domingo, 21 de agosto de 2016

22:00

Las noches de los días de fiesta
siempre tienen a diez padres que tiemblan
y buscan a diez hijas que han huido.


Vuelve a oler a limpio y a farolas despiertas
bajo las horas cilíndricas,
he oído un zumbido de tambores
y el calambre de bronce que precede a las campanas.
He visto luces de puerto en tus ojos
y la maroma que me ata los pasos
dejando un hilo de escamas secas
debajo de las plantas.
Se conocen mejor las horas cruciales
que los oficios propios,
se conocen mejor las vidas ajenas,
las tres raíces donde se levantan las historias,
las sombras mejor que los cuerpos.
No sabré nunca quién soy,
sabré que amé los símbolos
y fui amado en los huecos que dejo,
que amé sólo la turbia visión
de quien está tendido junto a mí
y fui amado como una piedra viva,
que alguien me imaginó con un temblor adolescente
y yo sueño el abanico azul que espanta a las iguanas.
No sabré nunca quién soy si esta noche
no te mueres conmigo,
si una electricidad no nos devuelve,
si no sabes que los lugares
son sólo los huesos que un nombre deja
y que tienes debajo de la lengua
el gallo roto de una veleta:
puede ser el amor esta torpeza
de creer en el árbol que señalas,
de regresar a la casa que me digas.


Iván Onia Valero, fragmento de Un CocodriloEl Decapitado de Ashton, Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016

lunes, 25 de julio de 2016

Me duele un piano en todo el cuerpo


Uno de los mayores problemas que tenemos los desnortados es que nos cuesta creer en las oficinas, por eso creemos en el fuego, y en la burocracia, de ahí los pianos. Somos duros de mollera para los asuntos mundanos, no nos enteramos de qué coño va la vida chaval hasta que nos cierran una puerta roja en las narices. Quizás por eso siempre estemos perdiendo y quizás, también por eso, no nos demos cuenta de que jamás nos ha hecho falta levantarnos porque nunca nos habíamos caído, sino que simplemente estábamos sentados en el suelo, a falta de un hueco libre o de una silla, escuchando el ruido que hacen al chocar la alegría y los jueves.

A los desnortados nos pasan cosas muy poco decorosas; yo, por ejemplo, una vez perdí un tren, lo metí en dios sabe qué bolsillo y hasta hoy. Y un amigo mío, estuvo un año y doce meses en un banco esperando a una chica con la que había quedado la noche anterior, hasta que se cansó y se cambió de banco. Por estas cosas no es de extrañar que, cuando nos hablan del Archiduque de Villapollón del Membrillo y de sus privilegios sobre nuestras santas tierras de la prima y el bordón, del fuego y el vino, nos entre la risa boba y nos pidamos otro botellín por si se pasa la tontería. A veces nos frotamos los ojos con un verso de Félix Grande “yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje” o jugamos con las teclas, debajo de la gran chimenea, a adivinar una polonesa de Chopin.

A los desnortados, que parecemos tan alegres y despreocupados, cuando las cosas se ponen graves nos duele el cuerpo, como a Borges le dolía una mujer en todo el cuerpo, a nosotros nos duele un piano que no sabíamos que llevásemos por dentro. Un piano arrancado del cuajo del habla, un piano chico que no cabe en el mar, un piano con un tigre, un piano sin fantasma, un piano conmigo dentro y mi pena pianísima, negra, negra como un piano azul.

A los desnortados cuando nos clausuran la patria, nos echamos el carbón a la espalda y caminamos, como si el norte nos importara, -piano, piano- hasta la siguiente calle. Sabemos sin fisuras, que donde se cierra una puerta, se abre un patio.

Iván Onia Valero



viernes, 8 de julio de 2016

La sangre por fuera


Esta es la gente: urbana pluralidad, carne de pueblo.

Hay quien acarrea la literatura de su vida en la espalda y le pone ruedas al pasado para no morir de melancolía.

Quien vuela de pura prisa en las plazas laborables, con los labios rojos de las siete de la mañana, porque los autobuses son pequeños trenes que perder donde la vida cambia cada ocho minutos.

Hay quien ve a Dios en la seda y el oro de los domingos o quien lo llora de pecho adentro porque no entiende o no soporta la ciencia exacta de hallarse vivo.

Qué morbidez lo humano, qué alimento de generaciones para saciar a la nada.

Hemos conquistado algunas prestidigitaciones de nuestro tiempo, como la tecnología que fulmina las distancias o la cocina que elimina los instintos y, sin embargo, hay vestigios de la especie en los pequeños gestos:

miramos al otro de la misma forma que el hombre del Plioceno miraba al megaterio.

Soñamos juntos en los bancos de los aeropuertos igual que los primeros amantes se prometían la vida bajo la constelación de Orión antes de tomar el veneno.

Teselas de este mordisco a la historia, caminamos creyéndonos reyes de alguna naturaleza.

Baladrones, cruzando los puentes, empavonados de intimidad. Creemos encerrar algún misterio, cuando somos rojos y transparentes. Nos necesitamos, rojísimos, los unos a los unos.
Llevamos la sangre por fuera.

Iván Onia Valero
Fotografía de Ignacio Vara

domingo, 3 de julio de 2016

Autorretrato


Por mi parte, soy o creo ser duro de nariz,
mínimo de ojos, escaso de pelos
en la cabeza, creciente de abdómen,
largo de piernas, ancho de suelas,
amarillo de tez, generoso de amores,
imposible de cálculos,
confuso de palabras,
tierno de manos, lento de andar,
inoxidable de corazón,
aficionado a las estrellas, mareas,
maremotos, administrador de
escarabajos, caminante de arenas,
torpe de instituciones, chileno a perpetuidad,
amigo de mis amigos, mudo
de enemigos,
entrometido entre pájaros,
mal educado en casa,
tímido en los salones, arrepentido
sin objeto, horrendo administrador,
navegante de boca
y yerbatero de la tinta,
discreto entre los animales,
afortunado de nubarrones,
investigador en mercados, oscuro
en las bibliotecas,
melancólico en las cordilleras,
incansable en los bosques,
lentísimo de contestaciones,
ocurrente años después,
vulgar durante todo el año,
resplandeciente con mi
cuaderno, monumental de apetito,
tigre para dormir, sosegado
en la alegría, inspector del
cielo nocturno,
trabajador invisible,
desordenado, persistente, valiente
por necesidad, cobarde sin
pecado, soñoliento de vocación,
amable de mujeres,
activo por padecimiento,
poeta por maldición
y tonto de capirote.

Pablo Neruda

jueves, 23 de junio de 2016

Crónica negra dominical de la Carballeda y Sanabria


El primo Cipriano cogió un taxi desde Gijón a Mombuey en Zamora y nada más llegar a casa se pegó dos tiros
David el de Muelas se dio un hostiazo con el coche contra el Patrol de la Guardia Civil en el Puente de Sanabria
Al padre de Sacramento le dio un ataque al corazón mientras conducía y se empotró contra una casa a la entrada de Junquera, la última vez que lo vi estaba comprando en el Dia y se me quedó mirando
Tinín iba a toda hostia con la moto y se le cortó la cabeza al darse contra la pared blanca de la nave de Cepsa
En el 2006 se mató una familia entera de portugueses contra un jabalí en la A 52
En el 2000 ardió una familia española en una curva de la carretera de Mombuey
A mi abuelo Toribio lo mató en las ventas de Calzada una C15 blanca
Pedro y Viti fueron a llevar a dos tías buenas a su pueblo después de la fiesta de Fresno y se estrellaron contra un pino
Una vieja se cayó en el canal cuando bajaba crecido y la encontraron a los dos días porque se quedó enganchada a un tubo de hierro
Las putas no quieren estar con el hijo de Paquillo porque la tiene muy grande, dicen que la tiene que llevar amarrada a la pierna
A Pablo el de Salvador le pilló un coche que iba a ciento cincuenta en pleno Madrid y después se fundió el dinero de la indemnización en costo
Yo le dejé la furgoneta la noche de la fiesta de Valparaíso a Raquel la de Jose Antonio y casi nos matamos a la entrada de Fresno
Una vez estaba con mi padre renovando el panteón familiar y cogió a su padre muerto en alto y a mi abuelo se le cayeron los huesos por el hueco de los pantalones, nos descojonamos un rato.

Víctor Pérez