viernes, 11 de agosto de 2017

¡Nos vemos!

Primer día de vacaciones


Nadaba yo en el mar y era muy tarde,
justo en ese momento
en que las luces flotan como brasas
de una hoguera rendida
y en el agua se queman las preguntas,
los silencios extraños.

Había decidido nadar hasta la boya
roja, la que se esconde como el sol
al otro lado de las barcas.

Muy lejos de la orilla,
solitario y perdido en el crepúsculo,
me adentraba en el mar
sintiendo la inquietud que me conmueve
al adentrarme en un poema
o en una noche larga de amor desconocido.

Y de pronto la ví sobre las aguas.

Una mujer mayor,
de cansada belleza
y el pelo blanco recogido,
se me acercó nadando
con brazadas serenas.
Parecía venir del horizonte.

Al cruzarse conmigo,
se detuvo un momento y me miró a los ojos:
no he venido a buscarte,
no eres tú todavía.

Me despertó el tumulto del mercado
y el ruido de una moto
que cruzaba la calle con desesperación.
Era media mañana,
el cielo estaba limpio y parecía
una bandera viva
en el mástil de agosto.
Bajé a desayunar a la terraza
del paseo marítimo
y contemplé el bullicio de la gente,
el mar como una balsa,
los cuerpos bajo el sol.
En el periódico
el nombre del ahogado no era el mío.

Luis García Montero

miércoles, 9 de agosto de 2017

En el nombre de hoy


En el nombre de hoy, veintiséis
de abril y mil novecientos
cincuenta y nueve, domingo
de nubes con sol, a las tres
-según sentencia del tiempo-
de la tarde en que doy principio
a este ejercicio en pronombre primero
del singular, indicativo,

y asimismo en el nombre del pájaro
y de la espuma del almendro,
del mundo, en fin, que habitamos,
voy a deciros lo que entiendo.
Pero antes de ir adelante
desde esta página quiero
enviar un saludo a mis padres,
que no me estarán leyendo.

Para ti, que no te nombro,
amor mío -y ahora hablo en serio-,
para ti, sol de los días
y noches, maravilloso
gran premio de mi vida,
de toda la vida, qué puedo
decir, ni qué quieres que escriba
a la puerta de estos versos?

Finalmente a los amigos,
compañeros de viaje,
y sobre todos ellos
a vosotros, Carlos, Ángel,
Alfonso y Pepe, Gabriel
y Gabriel, Pepe (Caballero)
y a mi sobrino Miguel,
Joseagustín y Blas de Otero,

a vosotros pecadores
como yo, que me avergüenzo
de los palos que no me han dado,
señoritos de nacimiento
por mala conciencia escritores
de poesía social,
dedico también un recuerdo,
y a la afición en general.

Jaime Gil de Biedma

martes, 8 de agosto de 2017

Breve tratado sobre el miedo


Soy lo que sobrevive a los cobardes
y a los fatuos que ha sido
JORGE LUIS BORGES


Miedo me dan los que no dudan nunca
porque en el borde de su certidumbre
llevan mi sangre.

Miedo me dan aquellos que reniegan
de la envidia y del egoísmo porque
abjuran de lo humano.

Miedo me dan los que buscan la patria
y la señalan con el dedo mientras
cargan el fusil.

Miedo me dan los que queman banderas
y ahogan himnos porque besan otras
y cantan distinto.

Miedo me dan la izquierda y la derecha
porque ignoran que son el doble filo
de la misma espada.

Miedo me dan aquellos que jamás
han traicionado porque está próximo
el día en que lo hagan.

Miedo me dan los que no matarían
por un perro porque están preparados
para morir por un rey.

Miedo me da mi cuerpo porque siempre
es un enigma arcano frente a los espejos
y a los ojos.

Miedo me da la luna y sus formas
porque mira y gobierna como un cíclope
sobre la marea y mis hijos.

Miedo me da la copa de vino
porque en su poso duermen las palabras
que aún no te he dicho.

Miedo me dan el suicida y su olivo
porque legan en la tarde un valor
que desconozco.

Miedo me da la vasta exactitud
que canta Borges porque es un tigre
ciego e inalcanzable.

Miedo me dan el tiempo y sus principios
porque alguien escribió en ellos el día
en el que no estarás.

Miedo me da el alfanje del eclipse
porque es el final de una pregunta
que nadie responde.

Miedo me da el secreto y su ranura
porque forja una sola llave para
demasiadas manos.

Miedo me dan las mil lenguas babélicas
porque sólo alcanzo a descifrar
la magia negra de las traducciones.

Miedo me dan las noches y los días,
esa moneda en el aire.

Miedo me da el anzuelo, esa pregunta
que se muerde en el fondo.

Miedo me da el amor, ese extraño en los espejos
y miedo la venganza, esa cruz en el calendario.

Miedo me da el pasado con su roca,
el futuro, con su planeta.

Miedo me da el presente, ese pez que nadie ha visto.

Miedo me da el mar por su corazón
de clepsidra, sus olas que restan mi tiempo.

El gorrión y la zumaya,
esa única ave que se da la espalda.

El silencio, ese diálogo ancestral.

Miedo me da el poeta ese animal miserable
que miente más que muere.

Miedo me da el insomnio, esa metáfora del sueño
y miedo la metáfora, ese insomnio de las cosas.

Miedo me da olvidar el temblor
y los cuerpos que habita una camisa
cuando la luz apuñala a la luz.

Convertirme en el hombre que enumera
otro inventario de temores.

Llegar a ser aquel que sobrevive
a todos los cobardes que ha sido.


Iván Onia Valero, de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en Huida, 2013)
Cuadro: Silencio de pez, de Mateo Cabrera

lunes, 7 de agosto de 2017

Verano de 2017


Tal vez dentro de muchos años para unos niños que ahora juegan en el jardín de la casa junto al mar este verano de 2017 será recordado como el de aquellas vacaciones en que unas golondrinas habían hecho su nido en una viga de la terraza. Llegaron en abril, la hembra eligió un macho de su gusto para aparearse y juntos comenzaron a pegar con el pico pequeñas cargas de barro y terminada la obra, ella puso cinco huevos blancos con motas negras y los dos por turno los incubaron. Esta era su segunda nidada. Hubo que apartar algunos sillones y poner un periódico abierto en el suelo. ¿Qué pasaba en el mundo mientras tanto? Pequeños excrementos de golondrina caían sobre una página en la que se podía leer: bombardeo en Alepo, un suicida causa otra carnicería en Irak. A las tres semanas asomaron por el filo del nido cinco polluelos con la boca siempre abierta que los padres trataban de saciar con al menos 300 viajes al día trayendo insectos que cazaban en el aire. A uno de los polluelos, al más débil, en la pelea feroz por la comida lo expulsaron del nido sus hermanos. Una mañana apareció muerto sobre el titular del periódico que daba el naufragio de otra patera con un centenar de inmigrantes ahogados en el mar de Alborán. Los niños lo enterraron con lágrimas bajo el limonero, pero la lucha fratricida por la vida continuaba. Días después otro polluelo cayó del nido y expiró sobre la noticia de una matanza en Afganistán y en el jardín hubo otro entierro. Los tres hermanos más fuertes crecieron, un día abandonaron el hogar, los padres los siguieron alimentando posados en un hilo; los enseñaron a volar, a cazar y cuando aprendieron la lección, desaparecieron. Dentro de muchos años de estas vacaciones los niños no recordarán otro acontecimiento; será aquel verano de 2017 en que enterraron dos polluelos de golondrina bajo el limonero.

Manuel Vicent

domingo, 6 de agosto de 2017


Voy en el anochecer azul, que se va volviendo feo, con mi máquina de escribir colgada de la mano, de un pueblo a otro, en busca del taller oscuro y perezoso donde me la limpian, arreglan, aligeran.
El mundo ocurre como a una luz de carburo. Esto no es campo ni ciudad. La máquina, tan ligera, empieza a pesarme con toda la literatura que lleva dentro de sí, cien libros, miles de artículos, una vida de escritura que a mí mismo me avergüenza. Da vergüenza haber jugado tan limpio y andar ahora con la máquina a cuestas, por los desmontes y los retazos de campo que nos quedan, cargando una tonelada de literatura, cómo pesan los libros una vez escritos, nada más llegar de la imprenta, reciente, vivo, casi caliente, un libro se muere, se muere para siempre, se cierra herméticamente conmigo dentro.
Amo esta máquina, este pequeño ente de hierros y literatura que es como el esqueleto de un pequeño animal, la osatura de una metáfora. Algo así como un gato muerto que he llevado colgado de mi mano toda la vida, por el mundo, en los viajes y las vacaciones, dando la vuelta a Europa o escribiendo en un alto rascacielos de Nueva York. No quiero nada, no aspiro a nada. Me basta con que a esta máquina no se le caigan los dientes. Una letra en cada diente. Las articulaciones le funcionan mejor que a mí. Qué dulcemente envejecen las cosas.
Mi pobre máquina, mi máquina pobre envejece prestando servicio, suena joven su tecleo todas las mañanas, y es como si sonase mi vida, que en realidad es mucho más opaca. Se hace de noche y dejo la olivetti en el taller callado y tedioso, con una pequeña oficina delante y un fondo de mecánicos no sé dónde. Dentro de unos días volveré para llevarme la máquina, este peso duro y
familiar en mi mano, en mi hombro, esta carga que es toda la realidad de mi literatura, lo único que me hace verdadero, puntual y funcionario de mí mismo.
Y la vuelta por barrios de sombra, ya con anovelada luz de luna, improvisado arrabal. De mi caminata hago un paseo sin prisa, la tarde se ha ido y sólo nos ha dejado su tristeza. Mañana, con luz de parra y sol de noviembre, la máquina madrugará como la gata. Este chisme me ha dado de comer durante casi medio siglo, me ha salvado de la biografía negra y negativa que me esperaba, ha sido el garfio de todos mis naufragios. El ingeniero la hizo a conciencia. Es frágil y segura como algunas mujeres. Tengo con ella la intimidad casta y la amistad sobria del gato, la herramienta y el arma.

Francisco Umbral

sábado, 5 de agosto de 2017

Poema ecológico


Verde que te quiero.
Ahora mira la luz destruyéndose,
nombrando el esqueleto de lo que alumbraba.

Ahora Cádiz y su lengua en la garganta
si pronuncias Mina o cúpula.

Ahora Lisboa y el canto que tiembla
en las farolas de la Alfama.

Ahora Praga y tocas mis costillas
para no olvidar los puentes sobre el Moldava.

Ahora París y el tren hasta las piedras,
Rue Leon Frot, Bastilla

Ahora París, ya me callo.

Yo vendo bolsas blancas donde el mundo
echa su trozo de pan de los días,
su canción azul,
su miseria de niños con babas,
sus raspas para el gato o la sopa,
las buenas formas,
la mínima vergüenza.
Para qué salvar nada.
Yo vendo bolsas blancas para las islas futuras
donde los hijos de los hijos
maldecirán mi nombre con branquias y
una piel de titanio.

A pesar de todo,

esta es la misma Tierra que pisara
José Hierro con su calva y su libreta
apestando a ballena podrida y a disnea
en las orillas de Long Island.

Estos son los glaciares donde Borges aún
da vueltas al mundo a lomos de un tigre de hielo
saludando a sus padres, infinitamente.

Esta es la cama de hierba donde alguien dice:
"mi lengua, todos los átomos de mi sangre
formados de esta tierra y de este aire…"
es Whitman que acaba de encontrar un pájaro en su barba
y le besa las alas antes de seguir escribiendo.

Un hombre baila un vals en el huerto familiar,
con su violín hace surcos y siembra calabazas.
Otro hombre con cabeza de limón
cruza la frontera para dar descanso a su madre
y piensa en los octógonos y el limonero
antes de morir él también.

Son Félix Grande y Antonio Machado
que parten un tomate y se desean suerte.

Digo que, a pesar de todo, no se ha estado mal aquí.
En las pocas ciudades recorridas,
en los libros donde siempre hay alguien ofreciendo
su trozo de planeta con una inocencia frutal.

Yo mismo pongo alarmas en la noche
para verte dormir y escuchar
las poleas y los engranajes del mundo
como una sinfonía ancestral.
Veo a quien escribe el día de hoy
con una tiza de agua.

Salvemos los árboles y los mares
en nombre de los poetas o de París.

Larga vida al Planeta
aunque sólo sea -que te quiero verde-
porque tú estás en él.

Iván Onia Valero de Hermanos de Nadie (Karima Editora, 2015)

viernes, 4 de agosto de 2017


Y la muerte perderá su dominio.
Los muertos desnudos serán un solo muerto.
Con el hombre en el viento y la Luna de occidente;
cuando se descarnen los huesos y desaparezcan los huesos.
Donde hubo codos y pies aparecerán estrellas.
Y aunque se sumerjan en profundas aguas tendrán que resurgir.
Y aunque los amantes se extravíen perdurará el amor.
Y la muerte perderá su dominio.

Y la muerte perderá su dominio.
Bajo los remolinos del mar
aquellos que yazgan largamente no morirán en la tempestad
retorciéndose en el tormento, cuando cedan los tendones
atados a una rueda no podrán destrozarse;
entre sus manos la fe se romperá en dos
y el Unicornio del mal los atravesará.
Y hendidos por todas partes no se desmembrarán.
Y la muerte perderá su dominio.

Y la muerte perderá su dominio.
Nunca más las gaviotas gritarán en sus oídos
o se romperán las olas tumultuosamente en la ribera;
allí donde se abrió una flor nunca más otra flor
ofrecerá su cabeza a los golpes de la lluvia.
Y aún locas o muertas como clavos
atravesarán la margaritas con sus cabezas de señoras;
irrumpiendo sobre el Sol hasta que el Sol se desprenda.
Y la muerte perderá su dominio.

Dylan Thomas