lunes, 27 de febrero de 2017

El desterrado del Espasa












Paca Aguirre, Juan Carlos Onetti y Félix Grande


"...Odio o no siento ningún aprecio por los demagogos, las gentes enigmáticas capaces de llevar a sus contemporáneos a una guerra sea cual sea el disfraz ideológico con el que se vistan. No creo que estén hechos de mejor pasta lo que fueron canallas en el levantamiento militar que los que fueron canallas en las checas, torturando y matando seres humanos vivos.
Aquella guerra le costó la vida al padre de Francisca Aguirre, era un gran republicano y era un gran pintor, por lo primero le dieron la ejecución y por lo segundo lo retiraron de la próxima edición de la enciclopedia Espasa, lo que se llama muerte civil. Muchos años después conocí a aquella huérfana. Entonces era la huérfana más guapa de Madrid, ahora es la viejecita más insustituible de la capital. Y hace poco me senté a escribirle a mi suegro, a quien no pude conocer, estas palabras para encomendarle a su hija"
fragmento de la conferencia "Poética y Poesía", de Félix Grande  pincha aquí para escucharla

EL DESTERRADO DEL ESPASA

Vengo a pedirle a usted la mano de su hija.
Permítame que me presente,
tengo setenta y dos años cumplidos,
mi padre defendió a tiros La República,
tras su derrota tuvo suerte, no le dieron garrote vil.
De los ocho hijos que engendró
en el vientre de nuestra madre
vivimos cinco, todos varones.
Todos cinco queremos mucho, don Lorenzo,
a Paquita la hija de usted
y yo, además, la necesito
para durar, para iluminar mi escalera,
para morir sin odio.
Vengo a pedirle la mano de su hija.

La vida sigue, don Lorenzo.
A Paquita y a mí nos nació Guadalupe,
espere, traigo en mi billetera una fotografía
de su nieta de usted, aquí está
¿verdad que es preciosa, Dios mío?
y es aún mayor la belleza de su conciencia.
Deduzco que ha heredado ese ardimiento,
ese don de vivir en justicia,
esa tonalidad, ese gen suntuoso
en la conducta de sus dos abuelos
como si en el mantel de las neuronas de mi hija
usted y mi padre jugasen interminablemente,
desde hace siglos una partida de ajedrez
en la que los peones comen a dos carrillos,
beben vino, regüeldan, leen buenos libros,
duermen en paz, madrugan, trabajan sonriendo.

Mire a su nieta Guadalupe.

No pudieron con usted, don Lorenzo.
En la cárcel de Porlier
le pusieron a usted la muerte sobre la garganta,
le dieron vueltas a una manivela,
lo asesinaron
y no pudieron con usted,
téngalo por seguro, no pudieron.
Vengo a pedirle a usted la mano de su hija.

Le cuento, aquella niña con un ramo de flores,
arrodillada y aterrada ante la hija del General Franco,
fue inútil, no quisieron conmutarle a su padre
la pena de muerte, una pena inmortal,
por años de prisión, los que fueran.
Contemplo a su hija, don Lorenzo,
arrodillando sus doce años menos ciento tres días,
Susi y Margara no se atreven a jadear,
y mi mujer entrega aquel ramo de flores
a Carmencita Franco por su onomástica,
por cierto, don Lorenzo,
¿a cuento de qué lo ejecutaron?
¿Exterminaban en el pintor Lorenzo Aguirre
a la Institución Libre de Enseñanza,
a La República, a las pajaritas de papel
que Miguel de Unamuno le enseñó a usted a manufacturar
con las uñas pulgares y con un alfiler?
¿A cuento de qué lo mataron a usted
a tres años de acabada la guerra?
¿Qué ganaron con ese crimen?
¿Qué disfrute obtuvieron con toda una familia de dolor?
¿Y a qué venía la orden de retirar su nombre del Espasa?

Como le iba diciendo,
aquella niña arrodillada he aquí
que hoy está al borde de sus ochenta años,
lo que es el tiempo, qué resistente, qué robusto.
Con él no puede ni el horror ni el crimen.
Y qué tristeza siente en su alma el tiempo
cuando por fuerza no lo puede todo.
Me refiero, don Lorenzo,
a que Francisca Aguirre
no logró nunca hacer el duelo,
sépalo, nunca.
Al tres por dos, usted regresa
y llena su memoria de angustia,
infancia, espanto y lágrimas de oro.
Fíjese, incluso en esas ocasiones,
también le sale afuera la luz del corazón.
Lo que quiero decir
es que esa niña de rodillas
como sin darse cuenta, sin un ruido,
de forma muy misteriosamente natural
y desde hace ya más de medio siglo,
se dice pronto,
se esfuerza en enseñarme a base de paciencia
la asignatura de la serenidad,
¿qué le parece, don Lorenzo?
Comprende usted por qué he venido, viejo,
al pie de su cadalso,
por qué provengo desde dos mil diez
al seis de octubre del cuarenta y dos,
pian pianito, pasito a paso,
cerca de la noche.

Va a amanecer, Lorenzo.
Te van a ejecutar.
Menos mal que he llegado a tiempo.

He venido a traerte el medio siglo de viudez
y de coraje maternal que ejerció tu mujer
antes de irse contigo, cansadita, orgullosa.

He venido a traerte, en caudal, a dos manos,
abrazos testarudos de las tres niñas de tus ojos.

He venido a traerte en mi bandeja genealógica
saludos de mi padre desde bajo su tumba.
He venido a traerte, firmada y rubricada,
la certidumbre nuestra sobre tu dignidad.

Y he venido a traerte aquesta pajarita de papel
para que en ella vuele la memoria de ti
por los biznietos de los nietos,
hasta que sobre el aire quede escrito tu nombre
Aguirre, Aguirre, Aguirre.

Así, trino y Lorenzo, a lo largo de España.

Ya amanece, Lorenzo, amigo mío.
Ya vienen, te tocan en el brazo,
caminas, te sientas,
le sonríes con piedad al verdugo.

Soy un viejo, dos ojos, un grito, una memoria.
He venido a pedirte la mano de tu hija.

Félix Grande

lunes, 20 de febrero de 2017

Camino















Qué hermoso debe ser un diccionario
en el que las palabras no sean contraseñas,
sino ellas mismas: huracán, cicatriz...
BENJAMÍN PRADO

Te nombro fuente, atardecer, locura,
jazmín, recuerdo, corazón o estrella;
y no encuentro palabra que te alcance
elemental y mía como eres.
JULIO MARISCAL

¿Desde dónde este barro?
Este río caliente de hombre y lenguas,
¿hasta dónde?
Soy una lentitud entre la prisa.
Las calles son inmensas, van a plazas
donde verdean las piedras diciendo su fuente,
el pan su hambre,
el límite su abismo.
No me reconozco en las palabras caídas,
esa sencillez al señalar lo que nombran;
el pájaro que es el pájaro y no el presagio del incendio,
ni una casualidad que nos traspasa.

Camino un poco más;
hay amarres en los árboles,
hay sílabas que buscan una boca para romperse,
diálogos amputados,
dientes como letras.
Qué lento es no entender nada en los nombres.
Qué hermoso debe ser decir clavícula y que nada se rompa,
no encontrar el bostezo en el vaso,
no oler el sexo antiguo de los bosques.

Ahora el labio me sangra dos versos:
entre el amor y los cuerpos hay una araña de aceite,
entre la voz y el sueño, un pez imposible,

digo en un hilo
mientras sigue la riada de hombres veloces,
abrigados en su fugacidad
porque la tarde es una promesa de la nieve.
Este rayo de lenguas diciendo signos que conozco,
herramientas de acero para señalar el amor,
la casa donde duerme el enemigo
y que he olvidado dentro de algunos poemas.

Es hora de abrigarse y regresar,
hace mucho frío en lo que ya no entendemos.

Iván Onia Valero, de Galería de Mundo y Olvido, Ediciones en Huida (2013)
fotografía de Ignacio Vara

miércoles, 15 de febrero de 2017

La letra y la nieve


Mi abuelo le escribía a Elena
con letra de alumno prometedor
-cuida la letra, la letra y los zapatos limpios son importantes,
decían sus padres-.
Mi abuela recogía algodón
y soñaba la tarde amaneciendo,
el horizonte con hombre y bicicleta.
Mi abuela, que nunca aprendió a leer lo que mi abuelo le escribía
-estas arañitas azules en fila que otros me dicen que tú dibujas-.
Yo te prometo mi letra, diría él.
Y yo la nieve, ella.

Iván Onia Valero de Hermanos de Nadie (Karima Editora, 2015)

viernes, 10 de febrero de 2017

La perra


Yo no lo sabía, pero mi hermana, la chica, siempre había sido una perra.
Una perra inmensa al final de la familia.

De pequeños nos mirábamos sin lenguaje.
Aprendimos a ladrar primero y, sólo después,
supimos de otros códigos más humanos.
Mucho antes de querernos, quisimos, cada uno por su lado,
a una caniche blanca que murió muy ciega
-que murió muy sorda-
gruñendo al mundo porque ya no pudo descifrarlo.

Después vino el jardín de una casa en el extrarradio
y dos perros brotando como los hongos de la hierba de los días.
Un padre y un hijo, alegres, desperezados encima de los almanaques
contra todo pronóstico.
Perros falderos que lastiman y se mean en los parterres
por donde pasa la muerte a escucharlos.

Igual que Edward Bloom era un pez gigante,
mi hermana fue siempre una perra grande.

En la playa, una perra.
En navidades, una perra.
Los domingos comía la paella con la perra.
Una perra de madrugada sacando las oposiciones en la habitación de al lado.
Eso ha sido mi hermana todo este tiempo y yo sólo lo supe hace unas semanas.

Hubo de nacer primero una galga lejos de ella dos años atrás.
Hubo de venir el cazador para zurrarla si no atrapaba la liebre
y le enseñaba el olivo ungiéndola con un aceite de miedo.
Hasta el tuétano de esa resina la embadurnó el malnacido,
hijo de las mil putas de Satán. Si lo cojo.
Si el destino me lo pusiera delante, lo colgaría
-como he visto a esos perros suspendidos de la tarde-
del árbol universitario y allí lo dejaría hasta que el viento
lo borrara mes a mes, apestando a lo largo de la historia.
Todavía algunas noches sueño que me dejan matarlo,
y lo mato con dientes tremendísimos,
con mandarinas duras,
con el fémur largo de un niño enfermo,
con el cuchillo romo de la justicia.
Vuelve a nacer y lo mato, y lo mato al cabrón
martilleando su cabeza contra la madrugada.
Toda la noche así, hasta que amanece
y me levanto radiante, odiando de alegría.

A ese madrigal de huesos y miedo
encomendó mi hermana su ternura,
su hogar en ciernes, el olor preñado
de una perra aventando a las moscas.
Salvándola, gramo a gramo, del triste quintal de su mala suerte.

Por eso, cuando la galga huyó en enero,
espantada por el ladrido y el avellano,
mi hermana lloró tanto y tanto
que le creció un hocico cuarterón,
se le doblaron las orejas blandas
y corrió lejos, como buscando en el gasoil de la noche
la lágrima redonda del encuentro.

Mi hermana, transformada ya.
Mi hermana, licántropa mansa,
bendita y triste,
loca en los andenes,
quieta y galga ya para siempre.

Tuvo que venir la muerte para que supiera al fin
que no la había amado tanto a ella
como quise aquel día a esa hermana conversa,
a esa perra mirándome.

Iván Onia Valero  poema inédito recogido en la antología Luz Sur (Unaria Ediciones, 2016)

miércoles, 8 de febrero de 2017


ESTAMOS siempre aquí, años y cartas, estamos M. y yo riñéndonos, doliéndonos, mirando los colores de las cosas, los verdaderos y profundos colores, en la oscuridad de la televisión, como en un panteón con tele, como estatuas yacentes con tele, un poco egipcios, un poco miserables, dándonos y quitándonos objetos, una carta otoñal, un botón de oro, repartiéndonos muerte, estamos heredándonos uno al otro, y dentro de esta casa nacemos y morimos cada día, estamos siempre aquí, meses y gente, escuchándonos lejos al teléfono, o el sonido elocuente del maderamen, las pisadas nocturnas, el pisar tuyo o mío, M., hasta que el nudo de la noche se resuelve en un lazo de gato, en la gata enredada entre las piernas, estamos cada uno espiando a una multitud, que es el otro, vamos en este viejo barco, navegaciones y semanas, dos viajeros solos, sin tripulación, dejando que la barcaza se adentre cada día en el corazón de las tinieblas, o en el hígado del alcohol, que es más doliente.
Contamos el dinero ya contado, escuchamos un disco y lloramos en falso, repartimos la hambrienta comida de los viejos, como si los viejos no fuéramos nosotros, miramos a lo alto, en el jardín, el alto cabotaje de las nubes, el sol, rueda de buey, que va despacio, pasamos frío y calor, el odio pone cuchillos en las puertas, ella trae carne fresca del mercado, o ese pescado rojo que le brinda el pescadero enamorado, como una rosa acuática de las profundidades.
Nos damos sexo y muerte, todo en frío, recaudamos la mierda, enterramos una foto infantil o ponemos la antena en el tejado, estamos aquí solos, gélidos de teléfono, y nos pasamos las enfermedades, como viejos recuerdos, yo te cambio una vértebra por tu vagina herida, tú me traes una flor que viene a gritos, quizá seamos dos locos, será esto un manicomio, dos locos en la casa de dos cuerdos, qué invasión de la ropa cuando la rebelión de los armarios, cada prenda es un mes, una moda distinta, a temporadas, nos pasamos vestidos como lentos cadáveres suavísimos, violados por el tiempo como damas.
Afuera hay urracas azules, afuera en el jardín, y ladran perros, y hay gatos que nos miran con nocturna inteligencia, nos ofrecemos libros, será invierno o verano en el jardín, leemos cosas distintas como huyendo uno de otro por el sendero menudo de la prosa, coincidimos en Borges y eso es sedante como empezar de nuevo, y viene nuestra muerte, la tuya o la mía, mirando los portales y los números, pero la muerte es esto, nos la vamos haciendo con palabras, con arrugas azules, muy ensayadas, nos herimos a muerte, el uno al otro, con una palabra ya enterrada, con un nombre, la muerte va cociendo como un pan, pero ahora sale el sol de los domingos, algo empieza de nuevo, sigue en la página siguiente, buscamos nuestro nombre en los periódicos como el signo exterior de que aquí vive alguien, continúa en la página siguiente.
Estamos siempre aquí, años y muertos, nos cosemos botones, nos robamos la ropa, nos espiamos, tan olvidados ya el uno del otro, te cambio este pie viejo por tu nariz de entonces, usábamos a veces el mismo cepillo de los dientes, pero ahora cada uno tiene su cepillo, su enfermedad, su muerte, su salud, nos respetamos como se respetan dos presos en la celda común, pero ya se ha nublado el sol de invierno, tú estás en tu silencio de maíces y yo escribiendo a máquina este cuento.

Francisco Umbral