lunes, 19 de noviembre de 2018

Solo de poesía, de Edward Bloom


A las tres estoy dudando si salir a buscar a los ladrones que anoche saquearon la casa familiar o quedarme aquí, de inventario y mugre, intentando este tibio algoritmo de decir lo mínimo con lo máximo. Vade
retro, condensación. Vade retro, haiku, poemita, buenas formas. Mierda también esta noche a la pausa y la tinta, a los signos de puntuación al ligero equipaje seamos
excesivos irreales utópicos digitales jardineros de las puntas del tiempo donde suceden los vértices en los que
damos al traste con una estrella que nos pincha el pie o con el charco del beso aquel –de albero rotundo de luces efímeras– para gritar adolescencia y que el tiempo note un
temblorcito de mosca posada en el hombro hasta pararse –piadoso y bisiesto– como queriendo pedir perdón por su quintal y su caravana de calcio sobre nosotros

                         *

qué música tan inmensa lo destartalado
qué sonajero de yunque estribo y martillo
para dormir a las bestias del desorden
para llamar a la consolación para explicar la insolencia de preguntar qué es la
Poesía y qué tijera tan pesada el silencio
cuando se mariposa en cruz sobre la boca si a la Pregunta quéslapoesía sonríes mientras un huracán de sangre y lenguaje te reverbera desde el estómago y piensas en el
galimatías celestial de las entrañas en el arquitecto que imaginó un trozo de pan convirtiéndose en combustión y magia de la mano que escribe la palabra mano en los
peces –después vertió siete océanos allí donde no llegaba la tierra– nadando a través del esófago iluminando la escalera del ánimo hasta hacernos andar demasiado humanos por las praderas intestinales y regresar luego
ventriculares barrocos disciplinados cíclicos nuevos
¿qué es la poesía entonces?
pienso seriamente señor mi amigo oh compañero que a usted le importa muy poco la lo que yo vaya a decirle porque lo que realmente desea es regresar pronto a casa lanzando al aire la moneda reluciente de una certeza que mañana intentará cambiar por el gesto de afirmación
de las muchachas o por una copa si hay suerte
podría decirle que es un vómito la poesía como dicen los no poetas los que hoy cogen la pluma y mañana el aguarrás y pasado te cuentan que están escribiendo una novela y al otro un disco de rumbas apátridas o la obra de teatro que te cambiará la vida ¿la poesía? el poeta es un tullido que levanta los pueblos sumergidos que la nada cubre

que baila los mágicos perros que el día deshace llora mucho porque le duelen los gramos de ser así mira la cal y promete la nieve dios acabó su obra firmándonos sobre la tripa píloros
y puertas heno y serpientes metros y metros
la poesía
señor
no es un vómito
la poesía
monsieur
es el sistema digestivo para que la vida pase y no duela
para que pase y no
para que la Vida

                         *

esto ha sido todo –la cuenta por favor– ya ves el legado hijo mío
esta espada de aguardiente abriendo la puerta de la rutina estos dos poemas salvados de las llamas este traqueteo del corazón rompiéndose bajo la tierna protesta de los astros
qué poco después de tanto ¿verdad?
mira cómo regresan a calentarme las manos los signos de puntuación cuando, a lo lejos, vuelve a oírse el cabotaje
de lo recién parido.

El hatillo pesa poco, quemé toda mi poética para volverme puro y mira lo que he conseguido:
una vanidad,
una elegía,
un cocodrilo contando las horas verdes del domingo.

Qué refrán mi vida, donde aprendieras el arte
propedéutico de ser sin sufrir apenas.
Todos estos años, dedicado a levantar la gloria sobre mi sombrero –como el ave intenta el pan– para acabar sucumbiendo a la ira, raíz del mal de nuestro tiempo:
a la envidia,
a la altanería.
Para morir solo, mientras el mundo se aleja con una música que ya no reconozco.

Y qué imperio de hormigas la vejez.
Y qué cuenco las manos al final del camino.
Y qué geometría del hielo cuando mira.

Qué cosas.

Iván Onia Valero de El Decapitado de Ashton, Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016

domingo, 18 de noviembre de 2018

El juego en que andamos


Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.

Juan Gelman

sábado, 17 de noviembre de 2018

Problemas de geografía personal


Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer,
ese hueco de torpe inexistencia
que a veces, gota a gota, se convierte
en desesperación.

Nunca se despedirme de ti, porque no soy
el viajero que cruza por la gente,
el que va de aeropuerto en aeropuerto
o el que mira los coches, en dirección contraria,
corriendo a la ciudad
en la que acabas de quedarte.

Nunca sé despedirme, porque soy
un ciego que tantea por el túnel
de tu mano y tus labios cuando dicen adiós,
un ciego que tropieza con los malentendidos
y con esas palabras
que no saben pronunciar.

Extrañado de amor,
nunca puedo alejarme de todo lo que eres.
En un hueco de torpe inexistencia,
me voy de mí
camino a la nada.

Luis García Montero

viernes, 16 de noviembre de 2018


ESTAMOS siempre aquí, años y cartas, estamos riñéndonos, doliéndonos, mirando los colores de las cosas, los verdaderos y profundos colores, en la oscuridad de la televisión, como en un panteón con tele, como estatuas yacentes con tele, un poco egipcios, un poco miserables, dándonos y quitándonos objetos, una carta otoñal, un botón de oro, repartiéndonos muerte, estamos heredándonos uno al otro, y dentro de esta casa nacemos y morimos cada día, estamos siempre aquí, meses y gente, escuchándonos lejos al teléfono, o el sonido elocuente del maderamen, las pisadas nocturnas, el pisar tuyo o mío, hasta que el nudo de la noche se resuelve en un lazo de gato, en la gata enredada entre las piernas, estamos cada uno espiando a una multitud, que es el otro, vamos en este viejo barco, navegaciones y semanas, dos viajeros solos, sin tripulación, dejando que la barcaza se adentre cada día en el corazón de las tinieblas, o en el hígado del alcohol, que es más doliente.
Contamos el dinero ya contado, escuchamos un disco y lloramos en falso, repartimos la hambrienta comida de los viejos, como si los viejos no fuéramos nosotros, miramos a lo alto, en el jardín, el alto cabotaje de las nubes, el sol, rueda de buey, que va despacio, pasamos frío y calor, el odio pone cuchillos en las puertas, ella trae carne fresca del mercado, o ese pescado rojo que le brinda el pescadero enamorado, como una rosa acuática de las profundidades.
Nos damos sexo y muerte, todo en frío, recaudamos la mierda, enterramos una foto infantil o ponemos la antena en el tejado, estamos aquí solos, gélidos de teléfono, y nos pasamos las enfermedades, como viejos recuerdos, yo te cambio una vértebra por tu vagina herida, tú me traes una flor que viene a gritos, quizá seamos dos locos, será esto un manicomio, dos locos en la casa de dos cuerdos, qué invasión de la ropa cuando la rebelión de los armarios, cada prenda es un mes, una moda distinta, a temporadas, nos pasamos vestidos como lentos cadáveres suavísimos, violados por el tiempo como damas.
Afuera hay urracas azules, afuera en el jardín, y ladran perros, y hay gatos que nos miran con nocturna inteligencia, nos ofrecemos libros, será invierno o verano en el jardín, leemos cosas distintas como huyendo uno de otro por el sendero menudo de la prosa, coincidimos en Borges y eso es sedante como empezar de nuevo, y viene nuestra muerte, la tuya o la mía, mirando los portales y los números, pero la muerte es esto, nos la vamos haciendo con palabras, con arrugas azules, muy ensayadas, nos herimos a muerte, el uno al otro, con una palabra ya enterrada, con un nombre, la muerte va cociendo como un pan, pero ahora sale el sol de los domingos, algo empieza de nuevo, sigue en la página siguiente, buscamos nuestro nombre en los periódicos como el signo exterior de que aquí vive alguien, continúa en la página siguiente.
Estamos siempre aquí, años y muertos, nos cosemos botones, nos robamos la ropa, nos espiamos, tan olvidados ya el uno del otro, te cambio este pie viejo por tu nariz de entonces, usábamos a veces el mismo cepillo de los dientes, pero ahora cada uno tiene su cepillo, su enfermedad, su muerte, su salud, nos respetamos como se respetan dos presos en la celda común, pero ya se ha nublado el sol de invierno, tú estás en tu silencio de maíces y yo escribiendo a máquina este cuento.

Francisco Umbral

jueves, 15 de noviembre de 2018

Oda al cero


El cero es una horrible intimidad.
Allí Machado está diciendo fuentes.
Allí los pozos se mueren de deseo.
Es una libertad que nunca miente.

El cero quiso ser una gran letra:
La hierba que miraba el monasteriO.
El camino con lápiz hasta el lagO.
La carretera abierta del veranO
y la vocal cerrada del inviernO.

El cero siempre se abraza a sí mismo.
Una derecha que reza letanías.
La izquierda desterrada de lo útil.
Un llamador de brujas dormidas.

El cero quiso ser una gran letra:
El animal despierto de la manO.
La lengua que traza y borra el sueñO.
La naranja que crece en el misteriO.
El cero quiso ser número romanO.

No maldigan al cero.

Nunca lo llamen rosco o cerapio,
no amenacen con su corona simple.
En el cero sestea la serpiente.
El orgullo aburrido del portero.
La dignidad con humo del verdugo.
Es una viceversa áspera y caliente.

No maldigan jamás al cero.
No tiriten en su espalda absoluta.
Sin él, la perfección es sólo un nueve
y Messi y Maradona son arqueros.

Nunca maldigan al cero.

Piensen por un momento esto que les digo:
¿con qué vida soñaron una vez,
qué letra de aquel libro iban a ser?
-digan-
¿En qué número gris se han convertido?

Iván Onia Valero


















miércoles, 14 de noviembre de 2018

Joel y Clementine (Carta de cumpleaños)


Ya casi no lo recuerdas, ¿verdad?
Cuando yo era un niño que aprendía aes y emes
y tú me pintaste la nariz con tu primera regla.
Fue una tarde.
Viniste con un trote de yegüita,
te arrodillaste frente a mí:
mira, ya soy mujer,
te esperaré hasta que seas mayor
y las leyes de los hombres permitan
que me case
con el niño que eras ahora.

Ya casi lo olvidaste, ¿no es cierto?
El día que tu padre te regaló
la sheaffer azul con la que aprobaste
economía
o tocabas en el bolso igual que
la vértebra de un pobre animalito
que trae la suerte.
Estuvo muchos años perdida
y una mañana de jueves,
entre falsos murillos,
entre hojalatas del siglo pasado,
como tesoros de piratas que han
perdido la batalla,
encontraste de nuevo tu pluma,
que era más difícil de encontrar que el amor
y me la regalaste porque era mía,
– eso decías –
y yo escribo con ella estas palabras
o la cierro para tocarla
como si fuera tu esternón,
ese hueso de cierva, de loba, de perra
que me ha traído la suerte.

Si hay algo que sé, es que moriré pobre y enamorado de algo.
De algún objeto, de alguna plaza, de mi coche o de esta pluma,
de un gato o de un perro, que también son objetos, aunque por dentro,
un barroquismo circulatorio de la sangre o un helecho digestivo,
pueda decirnos lo contrario.
Un objeto es todo aquello a lo que hablamos sin esperar respuesta
o nos responde en su idioma. Sé que hay quien dice que se entiende
con su perro o con su gato, pero eso no es comunicación, es amor,
yo mismo me comunico con mi coche; tiene un hipo crónico que me ama,
Mozart vive entre las ruedas y me avisa del fin de las pastillas de freno.
Amo a mi coche o a mi gata; cuando uno sube las cuestas con orgullo de máquina azul
o la otra me muerde con precisión la mano que querría dentro de ella.
Amo al primer hombre o mujer que pensó que la berenjena merecía una segunda oportunidad,
que ese amargor en la boca, quizás con leche, quién sabe,
y nos legó un alimento válido, algo que nacía del amor.
Desde muy pequeño sé que amar los objetos es un oficio de poetas y de pobres,
por eso sé que moriré pobre y enamorado de esta pluma.

Ya no recuerdas que, cuando perdiste
la virginidad,
yo miraba por el ojo de la
cerradura
y apretaba entre mis manos una
llavecita.
Y la tarde en que te casaste,
era el muchacho que se mojaba en la entrada
mirándote debajo de la lluvia,
ese día en que no llovía.


No puedes recordar que en tu panza
te crecían infantas, tiernos príncipes,
y que amarían tu pecho y los árboles
porque yo los instruí para tus días.
Allí dentro, del barro a los fonemas:

ma-má
ma-má

y los bautizaste creyendo en Dios,
y no en mí.

Menos mal, amor,
que olvidaste a los hombres brutos, a las bestias bajo nuestro mismo siglo.
Menos mal que no recuerdas ya los lirios látigos,
las palabras huecas de panza de toro de bronce,
el aullido de aquellos a los que nunca has pertenecido.
Menos mal que apareciste con tu gabardina y tus botines rojos
y que parecías una niña delante del escaparate de una pastelería,
una huerfanita de la tarde
o una macarena impía que no quiere que la madrugada acabe.
Menos mal, amor.

Ya no recuerdas el día en que nos casamos,
porque, menos una, todas las higueras ardían con los invitados dentro.

Te cuesta recordar, después de tantas vidas, al crío que te ha crecido todas las veces vientre – tuyo – abajo.
El parto infinito en el que siempre saca tus ojos, tu pelo, mi altura de niño despistado que persigue a un gorrión y tropieza en tu ombligo tanto y tanto, a lo largo de la historia.

Olvida siempre que cierras mis ojos en esas ocasiones en que, de repente, me muero.
Nunca aviso, es cierto, ya me conoces, son mis cosas, y siempre se te pone esa extrañeza en el rostro de no entender a dónde me he ido, por qué demonios me he callado, quién ha puesto la noche sin avisar, como una taza roja sobre la mesa y lees algo que escribí antes de morirme.

– Me gustaría comprarte tomates a diario,
llevarle flores a tu vida.
Hacer de un un martes un acontecimiento,
no quiero fechas contigo,
ni aniversarios,
ni sábados.
Quiero verte cocer medio kilo de algo,
echar una camiseta a lo sucio,
besarte un dedo herido –

Después, como te dejé dicho, llamas a la funeraria porque ellos se encargan de todo.

Ya no recuerdas que siempre regreso
la mañana de tu cumpleaños.

Soy el niño que está cantando debajo de tu falda,
el que recita poemas de memoria:

Estoy en ti como un hijo infinito que no vas a parir nunca.
Me muevo por dentro como un buzo que recoge algas de tus líquidos internos
y te regala manojos de oros acuáticos,
de piedras alegres.

Después vienes con un trote de yegüita,
pones tu dedo rojo en mi nariz,
te arrodillas delante de mi altura,
y me dices algo que nunca entiendo, todavía.

Iván Onia Valero

martes, 13 de noviembre de 2018

La gran alegría


La sombra que indagué ya no me pertenece.
Yo tengo la alegría duradera del mástil,
la herencia de los bosques, el viento del camino
y un día decidido bajo la luz terrestre.

No escribo para que otros libros me aprisionen
ni para encarnizados aprendices de lirio,
sino para sencillos habitantes que piden
agua y luna, elementos del orden inmutable,
escuelas, pan y vino, guitarras y herramientas.

Escribo para el pueblo, aunque no pueda
leer mi poesía con sus ojos rurales.
Vendrá el instante en que una línea, el aire
que removió mi vida, llegará a sus orejas,
y entonces el labriego levantará los ojos,
el minero sonreirá rompiendo piedras,
el palanquero se limpiará la frente,
el pescador verá mejor el brillo
de un pez que palpitando le quemará las manos,
el mecánico, limpio, recién lavado, lleno
de aroma de jabón mirará mis poemas,
y ellos dirán tal vez: "Fue un camarada".

Eso es bastante, ésa es la corona que quiero.

Quiero que a la salida de fábricas y minas
esté mi poesía adherida a la tierra,
al aire, a la victoria del hombre maltratado.
Quiero que un joven halle en la dureza
que construí, con lentitud y con metales,
como una caja, abriéndola, cara a cara, la vida,
y hundiendo el alma toque las ráfagas que hicieron
mi alegría, en la altura tempestuosa.

Pablo Neruda

lunes, 12 de noviembre de 2018

Ballenas en Long Island


I

Las he visto varadas en la playa.
Los niños han abandonado
carruseles, montañas rusas,
nubes de azúcar, blanca o rosa, palomitas de maíz
y suspendidos de sus cometas de colores
han llegado a la orilla. Atrás quedó
la música crispada de los altavoces.
Ahora escuchan otra música más sosegada y misteriosa:
jadeo de olas, disnea de cetáceos agonizantes,
chillidos de las aves marinas,
estremecedora polifonía.

Los niños, desconectados de lo fabuloso,
saben que es imposible que a Jonás
se lo tragase una ballena,
como cuenta la Santa Biblia,
porque al final de la caverna amenazadora
una garganta angosta permite sólo el paso
de minúsculos pececillos, plancton, polen marino
que atravesaron las barbas filtradoras.
(Ignoran, sin embargo, que estas barbas
fueron antaño utilizadas
para acentuar la delgadez del talle de las damas.
¡Sólo Dios sabe qué habrá sido de ellas,
dónde estarán ahora pudriéndose!)


II

Son, desde luego, extraños pero no infrecuentes
estos suicidios colectivos.
Los biólogos, oceanógrafos, ecologistas
nada pueden hacer por reintegrar a los cetáceos
a su hábitat, a su medio natural;
no sólo por su peso y su volumen, sino
porque están decididas —resignadas—
a morir. (Se barajan hipótesis
diferentes y contradictorias: alguna,
tal vez, resolverá el enigma).
Hay quienes atribuyen el suceso
a una avería, una desconexión
—por el momento indemostrable—
en el sofisticado sistema de radar
que utilizan en sus desplazamientos.
¡Quién sabe cuál será la causa
de esta agonía a la que yo asistí
en las arenas de Long Island!


III

Yo sí lo sé. Yo he descifrado
el, para los demás, indescifrable código,
—¡oh mi piedra Rosetta de estrellas y de olas!—
Los ballenatos, los jóvenes, los útiles,
los que regresan a la mar
tras culminar estas expediciones
hablaban en sus asambleas nocturnas,
mientras dormían las ballenas madres,
de la necesidad imperiosa de librarse de este lastre
de ancianas jubiladas,
de toneladas de disnea y sordera.
Con fuegos o aguas de artificio,
pirotecnia, acuatecnia,
comunicaron su resolución:
«Nosotros os conduciremos
a unas playas calientes,
a unos lugares a los que no llegan
tempestades, témpanos, balleneros;
allí disfrutaréis del merecido descanso
después de tantas aventuras,
tantos afanes, tantos riesgos».
Las dejaron varadas en la arena.
«Hasta mañana», les dijeron,
sabiendo que no volverían.
«Hasta mañana».


IV

Misericordioso e implacable
el sol les reseca la piel repujada de algas.
Muy pronto albatros y gaviotas se ensañarán
con estas moles de agonía,
de grasa y carne putrefacta.
El sol es chupado por el horizonte,
se hunde poco a poco en él
despidiéndose con su rayo verde.
Luego es la noche, y otras noches.
El faro intermitentemente
pasa su lengua de luz piadosa sobre la arena.
El mar agita sus espejos negros.
Sobre la seda o terciopelo funeral
chisporrotean las estrellas fugaces,
las ascuas de la luna de azafrán.
El zumbido de las abejas marinas,
el crujido del oleaje que clava sus colmillos
en las rocas de azabache y cristal
resuena en los oídos agonizantes
de las viejas ballenas,
festín de la desolación, el silencio, el olvido, la sombra.


V

«Hasta mañana». Fue el último mensaje.
Y ya no habrá mañana.
Ahora las moribundas,
ciegas y sordas tienen la mirada del recuerdo
puesta en sus ballenatos, indefensos
frente al testuz terrible de las olas heladas,
los témpanos, las hélices, los arpones,
desvalidos, sin rumbo
por esos mares de Dios.

José Hierro

domingo, 11 de noviembre de 2018

Noche en el Rick's Cafe


Yo no valgo mucho, pero es fácil
comprender que los problemas entre
pequeños seres no cuentan nada
en este loco mundo.

RICK BLAINE e ILSA LUND (Casablanca 1942)

Un día así no se olvida,
los alemanes iban de gris
y tú vestías de azul.
Por entonces decías cosas como:
te quiero mucho y odio esta horrible guerra
o
el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.

Eran días felices.

¿Cuánto tiempo ha transcurrido desde entonces?
Cuánto tiempo hasta que has aparecido
detrás del piano con los ojos tristes
y la intacta dulzura entre los dientes.

Era mi suerte haberte desterrado,
endurecerme el rostro desde dentro,
desde esta ciudad con sueños a saldo
donde la muchedumbre viene y va
de la esperanza a los blancos aviones
y uno se queda solo y sin alarmas.
Era mi suerte y has hecho que salte
en pedazos con mil olvidos tuyos.

El tiempo pasa, el tiempo está pasando.

Ahora suena un piano para mí
en esta madrugada de ficciones
y mi copa vuelve a estar colmada
de licor y de oscuros pensamientos.

No valgo mucho te digo despacio.
Yo no valgo mucho
y el tiempo pasa, el tiempo está pasando.

Iván Onia Valero de Tumbada Cicatriz. Ediciones en Huida (2011)

sábado, 10 de noviembre de 2018

Presentación de El hijo (de Sharon Olds) en la librería La fuga

Ayer se presentó mi poemario El hijo (de Sharon Olds) Maclein y Parker, 2018, en la librería La Fuga. Estuve acompañado del poeta Juan Cuevas y las poetas Rocío Hernández Triano y Adriana Schlittler.

EL MOMENTO EXACTO DE SU VIDA

La materia del mundo
SHARON OLDS


Era él. Carne de membrillo. Marathon Man.
Era él después de la enciclopedia
y los dibujos con harina en el hule
adivinando su cara.
Era él tras haberse deshecho
de sus posibles otros, compañeros,
enemigos de viaje a los que fue matando;
trozos, tripas de ellos, desperdigados por su cuerpo;
la placenta, la vérnix caseosa,
los coágulos, no eran más que nombres médicos,
nomenclatura obstetricia,
eufemismos masónicos para zanjar el tema.

Cuando vi la cabeza asomar de esta parte,
sabía que algo muy profundo lo agarraba,
la última duda tirando de él hacia dentro
al abandonar para siempre su planeta,
su cuna mineral, el árbol del camino.

Había vencido las espesuras,
venía de un naufragio de sangre,
sin habla, con las piernas líquidas,
cubierto del escombro de los nonatos.
Un bosque de boxeadores quedaba atrás.

Hannibal ad portas

pero traía una ramita enredada en el pie.

Iván Onia Valero de El hijo (de Sharon Olds), Maclein y Parker, 2018





viernes, 9 de noviembre de 2018

Nunca dejaré de amarte


Y de lo que me alegro,

es de que esta labor tan empezada,

este trajín humano de quererte,

no lo voy a acabar en esta vida;

nunca terminaré de amarte.

Guardo para el final las dos puntadas,

te-quiero, he de coser cuando me muera,

e iré donde me lleven tan tranquila,

me sentaré a la sombra con tus manos,

y seguiré bordándote lo mismo.

El asombro de Dios seré, su orgullo,

de verme tan constante en mi trabajo.

Gloria Fuertes


jueves, 8 de noviembre de 2018


Tan temprano y ya la pereza. No se trata de hartazgo vital, es sólo el cansancio crónico de los días, el dolor con ancla de la costumbre hecho fiesta entre las vértebras de la semana. Me duele siempre ahí, entre la radio del domingo y el gallo de los lunes. Me duele lo que de soneto y matemática tiene el calendario. Pero aún así, no son lo peor los días, sobre todo si se camina sobre estas costuras, en las bisagras del año donde la luz de diciembre a las seis de la tarde le levanta la falda a la casa y puedes mirar la mesa alumbrada, partida en dos por la cuchilla de sombra de la persiana, con el mismo asombro que miras la esfinge verde del gato sentado que también te mira.
Sin duda no es lo peor el teclado mudo del almanaque, lo peor son sus habitantes, los terrícolas y sus historias de miseria y canción que les abren en la cara una boca baldía e innecesaria, como si una ley o un silencio los nimbara con una corona de trigo. Esta harina de amor e imbéciles que llamamos otros, mundo, hermanos, con los que partimos y comemos el pan negro de la jornada.
Somos los funcionarios de la tribu.
Para que el mundo siga moviendo sus hombros continentales, sus caderas oceánicas, es indispensable convertirnos en piano y tocar, y tocar la polonesa interminable, la danza astral de los tiempos.
Sin embargo, es dulce comprobarse tecla sola en la noche, tocando tu misma nota una y otra vez como un sonsonete o un aceite goteando. Individuo que se va durmiendo dentro de su propia voz con la nana que le canta: eres un hombre solo con tu tragedia y tu melodía. Como todos los demás: príncipes del hielo, HERMANOS DE NADIE.

Iván Onia Valero de Hermanos de Nadie (Karima Editora, 2015)

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Lectura poética en la librería Verbo


fotografía de Esther Cinta Reyes

Esta tarde he estado leyendo algunos poemas en la librería Verbo de Sevilla.
Reproduzco las palabras que el poeta Juan Cuevas ha escrito para hacer un breve recorrido por mi obra poética y, al final de las mismas, uno de mis primeros poemas, recogido en la plaquette Tumbada Cicatriz, publicada en 2011 por Ediciones en Huida.

Hablo de Iván Onia, poeta, amigo y confidente, y se me llenan los dedos de palabras, las esquinas donde el horizonte es un bocado poético y necesario.
Hablo de Iván y no me llevo un pelo a la lengua – es evidente – , pero sí un rastro de lenguaje que me quiebra el alma como un corazón de juncos.

Desde TUMBADA CICATRIZ, su primera plaquette editada por “en huida”, cuando aún sombreaba su herida de flequillo y nube rota, hasta el magistral “EL HIJO (DE SHARON OLDS)”, Ha permanecido fiel a su poesía de alquitrán y rueda, a su amor de sopa de barrio y cine de verano, al alambre de las imágenes que se estiran como las cuerdas de un ring de boxeo. Porque Iván es, ante todo, un boxeador de extrarradio que prepara el asalto al centro de la metáfora con un músculo de humo y derrota.

GALERÍA DE MUNDO Y OLVIDO, es su primer poemario, editado por Ediciones en Huida, en 2013. este siempre será mi hueso, un poemario
al que constantemente regreso, muerdo y roo. Me pasaría un resto de mi vida royendo sus líneas, su vitalidad y su pulso perplejo de asombro y marea.

Le sigue HERMANOS DE NADIE, de Karima Editora, publicado en 2015, donde se afianza la voz poética con estructuras más cuidadas, como flores delicadas compradas en el chino de la esquina.
Aún no será la rueda. No mostrará todavía la aceleración y el frenazo, eje de la poesía de Onia, pero sí su ritmo, la canción, el carnaval del desamparo y la caries que puebla buena parte de su obra.

Con EL DECAPITADO DE ASHTON, editado por La isla de Siltolá en 2016, hay una ruptura formal y de fondo; el poeta ya es un fingidor y finge maravillosamente bien.
El libro es un cuento poético desde el paisaje americano que enlaza la metáfora al arrabal andaluz, a la periferia más universal. El color de los poemas, frío, duro y metal. Poesía de arrozal y pantano. El decapitado es un canto a la libertad y al fuego lento donde nacen las historias para ser contadas.

En 2017 publica con la Asociación Noctiluca PASEANDO A MÍSTER O, es decir, al señor Onia. El autor, subido de nuevo a su monovolumen, creará un ejercicio de estilo y gratitud hacia la vértebra de su lenguaje poético. Por él desfilarán Umbral, Félix Grande, Lorca, José Hierro…, un homenaje a la prosa poética como valor supremo de lo estético, desamarrado ya de corsés métricos y oyendo latir el ritmo de la libertad formal.

Músculo y sudor, desesperanza y rabia, así, hasta llegar a EL HIJO (DE SHARON OLDS) (Maclein y Parker, 2018). De nuevo temática americana, respuesta y vuelta de tortilla a El padre, poemario de Sharon Olds del que recoge la idea y el testigo para cantar a la vida del mismo modo que la poeta americana cantó a la muerte en 1992.
Correspondencia entre vida y muerte. El poeta ha llegado a la madurez que el silencio solo sabe expresar con palabras. Un poemario necesario para comprender la soledad que se siente al engendrar un hijo o un libro.

Juan Cuevas


POEMA PARA DESPUÉS

En realidad no quiero que digas.
Tumbada cicatriz. Tan sólo déjate
lamer los lomos por los mil silencios
que sobrevengan cuando no quedemos
o este lápiz no sepa en qué posarse
abriendo la granada de los días.

Ojalá nunca sepas de mi boca
el lugar en que fui caído, olvido
de cada golpe en que te fui venciendo.
Para perderte sin prisa después
en cada labio que -futuro- te abra.

Iván Onia Valero de, Tumbada Cicatriz (Ediciones en Huida, 2011)   pincha aquí para leer la reseña que hizo en su día Daniel García Florindo

martes, 6 de noviembre de 2018

Romance de Curro el palmo


La vida y la muerte
temblando en la boca
tenía Merceditas
la del guardarropa.
La del guardarropa
del tablao del "Lacio",
un falso gitano
ex-bufón de palacio.

Alcahuete noble
que al oír los tiros
recogió las capas
y se pegó el piro.
Se acabó el jaleo
y el racionamiento
le llenó el bolsillo
y montó este invento,
en donde "El Palmo"
canta llorando...

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.

Mil veces le pide...
y mil veces que "nones"
de compartir sueños
catre y macarrones.
Le dice burlona...
..."Carita gitana,
cómo hacer buen vino
de una cepa enana".

Y Curro se muerde
los labios y calla
pues no hizo la mili
por no dar la talla.
Y quien calla, otorga,
como dice el dicho,
y Curro se muere
por ese mal bicho.

¡Ay! quién fuese abrigo
pa' andar contigo...

Buscando el olvido
se dio a la bebida,
al mus, a las quinielas...
Y en horas perdidas
se leyó enterito
a Don Marcial Lafuente,
por no ir tras su paso
como un penitente.

Y una noche, mientras
jaleaba farrucas,
se escapó Mercedes
con un "curapupas"
de clínica propia
y Rolls de contrabando
y entre palma y palma
Curro fue palmando.

Entre cantares
por soleares.

Quizá fue la pena
o falta de hierro,
el caso es que un lunes
nos tocó ir de entierro.
Pésames y flores
y dos lagrimitas
que soltó la Patro
al cerrar la cajita.

A mano derecha
según se va al cielo,
veréis un tablao
que montó Frascuelo,
en donde cada noche
pa' las buenas almas
el Currito "El Palmo"
sigue dando palmas.

Y canta sus males
por "celestiales".

Ay, mi amor,
sin ti no entiendo el despertar.
Ay, mi amor,
sin ti mi cama es ancha.
Ay, mi amor
que me desvela la verdad.
Entre tú y yo, la soledad
y un manojillo de escarcha.

J.M Serrat

lunes, 5 de noviembre de 2018


En mi mano el otoño come su hoja: somos amigos.
Extraemos el tiempo de las nueces y le enseñamos a caminar:
regresa el tiempo a la nuez.
En el espejo es domingo,
en el sueño se duerme,
la boca dice la verdad.
Mi ojo asciende al sexo de la amada:
nos miramos,
nos decimos palabras oscuras,
nos amamos como se aman amapola y memoria,
nos dormimos como el vino en los cuencos,
como el mar en el rayo sangriento de la luna.
Nos mantenemos abrazados en la ventana, nos ven desde la calle:
tiempo es de que se sepa,
tiempo es de que la piedra pueda florecer,
de que en la inquietud palpite un corazón.
Tiempo es de que sea tiempo.
Es tiempo.

Paul Celan

domingo, 4 de noviembre de 2018

La Gran Obra


La realidad va por un lado y la literatura por el suyo. No hablo de
libros ni de una suerte de erotismo melómano por la palabra escrita,
tampoco de la creación como transversalidad del que se sienta
a esperar que algo ocurra en el abismo blanco de un folio, sino del
relato necesario para poder llegar vivo a la jornada siguiente, como
decía Félix Grande, aquello que únicamente somos capaces de confesarnos
a solas y de madrugada, esa literatura, -digo- el autoengaño.

Es mentira que la vida nos ponga en nuestro lugar, sólo es otra frase
hecha más apestando en la boca de los imbéciles, somos nosotros
mismos quienes nos ubicamos aquí o allá según llueva, truene o nos
convenga. Cierto es que si robas el tesoro o apuñalas al prójimo, las
ruedas dentadas de la ley (las reglas del juego las llamó Borges, la justicia
es otra cosa) nos ubican en una u otra cárcel, las del acero o las del
que huye ad infinitum por esos barrios de serpientes, pero en nuestro
cosmos interno siempre estamos salvados, nos contamos y recontamos
el cuento del justo hasta caer dormidos todas las noches:

y qué iba a hacer si no/ se lo merecía por/ bien muerto está el gordo
cabrón/ quién en mi lugar no lo habría hecho/ hemos venido a este
mundo para el gozo y la venganza/

y eso sólo en los casos más extremos, normalmente nos salvamos a
cada momento de las miles de pequeñas injusticias, en las que siempre
somos los buenos de esta película tan mala.
Engañamos, que es como apuñalar el aire compartido y, sin embargo,
nuestra maquinaria interior no se ve afectada y continúa
con sus viejos mecanismos, cada sístole se promete una diástole
y un tiro de sangre hace el resto: cagamos, comemos, amamos,
dormimos con los ojos vueltos, como si la conciencia hibernara en
una nieve de autocomplacencia y perdón, compramos calcetines o
un kilo de ciruelas, hablamos de aquella película, juzgamos a los
demás actores y besamos la estrella de sheriff de nuestra solapa.

La vida es esa materia blanda donde nos adentramos cada mañana.
La realidad es una piedra, un paraguas o el corazón donde
ambos se unen y se rompen el uno con la otra, el vértice y sus consecuencias.
Pero la literatura es el aceite donde todo flota y se engrana,
con ella adquirimos el sentido de nuestra mísera anatomía, nuestro
peso en la tierra y el valor para conversar con la boca sin dientes del
insomnio o asomarnos a los espejos sin vomitar.

Nosotros frente al espejo contándonos lo que queremos oír cuando
anochece, esa es la Gran Obra.

Iván Onia Valero, de Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017)

sábado, 3 de noviembre de 2018

El nombre que nos crea


A TI YO QUISIERA PONERTE NOMBRE.
Te pondría un nombre de ciudad,
un nombre de país en donde no se hablase lengua alguna;
te pondría un nombre que pudiera habitarse y no decirse;
a ti que eres humilde y consiguiente
como el sobre de la carta de despedida que al cerrarle
se pega a nuestros labios,
nada más que un instante,
y nos retrasa,
acaso para siempre,
la ruptura;
a ti que me has creado y eres mi tiempo junto y mi alegría,
a ti quiero decirte una palabra sola:
nacer; ése es tu nombre.

Luis Rosales

viernes, 2 de noviembre de 2018

Lo innominado


Lo sabíamos ambos,
por eso era superfluo repetirlo -también eso sabíamos-,
aunque a veces la noche se encarnizara en darnos
las palabras más bellas, por si acaso crecían.
Esas veces que faltaba un mal minuto
para que hubiese chispas rodando por el suelo,
y había que apartar los ojos, y amarrarse
los lazos casi sueltos de la triste cordura.
Porque también sabíamos que era cosa de locos,
desvarío extremado (aunque, sí, delicioso)
y que era necesario extirparlo de golpe,
o sacarle los ojos, o cortarle las manos,
para que no saliese
a la luz y mostrase
su inocencia perfecta, que no iba a entender nadie.

Josefa Parra

jueves, 1 de noviembre de 2018

Bautizadora incomparable


Eres misteriosa y hermosa
igual que la palabra Origen

Eres milagrosa y rotunda
igual que la palabra Plenitud

Eres poderosa y veloz
igual que la palabra Energía

eres lúbrica y eres solar
igual que la palabra Verano

Tú eres le lenguaje profundo

Contigo todo tiene nombre

Félix Grande

miércoles, 31 de octubre de 2018

Open Happiness


La Coca-Cola se debe beber en soledad, como un cubo de cangrejos, para que nos pueble el ánimo. Se bebe como debe beberse el dolor; a morro, entero, sin sorbos, de una vez, para que abrace el circuito de la sangre con su negro caudal de cafeínas.
La cerveza es una bebida de compañía. Pedir una cerveza solo es invocar a los dioses de la metáfora, querer ser un poeta o un niño torero.
La cerveza es social porque las risas nos desvían del camino diabólico del poema de barra. La Coca-Cola, sin embargo, es una bebida de solos, de los que aguardan una mujer entera o un medio amigo por las puertas del bar y se quedan con los cangrejos adentro, envenenando la vida, sobrios, con el dedo de la luna dentro, enfriando el vaso vacío que parece un espejo.

Iván Onia Valero

martes, 30 de octubre de 2018

Estanque de abril


¿Eres tú
o soy yo
Narciso?
Dejemos de beber en esa fuente
y vamos al regazo, amor mío
destapando la esencia
cuerpo a cuerpo no borroso
del tiempo sin fisura
ni compasión por los mortales
ajenos a la enorme
conversación de cuando se ama
en la vecindad de sus casas
cruzándonos la selva
de la tierra magnífica.

¿Eres tú
o soy yo
la maravilla
al fondo?
Si te duermes abandonarás
la poesía de mi estanque
la poesía del recuento
la poesía nido en alto
la poesía del rayo abril
la del tesoro cuando
se desgranan las horas
de tu boca
en mi ser como castigo.

Si tu cuerpo
oprime mi pensamiento
escribo lo mismo
de la travesía
y dudo si es amanecer
o si es noche, mediodía
crepúsculo pero sí hace
sabe a amor.

Pureza Canelo

lunes, 29 de octubre de 2018

A Hard Rain's A Gonna Fall


Oh,¿dónde has estado,
mi querido hijo de ojos azules?
¿dónde has estado,
mi joven querido?

He tropezado con la ladera
de doce brumosas montañas,
he andado y me he arrastrado
en seis autopistas curvadas,
he andado en medio
de siete bosques sombríos,
he estado delante
de una docena de océanos muertos,
me he adentrado diez mil millas
en la boca de un cementerio,
y es dura, es dura,
es dura, es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

Oh, ¿y qué viste
mi hijo de ojos azules?
Oh, ¿qué viste,
mi joven querido?

Vi lobos salvajes alrededor
de un recién nacido,
vi una autopista de diamantes
que nadie usaba,
vi una rama negra
goteando sangre todavía fresca,
vi una habitación llena de hombres
cuyos martillos sangraban,
vi una blanca escalera
cubierta de agua,
vi diez mil oradores
de lenguas estaban rotas,
vi pistolas y espadas
en manos de niños,
y es dura, es dura,
es dura, y es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer

¿Y qué oíste,
mi hijo de ojos azules?
¿Y qué oíste,
mi joven querido?

Oí el sonido de un trueno,
que rugió sin aviso,
oí el bramar de una ola
que pudiera anegar el mundo entero,
oí cien tamborileros
cuyas manos ardían,
oí diez mil susurros
y nadie escuchando,
oí a una persona morir de hambre,
oí a mucha gente reír,
oí la canción de un poeta
que moría en la cuneta,
oí el sonido de un payaso
que lloraba en el callejón,
y es dura, es dura,
es dura, es muy dura,
es dura la lluvia que va a caer.

Oh, ¿a quién encontraste,
mi hijo de ojos azules?
¿Y a quién encontraste,
mi joven querido?

Encontré un niño pequeño
junto a un pony muerto,
encontré un hombre blanco
que paseaba un perro negro,
encontré una mujer joven
cuyo cuerpo estaba ardiendo,
encontré a una chica
que me dio un arco iris,
encontré a un hombre
que estaba herido de amor,
encontré a otro,
que estaba herido de odio;
y es dura, es dura,
es dura, es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

¿Y ahora qué harás,
mi hijo preferido?
¿Y ahora qué harás,
mi joven querido?

Voy a regresar afuera
antes que la lluvia comience a caer,
caminaré hacia el abismo
del más profundo bosque negro,
donde la gente es mucha
y sus manos están vacías,
donde el veneno
contamina sus aguas,
donde el hogar en el valle
encuentra el desaliento de la sucia prisión,
y la cara del verdugo
está siempre bien escondida,
donde el hambre amenaza,
donde las almas están olvidadas,
donde el negro es el color,
y ninguno el número,
y lo contaré, lo diré, lo pensaré
y lo respiraré,
y lo reflejaré desde la montaña
para que todas las almas puedan verlo,
luego me mantendré sobre el océano
hasta que comience a hundirme,
pero sabré bien mi canción
antes de empezar a cantarla,
y es dura, es dura,
es dura, es muy dura,
es muy dura la lluvia que va a caer.

Bob Dylan

domingo, 28 de octubre de 2018


(...)
te quiero porque el órgano de los gitanos te encoge el corazón y sé que te abrazarías a sus cabras amaestradas, llorando, como Nietzsche al caballo de Turín. Te quiero porque un vestido tuyo se hundió al sur de Terranova y con sus mangas aún saluda a los ahogados del Titanic. Te quiero porque tu corazón es un hueco en la escalera donde los gorriones se saben reyes de Francia. Te quiero porque tienes buenas piernas; glúteos, isquiotibiales, cuádriceps y gemelos que te hacen cruzar media ciudad si soy yo el que te llama. Llevo más de una hora desayunando, leyendo poemas de Jorge Teillier y de Manuel Vilas, no te soporto como no soporto la belleza de este barrio de mierda. Es maravilloso todo lo que leo, es maravilloso el vaso de agua por la mitad con tus ojos dentro, mirar el móvil de vez en cuando por si escribes, el móvil como una esquina negra por la que nunca apareces. Ojalá estuvieras aquí y la mañana, en vez de un algoritmo, fuese sencilla porque puedo tocarte un dedo del pie o decirte que tienes una pestaña en el pómulo. Te quiero porque tus uñas son diez preposiciones rojas que me anteceden el nombre. Te quiero porque no te ves cogerte la cabeza y elevarla para ofrecérmela, igual que Judith quería la de Holofernes. Te quiero porque casi nunca estás y me enamoro de las sillas vacías. Te quiero porque tus bragas son un papel de regalo
negro,
azul,
rojo
un papel de regalo transparente que deja ver lo regalado. Si las bajo con los ojos cerrados, la magia regresa como a una mañana de reyes donde los padres son los que no existen.
Te quiero porque me crees si te digo que Dios vive en una higuera y porque tengo un nudo en la garganta mientras intento acabar este poema, es una ciruela que me crece, es la ciruela de tu ausencia, el membrillo de mis ganas de verte, la fruta de los desesperados. Y quiero llorar por ahí, gotas dulces de albaricoque reventón, savia del tallo del plátano, quiero llorar el dátil que quieras comerte.
Te quiero por tu actualidad, porque existes, coetánea y mía, porque eres de este tiempo, porque no estás muerta ni eres alguien por nacer.
Te quiero porque todas las maravillas pertenecen al presente.

Iván Onia Valero

sábado, 27 de octubre de 2018

Smartphone


Yo te amaba, futuro. Progreso.
Occidentes, los niños, te mecimos
con nuestra altura de hombres y mujeres,
con nuestra cuna de fémures y húmeros.
Meciéndote, occidente, niños tuyos.
Rubio promeso de los esperanzos,
adolescente bruna de las sueñas
que teníamos porque, occidentes,
todas las niñas te amábamos,
progreso, futuro. Entonces.

Pedíamos tan poco:
que los coches volaran,
que las botas se ataran solas,
mirar el tiempo como al hámster
o el pajarito que las niñas malas
guardan en una jaula de sus cuartos
y los pinchan cuando apagan la lámpara
por ver qué aguantan.
Sentir su miedo, así, al pertenecernos.
Cosas simples como marcianos en un bosque,
robots como un jardín de dulces próstatas,
un pisito en la luna, el fin del hambre,
un botón para la lluvia,
un botón para los hijos.
Cosas simples, futuro, dosmildiez,
porque tus niños te amábamos
con nuestra alturita y una cuchara
en la que nos peinábamos a las 8:00,
con la que comíamos a las dos.
Una cuchara para esperarte
moliendo relojes con un pasapurés.

Nadie nos advirtió de que la luz
al final del camino era un led
y que los lerdos se alumbraban la alegría
con ella
o velaban la infancia del pan nuestro
de cada vida.

Luces azules para los incendios
y la luxación del vocabulario:

haber kien d vostrs kedara
kuando el lenguaje se aya roto dl todo,
xra explikarnos k el futuro era ste
spejo negro yeno de narcisos
o k nstros kadaveres kavian
dntro d una kaja tan pekeña

Iván Onia Valero

viernes, 26 de octubre de 2018


Algún día encontraré una palabra
que penetre en tu vientre y lo fecunde,
que se pare en tu seno
como una mano abierta y cerrada al mismo tiempo.

Hallaré una palabra
que detenga tu cuerpo y lo dé vuelta,
que contenga tu cuerpo
y abra tus ojos como un dios sin nubes
y te use tu saliva
y te doble las piernas.
Tú tal vez no la escuches
o tal vez no la comprendas.
No será necesario.
Irá por tu interior como una rueda
recorriéndote al fin de punta a punta,
mujer mía y no mía
y no se detendrá ni cuando mueras.

Roberto Juarroz

jueves, 25 de octubre de 2018

Amor 77


Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se visten y, así progresivamente, van volviendo a ser lo que no son.

FIN

Julio Cortázar

miércoles, 24 de octubre de 2018

Biblioteca a dos aguas


Ya sé que es bueno hacer limpieza en serio,
ordenar nuestros libros otra vez,
dispuestos hasta ahora en estancias distintas.

Es bueno hacer limpieza, hacer balance
ahora que miramos hacia dentro
y nos vemos desnudos trasladando
los jardines botánicos de Europa. Ya lo sé.
Sé que ha pasado tiempo y nos vestimos,
que ordenamos los libros con criterio
y tenemos goteras, humedad en el techo,
que es urgente pintar esas grietas,
que prefieres guardar en el trastero
esa imagen de nómada inconsciente,
las fotos tan alegres, tan tristes de Lisboa.

Tienes razón…,
no puedo ser mejor que mis imágenes.
¿Te acuerdas? Benedetti, corazón
coraza y viceversa. Fue un regalo.

¿En qué maldito idioma babélico se burla
Borges en nuestra torre? Mejor, Cortázar:
Vuelta al día en ochenta mundos. Sé
que a veces discutimos por cuestiones domésticas
o por sandeces, qué sé yo, amor. Mira
hasta ahora los libros, así, sin anaqueles,
amontonados,
pilas que son columnas
de nuestra intimidad y nuestra casa.

Mira, las Mil mejores poesías
de lengua castellana –siempre estuvo contigo–.

Aquí podrá caber todos los clásicos.
Allí, los de política y ensayo, por favor,
a la izquierda, con arte y poesía.

Vamos a procurarles, a darnos otra vez
un lugar habitable y confundirnos
para mezclar tus libros con los míos:

tu Trilce, de Vallejo, con Neruda
–Confieso que he vivido y Residencia
en la Tierra–. Teatro y narrativa
del realismo mágico ahí delante.

Los de cine y pintura más abajo,
junto a la Enciclopedia y los volúmenes
de El mundo y sus jardines… Hay más libros
sin orden ni concierto, poemarios
a los que siempre vuelvo como a casa:

Compañeros de viaje, Tranquilamente hablando,
Poesía completa de Szymborska, Palabra
sobre palabra…

Unamos nuestros libros, sí, pero nunca olvides
cuáles te pertenecen a ti, amor,
porque no quiero ser yo quien te reste
ni quiero disolverme tampoco en tu memoria,
aunque volver atrás sea leer
al revés el palíndromo que somos
como el ave y la nada en el Edén,
en este paraíso de palabras. Por eso
confundamos, mi amor, tu reflejo y mi imagen,
tu imagen, mi reflejo… más incluso
que en todos nuestros libros. No es ficción
este amor que sostiene nuestra casa.

Porque hay un escrutinio necesario
que el tiempo compartido nos impone.

Por eso decidimos leernos mutuamente,
que sea esta biblioteca a dos aguas
el hogar donde ardamos contra el frío
de Ovidio, de Petrarca y Garcilaso. Escucha:

Quand’io mi volgo in dietro a mirar glianni…

Daniel García Florindo

martes, 23 de octubre de 2018

Leonardo y la novia


LEONARDO: ¡Calla!

NOVIA: Desde aquí yo me iré sola.
¡Vete! ¡Quiero que te vuelvas!

LEONARDO: ¡Calla, digo!

NOVIA: Con los dientes,
con las manos, como puedas.
quita de mi cuello honrado
el metal de esta cadena,
dejándome arrinconada
allá en mi casa de tierra.
Y si no quieres matarme
como a víbora pequeña,
pon en mis manos de novia
el cañón de la escopeta.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!
¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!

LEONARDO: Ya dimos el paso; ¡calla!
porque nos persiguen cerca
y te he de llevar conmigo.

NOVIA: ¡Pero ha de ser a la fuerza!

LEONARDO: ¿A la fuerza? ¿Quién bajó
primero las escaleras?

NOVIA: Yo las bajé.

LEONARDO: ¿Quién le puso
al caballo bridas nuevas?

NOVIA: Yo misma. Verdad.

LEONARDO: ¿Y qué manos
me calzaron las espuelas?

NOVIA: Estas manos que son tuyas,
pero que al verte quisieran
quebrar las ramas azules
y el murmullo de tus venas.
¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!
Que si matarte pudiera,
te pondría una mortaja
con los filos de violetas.
¡Ay, qué lamento, qué fuego
me sube por la cabeza!

LEONARDO: ¡Qué vidrios se me clavan en la lengua!
Porque yo quise olvidar
y puse un muro de piedra
entre tu casa y la mía.
Es verdad. ¿No lo recuerdas?
Y cuando te vi de lejos
me eché en los ojos arena.
Pero montaba a caballo
y el caballo iba a tu puerta.
Con alfileres de plata
mi sangre se puso negra,
y el sueño me fue llenando
las carnes de mala hierba.
Que yo no tengo la culpa,
que la culpa es de la tierra
y de ese olor que te sale
de los pechos y las trenzas.

NOVIA: ¡Ay que sinrazón! No quiero
contigo cama ni cena,
y no hay minuto del día
que estar contigo no quiera,
porque me arrastras y voy,
y me dices que me vuelva
y te sigo por el aire
como una brizna de hierba.
He dejado a un hombre duro
y a toda su descendencia
en la mitad de la boda
y con la corona puesta.
Para ti será el castigo
y no quiero que lo sea.
¡Déjame sola! ¡Huye tú!
No hay nadie que te defienda.

LEONARDO: Pájaros de la mañana
por los árboles se quiebran.
La noche se está muriendo
en el filo de la piedra.
Vamos al rincón oscuro,
donde yo siempre te quiera,
que no me importa la gente,
ni el veneno que nos echa.


NOVIA: Y yo dormiré a tus pies
para guardar lo que sueñas.
Desnuda, mirando al campo,
como si fuera una perra,
¡porque eso soy! Que te miro
y tu hermosura me quema.

LEONARDO: Se abrasa lumbre con lumbre.
La misma llama pequeña
mata dos espigas juntas.
¡Vamos!


NOVIA: ¿Adónde me llevas?

LEONARDO: A donde no puedan ir
estos hombres que nos cercan.
¡Donde yo pueda mirarte!

NOVIA: Llévame de feria en feria,
dolor de mujer honrada,
a que las gentes me vean
con las sábanas de boda
al aire como banderas.

LEONARDO: También yo quiero dejarte
si pienso como se piensa.
Pero voy donde tú vas.
Tú también. Da un paso. Prueba.
Clavos de luna nos funden
mi cintura y tus caderas.

NOVIA: ¿Oyes?

LEONARDO: Viene gente.

NOVIA: ¡Huye!
Es justo que yo aquí muera
con los pies dentro del agua,
espinas en la cabeza.
Y que me lloren las hojas.
mujer perdida y doncella.

LEONARDO: Cállate. Ya suben.

NOVIA: ¡Vete!

LEONARDO: Silencio. Que no nos sientan.
Tú delante. ¡Vamos, digo!


NOVIA: ¡Los dos juntos!

LEONARDO: ¡Como quieras!
Si nos separan, será
porque esté muerto.

NOVIA: Y yo muerta.

Federico García Lorca

lunes, 22 de octubre de 2018

McDonald's


Estoy en el MacDonald´s de la Plaza de España de Zaragoza,
haciendo la cola gigantesca,
con los ojos clavados en los carteles de los precios,
el dinero justo en la mano derecha,
billetes arrugados.

Estoy ahora en el piso subterráneo, arriba fue imposible.
Estoy sentado al lado de un niño negro que tiene en su mano
una patata amarilla untada de ketchup muy rojo:
Santísima bandera del otro mundo, el niño negro que resplandece,
mi hermano ciego.
El niño está solo, no bebe,
no le llega para la Cocacola, sólo patatas.
Sólo patatas, sólo patatas, esa desgracia,
esa soledad idéntica a la mía,
¿no lo entiendes?, sólo le llega para las patatas,
y está sentado, quieto,
en su trono, la negritud y el niño,
en el trono, allá, allá, en ese trono radiante.

MacDonald´s siempre está lleno.
Es el mejor restaurante de Zaragoza,
una alegría despedazada nos despedaza el corazón:
Por tres euros te llenan de cajas, de vasos de plástico, de bolsas,
de pajitas, de bandejas.
Es el mejor restaurante del mundo.
Es un restaurante comunista.
Rumanos, negros, chilenos, polacos, cubanos, yo mismo,
aquí estamos, abajo, al lado de un muñeco,
al lado de un cartel que dice "I´m lovin´ it".
Tengo una bota encima de un charco
de un helado de nata deshecho. Miro la nata comerse el tacón de mi bota.
Una nata blanca, despedazada.
Arde el sol sin tiempo, bulle la mano sucia.

A mi lado, una niña de veinte años le dice a un tío de diecisiete
que no le importaría hacérselo con él. Con él, con él, un eco negro.
Y ríen y tragan patatas fritas.
Y yo trago patatas fritas.
Y dos maricas están enfrente comiéndose
la misma hamburguesa goteante,
cada boca en un extremo, y se manchan y
se muerden.
Y tragan patatas fritas. Y se besan. Y se tocan.
Y se despedazan.

En Londres, en París, en Buenos Aires,
en Moscú, en Tokio,
en Ciudad del Cabo, en Tucson, en Praga,
en Pekín, en Gijón,
somos millones, la tarde harapienta,
el dolor en el cerebro, la comida,
millones en miles de subterráneos esparcidos
por la gran tierra de los hombres.

Estoy en paz aquí con todo: barata la carne, barata la vida,
baratas las patatas.
Me siento Lenin. Soy Lenin, el marica inusitado,
el gran hereje, el loco supremo,
el hijo de la última mano miserable que tocó
el monstruoso corazón del cielo.
Si Lenin volviera, MacDonald´s sería el sitio,
el palacio sin luna,
el gueto de las reuniones clandestinas.

Algo importante está sucediendo
en este subterráneo del MacDonald´s
de la Plaza de España de Zaragoza,
pero no sé qué es.
No lo sé.
De un momento a otro, vamos a arañar la felicidad:
el niño negro, los novios, el muñeco, la nata del suelo, mis botas.
Botas nuevas, de piel brillante, con la punta afilada en señal de muerte.
En MacDonald´s, allí, allí estamos.
Carne abundante por tres euros.

Manuel Vilas

domingo, 21 de octubre de 2018

Caribe mix 2017



Mi infancia son recuerdos de fin de año en familia
y un top claro donde a Sabrina le asoma un pezón.
Mi juventud, siete años de instituto en Sevilla,
mi historia, casi está escrita en una canción.

Qué mal pirata fue aquel niño,
qué llorón de secano, miedica,
apretando los ojos cuando John Silver, el Largo,
venía a por él para llevarlo a los mares del Caribe
y cerraba el libro atrapando un tiburón por la cola.
Mi infancia son recuerdos del mar lejos
y las canciones cerca:

Michael Jackson entra en mi salón
con su leva de muertos y se beben mi infancia.
Soy uno de los niños de Robert Miles,
encerrado en el piano hasta que aprenda
a bailar con su hermosa sonata en do mayor
para atolondrado y doncella.
¿Qué demonios hago aquí?
Yo no pertenezco aquí.
Ese soy yo en un rincón, ese soy
en el centro de la pista de baile, mientras
pierdo mi religión, los amigos
me sueltan de la mano y me pierdo
en los altos maizales de mi pelo entonces.
Lo añoro como a una novia que se cambia de colegio.
Pelo, mi primera nostalgia, soy tu extranjero.
Tumbado en la cama, Axel Rose
llueve su canto sobre noviembre
y meto mis dedos en la alegre estopa.
Sonrío porque es viernes y estoy enamorado
de las pequeñas hogueras del calendario.
Tonto melodramático, neurótico
hasta los huesos que, a ratos, muerde un gajo de alegría.

Eso soy al final de los 90.

La soledad y yo nos matamos mutuamente,
somos socios en el crimen,
una vez yo y tres veces ella.
Sólo quiero zigzaguear y alguien a quien no pueda resistir,
llorar con ganas en la garganta de Steve Tyler,
soñar con su hija y la dulce Alicia a lomos de un Cadillac.
Debo confesar que mi soledad me está matando ahora:
Oh Britney Spears, patrona de los pajilleros,
reina de los Cuarenta Principales,
larga vida a tu falda y tus coletas.
Sólo quiero zigzaguear,
ver amanecer en año nuevo,
ver anochecer desde mi viejo coche,
gritar por la ventana no seas membrillo
y hundir mis manos en los muslos tibios
de mis primeros poetas;
corazón coraza, tú me llamas amor
y un taxi recorre la distancia entre
García Montero y Brandon Flowers.
No me importa vuestra mala fama:
chicos tiernos, mafiosos de club,
soy una llave que necesita ser girada
y colocáis mis dientes enfilando
las frutas del porvenir.
Poetas míos, héroes de mi silencio,
dueños del himen de mi asombro.


He caminado bajo tantos paraguas desde el segundo milenio
que ya no recuerdo un solo centímetro de desolación.
Aunque el mundo reparta sus cartas
y la guerra se haya llevado su parte,
siempre tengo a alguien amparando mi triste osamenta
de niño en los tejados.
Tengo veinte años y pienso que el mundo es mío.
Con la luna en las pupilas y mi traje agua marina,
siento el miedo en los ojos de mis enemigos,
los mares se alzan cuando yo lo ordeno,
miro los cañones rotos por el cielo,
los barcos atuneros, los fuegos beduinos,
la luz de los campos petrolíferos al amanecer.
Cada segundo perdido es más de lo que puedo soportar.
San Pedro conoce mi nombre.
Son días bonitos.


A pesar del miedo al mar, no he dejado de navegar todo este tiempo,
buscando mis islas, el Caribe del presente.

I´m a lonely boy
que todavía vuela a Johannesburgo
en las bodas
y tiembla en los minutos finales.

El futuro era esto:
un traje de emperador a juego con mi aire súbdito,
un museo de medallas y de arazaños,
la cabeza rubia que ahora amo, brotada como un hongo de lo seco.
¿Quién quiere timón en la deriva?
quién, cuando ha sobrevivido a casi todo;
la crisis, Lopera, las versiones de Pitingo.
Soy el sepulturero analógico al otro lado del Atlántico
que abre una cerveza helada y mira la tarde
desde su porche en 2017.
Hasta aquí has llegado, pequeño Jim Hawkins.

En el nombre de hoy, Viva la vida.

Y brindo al Sol con el último salmo de occidente:

Sí, ya sabes que llevo un rato mirándote,
tengo que bailar contigo hoy.
Vi que tu mirada estaba llamándome,
muéstrame el camino que yo voy

(Oh)

y el Sol desaparece

des
pa
ci
to.

Iván Onia Valero

sábado, 20 de octubre de 2018

En vos confío


Ven otra vez socórreme apacigua este frío
Aproxima una mano de luz por las horas retintas
El desconcierto hiela mis huesos y mis ojos
Estoy abandonado de la felicidad

Protégeme, poema
Sano sólo me queda este odio a la desdicha
Dame calor acércame las palabras alucinantes
Fonema colorado abre tu portalón solemne
y pasaré a la cueva grandiosa del lenguaje
orando interminable la sílaba sin fin

Mira a este can salvaje atado con cadena
Mira a este tigre altanero extenuado en la lluvia
Y mira a mi velocidad tumefacta de miedo
Acércate, poema, dame una medicina desaforada
Delibera con todas mis vísceras, regresa sudoroso
maravillosamente sucio de humores y de sangre
y dime qué te han confiado qué les ocurre
descíframe recítame mi propio secreto
Apresúrate sílaba, me apago

Estoy abandonado de la felicidad
y como un alacrán que se matara con su propio veneno
con mis preguntas me estrangulo Responde tú, poema
Siéntate en una silla dame conversación
tú eres el brujo más misericorde
tú eres el sacerdote boreal

Ven otra vez Aproxima una mano de luz
Acércame las palabras fantásticas en el pan de la voz
Una jauría de ininteligibles
va cercando a mi vida y a mi cuerpo sagrados
con bocados con alimañas Asóciate a mi corazón
baja a esta selva y sé mi camarada augusto
Combate a mi favor contra esa peste a cataclismo
contra ese caldo soez de error y de amenaza

Ven otra vez Socórreme Socórreme, poema
Tú eres el enigmático solar
la mano que apacigua el espanto
la niebla enorme que todo lo besa
En vos confío En vos confío En vos confío

Félix Grande

viernes, 19 de octubre de 2018

Dios debe ser alguien que con dos copas se arranca


Hemos llegado al final del invierno como si nada, como si principiáramos
la escarcha o tocáramos la tormenta en el naranjo, preñado del
zumo y la pulpa de los otros árboles que murieron entonces y que
ahora regresan.
Esa dulzura de los ciclos y nosotros tan aquí todavía, comiendo langosta
y bebiendo champán en este trasatlántico del presente, mientras
la orquesta toca fuerte el Lucille del pequeño Richard y, afuera,
la ola que habrá de borrarnos alimenta su terrible curva con odio, con
pequeños peces, con justicia.

El invierno se acaba, lo sé por las fresas y porque los gordos llenan
los parques de sudor y espíritu olímpico. Porque en el aire ya puede
olerse la cabalgata de abejas como valkirias señalando las flores
para el sacrificio.
Es casi una broma continuar en el mismo lugar mientras la vida
acontece sin descanso. Ver reventar el mundo una y otra vez, como
Sísifos incansables de nuestro propio esqueleto, cada año más insano
y pesado, contemplando cómo los ríos de sangre nueva salpican
nuestros zapatos para que un poco sonrían en su ascenso, se
alegren en la bajada.
A esta misma hora un adolescente plancha su túnica y besa las
siete llagas del Mesías en una estampa, más tarde se masturbará
pensando en las muchachas del Domingo de Ramos, esas novias descalzas
de la primavera que se paran delante de los escaparates y se
sueñan pisando el azahar con unos tacones rojísimos, hechos de fiesta,
potencias y espinas.

Es la vida.

La contemplamos desde lo alto de la colina, con el glosario de nuestros
huesos a la espalda, como a una macabra broma de los órdenes.
Si pudiésemos mirar mucho, veríamos la tiza en el infinito bailar la
fórmula de nuestra exactitud en el tiempo y el espacio, pero somos
limitados, obtusos, promesas del óxido, inventores de las palabras fe
y destino, llamamos a este fenómeno ley de vida.

El invierno se acaba,
en el bostezo de un oso cabe el alfabeto de la naturaleza,
las margaritas son una raza de la nieve.
Dios debe ser un buen tipo o al menos alguien que con dos copas
se arranca, nos deja ver la resurrección lázara del planeta cada
año, al tiempo que sus manos húmedas de alfarero nos abrazan
los tobillos y los clavan a la tierra con un guiño y un nuevo centímetro.
Me cuesta no pensar en otra cosa, pero atardece, las muchachas pasan
bellísimas, despeinadas y con los pies ensangrentados, el invierno
es ese viejo delgadito balbuceando en la puerta de la iglesia, un
globo se escapa y el niño llora su réquiem tirando del abrigo
paterno, pero ya le han dicho que el globo pertenece ahora a las estrellas,
como el hámster o los abuelos, aunque no entiende nada, ni
yo tampoco.
Un pájaro me picotea la calva y todo me parece una bellísima ironía.

Iván Onia Valero, de Paseando a míster O (Asociación Noctiluca, 2017)
Fotografía de Cristina Quicler

jueves, 18 de octubre de 2018

Contra las cosas redondas


Amamos las cosas redondas pensando
que han de ser eternas y amables y perfectas:
el pomelo bajo el rotundo sol de agosto,
la pulsera que orbita alrededor del pulso,
la moneda con dos caras y ninguna cruz,
el balón de playa en cuyo interior aún se respira
un paciente aire de mil novecientos ochenta y dos.

Hay días redondos en los que todo cuadra
y la vida parece marchar sobre ruedas:
alguien, lija en mano, se encargó
de sustraerle al mundo todas las esquinas,
todas las aristas, todos los bordes.

Pero basta que atravieses por un declive
o que todo se vuelva cuesta arriba de repente,
para comprobar que son las cosas redondas
las primeras en abandonar y en echar a correr:
el pomelo, la pulsera, la moneda y el balón.

Me niego en redondo a aceptar tales desplantes.
Ante las formas esféricas opongo las cosas informes.
Elijo las imperfectas, las imprecisas, las irregulares.
Aquellas llenas de taras, de abolladuras o de dobleces.
Hermosas y singulares, sin plegarse a ningún centro,
solo ellas permanecen y nos acompañan siempre.

Jesús Jiménez Domínguez

miércoles, 17 de octubre de 2018

Barbería doméstica


Porque sé que no hay justicia en el amor inconfeso.
Que no hay justicia en el amor callado
MARTÍN LUCÍA

A José Onia


Tienes en la cabeza las navajas
de labios rotos
y tu nuca desnuda es un satélite
en el mediodía.

Hablas, tu paladar es un racimo
de números en verso y de limones.

Callas igual que un muerto doblado
y el silencio se te para en la frente
con níquel de luz y de sienes.
Callas y la tijera siega el aire
que llena el suelo de peces muriendo.

En ocasiones pienso en los naranjos,
su dureza estival y verde,
su forma de prometer el invierno.
Otras pienso en tu padre y en su padre…
como se piensa en los horizontes.

Pienso en el azar, en las dos miradas
buscándose debajo de la fiesta,
deseando la patria de lo oscuro.
En tu madre que ya amaba los árboles
y luego amó a mi abuelo.
En la primera noche donde todos
fuimos Origen.

A lo largo de las generaciones
tú y yo hemos comprendido que el amor
es un bisonte a punto de ser cazado,
un tejado de barro,
la sopa de hacha,
el revólver de madera.
Es el sabor a tarde de domingo
–metal de la derrota–
la hierba entre los dientes
o la victoria, que nos deja extraños
como andar con zapatos prestados.

Todo menos la luz de los signos,
menos el agua clara de las palabras
es el legado de nuestra estirpe;

estas navajas rotas,
estos peces muriendo,
esta plata caliente de mis manos
que el viento esparce
es todo el amor que nadie, nunca,
nos ha dicho.

Iván Onia Valero de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en Huida, 2013)

martes, 16 de octubre de 2018

Mi amor por ti


Mi amor por ti
Es un vidrio roto por el mal alumno del curso
Una capilla con techo de zinc bajo la lluvia de Vilcún
Una manzana ofrecida a la profesora por el alumno bueno del curso
El viento sur jugando ajedrez contra el viento norte
para decidir qué tiempo va a haber
La conversación con los mapuches que desde la costa
traen las estrechas carretas de cochayuyo
El abejorro que zumba deslumbrado al contemplarse en el espejo
El olor a café en el molinillo de la tía solterona
El recuerdo de rostros bellos como las proas de los veleros de otro siglo que se recuerdan junto a la cocina económica
El encanto de leer el Ojo y recitar las tablas de multiplicar
El gallo de pelea cuyas heridas cura tu padre tras suú últimavictoria
El maqui de los mendigos que aún no soporta el aliento de los camiones
El gesto del loco tratando de atrapar un rayo de sol con su sombrero en medio de la plaza
Un viaje en carreta con los primos para celebrar en la hijuela familiar el Año Nuevo
Las chispas de la locomotora a vapor iluminando la noche frente a mi perdida casa
Los nombres de poetas amados que repasamos como las cuentas de un racimo de uvas de Italia
El primer surco trazado por los colonos con susa aradosde madera
Y en fin
La llave que se nos ha dado para unir la memoria con el olvido
Y que lanzo al fondo de un pozo
Para que alguien tan afortunado como nosotros hoy día
la encuentre algún día.

Jorge Teillier

lunes, 15 de octubre de 2018

Lili Marleen


Hans Leip

No son las ansias de victoria ni el amor al azar de una patria, sino los pájaros.
Son los pájaros que sobrevuelan los campos de batalla la causa insalvable de que los soldados, allá abajo, decidan matar al otro y no volarse a sí mismos sus jóvenes cabezas. Creyendo seguir órdenes disparan y se esconden como cucarachas, sortean charcos, agujeros, balas, obuses, cuerpos de compañeros y cadáveres desconocidos y así, van obviando el círculo de cielo donde bailan, entre nubes de tierra, los animales con las alas sucias, pero nunca olvidan que es a eso a lo máximo que aspiran, a levantarse de un suelo de sangre alguna mañana para atravesar los territorios en un vuelo que los devuelva a la cama caliente, al plato de sopa, al abrazo.

En 1915, el soldado Hans Leip se encontraba hendido por el amor de dos muchachas; Lili, seudónimo de una verdulera llamada en realidad Betty, y la enfermera Marleen. Antes de marchar al frente de la Primera Guerra Mundial escribió un almibarado poema de amor dedicado a una persona, una sola mujer: Lili Marleen.
Ni en el mejor o peor de sus sueños imaginaría el soldadito Leip que aquel poema de juventud del que renegara en su madurez:Das Lied eines jungen Soldaten auf der Wacht (La canción de un soldado joven en la guardia), iba a ser publicado veintidós años más tarde, a las puertas de la Segunda Guerra Mundial, y que, musicalizado por el compositor alemán Norbert Schultze bajo el título: Das Mädchen unter der Laterne (La chica bajo el farol), iba a servir de argamasa para que todos los soldados de la otra Gran Guerra, guardaran silencio al unísono cada vez que la voz de Lale Andersen sonaba por los altavoces entonando los versos de aquel soldado poeta.
Por las radios de los territorios tomados, como el de Belgrado, sonaba la música de una mujer, que era todo lo que aquellos soldados querían recuperar cuando todo acabara. Mientras tanto, la voz de otra mujer, Marlene Dietrich, se sintió empujada a cantar para el otro bando y en otra lengua la misma canción que el enemigo había tomado como himno apócrifo. De este modo, la segunda gran guerra del mundo quedó tatuada por la melodía de dos mujeres entonando un mismo poema de amor juvenil que estaba dedicado a un par de muchachas que casi treinta años atrás se repartieron, sin saberlo, el amor de un solo poeta.

Sólo hay un puñado de cosas que saben sobrevolar el aire encendido de una guerra, rayando el fuego con el látigo lento de la esperanza para los que, allí abajo, están ardiendo. Cuando ya no hay pájaros en el cielo que les recuerden que deben regresar algún día, sólo quedan unas pocas canciones que echarse a la boca para correr, matar y sobrevivir.

Iván Onia Valero

domingo, 14 de octubre de 2018

Aniversari


Las luces se han apagado, han sacado el pastel,
aplaudían los padres, los tíos y los amigos
todos a la vez, agrupados en un único grito,
“que pida un deseo, que pida un deseo”.
Y tú, nerviosa, como siempre que te toca ser el centro de atención,
has fijado los ojos en un punto impreciso del comedor
un segundo, dos segundos, tres segundos, cuatro y cinco.

Tus ojos cabalgaban buscando un deseo,
las velas quemaban y algunos de los amigos
te enfocaban con cámaras de retratar,
una voz comentaba “ay, qué guapa está”
y yo, en el fondo, me acababa el culito de la copa decidido
a encontrar un rinconcito adecuado para hacerme pequeño, pequeño.
Del tamaño de una mosca, del tamaño de un mosquito.
Para una vez empequeñecido, debajo los taburetes
y la mesa alargada por los dos caballetes,
abrirme paso con prudencia por un entramado
de zapatos de invierno, de confeti chafado,
y esprintar maldiciendo la longitud de mis nuevos pasitos
y esconderme entre un tapón de corcho y la pared
justo a tiempo que no me coma el gatito de los cojones.
Y escalar las cenefas de tu vestido
y calzar el pie izquierdo en un descosido
y llegarte al hombro y sentarme en un botón
y coger un pelín de aire y, con un saltito,
engancharte un cabello e impulsarme en un último salto final
y acceder a tu deseo atravesando la pared del lagrimal.
Ahora un pie! Ahora un brazo! Ahora el torso! Ahora la cabeza!

Y ya dentro del deseo ver si hay buen ambiente,
repartir unas tarjetas, ser amable con la gente
y con maneras de joven discreto y educado
presentar mis respetos a la autoridad,
escuchar con atención batallitas curiosas a los más viejos,
hacerme fotos graciosas con otros ilustres viajeros
y con un hombre con corbata que no sé quien es.
Y en la nube de sueños que tienes al alcance
y entre otros que, lo siento, pero ya nunca vivirás,
detectar un caminito que me aleje del grupo
o una sombrita tranquila donde, desapercibido,
acostarme un rato y, por fin, relajarme celebrando
el placer indescriptible que es estar contigo, hoy que te haces grande,
mientras fuera del ojo las velas se van apagando.

Manel

sábado, 13 de octubre de 2018


Cuántas veces, tendido, a esa hora del atardecer, después del amor, cuando una mujer, ardida ya, ha dejado de ser ella y se mueve como bulto o rumor por la casa, pienso, medito, existo, no existo ni medito, espero, no espero, oigo cantar a los niños en la calle, viejos niños de siempre, el que yo fui, niños del atardecer en la ciudad, tristes entre las luces, un rumor de barrio muy habitado, y esa línea fina en que se convierte el mundo, ido el deseo, rota la tensión, caído el vuelo.
La mujer, no sé qué mujer, bulto de vida, tenía el cuerpo lleno de hogueras que he ido apagando, como se apaga un monte, y ahora, ensombrecida o inexistente, anda por los fondos últimos de la casa, de la tarde, mientras yo no existo sobre esta cama fría, y levito en la paz, el hueco, el silencio y la lucidez del post-coito. Es un momento de suprema apertura, de honda disponibilidad, de clara luz, y sólo por eso valdría el amor, por haber llegado a este puerto de sombra donde nada me anda, a este estado —la única beatitud posible— de no desear, de no estar, de no ser. Los proyectos, el ruido de sables, todo eso está ahí, retirado, agazapado, esperando que yo me ponga en pie para invadirme y llenarme de armas, pero ahora, mientras demoro mi vida y abandono mi cuerpo, apenas existo y la tarde viene a llenar, como un agua sin prisa, los huecos de mí que voy dejando.
Sólo quiero esto, escuchar a los niños, vagamente, ser el que desde la sombra acecha sus juegos dispersos de última hora, y saber que una mujer vieja está entrando en una tienda con luces cansadas y legumbres dormidas, a pedir medio kilo de algo. Ah, esa paz del atardecer, cuando todos se han desceñido sus armas y, por fin, el mundo vuelve a hacer sonar la música lentísima de sus ejes, y podemos escuchar, siquiera sea a intervalos, la luminotecnia del cielo y la respiración de los enfermos. Estiro el instante, estoy entre la inmensidad del cielo y el cuerpo apagado de una mujer que espera. El amor, a la mujer, se le apaga lentamente. Lo cuida en sí misma, lo mima, lo restaña. A mí, el amor me deja una gran oquedad, una hermosa disponibilidad, me deja el pecho abierto y los ojos inmensos, y el mundo todo acude a llenarme, a cruzar, sin romperlo ni mancharlo, el cristal en que me he simplificado.

Francisco Umbral
Cuadro: Hombre desnudo en una cama, Lucien Freud

viernes, 12 de octubre de 2018

La noche de Inés la chica


Gran negro del sur. Te secaba el cuello.
Partías un tomate de sombra.
Me prometías otros lugares.
Con tus dientes mordías y promesas.
Con tus enormes dientes piel de barco.
“Pronto estaremos lejos de aquí”.

Luego siempre cantabas la canción
que abrasaba tu espalda.
Oh gran negro,
oso tranquilo del sur:

Cuando era un crío
mi mamá me mecía en la cuna,
en los viejos campos de algodón de la casa,
allá en Lousiana,
a sólo una milla de Texarcana,
en los viejos campos de algodón de la casa


Tu hermoso cuello de mundo
donde sudan claveles futuros,
donde los ríos para que mi mano,
tu cuello de caballos cansados.

Oh Pit, bisonte de frío,
viniendo hasta mi cama,
promesa y rayo de algodón.

Por donde yo besaba ya va un hacha.
Por donde yo secaba ya va un hacha.
Terrible y plata,
limpia de domingo para mi amor.
Una gran boca de dientes iguales
husmea en los cilindros de la noche.
Forjada y afilada, abriendo el día viene,
llamando a las puertas,
horrible como una cosa última
te está buscando la sangre,
oh gran negro,
niño mío, oso del sur.
¡Un hacha, un hacha, un hacha!

Iván Onia Valero de El decapitado de Ashton (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016)