jueves, 25 de mayo de 2017

Una historia verídica


A un señor se le caen al suelo los anteojos, que hacen un ruido terrible al chocar con las baldosas. El señor se agacha afligidísimo porque los cristales de anteojos cuestan muy caros, pero descubre con asombro que por milagro no se le han roto.

Ahora este señor se siente profundamente agradecido, y comprende que lo ocurrido vale por una advertencia amistosa, de modo que se encamina a una casa de óptica y adquiere en seguida un estuche de cuero almohadillado doble protección, a fin de curarse en salud. Una hora más tarde se le cae el estuche, y al agacharse sin mayor inquietud descubre que los anteojos se han hecho polvo. A este señor le lleva un rato comprender que los designios de la Providencia son inescrutables, y que en realidad el milagro ha ocurrido ahora.

Julio Cortázar

miércoles, 24 de mayo de 2017

Moolinght in Vermont. Versión libre y ampliada


¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

Por dentro del sicómoro la negra te llama.

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

Lanzando los peniques a tu paso.

¡TOC! ¡Detente!
¡TOC! ¡Óyela!
¡TOC! Veloces los peniques colina abajo.

Y tú lo miras todo acontecer.

Son tan músicos los turistas cuando el amor
rueda montaña arriba
y las cabinas se quejan un poco
en la curva de la ladera.

Son tan púgiles las músicas que nos suenan
un segundo antes de arder en la nieve
algunas tardes como esta.

Y tú lo miras todo acontecer.

Sonriendo si estrechas una cintura,
mientras piensas que la nieve es un huevo
donde el verano vive de rodillas.

¡TOC! ¡Detente!
¡TOC! ¡Óyela!
¡TOC! La negra canta una canción para el futuro
por dentro del sicómoro.

¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!

Cuando el verano llegue a la ciudad
y la nieve sólo sea un esguince del agua,
mirarás la montaña acontecer,
los peniques brillando en el arroyo
y llegará la noche como un círculo
que se abrocha en la nada.

Moonlight in Vermont dentro del sicómoro.
Moonlight in Vermont y la negra como una zumaya.

Moonlight in Vermont cascabeles de latón

y las cinturas que se estrechan
cuando recuerdas las canciones
donde ya lo has vivido todo.

¡TOC!

Iván Onia Valero


martes, 23 de mayo de 2017

Brovales


En la Virgen de agosto íbamos a Brovales.
Mi madre usaba flores de pañuelos carnívoros
y siempre nos bañábamos en la sombra del lago.
Evitábamos torpes las cañas cenagosas,
las rojas sanguijuelas, las avispas terrizas,
las cañas putrefactas. En los charcos más puros
nadaban verticales bellas madres del agua.

Era una playa falsa, excavada al solano de agosto.

Y nunca fue en el mar,
y era imposible el mar,
el mar, el mar, el mar
como un eco imposible que evocaba el cemento.

Mi padre, que era un tipo como un hacha,
podía reventar las nueces con los dedos,
descabezar las víboras a correazo limpio.
Nadaba hasta el abismo, al centro del pantano,
y también provocaba los veneros.

Había bogas y barbos y oscuros cormoranes
y garzas, a la tarde.

Una vez murió un hombre.
Quedó flotando a cuerpo descubierto,
hinchado como un sapo.

En la Virgen de agosto íbamos a Brovales.
Mi madre, sus pechos mutilados,
sus extraños pañuelos de plantas fagocitas
y siempre nos pillaba la noche en el pantano.
Las encinas volcaban su verdura en el agua.
Recogíamos aprisa, con canciones de fiesta
que retumbaban lúgubres
en la cerrada ubre de las sierras.

Luego había tormenta, el ulular del cárabo.

El terror del vacío de mi infancia esdrújula.

Rocío Hernández Triano, de Pisar Cieno (XXXIV Premio de Poesía Ciudad de Badajoz) Algaida poesía, 2016
Entra aquí para saber más de la autora
Fotografía de Maxime Ballesteros

lunes, 22 de mayo de 2017

El vacío


La danza. Henri Matisse, 1910 (fotografía tomada en el MoMA de Nueva York, 2015)

Con la Belleza habita, Belleza que es mortal.
También con la alegría, cuya mano en sus labios
siempre esboza un adiós; y con el placer doliente
que en tanto la abeja liba se torna veneno.
Pues en el mismo templo del Placer, con su velo
tiene su soberano numen Melancolía,
aunque lo pueda ver sólo aquel cuya ansiosa
boca muerde la uva fatal de la alegría.
Esa alma probará su tristísimo poder
y entre sus neblinosos trofeos será expuesta.
JOHN KEATS

Una pincelada de más acaba por estropear un cuadro, una sola palabra puede arruinar un poema y también puede destruir una historia de amor, si se convierte en una bala. Detenerse a tiempo, esa es la primera regla del arte y Matisse lo sabía cuando pintó su famosa composición La Danza, en la que cinco muchachas desnudas bailan agarradas de las manos formando un círculo con la guirnalda de sus brazos. La simple apariencia te hace creer que ese círculo es perfecto, que está totalmente cerrado, que en él ya no cabe nadie más, pero no es así. Dos bailarinas en primer plano no llegan a alcanzarse con las manos, el artista ha creado entre ellas un vacío que genera una tensión rítmica en todas las danzantes forzándolas a girar. Es difícil encontrar un cuadro que exprese mejor la dicha de vivir. Da la sensación de que al espectador le bastaría con agarrarse de esas manos libres aún para ensanchar el círculo y sumarse al baile. Ese vacío está formado por los momentos felices de la vida: la playa de la niñez llena de gritos y de cuerpos dorados persiguiendo la pelota de Nivea, las risas de tu juventud con los amigos a la sombra de los plátanos, el campari que iluminaba la terraza del café Rosati en Roma, todos los viajes al Sur, las dunas del desierto rayadas por los lagartos, aquellas hogazas de trigo candeal que tenían el color del románico, la lectura de los versos de Keats favorecida por una melodía de Grieg, aquella navegación por la costa de Turquía buscando recalar en Efeso. Basta con desnudar la memoria y aceptar como un don de los dioses la belleza que un día te fue regalada sin más, para que esas muchachas de Matisse te admitan con gusto en la danza. El pintor Miguel Ángel también conocía la carga magnética que contiene el vacío, por eso en lugar de unir los dedos de Adán y de Jehová en el techo de la Capilla Sixtina dejó sus yemas a punto de entrar en contacto, vibrando en el aire, sin llegar a rozarse. El vacío que existe entre esos dedos, de pronto, causó una detonación y su onda explosiva creó al primer hombre. En la plaza del poblado dos vaqueros se miran a los ojos con las manos en la culata del revólver: el vacío que existe entre ellos es absolutamente creativo; una pareja de adolescentes está a punto de besarse por primera vez: esa mariposa radioactiva que aletea entre sus labios podría levantar una montaña; unos amantes van a pronunciar la palabra maldita que destruirá una larga historia de amor: su silencio incluye la vida y la muerte. El arte consiste siempre en detenerse.

Manuel Vicent

domingo, 21 de mayo de 2017


Decir que mi hijo carece de rótulas para no ponerse de rodillas ante la vida, porque él mismo es la vida desatada, y no necesita representaciones. Ese tejido cartilaginoso sirve para flexionar sus piernas pero no lo sostiene. Puedo construir la imagen de mi hijo viniendo caminando desde lejos, desde el principio de la sangre y el punto cero de las galaxias, y decir lógicamente que llegó cansado y que por eso dejó de caminar al nacer.

Raúl Quinto, extracto de "Hijo" (La bella Varsovia, 2017)