martes, 25 de junio de 2019


Cuando nací había muchísimos higos. No puede ser, me dirán, si era invierno y hacía frío.

Sin embargo fue así; estaban en todos los árboles, áun los que no eran higueras, y en medio de las flores. Oscuros, celestes o rosados; algunos desde el origen, traían adherida una violeta o una mosca. O en el punto central entresacaban una perla (nunca la dieron del todo). O se desprendían girando como astros envueltos en anillos de colores, hasta que casi exánimes tornaban al lugar.

Se sentía un aroma a almíbar y azucenas.

Yo, en medio de mi primer lloro, pues era a los pocos minutos de nacer, dije a mi madre: Hay higos.

Y mi madre miró sonriendo a mi Rosa abuela, y le dijo: Mira lo que dice.

Y mi abuela se aproximó, demasiado, con los ojos bajos, la sonrisa fija, y una tremenda corona de higos negros, gruesos y atormentados.


Marosa di Giorgio

lunes, 24 de junio de 2019

Fiesta


Gloria a Dios en las alturas,
recogieron las basuras
de mi calle, ayer a oscuras,
y hoy sembrada de bombillas.

Y colgaron de un cordel
de esquina a esquina un cartel
y banderas de papel
verdes, rojas y amarillas.

Y al darles el sol la espalda
revolotean las faldas
bajo un manto de guirnaldas
para que el cielo no vea,

en la noche de San Juan,
cómo comparten su pan,
su mujer y su gabán,
gentes de cien mil raleas.

Apurad
que allí os espero si queréis venir
pues cae la noche y ya se van
nuestras miserias a dormir.

Vamos subiendo la cuesta
que arriba mi calle
se vistió de fiesta.

Hoy el noble y el villano,
el prohombre y el gusano
bailan y se dan la mano
sin importarles la facha.

Juntos los encuentra el sol
a la sombra de un farol,
empapados en alcohol
y abrazando a una muchacha.

Y con la resaca a cuestas
vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el señor cura a sus misas.

Se despertó el bien y el mal
la zorra pobre, al portal,
la zorra rica, al rosal,
y el avaro a las divisas.

Se acabó,
el sol nos dice que llegó el final,
por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual.

Vamos bajando la cuesta
que arriba en mi calle
se acabó la fiesta.

Joan Manuel Serrat

domingo, 23 de junio de 2019


Llegados a este punto, prefiero la ternura a la verdad
pues no hay mayor verdad que la ternura.
No pide verdad el hombre que, agachado, cava su huerto,
ni el perro atado a la cadena, ni el enfermo, ni el apátrida.
No pide el hambriento una verdad,
ni el campo en flor, menos aún el ahorcado,
o el que que se dispone a atravesar el ártico de sí mismo.
No piensa en la verdad el hombre roto,
ni la mujer que vende su cuerpo tras un vidrio,
piden, sí, ternura, piden que les demos
un momento de sosiego y de ternura,
un poco de afecto o de calor.
No pide verdad el hombre expulsado de su reino
o aquél a quien el tifón despojó de sus migajas,
no pide verdad quien gesticula entre las llamas,
quien busca en los arroyos la vaca perdida en el aguaje,
sino descanso, auxilio, un poco de ternura y de calor
Hoy prefiero la ternura.
Porque ternura pide el perseguido, el amnistiado,
el que hizo del silencio su fortín,
el que ayer aún aullaba en los peñascos,
el fugitivo que yace junto al mar.
Prefiero la ternura a la verdad
porque no siempre la verdad conduce a la ternura,
pero siempre, siempre, la ternura allana y templa
el sendero no siempre grato y cristalino
de la justicia y la verdad.

Manuel Moya

sábado, 22 de junio de 2019


Sociedad de Amigos y Protectores
de Espectros, Fantasmas y Trasgos.

Muy señores suyos.
Tengo el disgusto de comunicarles,
que tengo en mi casa y a su disposición
un fantasma pequeño
de unos dos muertos de edad
que habla polaco y dice ser el espíritu del Gengis Kan.

Viste sábana blanca de pesca
con matrícula de Uranio
y lleva un siete en el dobladillo
que me da miedo zurcírselo
porque no se está quieto.

Aparece al atardecer,
o de mañana si el día está nublado,
y por las noches cabalga por mis hombros
o se mete en mi cabeza a machacar nueces.
Con mi perro se lleva a matar
y a mi me está destrozando de los nervios.
Dice que no se va porque no le da la gana.

Todos los días hace que se me vaya la leche,
me esconde el cepillo, la paz y las tijeras,
si alguna vez tengo la suerte
de conciliar el sueño
ulula desgañitándose por el desván.

Ruego a Ustedes manden lo que tengan que mandar
y se lleven de mi honesto pisito
a dicho ente,
antes de que le coja cariño.

Gloria Fuertes

jueves, 20 de junio de 2019

Nana del caballo grande



Nana, niño, nana
del caballo grande
que no quiso el agua.
El agua era negra
dentro de las ramas.
Cuando llega el puente
se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua
con su larga cola
por su verde sala?

Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.

Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
¡Ay, cómo bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.

Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.

No quiso tocar
la orilla mojada,
su belfo caliente
con moscas de plata.
A los montes duros
solo relinchaba
con el río muerto
sobre la garganta.

¡Ay caballo grande
que no quiso el agua!
¡Ay dolor de nieve,
caballo del alba!
¡No vengas! Detente,
cierra la ventana
con rama de sueños
y sueño de ramas.

Mi niño se duerme.
Mi niño se calla.
Caballo, mi niño
tiene una almohada.
Su cuna de acero.
Su colcha de holanda.

Nana, niño, nana.
¡Ay caballo grande
que no quiso el agua!
¡No vengas, no entres!
Vete a la montaña.
Por los valles grises
donde está la jaca.

Mi niño se duerme.
Mi niño descansa.

Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
Duérmete, rosal.
que el caballo se pone a llorar.

Federico García Lorca
ilustración de Evgeniya Alexandrov



miércoles, 19 de junio de 2019


TÚ ERAS mi muerte:
mientras todo se me escapaba,
a ti te podía retener.

Paul Celan

martes, 18 de junio de 2019

Band of angels


Un jazmín invertido me contiene,
una campana de agua, un rubí líquido
disuelto en sombras, una aguja de aire
y gas dormido, una piel de carnero
tendida sobre el mundo, una hoja de álamo
inmensamente dulce, cuanto puede
vegetal y callado remansarse
sobre nuestras cabezas, y la sien
y los labios y el dorso de la mano
ungir de luz:
Tú llegas.
Mía, mía
como el árbol del cielo de noviembre,
la lluvia del que en sus cristales óyela
y piensa en ella, el mar de su eco lóbrego,
el viento de la cueva donde expira
y se sume, pasado el planisferio,
la luz de su reflejo en un estanque,
el astro de su luz, del tiempo el hombre
que lo vivió y luchó para ganarlo,
ganando aquél, del silencio la música
que un instante ha cesado y se retiene
para volcarse luego, un solo río,
una sola corriente de oro en pie,
inmóvil y cambiante, tal el signo
de la centella en el recuerdo, cuando
la pensamos y fue, sobre la tapia
en cal de nuestra infancia, un aro roto,
y aquel fulgor estremeciendo el aire,
caliente en las mejillas, glacial luego,
cuando la lluvia en chaparrón nos vence
y vence a nuestra infancia:
toda mía
como esa infancia que no tuve, el ruido
de una máquina al coser, tarde perlada
de cansancio, cortinas fantasmales,
unánime el pasillo hacia el balcón
y la calle entre rejas, un perfil
desconocido, el mío, y en sus ojos
otra luz de leyenda, un mundo, salas,
caminos, rosas, montes, arboledas,
tapices, cuadros, parques de granito,
abanicos abiertos, tumba abierta
como un ángel de mármol, tumba abierta
con coronas y versos, tumba abierta
de un niño, tumba oscura, aún mi pelo
rizado estaba, tumba abierta al cierzo
y la lluvia de otoño, verdes eran
ya mis ojos, en mi boca había un lirio,
tumba abierta de barro removido,
paletadas de estiércol en los ojos
de un niño, tumba abierta, venid todos,
murió en noviembre y llueve en su piel blanca
llueve con la dulzura del otoño
y el dolor de la infancia que no tuve
y hoy sueño para ti,
pues era mía,
mía como lo más mío de mí mismo.
Yo te he esperado años, y no importa
(no debiera importar) que sin tu luz
permanezca unas horas, escribiendo
poemas al azar, mientras te sé
con otras gentes -¿tú la que me sueño,
o la que eres?- ida, ajena, en este
país tan tuyo de metal y sombra
donde no puedo entrar, en este tiempo
vivido sólo por y para ti,
el tiempo de sala de concierto
donde entraste aquel día, y bruscamente
te vi partir, sabiéndome a tu lado
y queriéndome aún, más desde lejos,
donde imposible no sonó mi paso
ni mi respiración de amor llegaba
a tus cabellos, desde el centro mismo,
de la otra vida, el corazón magnético
que envolvía en un círculo, hacia arriba,
sala y rostros y música ya ti .
No debiera importarme que no tenga
de este modo en las horas que tú vives
lejos de mí, fiel a tu vida propia,
para luego en la luz de amor transida
de mis ojos reconocerte en mí
y latir al unísono los pulsos,
astros, flores y frutos del amor;
no debiera importarme, mas no sé
dar al olvido tantos años muertos,
tanta belleza inútil, pues no vista
ni gozada contigo, tanto instante
que no sentí, pues no sentí a tu lado,
toda mi vida antes de abrirme a ti:
este jardín, esta terraza misma,
el vientre tibio de la noche fuera,
las ubres ciegas del pasado, el agua
latiendo al fondo de un poema, el fuego
crepitando en la cumbre de un poema,
la cruz donde confluye el elemento,
el círculo o conjuro cabalístico,
la pezuña del diablo, los ardides
que con mi amor fabrican poesía
como metal innoble.
Veo el claustro
ya en silencio a esta hora de la tarde,
mágico en la distancia y la memoria,
arropado de sombras indecisas,
y tú saliendo, tu cabello suave
que ahuyenta las brujas, tu mirada
vertida en algo más allá de ti,
la astral fosforescencia de tus dientes,
el hielo dulce y terso de tus labios,
todas las dalias que en tu piel expiran
y en cada pliegue de tu cuerpo, y toda
la piedad que tus manos me conceden.
Irreductiblemente, ¿cómo ves
al que te espera, con tus ojos puros?
Supiera esto, y tú serías mía,
y al esperarte ahora, en esta tarde
que existe sólo porque existes tú,
la luz que confabula este poema
incendiaría nuestra soledad.
Ven hasta mí, belleza silenciosa,
talismán de un planeta no vivido,
imagen del ayer y del mañana
que influye en las mareas y los versos;
ven hasta mí y tus labios y tus ojos
y tus manos me salven de morir.

Pere Gimferrer, de Arde el mar (1966)

lunes, 17 de junio de 2019

Retablillo de Don Cristóbal y Doña Rosita



Esta mañana se ha representado en la Asociación cultural Cisco de Picón, la obra de Lorca Retablillo de Don Cristóbal y Doña Rosita


(Sale el Poeta.)

Hombres y mujeres, atención; niño, cállate. Quiero que haya un silencio tan profundo que oigamos el glú-glú de los manantiales. Y si un pájaro mueve un ala, que también lo oigamos, y si una hormiguita mueve la patita, que también la oigamos, y si un corazón late con fuerza, nos parezca una mano apartando juncos de la orilla. ¡Ay!, ¡ay! Será necesario que las muchachas cierren los abanicos y las niñas saquen sus pañuelitos de encaje para oír y para ver las cosas de doña Rosita, casada con don Cristóbal, y las cosas de don Cristóbal, casado con doña Rosita.
¡Ay!, ¡ay! Ya empieza a tocar el tambor. Podéis llorar y podéis reír, a mí no me importa nada de nada. Yo voy a comer ahora un poquito pan, un poquitirrito pan que me han dejado los pájaros, y luego a planchar los trajes de la compañía.
Quiero deciros que yo sé cómo nacen las rosas y cómo se crían las estrellas de mar, pero...

Federico García Lorca

domingo, 16 de junio de 2019

Big fish


Cada día escribo menos, un poco menos cada vez, como si me hiciera lento en la cantidad o la manigua de ideas me pesara en la mano con un plomo de aburrimiento. Me da miedo abrir un libro por si alguien ha escrito ya lo que yo llevo persiguiendo en mis años de pescador paciente y ha logrado atrapar al Gran Pez legendario o si, por el contrario,me aburre más de lo que yo puedo aburrirme a mí mismo.

Odio a los poetas básicamente por dos cosas: por mediocridad y por envidia.
A los primeros los dejo vivir y les doy palique incluso. Hablamos de asuntos dispares, pero nunca profundizamos, siempre tengo en mente algún pasaje de algo que haya escrito, una metáfora coja o un verso descarnado y horrible que me haya dado a leer, entonces nuestras vaguedades lo salvan de un buen puñetazo en los dientes y casi siempre acabo rascándome el bolsillo para invitarlo a la última cerveza.

A los segundos me gustaría matarlos y sé que ellos harían lo mismo conmigo. Tampoco hablamos demasiado de poesía, a lo sumo,
nos limitamos a citar a algún autor grande, demasiado viejo o demasiado muerto, ya se sabe, cuando un poeta lleva mucho tiempo
muerto, regresa a la vida en forma de anciano y de ahí no pasa, es eternamente un mueble antiguo al fondo de las conversaciones,
inmortalizado en su única fotografía de principios de siglo.
Tratamos de otras cosas por evitar la reyerta lorquiana de gallo, gitano y faca. Nos reímos y nos abrazamos a ciertas horas largas, cuando sólo queda un puñado de jinetes atravesando los bulevares y siempre tenemos una mano en el bolsillo que está tocando la punta de la navaja o la pistola por si al otro le da por enseñarte un buen poema, nos dé tiempo a matarnos.

Soy un hombre de cera consumiéndose. A los veinte años era un potro desencadenado a la vida, mastín de tinta que escribía como una
yugular recién cortada. Todo era taumaturgia y fiesta, pregón de la primavera y mi sangre manchaba las flores. Todas las metáforas eran
una mujer desnuda en el desayuno, todas las palabras una leche tibia y amarilla donde hundir la cara de alegría.

Cada día escribo menos. Pienso en que la lluvia y la tormenta llevan siglos diciendo lo mismo, fascinando con el mismo tempo. No les ha hecho falta cambiar el diapasón ni llevar sus trombones a afinar para deslumbrar con electricidad y agua a las nuevas generaciones.
Escribe eso, me digo a veces cuando el espejo me devuelve la copia de un tipo a medio acabar. Escribe el rayo y el aguacero, el gran poema, atrapa al Pez y repítelo tantas veces a lo largo de la historia que la gente no tenga más remedio que huir de frío al leerlo, abrir los paraguas o correr a las cafeterías a resguardarse de la belleza, a hipnotizarse detrás de los cristales mientras se enamora o seca la cabeza a sus hijos.

Iván Onia Valero, de Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017)

sábado, 15 de junio de 2019

Four O'clock drag



Con el vino en guerra,
la vida cerrada aún a los aviones,
a las brillantes maletas
como escarabajos en la selva.
Sin estas distancias que ahora desamarran
desde las ciudades manchadas
de otras furias y otros relámpagos,
cuando el abandono era sólo
ir a por otra botella,
acercarnos a las habitaciones
y tocar las camas para que
el orden o los cuerpos
se destruyeran en la cercanía.

Era marzo de 1981
pero tus hombros ya eran el verano mordiendo.
Una tensión extraña y caliente
como de animal perdido en la carretera.
Era el tiempo
que nos mecía desde patrias impensables.

Era 1981
y abríamos la vida para
llamar al vino por su nombre,
a las camas por su desorden.
Toda la casa era
una trompeta enorme y azul
y un rechinar de bocas que decían
y decían.
Quién iba a imaginar este golpe sonando ahora,
estas botellas vacías,
estas habitaciones ordenadas.

Iván Onia Valero, de Hermanos de Nadie (Karima Editora, 2015)

viernes, 14 de junio de 2019

Poema para después


En realidad no quiero que digas.
Tumbada cicatriz. Tan sólo déjate
lamer los lomos por los mil silencios
que sobrevengan cuando no quedemos
o este lápiz no sepa en qué posarse
abriendo la granada de los días.

Ojalá nunca sepas de mi boca
el lugar en que fui caído, olvido
de cada golpe en que te fui venciendo.
Para perderte sin prisa después
en cada labio que —futuro— te abra.

Iván Onia Valero
de Tumbada Cicatriz, Ediciones en Huida, 2011

jueves, 13 de junio de 2019

Contra Jaime Gil de Biedma



De qué sirve, quisiera yo saber, cambiar de piso,
dejar atrás un sótano más negro
que mi reputación —y ya es decir—,
poner visillos blancos
y tomar criada,
renunciar a la vida de bohemio,
si vienes luego tú, pelmazo,
embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes,
zángano de colmena, inútil, cacaseno,
con tus manos lavadas,
a comer en mi plato y a ensuciar la casa?

Te acompañan las barras de los bares
últimos de la noche, los chulos, las floristas,
las calles muertas de la madrugada
y los ascensores de luz amarilla
cuando llegas, borracho,
y te paras a verte en el espejo
la cara destruida,
con ojos todavía violentos
que no quieres cerrar. Y si te increpo,
te ríes, me recuerdas el pasado
y dices que envejezco.

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

Si no fueses tan puta!
Y si yo supiese, hace ya tiempo,
que tú eres fuerte cuando yo soy débil
y que eres débil cuando me enfurezco...
De tus regresos guardo una impresión confusa
de pánico, de pena y descontento,
y la desesperanza
y la impaciencia y el resentimiento
de volver a sufrir, otra vez más,
la humillación imperdonable
de la excesiva intimidad.

A duras penas te llevaré a la cama,
como quien va al infierno
para dormir contigo.
Muriendo a cada paso de impotencia,
tropezando con muebles
a tientas, cruzaremos el piso
torpemente abrazados, vacilando
de alcohol y de sollozos reprimidos.
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,
y la más innoble
que es amarse a sí mismo!

Jaime Gil de Biedma

miércoles, 12 de junio de 2019

Elogio del estar


Dulce es morir a veces de tu cuerpo,
dulce resucitar en tu mirada.

Dulce el crujir de la luz que abre las horas,
dulce la espera, dulces los estambres
que reparte tu mano tibiamente. Apenas
hace falta decirlo. Quizá sólo
depositar las palabras en el quicio
de una ventana, donde las encuentres.

En definitiva: muy rico soy de ti,
hay música en el aire y en la cama,
todo valió la pena.

Jorge Riechmann
📸 Muchacha dormida, Balthus, 1943

martes, 11 de junio de 2019

El fantasma


Cómeme y, con mi cuerpo en tu boca,
hazte mucho más grande
o infinitamente más pequeña.
Envuélveme en tu pecho.
Bésame.
Pero nunca me digas la verdad.
Nunca me digas: «Estoy muerta.
no abrazas más que un sueño»

Luis Alberto de Cuenca

lunes, 10 de junio de 2019

El saltador


El saltador se encoge, se agarra las rodillas,
esconde la cabeza entre las piernas.
A punto de llegar da un latigazo
y se estira de golpe contra el agua:
al sumergirse nace, y el mundo, sacudido,
vuelve a iniciar de nuevo sus circunvoluciones,
su salto de gestante que atraviesa el espacio
como una caracola o bosta o piedra
lanzado hacia la luz: le enseña el saltador
al mundo su trabajo, y a convertirlo en juego,
y cómo al zambullirse quedar recién nacido:
le enseña el mecanismo de la vida.

El mundo se detiene y mira concentrado,
quizás reconociéndose en los gestos del hombre
que rota y se traslada dibujando una elíptica
con su cuerpo visible sobre un eje invisible.

Es el mundo el que salta, no es el hombre:
esa bola que rasga la seda de la tarde
desnudándolo todo, no es un hombre:
es el cauce de un río, las raíces de un árbol,
la tierra de aluvión, pero no un hombre:
es el molde de un hombre, un recipiente
vaciado de un hombre y luego vuelto
a llenar con el cauce, las raíces, la tierra:
es el hueco dejado por un hombre
para darle un cobijo a las cosas del mundo.

El hombre, cuando salta, ya no piensa,
pues su interior es agua, filamentos o polvo.

Cuando salta es el puro movimiento
y es la inmovilidad perfecta y pura:
es el mundo que gira y el mundo detenido.

El mundo, ese aprendiz de saltador,
y el saltador, ese aprendiz de mundo,
se duermen en el aire
y nos sueñan.

Jesús Aguado
Cuadro: La zambullida, de David Hockney, 1967

domingo, 9 de junio de 2019

Mensajes


Cómo amaba los manuscritos de tus manos
en la alfombra
en la mesa de todos los días
en los mansos atardeceres
en el polvo de la ventana
en la monótona arena de la playa
Mansas manos
mensajes monosilábicos

Pero nunca supiste qué palabra escribías.

Cristina Peri Rossi

sábado, 8 de junio de 2019


Yo soy el pescador,
el que con nardos llama a las sardinas,
el que tira cerezas a las olas.

En cada mano tengo un anzuelo
por si alguna vez ella se pregunta
¿quién
es el que atrapa la rana de mi estómago,
la langosta que pinza mi sangre,
el calamar que me nada en las venas?

Madrugo mucho,
llegaré a no dormir nunca pensando
en mi barca y en su blanco nombre de nadie.

Llegaré a no dormir nunca si anudo
mi red, si mastico un hueso de plata
y si llego el primero a los mercados
para vender mi historia:

yo soy el pescador,
el que enseña a flotar a las manzanas,
el que toca las branquias de la pena,
el que pincha la panza de la luna,
el que cose salabres con un lápiz,
el que le habla al ángel del agua,
el que cree que el fuego es la leyenda
que las sirenas cuentan a sus hijos.
El que ha escrito los peces esta noche.

Yo soy el pescador.
El que silba si en ella piensa.

Iván Onia Valero

📸El pescador y la sirena
Frederic Leighton

viernes, 7 de junio de 2019

Lo que los gitanos le dijeron a mi abuela cuando aún era joven


Guerra, enfermedad y hambre te harán su nieta favorita.
Serás como una ciega viendo una película muda.
Cortarás cebollas y trozos de tu corazón en la misma sartén.
Tus hijos dormirán en una maleta atada con una cuerda.
Tu marido te besará los pechos cada noche como si fueran dos lápidas.

Los cuervos ya se acicalan para ti y tu gente.
Tu hijo mayor se acostará con moscas en los labios sin sonreír y sin mover un dedo.
Envidiarás a cada hormiga que encuentres en tu vida y hasta a la maleza del camino.
Tu cuerpo y tu alma se sentarán en peldaños diferentes
mascando el mismo trozo de chicle.

Muñeca ¿estás en venta?, te dirá el Diablo.
El sepulturero comprará un juguete para tu nieto.
Tu mente será un avispero aun en tu lecho de muerte.
Le rogarás a Dios pero Dios colgará et cartel de no molesten.
No preguntes más, es todo cuanto sé.

Charles Simic

jueves, 6 de junio de 2019


Porque fuiste, esa vez, un pájaro
ahora encuentras plumas en el suelo,
por donde pasas una hermana antigua
te saluda con su lenta flecha.
Porque fuiste amniótica, al pez regresas,
porque del agua, a noviembre.
Porque eras la hembra sola,
ahora los lobos y yo te buscamos.
Porque perteneciste al bosque,
abres los fuertes muslos.
Porque ya estabas en el mar, tu alma
es una honda ecuación.
Porque te encontraron en el aceite,
por las aceras bailas,
y el corazón te huele porque del narciso y el dondiego,
recuerdas otras vidas.
Porque vienes de otros siglos,
a mi siglo vienes.
Día de mis días.
De mi sangre, sangre.

Iván Onia Valero

miércoles, 5 de junio de 2019

Federica


Esta mañana pensé en ti, Federico.
En tus no cuarenta años,
en tu hueso desnortado,
en tu humillado culo,
en tu calavera campanita.

Qué extraño era tu espejo, Federico.
Donde te preguntabas al mirarte
qué raro que me llame Federico.
Y qué rara es tu ausencia, Federico,
y qué raro tu nombre entero,
Federico, Federico, Federico.
Si lo digo tantísimo, se me esquina
la boca y por la boca lloro
este poema entero esta mañana.

Qué panzudas se vuelven las preguntas
por dentro de este siglo.

Nadie más que yo piensa en tu muerte:
Si lloraste, Federico.
Si cerraste los ojos cuando gritaron fuego.
¿Dónde se alojaría la bala enamorada?
¿Qué verso aún estará rebotando en tu cráneo?

Mientras todos preguntan dónde estás,
yo quiero saber qué habrías escrito.

Nadie más que yo piensa en tu vida:
En el pueblo de hembras que te habitaba.
En las gacelas del prado de tu hígado.
En tu niño pianista de navajas.

En tu sangre camboria y granadina.
En tu sangre entre Harlem y La Habana.
En tu sangre total y federica.

Iván Onia Valero



martes, 4 de junio de 2019

Vejez de la melancolía


Aquellas horas dedicadas a disfrutar del brillo de un futuro imaginado, dejándose llevar en corrientes de promesa por un amor o una pasión tan fuertes que uno se sentía transformado para siempre y convencido de que incluso la partícula más pequeña del mundo circundante estaba cargada con un propósito de grandeza imposible; ah, sí, y uno levantaba la vista para ver los árboles y estremecerse con el río del follaje pálido y dorado desatado por el viento cayendo en cascadas, y con el cantar alto y melódico de innumerables aves; esos momentos, tantos y tan lejanos, todavía regresan, aunque brevemente, como luciérnagas en el calor perfumando de una noche de verano.

Mark Strand

lunes, 3 de junio de 2019

El marino


Para otra vida llamadme sólo el marino, dadme únicamente la red y la madera pintada del peor barco del pueblo. Si veis tierra bajo mis uñas no preguntéis de dónde vengo, a qué me dedicaba ni qué lengua es esa que hablo. Dos camisas en el verano, una amarilla, la otra blanca y, para el invierno, lana en el cuello y algo que me permita coser y anudar bajo la lluvia. Dadme un par de canciones, una para la tierra y otra para la mar y un nombre oriundo para mi barco: Addolaratta, Barbara, Catalina, Juliana… no sé, pero que a poco de leer el nombre, numerosos peces se peguen y me den fuego y conversación de alta mar.

Cuando regrese al puerto mis tobillos sabrán de la aurora y la sal, la mercancía será sencilla, los peces podrán contarles qué hacían allí donde vivían hasta que dieron conmigo. Habrá pulpos de abrazo y bocinegros impacientes que les hablarán de los días en que me soñaban, de los saltos necesarios fuera del agua para componer una noche bajo los astros que pudiera considerarse decente o de mi sonrisa blanca en mitad de la noche y de cómo fue inevitable venir a morir entre los nudos porque mi nombre era una leyenda antigua, una vieja historia que se cantaba, una promesa deslavazada del orden del tiempo.

Ya ven que no pido gran cosa, si acaso, algún domingo, cuando la gente mira al cielo de septiembre con las manos llenas de trigo y beben, y bailan, y sudan debajo de bombillas pintadas, enséñenme las primeras notas del acordeón y a contar sin espanto las flores del vestido de aquella muchacha o alguna canción en vuestra lengua que la haga saber de mi intención por cambiar el nombre en las costillas de mi barco por ese otro suyo.


Iván Onia Valero de Hermanos de Nadie (Karima Editora, 2015)

sábado, 1 de junio de 2019


Después de todos, están esos otros
que ya has leído o que nunca has abierto,
pero siempre llevas encima;
en el bolsillo del pantalón,
en las maletas abisales,
en las bocas tiernas de la ropa de invierno.

Son el patrimonio rectangular de la rutina,
los gramos que un día perderemos con la muerte.
A veces los abres:

cambian los sentimientos, pone banderas negras la experiencia, pero hay una piedra luminosa de donde nace la mirada, hay un agua estremecida de donde nace la risa, que son siempre iguales en la caverna del ser.
Eso encontré en ti, en ella

y luego les cierras los élitros amarillos
contra tu carne.
Otras veces,
antes de adentrarte en los bosques,
los palpas por encima de la camisa
como un revólver heredado.

Iván Onia Valero de Hermanos de Nadie (Karima Editora 2015)

viernes, 31 de mayo de 2019

El amenazado


Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes,
los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Jorge Luis Borges

jueves, 30 de mayo de 2019

Credo


Creo en ti,
oh todopoderoso Carnaval de Cádiz,
creador del cielo inmenso de los pobres
y creador de la tierra como calle.
Creo en el Tío de la Tiza, su hijo primero,
y en todos sus hijos los otros, los chirigoteros,
que los concibieron por la obra y la gracia del divino espíritu
que el pueblo necesita,
el pueblo que aquí nació, de la Virgen Tacita.

Creo en ti,
oh todopoderoso Carnaval gaditano,
que padeció el poder bajo tantos tiranos,
hasta ser crucificado, muerto y sepultado.
Que desde lo profundo de los infiernos
resucitó al tercer siglo de entre los muertos
y ascendió a la Cruz Verde y allí está sentado a la izquierda del Falla,
a donde brilla su reino para que la gente viva feliz
aunque no tenga gobierno.

Creo en el espíritu libre y santo.
En la iglesia de los compases celestiales.
En la comunión de la gente cantado.
En el perdón de los pecados inmorales.
En la resurrección de las caras pintadas de blanco.
Y creo en la vida eterna de los carnavales.
Y creo en la vida eterna de los carnavales.


Juan Carlos Aragón

martes, 28 de mayo de 2019

Un ser de cercanías


El café. Pido el café, bostezo contra el bostezo por una moneda, ojo que busca a su cíclope entre la acelga del periódico, brebaje favorito de los muertos, porque los leo mientras bebo y en lo que tarda en evaporarse este tímido veneno, vuelven a la vida los poetas
muertos y los desterrados.

Ayer me llegó por correo Un ser de lejanías, obra de 2001, genial y descatalogada, que he encontrado en una librería madrileña. Descatalogar un libro es matar dos veces a un escritor desaparecido.
Imagino desde aquí el libro allí, sólo en su frío, que supongo vertical y tibiamente ordenado, ordeñando a ratos el polvo o la leche agria
de los relojes, a la espera de una llamada redentora que lo descuaje del olor a mierda del olvido. Lo imagino rodeado de compañeros, en ocasiones inesperados, como esa vez que una estudiante de primero le colocó al lado a Umberto Eco porque creyó que Umberto era un bonito apellido, de esos de buen padre para un futuro hijo, a la edad en la que aún se sueña una casándose, blanquísima, con alguien divertido, con un poeta del barrio latino o un carpintero pobre de manos astilladas que fabrique caballitos, cunas y cucharas.

Este libro tiene búfalos dentro. El búfalo, como otros peces de tierra, es un animal cuya característica principal es que ya ha escrito
lo que tú llevas años persiguiendo escribir, por ejemplo:

BÚFALO I: sólo me interesa el presente porque es el sitio donde voy a
pasar el resto de mi vida/

BÚFALO II: ese miedo de las cuatro de la mañana, entre los tulipanes
de la orina/

BÚFALO III: no hablo ni escribo para convencer, sino para fascinar. La
literatura no es pedagogía sino magia/

BÚFALO IV: hace falta mucha humanidad para mirar como un perro/

BÚFALO V: el frío es como una categoría de la luz/

BÚFALO VI: no hay profundidad, la vida es esto. Sólo somos lenguaje y
emoción pasajera. Idioma y fornicación/

BÚFALO VII: sólo perdura lo que se dice en metáfora/

(aunque esto último lo dijo Proust).

Tengo libros repletos de búfalos: Machado, Paz, Whitman, Hernández, Valente, Hierro, Vallejito, Angelito, Biedma…
y también: Cuevas, Kausch, Alonso, Castelar otra vez Hernández

Grande y Paco fueron, sin remedio, dos búfalos enteros, uno albino y otro miope, a los que temo leer demasiado por si lo han escrito ya todo y me dejan seco, estaqueado, manco, canijo de poemas, inútil y tristemente tullido hasta el fin de mis días.

Hace unos minutos, tras pagar y pedir prestado un lápiz para copiar estas frases, me han dado el cambio del café y, entre las mo-
nedas, hay una peseta queriendo ser diez céntimos -son raros los presagios- con su redondez rubia, como una de esas actrices que resultan patéticas cuando se tiñen o quieren engañar al tiempo escondidas entre un ramillete de chicas jóvenes en la gala anual del perifollo. Después, anoto el último búfalo de la mañana:

BÚFALO VIII: hay días en que los muertos andan más entremezclados
con los vivos. Hoy es uno de esos días/

y corro al baño, a asomarme al espejo por esa cosa tonta de comprobarme aquí, en el mundo, con mi nombre bisílabo, mis torpes metáforas, mis sueños de búfalo.
Un ser de cercanías, lejos aún de los descatalogados y de los muertos.

Iván Onia Valero, de Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017)

lunes, 27 de mayo de 2019

Después del accidente


Cuando levantaron aquel hierro amarillo,
se vio la cosa reventada: dos;
las dos manos del hombre: la gran mano
izquierda, la gran mano derecha.
Machacadas en óxido. La sangre
se espesó con el aire. Lo llevaron.

Si nos vemos, amigo, hay que beber a la salud del hierro.
Llevaré hasta tu boca el vaso con el vino
y, cuando tú sientas que bebes con mis manos,
tú comprenderás que no estás manco en el mundo.

Yo te aseguro que cuando venga lo que vendrá
nadie va a llorar por sus viejas manos atadas.
Y además yo ya no tendré
que estar triste por ti. Va a ser entonces
cuando vas de verdad a tener manos.

Antonio Gamoneda

domingo, 26 de mayo de 2019


Yo soy tu charlatán.
Yo doblo las cucharas, yo convierto la luna
en pájaros franceses. Ay, dime que me crees
para no estar tan solo.
¿Es que a fuerza de hablar no haremos nada?
Yo soy tu charlatán y tú me escuchas
levantar poco a poco una piedra en el aire.
Tómala; es para ti.
Mi crédula doncella, que vienes a escondidas
a escuchar a tu rubio ilusionista.
Las ventanas se cierran a tu paso. Casi cae la noche
y, en la plaza desierta, ahí estoy yo
hablando, hablando, hablando.
Yo sé que me has creído, que esperas tu victoria
porque crees en mí.
¿Qué milagro deseas oír? Dime.
Te hablaré de mis cosas,
pues bien sé yo que amas los países exóticos
y en mí todo es lejano.
Te venderé la infancia que tú nunca
tuviste, yo pondré
gentiles hipogrifos en tu fina nariz.
Yo te diré la gloria de haber sido.
Y callaré el dolor
que es hablarte a ti sola.
Y entonces creerás en mí, y entonces
estas cosas tan débiles, las mías,
mi amor, la tierra, el cuerpo, el sol antiguo,
en tus ojos serán joyas flotantes
porque yo las canté.
Yo soy tu charlatán, ¿me crees ahora?
Hazlo, sí, y así yo
también creeré en mí mismo,
pues aquel que hechizó con la palabra
no debiera morir sordo ni mudo.
Pero cómo creer en las bandadas
de palomas que salen de mis labios
si solo tú las ves.
Yo soy tu charlatán, tu triste timador, el que ha pintado
el verano sobre una frase ardiente,
el que trenzó galaxias con las comas
y luego te las dio.
Y tú eres mi crédula, la niña de las niñas,
la que se ha enamorado de verdad
de todo lo que dije.

José Luis Rey

sábado, 25 de mayo de 2019

I started a joke


I started a joke
which started the whole world crying


Como a la luz de los últimos tragos
sabe la oscuridad tomar relevo.

He aprendido a subirme las solapas
y a abrocharme el último botón
cuando todo se va abriendo a mi espalda
con la hojalata del amanecer.

A duras penas he aprendido a andar
sobre la recta púrpura -navaja
del día y de la noche- pero ya
el olor del café recuerda al de
la placenta y los taxis que te daban
conversación de amigo fingida,
saben cegarte de velocidad
en esta hora, igual que pálidos huevos
que vienen y van de los hospitales.

Es veloz comprobar también que no
estamos solos como creíamos,
que la mañana se puebla de voces duras
y empiezan a cobrar sentido los
guiños acostumbrados del semáforo.

Hay lugares comunes floreciendo
del centímetro de voz en la radio:
gotas de lluvia, índices de sangre
y viceversa, todo sin castigo,

y mi sonrisa -araña y levadura-
también regresa para abrir el día
como si no pasara nada. Vuelve
la alegría de aquel que nunca supo
soportar la tristeza de los otros,
el que camina desde las tinieblas,
desde la soledad ámbar del hielo
para que este reloj siga escupiendo
afuera un gramo más del invierno.

Iván Onia Valero de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en Huida, 2013)

viernes, 24 de mayo de 2019

Baby Blue


Guess I got what I deserve

Supongo que tengo lo que merezco.
Todo aquel tiempo sin una palabra.
La edad celeste de los héroes
y esa belleza exacta de lo imperceptible.
Las llaves que entran en la cerradura
y todo se abre, pero no piensas en ello,
como llegar a casa y calentar la cena
mientras sonríes porque otro día más
el mundo es perfecto,
una mentira azul y ordenada.

Supongo que todo irá mejor
cuando me haya marchado,
pero hasta entonces, abramos otra cerveza,
ahora que todo es aún redondo y limpio
y vayamos temprano a la cama para celebrar
la sencilla fortuna de estar sobre la Tierra,
como si dijésemos hasta mañana
y algo nos creyera.

Iván Onia Valero, de Hermanos de Nadie (Karima editora, 2015)

jueves, 23 de mayo de 2019


Nunca te tengo tanto como cuando te busco
sabiendo de antemano que no puedo encontrarte.
Sólo entonces consiento estar enamorada.
Sólo entonces me pierdo en la esmaltada jungla
de coches o tiovivos, cafés abarrotados,
lunas de escaparates, laberintos de parques
o de espejos, pues corro tras de todo
lo que se te parece.
De continuo te acecho.
El alquitrán derrite su azabache,
es la calle movible taracea
de camisas y niquis, sus colores comparo
con el azul celeste o el verde malaquita
que por tu pecho yo desabrochaba.
Deliciosa congoja si creo reconocerte
me hace desfallecer: toda mi piel nombrándote,
toda mi piel alerta, pendiente de mis ojos.
Indaga mi pupila, todo atisbo comprueba,
todo indicio que me conduzca a ti,
que te introduzca al ámbito donde sólo tu imagen
prevalece y te coincida y funda,
te acerque, te inaugure y para siempre estés.

Ana Rossetti

miércoles, 22 de mayo de 2019


Se pierde lo rubio del pelo como se pierde lo rubio del alma, el es­tofado de oro con que nos decoró la vida en un principio. El pelo duda hasta quedar en un castaño mediocre, a los ojos, todo marrón corriente, que es el color de los que no vamos a llegar nunca a nada. Era mi pelo rubio trigal por donde pasaban palomas femeninas como manos, vientos de primavera, ráfagas, y hoy sólo pasan peines tristes, y el rastrillado de las ideas, que un día me alborotó la cabellera de me­táforas, y que hoy me va dejando la cabeza como un campo sembrado, roturado.

Da miedo mirarse al espejo, peinarse, siquiera sea con los dedos, porque no se vaya el pájaro raro de la idea, de la cosa. Es el momen­to de ponerse a escribir, porque el pájaro picapinos me picotea en la prosa como yo picoteo en la máquina, el pájaro carpintero quiere construir algo, no se sabe qué, hasta que de pronto, en un cambio de folio, en un cambio de párrafo, comprende uno que el pájaro ha vo­lado, que ya no está.

Tapo la máquina y leo lo escrito, o lo rompo. Y a esperar que venga otra vez el pájaro, que no es la ins­piración, desde luego, ni tampoco el Espíritu Santo, sino realmente eso, un pájaro de vuelo e idea. Bueno, pues uno teme quedarse sin pelo y quedarse sin pájaro para siempre, y será el momento de darse el tiro en la sien limpia, porque cuando la vida nos retira el pelo de la cabeza, parece que nos invita a darnos el tiro limpiamente.

Francisco Umbral

martes, 21 de mayo de 2019

Las esferas


Discutir por todo, ese parece ser su lema.

Como si cada cosa que encontraran en el mundo fuese una pequeña esfera que admitiera todas las miradas posibles.

No una cuerda de la que tirar por los extremos para romperla y caer cada uno en un lado de la batalla.
Esferas democráticas, manzanas de Ortega, planetas donde es al mismo tiempo de día y de noche, y ninguno de los dos miente.

Lo más curioso es que, por mucho que chillen, jamás se escucha un grito en todo el edificio.

Solo cuando a la noche hacen el amor, puede escucharse a él apartarle un rizo de la oreja y susurrarle: hacer el amor contigo vuelve las cosas simples.
Regreso a la caverna con un animal al hombro.
Me quito la gorra y bajo la cabeza cuando pasa el Rey.
Podría explicarle a un niño que si camina hasta el horizonte caerá por un precipicio.

La Tierra todavía es plana
si te quitas un zapato.

Iván Onia Valero

lunes, 20 de mayo de 2019

Dame ungüento de carne, loba


La prisa despareja con que miro tu piel
la premura apretada con que altero tu cuerpo
y este desasosiego en que empapo mi lengua
para hablarle a tu carne y lamer a tu voz
son como ávidas gotas de estaño compasivo
que busca aminorar las grietas de la muerte

La planta de la edad nos chupa nuestros días
abriéndose como una flor negra, abominable
y en este esplendor de hoy se oculta la simiente
de una desposesión calcinada y perversa
como la del desierto. En el calcio del tacto
hay una lenta caries que nos invade desde
el fin aterrador del tiempo y de la vida

Presuroso y perdido unto en mí tu persona
y soy un bulto de hombre y de loco y de perro
que corre por tu cuerpo y a la vez por un túnel
despavoridamente lamiendo en las tinieblas.

Félix Grande

domingo, 19 de mayo de 2019

De mis castigos y glorias


La soledad es testigo
de mis castigo y glorias,
primera de mis amigos,
la llevo conmigo igual que a una más.
La soledad me hace libre,
la soledad no me engaña,
cuando el mundo se va,
soledad es la última que me acompaña.
Y es la única hermana que vence a la puesta de sol cada tarde,
la presunta culpable del amanecer, solo ante mi ventana
la que llena mi cama de amores y niños,
de abuelos y padres.

Ay, mi soledad,
a nadie nunca como a ti le he sido fiel
a lo mejor te llevo un día ante el altar
porque en verdad, quiero a tu vera envejecer.
Ay, mi soledad,
hemos cruzado tantas ciénagas los dos,
tantos secretos que no podemos contar
tantas palabras que dirían que es amor.
Ay, soledad que a tu manera, subes y me das la mano
y así los dos caminamos juntos por la carretera.
Ay soledad para mí,
que yo soy un varón y tu silueta de mujer
tiene el deseo embriagador
de otras mujeres que ya no me inspirarán
estas canciones.
Aunque muera contigo,
por Dios, soledad solamente te pido
que no me abandones.

Juan Carlos Aragón Becerra, de La banda de capitán veneno, 2008

sábado, 18 de mayo de 2019


I

¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Nuestro espantoso viaje ha concluido;
El barco ha enfrentado cada tormento, el premio que buscamos fue ganado;
El puerto está cerca, las campanas oigo, toda la gente regocijada,
Mientras los ojos siguen la firme quilla de la severa y osada nave:
Pero ¡oh corazón! ¡Corazón! ¡Corazón!
Oh las sangrantes gotas rojas,

Cuando en la cubierta yace mi Capitán
Caído, frío y muerto.


II

¡Oh Capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas;
Levántate —por ti se ha arriado la bandera— por ti trinan los clarines;
Por ti ramos y coronas con cintas— por ti una multitud en las riberas;
Por ti ellos claman, el oscilante gentío, sus ansiosos rostros a ti se vuelven;
¡Arriba Capitán! ¡Querido padre!
Este brazo bajo tu cabeza;

Es tan sólo un sueño aquél en la cubierta,
Tú has caído frío y muerto.


III

Mi Capitán no responde, sus labios están pálidos y quietos;
Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad;
El barco se encuentra anclado sano y salvo, su viaje concluido y terminado;
De una horrorosa travesía, el barco vencedor, viene con un objeto conquistado;
¡Regocíjense, oh riberas y repiquen, oh campanas!
Pero yo, con lúgubre andar

Camino la cubierta donde yace mi Capitán,
Caído, frío y muerto.

Walt Whitman

viernes, 17 de mayo de 2019


Y fue durante ese dolor cuando me llegó el amor.
Una voz llena de armonía decía: “¡sigue viviendo! ¡Yo soy la vida!
¡el cielo está en tus ojos!"
Es todo lo que te rodea; es la sangre, el barro.
Yo soy divina, yo soy el olvido.
(¡Tú no estás sola! ¡Yo recojo tus lágrimas!
¡Yo me encuentro en tu camino y te socorro!
¡Sonríe y espera! ¡Yo soy el amor!
¿Alrededor todo es sangre y barro?
¡Yo soy divina! ¡Soy el olvido!)
Yo soy el dios que desciende del Cielo a la Tierra
para hacer de la Tierra un Cielo!
Ah! ¡Yo soy el amor, yo soy el amor!

Umberto Giordano y Luigi Illica

jueves, 16 de mayo de 2019

Idilio en el café


Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos —qué latido
de la sangre en los párpados— y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.

No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con ojos vivientes?
La tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.

Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba, mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros,
silencio
y este beso igual que un largo túnel.

Jaime Gil de Biedma

miércoles, 15 de mayo de 2019

Toda la vida


El lazo de tus brazos deslumbrantes y frescos.

Una aventura de primavera ya en verano
verde en los prados blancos
cribada de esperanza y de rocío.

No olvidemos al ruiseñor
ni el ajedrez escondido en la arena
ni los huesos de los difuntos
ni las hojas muertas que entraron
en la eternidad de diciembre.

Una mirada amplia como el silencio
en este momento nacemos
dicha de los ojos el amor no tiene límites
antigua confianza conservada
brazos pródigos brazos repetidos
alimentados de sueños.

Como si no estuviéramos más que tú y yo en la tierra
y la sonrisa de nuestros gestos simples.
Podemos permitirnos
no olvidarnos de nada
promesas sin razón pues todo hemos jurado
desde siempre
nada tenemos que inventar.

Y a todas partes vamos.


Paul Eluard

martes, 14 de mayo de 2019

250000 km


Esta jamelga eléctrica ya tiene
más kilómetros que yo penas negras
y un horizonte donde se integra
la música final que la detiene.

Esta yegua tristísima contiene
una búsqueda de macho en la lluvia,
las espuelas de la mañana rubia,
un pan a donde va y de donde viene.

Alegre emperatriz de la SE-30,
Minerva de rotonda y callejones,
quiero ser tu jinete cuando duermas

y sueñes con las dulces carreteras.
Potra mía, hecha de aceite y canciones,
contigo voy, tu corazón me lleva.

Iván Onia Valero

lunes, 13 de mayo de 2019

Vente a la orilla, María del Mar


María del Mar tiende la ropa;
es el día de su tercera comunión
y ya no tiene miedo.
Ha decidido formar parte de la esencia de las cosas que todos digerimos y lubricamos
sin saber por qué están ahí.

En su Primera Comunión
el cura le vomitó girasoles en el pelo
que se cerraron antes de llegar a la parroquia;
cuando las monjas descubrieron las pipas caídas en sus zapatos
dijeron que tenía alma de hombre
y que sí se arrodillaba podía librarse del pecado de no serlo.
No le funcionaron las piernas por mucho que les gritó en el silencio sacro
entre futuras enfermeras
y marineros.

Su padre le rompió las caderas para que no deshojara las oportunidades
y con los trozos de huesos esparcidos llenó los cebos de sus cañas.


La segunda
fue debajo de los bancos donde dos horas antes
las mujeres con mantilla se santiguaban el hedor de sus cadáveres.
Las piernas le funcionaron esa vez
se arrodillo
pero solo para que no le apretaran los ojos las punzantes costillas de más
El cura las descubrió estrechando las bahías.

Su madre le echó salitre y sal en la piel desgarrada.

María afila el plato
come frente a dos sillas vacías
se hunde en la única, la del puchero
Por ultima vez se pone la cruz en el pecho justo después de
salir de la ducha aún mojada
para cruzar la misma puerta.

Le ha dicho que coja por la orillita
a ver si se encuentran en Sanlúcar.

Aurora Revólver

domingo, 12 de mayo de 2019

Cosas en común


Habernos conocido
un otoño en un tren que iba vacío;
La radiante, aunque cruel
promesa del deseo.
La cicatriz de la melancolía
y el viejo afecto con el que entendemos
los motivos del lobo.
La luna que acompaña al tren nocturno
Barcelona-París.
Un cuchillo de luz para los crímenes
que por amor debemos cometer.
Nuestra maldita e inocente suerte.
La voz del mar, que siempre te dirá
dónde estoy, porque es nuestro confidente.
Los poemas, que son cartas anónimas
escritas desde donde no imaginas
a la misma muchacha que un otoño
conocí en aquel tren que iba vacío.

Joan Margarit

sábado, 11 de mayo de 2019

La asamblea (fragmento)


Yo escribo para que me quieran a pesar de mí,
para que mi apellido campanee
y en el cuerpo de mis muertos
se pueda descifrar un alfabeto.

Iván Onia Valero, fragmento del poema La Asamblea, recogido recientemente en la antología El árbol de Alejandra, publicado por Karima Editora
Pincha aquí para leerlo completo

viernes, 10 de mayo de 2019

The Wallace Hartley Band


Wallace Hartley y su orquesta siguieron tocando
hasta que el Titanic empezó a hundirse
en las heladas aguas del Atlántico Norte


Un resumen de cuerdas y de lágrimas.

Mientras, el miedo sube desde lejos
por la grieta y el hielo azul y limpio
huele a cama caliente y a las algas
que se enredan en el cuerno de la luna.

Aquí todo es desorden y oraciones,
salvo tu mano lenta susurrando
notas en el oído de la muerte
y mi cuerpo trepando las estrellas.

Seguramente ya quede muy poco,
puede que algún minuto antes de que
se haga el silencio encima de las olas.

Cuando todo acabe quiero subir
al cielo como tu violín al fondo:
lento, esquivando el sueño de los peces.

Iván Onia Valero de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en Huida, 2013)

jueves, 9 de mayo de 2019

Señor escribano


¡Ay! manito de mi corazón
que ven a mi verita
que me estoy muriendo,
y yo te pido y te encomiendo
que llames a un escribano
y también a mi primo hermano,
porque quiero hacer testamento
como esos payos con fundamento.

Apúnteme usted, señor escribano,
apúnteme usted:

¡Ay! apúnteme usted un olivar
que ni se ha sembrao ni se sembrará;
apúnteme usted, señor escribano,
apúnteme usted.

Apúnteme usted un camisón
que no tiene cuello, puños ni faldón;
apúnteme usted, señor escribano,
apúnteme usted.

Apúnteme usted un San Lorenzo
que se me fue el santo
y se ha quedado el viento;
apúnteme usted, señor escribano,
apúnteme usted.

¡Ay! apúnteme usted una pistola
que ve a los civiles y dispara sola;
apúnteme usted, señor escribano,
apúnteme usted.

Apúnteme usted tres gallinas
que son más decentes que todas mis vecinas;
apúnteme usted, señor escribano,
apúnteme usted.

Apúnteme usted cinco duros
que si me los presta me sacan de apuros;
apúnteme usted, señor escribano,
apúnteme usted.

Apúnteme usted un cuadro rompío
que ya ni dios sabe el santo que ha sido;
apúnteme usted, señor escribano,
apúnteme usted.


Monreal y Soriano

miércoles, 8 de mayo de 2019


Si oteo mi pasado sólo avisto
recuerdos agradables de películas
y libros. La ficción y personajes
asumidos por mí como algo propio.

Y sueños inventados que sembraba
para segar amor, gloria y dinero.

Cual si mi vida real hubiera sido
la vida no vivida por mi cuenta.
Cuando he debido hacerlo por mí mismo
todo ha salido mal. Y aún mal me sale.

José María Fonollosa

martes, 7 de mayo de 2019

Summa vitae


De todo lo que amé en días inconstantes
ya sólo van quedando
rastros,
marañas,
conjeturas,
pistas dudosas, vagas informaciones:
por ejemplo, la lluvia en la lucerna
de un cuarto triste de París,
la sombra rosa de los flamboyanes
engalanando a franjas la casa familiar de Camagüey,
aquellos taciturnos rastros de Babilonia
junto a los barrizales suntuosos del Éufrates,
un arcaico crepúsculo en las Islas Galápagos,
los prolijos fantasmas
de un memorable lupanar de Cádiz,
una mañana sin errores
ante la tumba de Ibn`Arabi en un suburbio de Damasco,
el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana,
aquél café de Bogotá
donde iba a menudo con amigos que han muerto,
la gimiente tirantez del velamen
en la bordada previa a aquel primer naufragio...
Cosas así de simples y soberbias.
Pero de todo eso
¿qué me importa
evocar, preservar después de tan volubles
comparecencias del olvido?
Nada sino una sombra
cruzándose en la noche con mi sombra.

J.M Caballero Bonald

lunes, 6 de mayo de 2019


La mujer que camina delante de su sombra.
Aquella a quien precede la luz como las aves
a las celebraciones del solsticio.

La que nada ha guardado para sí
salvo su juventud
y la piedra engarzada de las lágrimas.

Aquella que ha extendido su pelo sobre el árbol
que florece en otoño, la que es dócil
a las insinuaciones de sus hojas.

La mujer cuyas manos son las manos de un niño.

La que es visible ahora en el silencio,
la que ofrece sus ojos
al animal oscuro que mira mansamente.

La que ha estado conmigo en el principio,
la mujer que ha trazado
la forma de las cosas con el agua que oculta.

Basilio Sánchez

domingo, 5 de mayo de 2019

Último picnic


Antes de que lleguen las lluvias de otoño
vayámonos de picnic una vez más
ahora que las hojas cambian su color
y la hierba sigue verde en algunos lugares.

Pan, queso y algunas uvas negras
deben ser suficientes,
y una botella de vino tinto para brindar por los cuervos
intrigados de encontrarnos ahí sentados.

Si hace frío –y lo hará– voy a estrecharte.
la noche llegará temprano.
miraremos al cielo, esperando encontrar una luna llena
para iluminar nuestro camino a casa.

Y si no hay ninguna, pondremos toda nuestra fe
en tu caja de cerillos
y mi sentido de la orientación
mientras nos vamos a tientas por la oscuridad.

Charles Simic
📸 Leonard Freed

sábado, 4 de mayo de 2019

Contra los recitales


Si leo mis poemas en público
le quito el único sentido a la poesía:
hacer que mis palabras sean tu voz,
por un instante al menos.

José Emilio Pacheco

viernes, 3 de mayo de 2019

El idioma


Más que aquellos que allí fuimos alguna vez,
extrañan las casas.
–El polvo intacto,
cada cosa en su frío–.

Regresamos a las habitaciones
para que los objetos vistan sus huesos
con el asombro de ser encontrados.
La nostalgia que nos recorre entonces
es la lengua del hierro conteniendo el vacío.

Idioma de lo que un día habitamos.


Iván Onia Valero de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en huida, 2013)

jueves, 2 de mayo de 2019

Apunte para una pesadilla


Ojalá lo cerrante en esta noche,
lo clausurante ahora que la tinta
como vino imposible,
como cuchillo de broma, la pluma
con sangre incorporada que si pincha
escribe:

"duermes junto al que escribe
sobre el misterio hermético de las nueces
y el desconcierto de un perro solo.
Los antiguos caminos agrietados
desde los que se puede ver la nueva autovía
y al perro solo con su danza de orillas
mirando al potro que hay del otro lado".

Cuando llegue la suerte veloz,
la muerte tapizada en cuero azul
con el chillido de niños,
las gafas de sol, el lápiz de labios,

la música naranja del domingo,
serás el perro que mira a los potros,
serás el perro que lame lo verde
y despertarás chillando:


ha sido horrible, yo miraba

desde los puentes viejos esa danza
de animal hacia los potros,
yo miraba acercarse el coche verde,
yo era ese perro bailando a la muerte.
Ha sido horrible como una cosa última.
Tú estabas detrás del árbol mirando,
escribiendo deprisa y todo,
–deprisa y todo–
mirando a ver si de una vez por nunca.

Abrázame.

Ha sido horrible como una cosa última.
Como el poema que dices que te cierra,
como el poema que dices que no acabas.

Iván Onia Valero