
la pulsera que orbita alrededor del pulso,
la moneda con dos caras y ninguna cruz,
el balón de playa en cuyo interior aún se respira
un paciente aire de mil novecientos ochenta y dos.

Hay días redondos en los que todo cuadra
y la vida parece marchar sobre ruedas:
alguien, lija en mano, se encargó
de sustraerle al mundo todas las esquinas,
todas las aristas, todos los bordes.

Pero basta que atravieses por un declive
o que todo se vuelva cuesta arriba de repente,
para comprobar que son las cosas redondas
las primeras en abandonar y en echar a correr:
el pomelo, la pulsera, la moneda y el balón.

Me niego en redondo a aceptar tales desplantes.
Ante las formas esféricas opongo las cosas informes.
Elijo las imperfectas, las imprecisas, las irregulares.
Aquellas llenas de taras, de abolladuras o de dobleces.
Hermosas y singulares, sin plegarse a ningún centro,
solo ellas permanecen y nos acompañan siempre.

Jesús Jiménez Domínguez

miércoles, 17 de octubre de 2018

Barbería doméstica


Porque sé que no hay justicia en el amor inconfeso.
Que no hay justicia en el amor callado
MARTÍN LUCÍA

A José Onia


Tienes en la cabeza las navajas
de labios rotos
y tu nuca desnuda es un satélite
en el mediodía.

Hablas, tu paladar es un racimo
de números en verso y de limones.

Callas igual que un muerto doblado
y el silencio se te para en la frente
con níquel de luz y de sienes.
Callas y la tijera siega el aire
que llena el suelo de peces muriendo.

En ocasiones pienso en los naranjos,
su dureza estival y verde,
su forma de prometer el invierno.
Otras pienso en tu padre y en su padre…
como se piensa en los horizontes.

Pienso en el azar, en las dos miradas
buscándose debajo de la fiesta,
deseando la patria de lo oscuro.
En tu madre que ya amaba los árboles
y luego amó a mi abuelo.
En la primera noche donde todos
fuimos Origen.

A lo largo de las generaciones
tú y yo hemos comprendido que el amor
es un bisonte a punto de ser cazado,
un tejado de barro,
la sopa de hacha,
el revólver de madera.
Es el sabor a tarde de domingo
–metal de la derrota–
la hierba entre los dientes
o la victoria, que nos deja extraños
como andar con zapatos prestados.

Todo menos la luz de los signos,
menos el agua clara de las palabras
es el legado de nuestra estirpe;

estas navajas rotas,
estos peces muriendo,
esta plata caliente de mis manos
que el viento esparce
es todo el amor que nadie, nunca,
nos ha dicho.

Iván Onia Valero de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en Huida, 2013)

martes, 16 de octubre de 2018

Mi amor por ti


Mi amor por ti
Es un vidrio roto por el mal alumno del curso
Una capilla con techo de zinc bajo la lluvia de Vilcún
Una manzana ofrecida a la profesora por el alumno bueno del curso
El viento sur jugando ajedrez contra el viento norte
para decidir qué tiempo va a haber
La conversación con los mapuches que desde la costa
traen las estrechas carretas de cochayuyo
El abejorro que zumba deslumbrado al contemplarse en el espejo
El olor a café en el molinillo de la tía solterona
El recuerdo de rostros bellos como las proas de los veleros de otro siglo que se recuerdan junto a la cocina económica
El encanto de leer el Ojo y recitar las tablas de multiplicar
El gallo de pelea cuyas heridas cura tu padre tras suú últimavictoria
El maqui de los mendigos que aún no soporta el aliento de los camiones
El gesto del loco tratando de atrapar un rayo de sol con su sombrero en medio de la plaza
Un viaje en carreta con los primos para celebrar en la hijuela familiar el Año Nuevo
Las chispas de la locomotora a vapor iluminando la noche frente a mi perdida casa
Los nombres de poetas amados que repasamos como las cuentas de un racimo de uvas de Italia
El primer surco trazado por los colonos con susa aradosde madera
Y en fin
La llave que se nos ha dado para unir la memoria con el olvido
Y que lanzo al fondo de un pozo
Para que alguien tan afortunado como nosotros hoy día
la encuentre algún día.

Jorge Teillier

lunes, 15 de octubre de 2018

Lili Marleen


Hans Leip

No son las ansias de victoria ni el amor al azar de una patria, sino los pájaros.
Son los pájaros que sobrevuelan los campos de batalla la causa insalvable de que los soldados, allá abajo, decidan matar al otro y no volarse a sí mismos sus jóvenes cabezas. Creyendo seguir órdenes disparan y se esconden como cucarachas, sortean charcos, agujeros, balas, obuses, cuerpos de compañeros y cadáveres desconocidos y así, van obviando el círculo de cielo donde bailan, entre nubes de tierra, los animales con las alas sucias, pero nunca olvidan que es a eso a lo máximo que aspiran, a levantarse de un suelo de sangre alguna mañana para atravesar los territorios en un vuelo que los devuelva a la cama caliente, al plato de sopa, al abrazo.

En 1915, el soldado Hans Leip se encontraba hendido por el amor de dos muchachas; Lili, seudónimo de una verdulera llamada en realidad Betty, y la enfermera Marleen. Antes de marchar al frente de la Primera Guerra Mundial escribió un almibarado poema de amor dedicado a una persona, una sola mujer: Lili Marleen.
Ni en el mejor o peor de sus sueños imaginaría el soldadito Leip que aquel poema de juventud del que renegara en su madurez:Das Lied eines jungen Soldaten auf der Wacht (La canción de un soldado joven en la guardia), iba a ser publicado veintidós años más tarde, a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, y que, musicalizado por el compositor alemán Norbert Schultze bajo el título: Das Mädchen unter der Laterne (La chica bajo el farol), iba a servir de argamasa para que todos los soldados de la otra Gran Guerra, guardaran silencio al unísono cada vez que la voz de Lale Andersen sonaba por los altavoces entonando los versos de aquel soldado poeta.
Por las radios de los territorios tomados, como el de Belgrado, sonaba la música de una mujer, que era todo lo que aquellos soldados querían recuperar cuando todo acabara. Mientras tanto, la voz de otra mujer, Marlene Dietrich, se sintió empujada a cantar para el otro bando y en otra lengua la misma canción que el enemigo había tomado como himno apócrifo. De este modo, la segunda gran guerra del mundo quedó tatuada por la melodía de dos mujeres entonando un mismo poema de amor juvenil que estaba dedicado a un par de muchachas que casi treinta años atrás se repartieron, sin saberlo, el amor de un solo poeta.

Sólo hay un puñado de cosas que saben sobrevolar el aire encendido de una guerra, rayando el fuego con el látigo lento de la esperanza para los que, allí abajo, están ardiendo. Cuando ya no hay pájaros en el cielo que les recuerden que deben regresar algún día, sólo quedan unas pocas canciones que echarse a la boca para correr, matar y sobrevivir.

Iván Onia Valero

domingo, 14 de octubre de 2018

Aniversari


Las luces se han apagado, han sacado el pastel,
aplaudían los padres, los tíos y los amigos
todos a la vez, agrupados en un único grito,
“que pida un deseo, que pida un deseo”.
Y tú, nerviosa, como siempre que te toca ser el centro de atención,
has fijado los ojos en un punto impreciso del comedor
un segundo, dos segundos, tres segundos, cuatro y cinco.

Tus ojos cabalgaban buscando un deseo,
las velas quemaban y algunos de los amigos
te enfocaban con cámaras de retratar,
una voz comentaba “ay, qué guapa está”
y yo, en el fondo, me acababa el culito de la copa decidido
a encontrar un rinconcito adecuado para hacerme pequeño, pequeño.
Del tamaño de una mosca, del tamaño de un mosquito.
Para una vez empequeñecido, debajo los taburetes
y la mesa alargada por los dos caballetes,
abrirme paso con prudencia por un entramado
de zapatos de invierno, de confeti chafado,
y esprintar maldiciendo la longitud de mis nuevos pasitos
y esconderme entre un tapón de corcho y la pared
justo a tiempo que no me coma el gatito de los cojones.
Y escalar las cenefas de tu vestido
y calzar el pie izquierdo en un descosido
y llegarte al hombro y sentarme en un botón
y coger un pelín de aire y, con un saltito,
engancharte un cabello e impulsarme en un último salto final
y acceder a tu deseo atravesando la pared del lagrimal.
Ahora un pie! Ahora un brazo! Ahora el torso! Ahora la cabeza!

Y ya dentro del deseo ver si hay buen ambiente,
repartir unas tarjetas, ser amable con la gente
y con maneras de joven discreto y educado
presentar mis respetos a la autoridad,
escuchar con atención batallitas curiosas a los más viejos,
hacerme fotos graciosas con otros ilustres viajeros
y con un hombre con corbata que no sé quien es.
Y en la nube de sueños que tienes al alcance
y entre otros que, lo siento, pero ya nunca vivirás,
detectar un caminito que me aleje del grupo
o una sombrita tranquila donde, desapercibido,
acostarme un rato y, por fin, relajarme celebrando
el placer indescriptible que es estar contigo, hoy que te haces grande,
mientras fuera del ojo las velas se van apagando.

Manel

sábado, 13 de octubre de 2018


Cuántas veces, tendido, a esa hora del atardecer, después del amor, cuando una mujer, ardida ya, ha dejado de ser ella y se mueve como bulto o rumor por la casa, pienso, medito, existo, no existo ni medito, espero, no espero, oigo cantar a los niños en la calle, viejos niños de siempre, el que yo fui, niños del atardecer en la ciudad, tristes entre las luces, un rumor de barrio muy habitado, y esa línea fina en que se convierte el mundo, ido el deseo, rota la tensión, caído el vuelo.
La mujer, no sé qué mujer, bulto de vida, tenía el cuerpo lleno de hogueras que he ido apagando, como se apaga un monte, y ahora, ensombrecida o inexistente, anda por los fondos últimos de la casa, de la tarde, mientras yo no existo sobre esta cama fría, y levito en la paz, el hueco, el silencio y la lucidez del post-coito. Es un momento de suprema apertura, de honda disponibilidad, de clara luz, y sólo por eso valdría el amor, por haber llegado a este puerto de sombra donde nada me anda, a este estado —la única beatitud posible— de no desear, de no estar, de no ser. Los proyectos, el ruido de sables, todo eso está ahí, retirado, agazapado, esperando que yo me ponga en pie para invadirme y llenarme de armas, pero ahora, mientras demoro mi vida y abandono mi cuerpo, apenas existo y la tarde viene a llenar, como un agua sin prisa, los huecos de mí que voy dejando.
Sólo quiero esto, escuchar a los niños, vagamente, ser el que desde la sombra acecha sus juegos dispersos de última hora, y saber que una mujer vieja está entrando en una tienda con luces cansadas y legumbres dormidas, a pedir medio kilo de algo. Ah, esa paz del atardecer, cuando todos se han desceñido sus armas y, por fin, el mundo vuelve a hacer sonar la música lentísima de sus ejes, y podemos escuchar, siquiera sea a intervalos, la luminotecnia del cielo y la respiración de los enfermos. Estiro el instante, estoy entre la inmensidad del cielo y el cuerpo apagado de una mujer que espera. El amor, a la mujer, se le apaga lentamente. Lo cuida en sí misma, lo mima, lo restaña. A mí, el amor me deja una gran oquedad, una hermosa disponibilidad, me deja el pecho abierto y los ojos inmensos, y el mundo todo acude a llenarme, a cruzar, sin romperlo ni mancharlo, el cristal en que me he simplificado.

Francisco Umbral
Cuadro: Hombre desnudo en una cama, Lucien Freud

viernes, 12 de octubre de 2018

La noche de Inés la chica


Gran negro del sur. Te secaba el cuello.
Partías un tomate de sombra.
Me prometías otros lugares.
Con tus dientes mordías y promesas.
Con tus enormes dientes piel de barco.
“Pronto estaremos lejos de aquí”.

Luego siempre cantabas la canción
que abrasaba tu espalda.
Oh gran negro,
oso tranquilo del sur:

Cuando era un crío
mi mamá me mecía en la cuna,
en los viejos campos de algodón de la casa,
allá en Lousiana,
a sólo una milla de Texarcana,
en los viejos campos de algodón de la casa


Tu hermoso cuello de mundo
donde sudan claveles futuros,
donde los ríos para que mi mano,
tu cuello de caballos cansados.

Oh Pit, bisonte de frío,
viniendo hasta mi cama,
promesa y rayo de algodón.

Por donde yo besaba ya va un hacha.
Por donde yo secaba ya va un hacha.
Terrible y plata,
limpia de domingo para mi amor.
Una gran boca de dientes iguales
husmea en los cilindros de la noche.
Forjada y afilada, abriendo el día viene,
llamando a las puertas,
horrible como una cosa última
te está buscando la sangre,
oh gran negro,
niño mío, oso del sur.
¡Un hacha, un hacha, un hacha!

Iván Onia Valero de El decapitado de Ashton (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016)

jueves, 11 de octubre de 2018

Tú que vienes a rondarme


En la periferia brillante
de una galaxia mediana,
en medio de un mar oscuro
donde flota nuestro mundo.

Tú, que vienes a rondarme
como los nueve planetas,
parece que cuando bailas
llueven miles de cometas.

Tú que vienes a rondarme
amárrate a mí.
Tú que vienes a rondarme
arrímate aquí.

Magia negra entre tus manos
mil caballos desbocados
corren con el morro en llamas
el fuego baila y tú cantas.

Lamen lunas desorbitadas
las mareas mareadas
así me sigues al trote
y de cabeza al galope.

Magia negra entre mis formas
suben hormigas, se enraman
romeros de sierras altas
fresco el aire que me cantas.

Se han abierto las ventanas
beben cientos de gargantas
mientras alzas con la mano
el vino que todo sana.

Tú que vienes a rondarme
amárrate a mí.
Tú que vienes a rondarme
arrímate aquí.

En los aposentos del universo
estás tú que me esperas,
mi piel se llena de chispas
que saben a flores y a lenguas.

Magia negra entre tus manos
altos jazmines se enzarzan
amarran nuestras caderas
vuelan hacia las esferas.

Fuentes de estrellas antiguas
santiguan nuestros jaleos
arden en llamas azules
todas las voces del universo
con nosotros.

Río de ti rayo de mí
no siento ninguna pena
rayo de ti río de mí
esta es nuestra verbena.

Tú que vienes a rondarme
amárrate a mí.
Tú que vienes a rondarme
arrímate aquí.

En la periferia brillante
de una galaxia mediana
en medio de un mar oscuro
donde flota nuestro diminuto mundo
nuestro diminuto mundo.

María Arnal

miércoles, 10 de octubre de 2018

Ausencia de amor


Cómo será pregunto.
Cómo será tocarte a mi costado.
Ando de loco por el aire
que ando que no ando.

Cómo será acostarme
en tu país de pechos tan lejano.
Ando de pobrecristo a tu recuerdo
clavado, reclavado.

Será ya como sea.
Tal vez me estalle el cuerpo todo
lo que he esperado
Me comerás entonces dulcemente
pedazo por pedazo.

Seré lo que debiera.
Tu pie. Tu mano.

Juan Gelman

martes, 9 de octubre de 2018

País poético en Rochester


Cuando la tierra sea poesía
volaremos despiertos por detrás de las nubes
habrá una estrella en todos los tejados
y veremos las cosas que hasta entonces no vimos
la luna rubia baña los hoteles
hay una fiesta en el ático muchachas con los ojos de cerveza
bailar con ellas mientras se hunde el mundo
en la violeta claridad de junio
con monedas de espuma saltando en el bolsillo deseando llegar
y contar la aventura a los amigos mirad este es el cielo
os haré un mapa con palabras verdes
aquí está la verdad aquí está la belleza cuidado con el bosque
seguid este camino para entrar en el oro
aquí está la ciudad donde es imposible morir
comprad su luz famosa
llamando a las ventanas llegar tarde después
nuestra vida empapada por la lluvia naranja
ya lo veis ya lo veis
os dije que podíamos cantar
y entraremos cansados de volar
en una casa llena de manzanas
donde todo es muy lento y el mar aún no ha nacido
todo eso será cuando vivamos
cuando la tierra sea poesía

José Luis Rey

lunes, 8 de octubre de 2018

Canción del esposo soldado


He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

Miguel Hernández

domingo, 7 de octubre de 2018


Todo nos amenaza:
el tiempo, que en vivientes fragmentos divide
al que fui
del que seré,
como el machete a la culebra;
la conciencia, la transparencia traspasada,
la mirada ciega de mirarse mirar;
las palabras, guantes grises, polvo mental sobre la yerba,
el agua, la piel;
nuestros nombres, que entre tú y yo se levantan,
murallas de vacío que ninguna trompeta derrumba.

Ni el sueño y su pueblo de imágenes rotas,
ni el delirio y su espuma profética,
ni el amor con sus dientes y uñas nos bastan.
Más allá de nosotros,
en las fronteras del ser y el estar,
una vida más vida nos reclama.

Afuera la noche respira, se extiende,
llena de grandes hojas calientes,
de espejos que combaten:
frutos, garras, ojos, follajes,
espaldas que relucen,
cuerpos que se abren paso entre otros cuerpos.

Tiéndete aquí a la orilla de tanta espuma,
de tanta vida que se ignora y se entrega:
tú también perteneces a la noche.
Extiéndete, blancura que respira,
late, oh estrella repartida,
copa,
pan que inclinas la balanza del lado de la aurora,
pausa de sangre entre este tiempo y otro sin medida.

Octavio Paz

sábado, 6 de octubre de 2018

El rey de Harlem


Con una cuchara de palo
le arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una cuchara de palo.

Fuego de siempre dormía en los pedernales,
y los escarabajos borrachos de anís
olvidaban el musgo de las aldeas.

Aquel viejo cubierto de setas
iba al sitio donde lloraban los negros
mientras crujía la cuchara del rey
y llegaban los tanques de agua podrida.

Las rosas huían por los filos
de las últimas curvas del aire
y en los montones de azafrán
los niños machacaban pequeñas ardillas
con un rubor de frenesí manchado.

Es preciso cruzar los puentes
y llegar al rumor negro
para que el perfume de pulmón
nos golpee las sienes con su vestido
de caliente piña.

Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente,
a todos los amigos de la manzana y de la arena;
y es necesario dar con los puños cerrados
a las pequeñas judías que tiemblan llenas de burbujas,
para que el rey de Harlem cante con su muchedumbre,
para que los cocodrilos duerman en largas filas,
bajo el amianto de la luna,
y para que nadie dude de la infinita belleza
de los plumeros, los ralladores, los cobres y las cacerolas de las cocinas.

¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem! ¡Ay, Harlem!
No hay angustia comparable a tus rojos oprimidos,
a tu sangre estremecida dentro del eclipse oscuro,
a tu violencia granate, sordomuda en la penumbra,
a tu gran rey prisionero con un traje de conserje.

*

Tenía la noche una hendidura y quietas salamandras de marfil.
Las muchachas americanas
llevaban niños y monedas en el vientre
y los muchachos se desmayaban en la cruz del desperezo.

Ellos son.
Ellos son los que beben el whisky de plata junto a los volcanes
y tragan pedacitos de corazón por las heladas montañas del oso.

Aquella noche el rey de Harlem con una durísima cuchara,
le arrancaba los ojos a los cocodrilos
y golpeaba el trasero de los monos.
Con una durísima cuchara.

Los negros lloraban confundidos
entre paraguas y soles de oro;
los mulatos estiraban gomas, ansiosos de llegar al torso blanco,
y el viento empañaba espejos
y quebraba las venas de los bailarines.

¡Negros! ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros!
La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba.
No hay rubor. Sangre furiosa por debajo de las pieles,
viva en la espina del puñal y en el pecho de los paisajes,
bajo las pinzas y las retamas de la celeste luna de Cáncer.

Sangre que busca por mil caminos muertes enharinadas y ceniza de nardo,
cielos yertos, en declive, donde las colonias de planetas
rueden por las playas, con los objetos abandonados.

Sangre que mira lenta con el rabo del ojo,
hecha de espartos exprimidos, y néctares de subterráneos.
Sangre que oxida el alisio descuidado en una huella
y disuelve a las mariposas en los cristales de la ventana.

Es la sangre que viene, que vendrá
por los tejados y azoteas, por todas partes,
para quemar la clorofila de las mujeres rubias,
para gemir al pie de las camas, ante el insomnio de los lavabos,
y estrellarse en una aurora de tabaco y bajo amarillo.

¡Hay que huir!,
huir por las esquinas y encerrarse en los últimos pisos,
porque el tuétano del bosque penetrará por las rendijas
para dejar en vuestra carne una leve huella de eclipse
y una falsa tristeza de guante desteñido y rosa química.

*

Es por el silencio sapientísimo
cuando los cocineros y los camareros y los que limpian con la lengua
las heridas de los millonarios
buscan al rey por las calles o en los ángulos del salitre.

Un viento sur de madera,¡ oblicuo en el negro fango,
escupe a las barcas rotas y se clava puntillas en los hombros.
Un viento sur que lleva
colmillos, girasoles, alfabetos,
y una pila de Volta con avispas ahogadas.

El olvido estaba expresado por tres gotas de tinta sobre el monóculo.
El amor por un solo rostro invisible a flor de piedra.
Médulas y corolas componían sobre las nubes
un desierto de tallos, sin una sola rosa.

A la izquierda, a la derecha, por el Sur y por el Norte,
se levanta el muro impasible
para el topo y la aguja del agua.
No busquéis, negros, su grieta
para hallar la máscara infinita.
Buscad el gran sol del centro
hechos una piña zumbadora.
El sol que se desliza por los bosques
seguro de no encontrar una ninfa.
El sol que destruye números y no ha cruzado nunca un sueño,
el tatuado sol que baja por el río
y muge seguido de caimanes.

¡Negros! ¡Negros! ¡Negros! ¡Negros!
Jamás sierpe, ni cebra, ni mula,
palidecieron al morir.
El leñador no sabe cuándo expiran
los clamorosos árboles que corta.
Aguardad bajo la sombra vegetal de vuestro rey
a que cicutas y cardos y ortigas turben postreras azoteas.

Entonces, negros, entonces, entonces,
podréis besar con frenesí las ruedas de las bicicletas,
poner parejas de microscopios en las cuevas de las ardillas
y danzar al fin sin duda, mientras las flores erizadas
asesinan a nuestro Moisés casi en los juncos del cielo.

¡Ay, Harlem, disfrazada!
¡Ay Harlem, amenazada por un gentío de trajes sin cabeza!
Me llega tu rumor.
Me llega tu rumor atravesando troncos y ascensores,
a través de láminas grises
donde flotan tus automóviles cubiertos de dientes,
a través de los caballos muertos y los crímenes diminutos,
a través de tu gran rey desesperado
cuyas barbas llegan al mar.

Federico García Lorca

viernes, 5 de octubre de 2018

Sofocón


La lágrima en la arena de Peret llevaba a cuestas la marca de un beso
negado. Hay litros de llanto que han empapado las salas de cine en un
momento álgido o tierno: uno mira hacia atrás o hacia los lados y la
caterva informe de los que adquirieron la entrada junto a ti dos horas
antes, se ha convertido en salada hermandad, un concierto lastimero
para trombón y pañuelo donde nadie desentona con su gimoteo
cuando Ilsa Lund vuela sin retorno lejos de Rick Blaine en Casablanca
o una lagartija abandona la cal del corazón y toca el piano llegando el
rejón serio de la palabra FIN.

Me gustaría saber qué clase de miedo sintió el primer hombre cuando
se sorprendió empapado en un misterio de sal y urea, quedándose
allí, tan solo con su génesis y su hormiga de la duda, aún sin palabra
alguna que nombrara el Descubrimiento. Seguramente notó que algo
se había roto sin remedio, para siempre, y con una piedra en la arena
levantó los idiomas esa misma tarde.

Otros llantos se solapan de forma impensable a la carcajada o llevan
dulcemente tatuada la inicial de agosto con cielo de orquesta y
plaza de pueblo. Entonces lloramos por miedo a que las isobaras con
bombillas verdes y rojas de las verbenas se apaguen y un decreto
arrastre lejos la vida y las muchachas. Antes de que nos demos cuenta
tenemos la cara seca y una foto a tiempo o una canción anclada, nos
recuerdan que una vez lloramos de alegría.

Pero sin duda, la peor de todas las formas de romper en llanto es esa
que no encuentra explicación ni sostén. Hay palabras que no saben
salir de los arrabales y te acompañan para los restos con la camisa a
cuadros, la pana rota, los zapatos rusos. El sofocón es una raza barata
de la pena, el chucho de las congojas que anda buscando la baranda
donde apoyar la desazón y no encuentra nada. El sofocón nos lame
como el olor a pan y plátano de septiembre. Es una pena chica que
nos deja sin aire en los parques de la infancia y que tu madre viene
a curar con un beso de saliva en el pañuelo para limpiar la sangre
negra de las rodillas. Años más tarde, se puede romper a llorar, sin
heridas, en los hospitales o los autobuses, delante del televisor o
mirando el césped del espejo, como el capitán general de los locos,
interconectado a todo y solo como uno solo. Hasta que alguien te
mira, se arremanga el sur de la lengua y murmura iluminando en el
viento lo que te pasa: ojú, qué sofocón más tonto has cogío.

Iván Onia Valero, poema recogido en la antología Luz Sur (Unaria Ediciones, 2016)

jueves, 4 de octubre de 2018


Un domingo se vacía como un mar desahuciado. Si cojo el teléfono, temo que me pongan con el cementerio. El frío me amortaja con cintas de fiebre y vuelvo de los viajes con una urgencia postal y póstuma. Mi vida ha sido tan larga que puedo meter la mano en cualquier bolsillo y sacar un diente perdido de la primera infancia. Fui una estatua violenta que desafiaba las constelaciones y ahora mi cuerpo es un asilo donde multitud de ancianos quieren oler una rosa. Solo me queda la cabeza, como una ventana alta, para embeber el cielo y morder no se qué manzana desconocida.

Francisco Umbral

miércoles, 3 de octubre de 2018

Moonlight in Vermont (versión libre y ampliada)



¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

Por dentro del sicómoro la negra te llama.

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

Lanzando los peniques a tu paso.

¡TOC! ¡Detente!
¡TOC! ¡Óyela!
¡TOC! Veloces los peniques colina abajo.

Y tú lo miras todo acontecer.

Son tan músicos los turistas cuando el amor
rueda montaña arriba
y las cabinas se quejan un poco
en la curva de la ladera.

Son tan púgiles las músicas que nos suenan
un segundo antes de arder en la nieve
algunas tardes como esta.

Y tú lo miras todo acontecer.

Sonriendo si estrechas una cintura,
mientras piensas que la nieve es un huevo
donde el verano vive de rodillas.

¡TOC! ¡Detente!
¡TOC! ¡Óyela!
¡TOC! La negra canta una canción para el futuro
por dentro del sicómoro.

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

Cuando el verano llegue a la ciudad
y la nieve sólo sea un esguince del agua,
mirarás la montaña acontecer,
los peniques brillando en el arroyo
y llegará la noche como un círculo
que se abrocha en la nada.

Moonlight in Vermont dentro del sicómoro.
Moonlight in Vermont y la negra como una zumaya.

Moonlight in Vermont cascabeles de latón

y las cinturas que se estrechan
cuando recuerdas las canciones
donde ya lo has vivido todo.

¡TOC!

Iván Onia Valero

martes, 2 de octubre de 2018

Theodore Twombly & Samantha


El amor mío es un barrio con perros más caros que mi vida.
La verde lejanía de una historia,
sus siete monumentos,
sus blandas plazas.
Después de asomarme hasta los portales, de mirar adentro por si el toro de su presencia, regreso sano y triste, sin cornada, con la sangre dentro.
Como dentro del río va la bicicleta,
como dentro de la sangre va la duda del corazón que no sabe si seguir,
- decía William Blake que si el sol dudase un momento, se apagaría -
cuando nos miramos las vidas dentro de un segundo
y los corazones asumen su naturaleza de primera máquina.

El amor mío deletrea las ecuaciones, los férreos misterios,
como mi fecha de nacimiento
o la suma borgiana de los días

que hasta hoy me han traído,
que hasta hoy me han traído

en una cuna incendiada que bajaba la corriente.

El amor mío tiene una cama para mi peso,
se le vuelve vertical la boca
y sobre su axila sueño con clavículas,
y sobre su clavícula sueño con siete estrellas.
A mí regresa cada noche con el esguince de un verbo asomando,
con la fractura de la luna,
con un trozo de adjetivo en un cesto para limosnas.

Nadie sabe que mi amor es un brazo del cansancio,
que mi amor es un frío vigilante.
Nadie sabe que mi amor es un animal que nunca duerme.

Iván Onia Valero

lunes, 1 de octubre de 2018


Aún
ha de quedarme un largo tiempo
y habrá de venir la placenta de mil poemas,
hasta que asome el definitivo;
con su peso redondo,
con su asombro hasta el centro
y me parta los huesos
y del hombro me lleve al agujero
donde ya no hablaré nada más.

Mientras tanto,
crece la tierra blanca del titanio
y apenas pienso en si todo vendrá
de repente, de una vez,
o en si alguna señal cruzará el cielo
cuando llegue el momento.

Mientras todo,
están este o aquel asunto
que escribo como quien se sienta en una piedra
a esperar algo ocurriendo.

Iván Onia Valero
Cuadro: Niño sentado sobre un risco, de José Benlliure y Gil


domingo, 30 de septiembre de 2018


el amor mío

es un corazón inmenso tragando polillas

el verde campo los cuatro pies que a gritos le

caminan

después de la sonrisa de asomarme hasta su puerta

y cerrarme los ojos en este nombre suyo

de niño con corbata y manos rojas

que siempre cuando es lejos yo extraño

como a los ríos que se ponen a aguardar paisajes

como a las castañas que bizquean en los bolsillos

cuando es hombre de muchas fuentes

de muchas ventanas abiertas a la planicie de la nieve

el amor mío

me ordena el pelo como cálidos domingos verdes

como campanarios de iglesias propicias a los hijos

tiernos

de mujeres con muslos fuertes que se rascan la nariz

que se agarran los perdones y los cuidan y los nanan

y los paren en pequeño y a escondidas

el amor mío

me acurruca en su bostezo y se le vuelven jardines los

brazos

y mancha de chocolate con pan el labio

tan amargo tan de sucio y buena leche

y es a mí a quien viene y sucede con un tobillo torcido

sorprendido y deformado de frotarnos los caminos

de rugirnos las tripas el hambre inmensa

de querernos tranquilos y brillantes y diáfanos al frío.

María Sotomayor

sábado, 29 de septiembre de 2018

Los nadadores nocturnos


Voy a nadar al gimnasio, sí, prácticamente todos los días.
Bajo el agua parece que el fracaso no existe.

Miro a los otros nadadores de las otras calles de la gran piscina.


Nos miramos vagamente; las gafas de bucear impiden
ver el color de los ojos, ver los rostros torturados.

Nadamos y nadamos como fantasmas hasta las once de la noche,
cuando cierra el gimnasio.

Es obvio que no tenemos dónde ir.

Luego nos vemos en las duchas, desnudos.

Somos cinco o seis.

El encargado nos conoce.

Somos siempre los mismos, a veces falla alguno.

No nos hablamos.

Si falla alguno, pensamos con alegría que se ha atrevido,
que al fin alguno de nosotros lo ha hecho,
que se ha levantado la tapa de los sesos,
hasta que al día siguiente reaparece.

Nos hace ilusión pensar que ya quedamos menos.

Sabemos perfectamente por qué nadamos por la noche.

Hay un bar de copas al lado del gimnasio.

Ninguno de los nadadores nocturnos
quiere llegar a casa a las once y media.

No hay gimnasio con piscina
que abra hasta las seis de la madrugada.

En el bar nos encontramos, no nos hablamos.

Conocemos nuestros rostros, el color de nuestros bañadores,
el modelo de gafas, buenas y caras gafas siempre,
Adidas de competición rojas o azules,
la fuerza en la brazada, el estilo del crol
de cada uno de nosotros, los nadadores nocturnos.

Bebemos en ese bar, regentado por chinos casi muertos,
después de haber nadado hasta el agotamiento.

Bebemos y nadamos, esa es nuestra vida,
pero jamás, nunca jamás nos dirigimos la palabra,
es un pacto, un raro pacto entre samuráis hundidos.

Si alguno de nosotros necesita algo,
solo le prestaremos
el estilete más afilado de España.

La muerte nos gusta, por eso nadamos y nadamos
hasta que el gimnasio cierra y nos echan,
con los brazos convertidos en acero, músculos
tan atormentados, tan desesperados
como los planetas sin nombre,
dando tumbos en la estúpida oscuridad del universo.

Siempre estamos esperando
que alguno no venga nunca más,
pero resistimos como hijos de perra,
todo un misterio de los nadadores nocturnos.

Manuel Vilas

viernes, 28 de septiembre de 2018

Carrera


Corro exactamente hacia donde debo
SHARON OLDS


Agitar un pañuelo blanco por la ventanilla,
como en algunas pelis españolas
de los sesenta, en un seiscientos color huevo,
con guardias parando el tráfico,
sonriendo a la señora

suerte señora,
pero corra hombre de dios, alma de cántaro,
suerte señora

mientras grito el bebé, el bebé está próximo
y veo cómo te conviertes en sirena
por el camino donde vuelo y grito

¡voy a ser padre!

donde vuelo y pito

¡apártense por el amor de Dios!
a mi mujer le está saliendo un pez
y me está poniendo el coche perdido
de niños que me llaman papá

Antes de que me dé cuenta habrá crecido
tanto y me echará en cara no haber volado aquel día

llegué tarde a todas partes desde entonces, por tu culpa

dirá
y la cerveza que me traiga estará caliente
y llevará la camiseta de otro equipo
y todo por no haber volado entonces.

Lo único que tenía que hacer era volar

Penso che sogno così non ritorni mai più

estar atento a las fuentes
coger el equipaje
coger su mano
despedirme de la gata
llamar a nuestras madres:
ya viene

y escuchar su sangre orgullosa
correrles por el cuerpo mientras se muerden el puño.
Coger el coche, el pañuelo blanco

mi dipingevo le mani e la faccia di blu
poi d'improvviso venivo dal vento rapito

y volar.

Iván Onia Valero de El hijo (de Sharon Olds), Maclein y Parker, 2018

jueves, 27 de septiembre de 2018

Y el que no diga ole que se le seque la yerbabuena: alegoría de una alegoría


Gerundio en tu zarzuela
traigo la furia barroca

vengo y vengo que muerdo

con tijeras marzas desde ayer
amor
con abriles tijeras...

redondeando las esquinas
hasta dar con
por los almanaques
por la dulzura de las equis
por las vértebras del ábaco

vengo vengo vengo que

construyendo una escalera circular
para dar con
por los calendarios
por el horóscopo beduino
por el íntimo denortado

vengo vengo vengo que

escarbando en los puñales del año
gerundio con los dientes partidos
gerundio con mis dientes
vengo y vengo que muerdo
para dar contigo
amor
hasta dar contigo

Iván Onia Valero

miércoles, 26 de septiembre de 2018

A Rainer Maria Rilke


Rainer, quiero encontrarme contigo,
quiero dormir junto a ti, adormecerme y dormir.
Simplemente dormir. Y nada más.
No, algo más: hundir la cabeza en tu hombro izquierdo
y abandonar mi mano sobre tu hombro izquierdo, y nada más.
No, algo más: aún en el sueño más profundo, saber que eres tú.
Y más aún: oír el sonido de tu corazón. Y besarlo.


Marina Tsvetáieva

martes, 25 de septiembre de 2018


Donde una vez las aguas de tu rostro
giraron impulsadas por mis hélices, sopla tu áspero fantasma,
los muertos alzan la mirada;
donde un día asomaron el pelo los tritones
a través de tu hielo, el viento áspero navega
por la sal, la raíz, las huevas de los peces.

Donde una vez tus verdes nudos hundieron su atadura
en el cordón de la marea, allí camina ahora
el vegetal destejedor,
con tijeras filosas, empuñando el cuchillo
para cortar los canales en su origen
y derribar los frutos empapados.

Invisibles, tus mareas medidoras del tiempo
irrumpen en las camas galantes de las algas;
el alga del amor se vuelve mustia;
allí en torno a tus piedras
sombras de niños van, que desde su vacío
lloran ante el mar colmado de delfines.

Secos como la tumba, tus coloreados párpados
no serán aherrojados mientras la magia se deslice
sabia sobre el cielo y la tierra;
habrá corales en tus lechos,
habrá serpientes en tus mareas,
hasta que mueran todos nuestros juramentos del mar.

Dylan Thomas

lunes, 24 de septiembre de 2018


Mediodía para recordar en la carbonería de la calle Parras de Sevilla.
A veces la poesía preña de silencio el instante y se dan a la luz las palabras y se paren violines como gatos enamorados.
Gracias a los que os acercasteis a compartir y partir el domingo.

"...Te quiero porque un vestido tuyo se hundió al sur de Terranova y con sus mangas aún saluda a los ahogados del Titanic. Te quiero porque tu corazón es un hueco en la escalera donde los gorriones se saben reyes de Francia. Te quiero porque tienes buenas piernas; glúteos, isquiotibiales, cuádriceps y gemelos que te hacen cruzar media ciudad si soy yo el que te llama. Llevo más de una hora desayunando, leyendo poemas de Jorge Teillier y de Manuel Vilas, no te soporto como no soporto la belleza de este barrio de mierda. Es maravilloso todo lo que leo, es maravilloso el vaso de agua por la mitad con tus ojos dentro, mirar el móvil de vez en cuando por si escribes, el móvil como una esquina negra por la que nunca apareces. Ojalá estuvieras aquí y la mañana, en vez de un algoritmo, fuese sencilla porque puedo tocarte un dedo del pie o decirte que tienes una pestaña en el pómulo. Te quiero porque tus uñas son diez preposiciones rojas que me anteceden el nombre. Te quiero porque no te ves cogerte la cabeza y elevarla para ofrecérmela, igual que Judith quería la de Holofernes. Te quiero porque casi nunca estás y me enamoro de las sillas vacías. Te quiero porque tus bragas son un papel de regalo
negro,
azul,
rojo
un papel de regalo transparente que deja ver lo regalado. Si las bajo con los ojos cerrados, la magia regresa como a una mañana de reyes donde los padres son los que no existen.
Te quiero porque me crees si te digo que Dios vive en una higuera y porque tengo un nudo en la garganta mientras intento acabar este poema, es una ciruela que me crece, es la ciruela de tu ausencia, el membrillo de mis ganas de verte, la fruta de los desesperados. Y quiero llorar por ahí, gotas dulces de albaricoque reventón, savia del tallo del plátano, quiero llorar el dátil que quieras comerte.
Te quiero por tu actualidad, porque existes, coetánea y mía, porque eres de este tiempo, porque no estás muerta ni eres alguien por nacer.
Te quiero porque todas las maravillas pertenecen al presente."

(fragmento del poema Breakfast [inédito])

Iván Onia Valero
fotografía de Esther Cinta Reyes

domingo, 23 de septiembre de 2018

Recital de Juan Cuevas e Iván Onia



Hoy a la una estaré recitando rodeado de carbón y botellines en la carbonería de la calle Parras, junto al poeta Juan Cuevas.
Nos vemos 🙂

Igual que una vez aprendimos que el ecuador es una línea imaginaria
donde el mundo se parte justo por su equilibrio,
la felicidad es ESA OTRA ÁLGEBRA en la que la mitad del vaso y la tarde
coinciden en el centro de un instante
y uno piensa que no se está nada mal aquí
y ahora.

Iván Onia Valero, de Hermanos de Nadie (Karima Editora, 2015)





sábado, 22 de septiembre de 2018

Muerte en el olvido


Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos, con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.

Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
─oscuro, torpe, malo─ el que la habita...

Ángel González

viernes, 21 de septiembre de 2018

Halándome de la mano


Adoro los agujeros que la luz ametralla a través de la
persiana en los cuartos. Nos convierte en abejas obreras,
velando el sueño regio de la siesta. Entro cuando
el niño se despierta, me tumbo junto a la cuna y le
presto mi mano como un juguete de sangre. Muevo
los dedos, paseándolos por un teclado aéreo, se la
acerco a la cara a modo de garra. En el momento que
la coge y tira de ella, regresa al mundo de los vivos
desde quién sabe qué profundidades. Aquí hay dolor,
le digo, pero esta es mi mano, a ella perteneces.

Pero eso fue después,
antes

iba por la autovía con mi primer coche, camino del
desguace. El aire acondicionado aún funcionaba, ese
abrazo fraternal de la máquina enfriando el mes de
julio para mí me remordería la conciencia mucho
tiempo. Hay algo animal en los objetos que nos acompañan
durante una parte de nuestras vidas. Después
de muchos años, solo somos capaces de poner en pie
una época vivida si recordamos el coche o el perro
que teníamos entonces. Hasta descabalgarlo y dejarlo
arrumbado en una esquina del cementerio de chatarra,
funcionó como un buen soldado, leal y sin preguntas,
con su traqueteo de cafetera digna. Durante
un mes estuve pasando por el sitio donde lo abandoné,
pensando en si estaría esperando mi regreso. Vi cómo
unas manos que nunca veía le iban arrancando las
partes más tiernas: faros, ruedas, altavoces, aceites y
canciones. Una vez fui y ya no tenía volante; otra
vez fui y le habían arrancado las puertas. Por un momento
me pareció ver mi propio rostro descarnado
en aquella ladera, igual que una calavera desojada, y
ya no volví más.

Pero eso fue después,
antes

un MIKASA duro, de triángulos negros, me llegó desde
atrás. El pase era de un compañero pelirrojo con
pecas con el que me saludaba por cortesía los días
de entrenamiento, pero fue el primero en felicitarme.
Desde unos veinticinco metros, la pelota, como un
satélite de mi alma, salió perfecta, dibujó una melodía
—juro que escuché la música—, una campana de
Gauss con un badajo adolescente. Era el pájaro más
bonito que había visto jamás. Buscó la escuadra como
un meteoro lento y bajó al albero muerta de acierto.
El pitido del árbitro señalando el gol fue el principio
de un silencio total. Cuando no estás acostumbrado
a la gloria, tu primer gol te deja sordo y algo triste,
porque notas cómo algo virginal ha sido penetrado
por una belleza fugaz. Te conviertes en un joven flaco
y pasmado en el centro de un campo amarillo al que
abrazan todos solo porque llevas su misma camiseta.

Pero eso fue después,
antes

corría detrás de una manzana mordida por mi prima.
Habíamos capturado una ranita en la parcela y quería
ver si se alimentaba de manzanas. Tropecé con la
goma gruesa y verde que siempre andaba por allí igual
que una serpiente de la familia. La olía a escondidas,
era uno de mis secretos junto con el de subirme a la higuera
para arrancar los frutos verdes y jugar con una
leche que salía y me cuarteaba los dedos. Metía mi
nariz en el agujero oscuro de la manguera por donde
venía el pozo a susurrar su cuento, ponía mi boca en
un extremo y decía mi nombre para escuchar la voz
cavernosa del hombre que me esperaba. Me gustaba
ver el agua gorda salir y empapar los surcos rectos
trazados por el abuelo, creo que esa cópula del líquido
con la tierra seca es mi primer recuerdo de alegría,
tocar el barro como un embrión de los domingos.
Caí a la piscina de invierno. El abandono es verde
oscuro y la muerte es un chapoteo verde. Cuando sacaba
la cabeza veía a la gente alrededor de la piscina,
espectadores verdes de mi fin. Un cuerpo me abrazó
sacándome de la alberca; me desnudaron, me llamaron
niño verde, batracio, astronauta de lo hondo, y
me secaron con una toalla olvidada del verano. No he
vuelto a pensar en esa manzana hasta hoy.

Pero eso fue después,
antes

era de nuevo domingo. El domingo tiene una tristeza
propia, sin metáforas; las cosas son tristes como
un domingo, pero este día no tiene un espejo donde
mirarse. Para ser justos, su tristeza radica en ser un
prólogo, la víspera de algo amarillo.
Al principio fue el simple ejercicio de la escritura. Más
que levantar una catedral de estilo, amaba pasar una
punta por el papel y que dejara un rastro. Las letras
constituyeron mi museo de insectos; me gustaba cambiar
las aes, decapitar una jota, despeinar oes, intentar
las alambradas de la buena caligrafía. Aquel domingo
por la tarde, mi padre afiló el lápiz con el cuchillo
del jamón, dejando una punta sádica y lúbrica que
deseaba el papel de los lunes. Lo envolví en algodón
y lo guardé con cuidado en la mochila. Aquella noche
no dormí pensando en que, a veces, la tristeza tiene
estas cosas tan alegres.

Pero eso fue después,
antes

me dormía las noches de verano con una canción
llamada Los monos calvos, cuando alquilábamos una
casa grande como un pueblo desbordado de primos.
Cenábamos hamburguesas, con los hombros quemados,
esperando que pasaran algunos días para despellejarnos
los unos a los otros y jugar a adivinar a qué
país se parecían los mapas que agosto nos dejaba. Al
acostarnos, mi hermano ponía la cinta La cabaña en la
colina, de un grupo que ya no existe llamado El Norte.

Y mucho antes

caminaba a un cine en Torre del Mar para ver ET. El
extraterrestre, con unos pantalones cortos, amarillo pálido,
porque los colores intensos vendrían más tarde,
y masticaba la nueva palabra del día, playa, con una
plasticidad que nunca más he recuperado.
Mi madre dice que es imposible que recuerde estos
detalles.

Y antes de todo

estoy tendido en una cuna sonriendo a la mano de mi
padre, no soy patrimonio de nada más, pertenezco a
esa mano. Cuando voy a cogerla aparezco, de pronto,
al otro lado.
Soy el cogido de la mano.
Es hoy por la tarde.

Iván Onia Valero, de El hijo (de Sharon Olds), Maclein y Parker, 2018

jueves, 20 de septiembre de 2018


Has cambiado otra vez el curso de los ríos

y has hecho trasladarse todas las cordilleras


con sólo la mirada de tus ojos de escarcha


y el roce de tus dedos sobre los mapamundis.


Señor de los amores y de la geografía,


grandísimo truhán y Todopoderoso


inconsciente, ahora tienes que rescribir los libros


y en mi cuerpo desnudo


es tu deber marcar de nuevo las fronteras.


Josefa Parra

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Presentación de El hijo (de Sharon Olds)


El hijo (de Sharon Olds) se presentará hoy, miércoles 19 de septiembre, a las 20:00h en El Gallo Rojo (C/ Madre María de la Purísima, 9) ¡Nos vemos!🙂

LA ÉTICA Y LA VIDA

Es solo su cuerpo
SHARON OLDS


Se retuerce viviendo, cosa-saco humano.
No contiene aún ningún trauma,
no recuerda el último verano,
el lenguaje se limita a la mierda y al hambre.

Si hoy me diera por huir, solo sería un rostro y una leyenda,
aunque se haya reído una jornada entera
con mi avión tonto y mi canción del simio,
aunque mi insomnio lo haya amamantado.
Su memoria navega hasta la noche y naufraga,
yo dejo de existir cuando la proa toca el sueño.

Hay un acabado blanco y cerrado,
costurero, alemán y electrónico.
Engranaje de glóbulos, tendones,
alarmas de orina y músculos de leche.
Pero no es más que su cuerpo invocando
al entorno, queriendo acostumbrarse.
Una cáscara que busca la pulpa.

Ivan Onia Valero

martes, 18 de septiembre de 2018

A Edith Piaf


Te han condenado.
Una oración,
como limosna insuficiente,
ha caído
sobre la tapa de tu féretro.
Te han condenado, Edith,
por no querer ser
la excepción que confirma
la regla. Porque
querías,
tú, gorrión
de la calle, ser
la regla. Porque
intentabas salirte de la calle.
Te han condenado como
si Dios no fuese amor. El dedo
ejemplar
-una uña sucia, como
si lo viera- se alzó
sobre tu frente
y mostró al mundo
que sólo esa limosna - por sí acaso...-
merecías.

De nuevo a la intemperie.
Esta vez "a la calle"
te han dicho.
A la calle amarilla
de los muertos, sin Senas,
sin flores, sin guitarras.

Pero tú, Edith, sonreirás.
Tuviste ya tu infierno
al borde de la cuna: sabes
lo que un niño criado con alcohol.
Edith, mystère Piaf, rezabas
no al morir, al cantar;
y sin saber por qué,
por quién acaso. Ahora
es cuando cantas en la inmensa calle
de Dios, alegremente,
Edith, mystére Piaf.

Julia Uceda

lunes, 17 de septiembre de 2018

El hijo (de Sharon Olds) Unas citas previas


El jueves pasado, estuvimos hablando en el programa de radio La inopia, sobre el que será mi próximo poemario "El hijo (de Sharon Olds) y que saldrá a la venta este martes día 18. Si quieres escuchar el programa pincha aquí

Como antesala a la presentación del próximo 19 de septiembre en el Gallo rojo, el poemario se presentó este sábado en la librería la puerta de Tannhauser (Plasencia) dentro de las actividades de la noche abierta.

Dejo por aquí un poema del libro y os espero el próximo miércoles a las 20:00 en El gallo rojo (C/ Madre María de la Purísima, 9. Sevilla)
¡Nos vemos! :)


LA ESPERA

Un ruido de agua y poco más.
Cuando tu madre me preguntaba
si se escuchaba algo, muy al principio,
yo ponía la oreja en su barriga
y le decía: solo un chapoteo,
vamos a tener a Burt Lancaster o un pececito.

Solo más tarde: codos, manos, testa…
deformando por dentro la piscina
donde te hacías, lento, para el mundo.
Tu paciencia formándote preciso,
ingeniero de ti mismo, albañil.

Yo miraba el reloj y el calendario,
ecografías y análisis de sangre
—esas rutas por las que ibas viniendo—,
pero eras tú, aburrido, transformado
de pez a humano, el que me esperaba.

Iván Onia Valero

viernes, 14 de septiembre de 2018

Nube o nada


Hay un lugar en que la vida tiembla
ante el viento y la noche
igual que un pensamiento equivocado.
Un lugar de cristal que alguien ha roto
y en que ya no andará descalza la inocencia.
Un lugar en que flota
el cadáver de un niño ahogado en un mar de relojes
que giran con el dolor de los juguetes averiados.
Y ese mar suena a orquesta de difuntos que interpreta
las partituras indescifrables del tiempo.
Y hay un baile de espectros incesantes,
y sus rostros son los mismos de aquellos
que andaban por la casa, que hablaban de viajes y países,
que traían regalos de ultramar,
cuando tenía
antifaces la vida, y era la dama loca
que se abría como una flor de nieve
cada día en los ojos
que miraban asombrados los naufragios
de los buques fantasmas,
el vuelo de las cometas en la playa errabundas
y la fugacidad
de los castillos de pólvora, al final de los veranos eternos,
cuando se desgarraban los toldos por el viento y volaban
por las calles vacías los sombreros perdidos,
plumas de gaviotas y arenisca, los jirones
de carteles de cines y de circos
que traían el silbido de las balas,
la furia de las fieras
y los ojos vendados del lanzador de cuchillos
ante la ruleta de la muerte.
Hay un lugar en que aún suenan
los broncos abordajes de piratas a los barcos británicos,
el rugido de tigres de Bengala
y la sonrisa rota
de los magos de Holanda y de Turquía.
Hay en ese lugar
imágenes borrosas de mujeres
en cuartos de hotel, en asientos
traseros de unos coches furtivos, parados en los bosques
como brillantes amuletos de juventud;
imágenes borrosas de mujeres
en alcobas prestadas, en pasillos
de edificios que tienen
la condición de laberintos recordados.
Hay un lugar en que recorren
las sierpes del rencor la arena blanca.
Hay un lugar en que todo está dicho
y todo está perdido.
Y ese lugar —apréndelo— es tu corazón.

Felipe Benítez Reyes

jueves, 13 de septiembre de 2018

Fe de vida


Sé que el invierno está aquí,
detrás de esa puerta. Sé
que si ahora saliese fuera
lo hallaría todo muerto,
luchando por renacer.
Sé que si busco una rama
no la encontraré.
Sé que si busco una mano
que me salve del olvido
no la encontraré.

Sé que si busco al que fui
no lo encontraré.
Pero estoy aquí. Me muevo,
vivo. Me llamo José
Hierro. Alegría. (Alegría
que está caída a mis pies).
Nada en orden.
Todo roto, a punto de ya no ser.

Pero toco la alegría,
porque aunque todo esté muerto
yo aún estoy vivo y lo sé.

José Hierro

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Los vicios del mundo moderno


Los delincuentes modernos
Están autorizados para concurrir diariamente
a parques y jardines.
Provistos de poderosos anteojos y de relojes de bolsillo
Entran a saco en los kioskos favorecidos por la muerte
E instalan sus laboratorios entre los rosales en flor.
Desde allí controlan a fotógrafos y mendigos que deambulan por los alrededores
Procurando levantar un pequeño templo a la miseria
Y si se presenta la oportunidad llegan a poseer a un lustrabotas melancólico.
La policía atemorizada huye de estos monstruos
En dirección del centro de la ciudad
En donde estallan los grandes incendios de fines de año
Y un valiente encapuchado pone manos arriba a dos madres de la caridad.

Los vicios del mundo moderno:
El automóvil y el cine sonoro,
Las discriminaciones raciales,
El exterminio de los pieles rojas,
Los trucos de la alta banca,
La catástrofe de los ancianos,
El comercio clandestino de blancas realizado por sodomitas internacionales,
El auto-bombo y la gula
Las Pompas Fúnebres
Los amigos personales de su excelencia
La exaltación del folklore a categoría del espíritu,
El abuso de los estupefacientes y de la filosofía,
El reblandecimiento de los hombres favorecidos por la fortuna
El auto-erotismo y la crueldad sexual
La exaltación de lo onírico y del subconsciente en desmedro del sentido común.
La confianza exagerada en sueros y vacunas,
El endiosamiento del falo,
La política internacional de piernas abiertas patrocinada por la prensa reaccionaria,
El afán desmedido de poder y de lucro,
La carrera del oro,
La fatídica danza de los dólares,
La especulación y el aborto,
La destrucción de los ídolos.
El desarrollo excesivo de la dietética y de la psicología pedagógica,
El vicio del baile, del cigarrillo, de los juegos de azar,
Las gotas de sangre que suelen encontrarse entre las sábanas de los recién desposados,
La locura del mar,
La agorafobia y la claustrofobia,
La desintegración del átomo,
El humorismo sangriento de la teoría de la relatividad,
El delirio de retorno al vientre materno,
El culto de lo exótico,
Los accidentes aeronáuticos,
Las incineraciones, las purgas en masa, la retención de los pasaportes,
Todo esto porque sí,
Porque produce vértigo,
La interpretación de los sueños
Y la difusión de la radiomanía.

Como queda demostrado, el mundo moderno se compone de flores artificiales
Que se cultivan en unas campanas de vidrio parecidas a la muerte,
Está formado por estrellas de cine,
Y de sangrientos boxeadores que pelean a la luz de la luna,
Se compone de hombres ruiseñores que controlan la vida económica de los países
Mediante algunos mecanismos fáciles de explicar;
Ellos visten generalmente de negro como los precursores del otoño
Y se alimentan de raíces y de hierbas silvestres.
Entretanto los sabios, comidos por las ratas,
Se pudren en los sótanos de las catedrales,
Y las almas nobles son perseguidas implacablemente por la policía.

El mundo moderno es una gran cloaca:
Los restoranes de lujo están atestados de cadáveres digestivos
Y de pájaros que vuelan peligrosamente a escasa altura.
Esto no es todo: Los hospitales están llenos de impostores,
Sin mencionar a los herederos del espíritu que establecen sus colonias en el ano de los
recién operados.
Los industriales modernos sufren a veces el efecto de la atmósfera envenenada,
Junto a las máquinas de tejer suelen caer enfermos del espantoso mal del sueño
Que los transforma a la larga en unas especies de ángeles.
Niegan la existencia del mundo físico
Y se vanaglorian de ser unos pobres hijos del sepulcro.
Sin embargo, el mundo ha sido siempre así.
La verdad, como la belleza, no se crea ni se pierde
Y la poesía reside en las cosas o es simplemente un espejismo del espíritu.
Reconozco que un terremoto bien concebido
Puede acabar en algunos segundos con una ciudad rica en tradiciones
Y que un minucioso bombardeo aéreo
Derribe árboles, caballos, tronos, música.
Pero qué importa todo esto
Si mientras la bailarina más grande del mundo
Muere pobre y abandonada en una pequeña aldea del sur de Francia
La primavera devuelve al hombre una parte de las flores desaparecidas.

Tratemos de ser felices, recomiendo yo, chupando la miserable costilla humana.
Extraigamos de ella el líquido renovador,
Cada cual de acuerdo con sus inclinaciones personales.
¡Aferrémonos a esta piltrafa divina!
Jadeantes y tremebundos
Chupemos estos labios que nos enloquecen;
La suerte está echada.
Aspiremos este perfume enervador y destructor
Y vivamos un día más la vida de los elegidos:
De sus axilas extrae el hombre la cera necesaria para forjar el rostro de sus ídolos.
Y del sexo de la mujer la paja y el barro de sus templos.
Por todo lo cual
Cultivo un piojo en mi corbata
Y sonrío a los imbéciles que bajan de los árboles.

Nicanor Parra

martes, 11 de septiembre de 2018

Oración


Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar…
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñeme tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed
Quemándome.
Con esta sed quemándome.
La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.

Juan Gelman

lunes, 10 de septiembre de 2018

La boheme (versión libre y ampliada)


Yo pasaba hambre,
te hablo de un tiempo
 – ya lo sabes –
inimaginable ahora que bebemos buen vino y vestimos tan bien.
Un poeta no puede comer todos los días, eso lo aprendimos entonces.
Yo tenía tres gatas en la barriga que de noche se posaban en los tejados
y se limpiaban los jugos y los malos poemas que me arañaban durante el día.
Después olían la sopa flotando en la ciudad iluminada y maullaban
– pobres hembras –
mi hambre hasta el amanecer.

Tú posabas desnuda
en aquel cuartito frío
, lleno de nada y de cuadros horribles que apenas daban
para el mendrugo de un sueño
y vaciabas una botella tras otra porque querías pintar el acordeón que nunca tuviste desde muy pequeña.

Cuando algún bistró,
a cambio de un plato caliente,
nos compraba un cuadro,
recitábamos versos
agrupados alrededor de la estufa
olvidando el invierno

y entonábamos muy bajito
´la boheme, la boheme´
con el estómago bailando una polka en su sótano,
tan alegre.

En Montmartre,
en Pont des arts,
en rue Dauphine...
jugando a ser Horacio y Lucía,
enhebrados por las plazas,
encontrándose la otra al uno,
la uno a la otro
y así,
una vez y una
y a la de tres, los dos.

Eso quería decir uno es feliz.
Eso quería decir eres tan bonita.
Eso quería decir esto es París y uno tiene veinte años,
y también,
esto es veinte años y uno es París.

Iván Onia Valero

domingo, 9 de septiembre de 2018

Como las cosas claman


Ay, alma mía, habítame, me dije; y me sabía
contemplando la espalda del aire y su dominio,
mi tierra sin cultivo y la costumbre y una
deuda de aliento sobre mi razón abatida.

Pero el poema me iba -sin yo saberlo-, me iba
reclamando tenaz como las cosas claman
por su dueño, y de súbito, tras de tanto silencio,
se me vino a las manos sin que supiese cómo,
como el rayo de luz que atraviesa unos vidrios.

María Victoria Atencia

sábado, 8 de septiembre de 2018


Mi corazón tendría la forma de un zapato
si cada aldea tuviera una sirena.
Pero la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos
y barcos que buscan ser mirados para poder hundirse tranquilos.

Si el aire sopla blandamente
mi corazón tiene la forma de una niña.
Si el aire se niega a salir de los cañaverales
mi corazón tiene la forma de una milenaria boñiga de toro.

Bogar, bogar, bogar, bogar,
hacia el batallón de puntas desiguales,
hacia un paisaje de acechos pulverizados.
Noche igual de la nieve, de los sistemas suspendidos.
Y la luna.
¡La luna!
Pero no la luna.
La raposa de las tabernas,
el gallo japonés que se comió los ojos,
las hierbas masticadas.

No nos salvan las solitarias en los vidrios,
ni los herbolarios donde el metafísico
encuentra las otras vertientes del cielo.
Son mentira las formas. Sólo existe
el círculo de bocas del oxígeno.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
los muertos diminutos por las riberas,
dolor en longitud,
yodo en un punto,
las muchedumbres en el alfiler,
el desnudo que amasa la sangre de todos,
y mi amor que no es un caballo ni una quemadura,
criatura de pecho devorado.
¡Mi amor!

Ya cantan, gritan, gimen: Rostro. ¡Tu rostro! Rostro.
Las manzanas son unas,
las dalias son idénticas,
la luz tiene un sabor de metal acabado
y el campo de todo un lustro cabrá en la mejilla de la moneda.
Pero tu rostro cubre los cielos del banquete.
¡Ya cantan!, ¡gritan!, ¡gimen!,
¡cubren! ;trepan! ¡espantan!

Es necesario caminar, ¡de prisa!, por las ondas, por las ramas,
por las calles deshabitadas de la edad media que bajan al río,
por las tiendas de las pieles donde suena un cuerno de vaca herida,
por las escalas, ¡sin miedo! por las escalas.
Hay un hombre descolorido que se está bañando en el mar;
es tan tierno que los reflectores le comieron jugando el corazón.
Y en el Perú viven mil mujeres, ¡oh insectos!, que noche y día
hacen nocturnos y desfiles entrecruzando sus propias venas.

Un diminuto guante corrosivo me detiene. ¡Basta!
En mi pañuelo he sentido el tris
de la primera vena que se rompe.

Cuida tus pies, amor mío, ¡tus manos!,
ya que yo tengo que entregar mi rostro,
mi rostro, ¡mi rostro!, ¡ay, mi comido rostro!

Este fuego casto para mi deseo,
esta confusión por anhelo de equilibrio,
este inocente dolor de pólvora en mis ojos,
aliviará la angustia de otro corazón
devorado por las nebulosas.

No nos salva la gente de las zapaterías,
ni los paisajes que se hacen música al encontrar las llaves oxidadas.
Son mentira los aires. Sólo existe
una cunita en el desván
que recuerda todas las cosas.
Y la luna.
Pero no la luna.
Los insectos,
los insectos solos.
crepitantes, mordientes. estremecidos, agrupados,
y la luna
con un guante de humo sentada en la puerta de sus derribos.
¡¡La luna!!

Federico García Lorca