martes, 19 de junio de 2018

Poema


Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y cintas
que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas precisamente
lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones cuando
se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo
lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino es
también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre
en una galería de museo.

Además te quiero, y hace tiempo y frío.

Julio Cortázar
fotografía de Brassai

lunes, 18 de junio de 2018

Ofrenda


Toma, este es mi cuerpo.
Ha vivido tempestades y lleva dentro animales pequeños
que por su nombre podrían ser dinosaurios.
Toma, este es mi cuerpo,
te estaba esperando,
cada mañana lo perfumo y a menudo
no me deja dormir,
si te fijas bien verás que en los recodos
tiene la forma de tus manos.

Toma, este es mi brazo, tuyo,
este es mi labio,
tuyo,
este es mi cuerpo y enseguida
piel,
entrañas,
tuyo,
se va a poner a llorar de amor,
naranjas, viento,

toma,
este es mi cuerpo,
te estaba esperando,

a veces no estás y no es nada,

a veces cuerpo,

a veces voz.

Laura Casielles
Fotografía de Jen Davis

domingo, 17 de junio de 2018


Las noches de los días de fiesta
siempre tienen a diez padres que tiemblan
y buscan a diez hijas que han huido.

Vuelve a oler a limpio y a farolas despiertas
bajo las horas cilíndricas,
he oído un zumbido de tambores
y el calambre de bronce que precede a las campanas.
He visto luces de puerto en tus ojos
y la maroma que me ata los pasos
dejando un hilo de escamas secas
debajo de las plantas.
Se conocen mejor las horas cruciales
que los oficios propios,
se conocen mejor las vidas ajenas,
las tres raíces donde se levantan las historias,
las sombras mejor que los cuerpos.
No sabré nunca quién soy,
sabré que amé los símbolos
y fui amado en los huecos que dejo,
que amé sólo la turbia visión
de quien está tendido junto a mí
y fui amado como una piedra viva,
que alguien me imaginó con un temblor adolescente
y yo sueño el abanico azul que espanta a las iguanas.
No sabré nunca quién soy si esta noche
no te mueres conmigo,
si una electricidad no nos devuelve,
si no sabes que los lugares
son sólo los huesos que un nombre deja
y que tienes debajo de la lengua
el gallo roto de una veleta:
puede ser el amor esta torpeza
de creer en el árbol que señalas,
de regresar a la casa que me digas.

Iván Onia Valero fragmento de Un cocodrilo, poema perteneciente a El Decapitado de Ashton, Ediciones de la Isla de Siltolá (2016)

sábado, 16 de junio de 2018


Después de todos, están esos otros
que ya has leído o que nunca has abierto,
pero siempre llevas encima;
en el bolsillo del pantalón,
en las maletas abisales,
en las bocas tiernas de la ropa de invierno.

Son el patrimonio rectangular de la rutina,
los gramos que un día perderemos con la muerte.
A veces los abres:

Soy el niño
que en el pasillo oscuro oye el jadeo del jaguar,
y canta, y canta, y canta para ahuyentarlo
para que la oscuridad no sea


y luego les cierras los élitros amarillos
contra tu carne.
Otras veces,
antes de adentrarte en los bosques,
los palpas por encima de la camisa
como un revólver heredado.

Iván Onia Valero de Hermanos de Nadie (Karima Editora 2015)

viernes, 15 de junio de 2018

Fabril templo secreto


Aquel liviano e inmortal vestido
que con mis manos resurrectas
yo arrugaba feliz contra tu carne
guárdalo para siempre en la penumbra
de tus baúles donde nadie pueda
verlo tocarlo olerlo nadie
excepto el tiempo que nos aniquila
Guarda el vestido aquel pordiós consérvalo!

Caerán a nuestros pies como pájaros muertos
nuestra alegría y nuestra juventud
La renuncia y los años darán con todo en la ruina
Pero el vestido aquel que duele
aquella cosa incomparable, el cuenco aquel
de tu calor y de tu olor, que dure,
que dure mucho, que nos sobreviva
Guarda el vestido aquel pordiós consérvalo!

Y que cuando tus deudos hurguen entre las sobras
apasionadas y oscuras de tu vida
nada comprendan de esa tela perpleja
todo lo ignoren de esa cosa suave agazapada
Y que sólo una especie de nostalgia increíble
sin nombre ya y sin nadie y sin sitio
y este poema clandestino y maltrecho
cuenten lo que allí había en el trapo sagrado

Félix Grande

jueves, 14 de junio de 2018

El aviso de las señales


Yo espero una bengala de aviso
tantas veces he escrito la clave en un papel
la he grabado sobre un grano de arena
con la fuerza del hambre
iluminado por un haz de luz
como cuando cruza un navío delante de los acantilados
o se incendia de repente la carpa del circo
en la noche oscura
cuando arrojan a las tribus antiguas
hacia las alamedas de yacimientos de hulla
y los tigres inclinados al borde de los estanques
electrizan con su piel
los menudos ojos de los peces
es así que yo espero un silbido de aviso
entre arroyos con mimbre
y la opulencia de una hilera de mesas de noche
yo te busco en todos los rincones
con una fogata
para alumbrar los vidrios
y ver las señales mágicas de tu vaho
cuando no te dejan cruzar el umbral del puente de mi río
o no me dejan seguir en los caminos
las líneas secretas de las rocas de tu valle

Carlos Germán Belli

miércoles, 13 de junio de 2018


Como, lento, vas siendo una colonia del movimiento.
Como, lento, los sonidos te eligen
-domador duro-
y te levantas como un pueblo en un libro de historia.

Entre mi barba encuentro tus centímetros,
y, si andas, me crece un hueso amarillo
que antes no me dolía.

Para expandirte, yo debo encogerme.
Si quieres dominar el lenguaje,
yo tengo que cederte mi memoria.
Hay una alegría tibia en los vasos comunicantes,
el reciclaje y la justicia emiten
una luz pequeña de antracita o escritorio.

Cuando viajes a París, yo recordaré París.
Esta es la intimidad de las balanzas.

Iván Onia Valero

martes, 12 de junio de 2018


¿Cómo he llegado a tener esta cara? Veo un niño rubio y ceñudo, en la litografía amarillenta del pasado. Veo un colegial de rostro blanco y como plano, en aquella foto escolar —posguerra, frío, escuela pobre, niños tatuados por el salvajismo de la miseria, la bola del mundo, el patio desconchado—, veo un adolescente presuntuoso, de pelo alto y ojos tristes. Ahora, el pelo que huye, la mirada rota, la nariz que se va redondeando y alargando al mismo tiempo, en la prematura avaricia de la muerte, la boca amarga, el rostro pentagonal, la sombra de la barba, los pómulos, todavía altos. Es como si la vida hubiese querido tener primero un niño chino, y luego un adolescente pálido, y después, cambiando de idea, un hombre miope, amargo y duro, porque hay una mano de sombra que va remodelando mi cara, moldeando mi expresión, haciendo y borrando bocetos sucesivos del que fui, del que soy, del que seré.
Al final, como la muerte tiene mal gusto, se quedará con mi peor gesto, con el más estúpido, torcido y loco, y lo perpetuará para siempre, aunque esto es un decir, pues en cuanto te entierran la vida sigue su tarea por dentro de la muerte, y te pueblas de otras vidas menores, y evolucionas hacia la esbeltez del esqueleto o la peguntosidad del légamo, hasta quedar hecho un dandy de hueso o un sapo de tierra. No es cierto que nada se detenga con la muerte. Sólo que se cierra la carpeta de apuntes de la vida y tu rostro deja de ser tu rostro, porque no somos sino una sucesión de esbozos, y tras el último esbozo viene la máscara, la calavera.

Francisco Umbral