martes, 17 de enero de 2017

El vidente


Puedo ver lo que aún no ha sido.

Pongo las manos sobre los arbustos
y el calor de las brasas -esos árboles
que habrán de morir-
me trepa el frío que tendré entonces.

En la orilla, un niño hace una bala de arena y rabia
que lanzará a su hermano,
antes de que el proyectil caiga,
adivino la tierra que cubre a dos ancianos
y la oración con que se cierran los ataúdes.

Namibia. Un elefante ha aprendido
a hacer temblar el suelo y a devorar
los espejos y las esferas verdes,
barrita lo que aprende en el viento.
Cuando parece que la vida es esto,
-rectas naranjas y selva enfriándose-
el parpadeo abre una calle de noviembre
y la baba grisácea que lava las aceras:

“han tardado las lluvias este año"
"aprieta el paso o llegaremos tarde, hija”

y la falda de tablas de la niña
va rozando el sueño antiguo de la madre
que es una pianista torpe y rota.

“Estas teclas son de marfil, pequeña”
dice el profesor
y toca Para Elisa con una mano
y hasta la estancia llega un llanto
enorme y raro.

Ahora, mientras te abrochas el abrigo
o abres el paraguas,
la semilla de un tomate comienza a desatar
la tierra buscando el oro de la canícula,
alguien traza en el fango los planetas informes de la sandía,
y, en alguna coordenada,
el océano recuerda aquel verano
y cruje un instante que tardará meses hasta llegar a tu tobillo.

Puedo ver lo que aún no ha sido.

Una familia cruza el fondo marino.
Un reptil mira y, dentro de ese círculo,
con deseo y con asco,
nos estamos mirando ya todos.

Y quién detrás de mí también me observa aquí sentado,
escribiendo algo absurdo acerca de los dones
y ya está oyendo un chillido
de colegio con moscas puntuales
y a los adolescentes que se besan detrás del gimnasio,
dejando su saliva encima de ese poeta
estúpido y muerto al que han pintado unas gafas con lápices gastados.

Quién antes que yo
supo que ocurriría exactamente así.
Primero observó los prodigios de su tiempo
-los grandes barcos del café que venían de América,
la mancha de la criolla en el muslo que parecía una inicial-
y ya me imaginaba a mí
con la marca azul en la nuca,
la taza fría bajo los flexos.
Aquí sentado.

Acabando un poema absurdo del mismo modo
en que se cierran los círculos
o se cumplen las profecías.

Iván Onia Valero, de Hermanos de Nadie (Karima Editora, 2015)
Cuadro: La leçon de piano (Henri Matise, 1923)

domingo, 15 de enero de 2017

Messi es un perro


La respuesta rápida es por mi hija, por mi esposa, porque tengo una familia catalana. Pero si me preguntan en serio por qué sigo acá, en Barcelona, en estas épocas horribles y aburridas, es porque estoy a cuarenta minutos en tren del mejor fútbol de la historia.

Quiero decir: si mi esposa y mi hija decidieran irse a vivir a Argentina ahora mismo, yo me divorciaría y me quedaría acá por lo menos hasta la final de la Champions. Y es que nunca se vio algo parecido adentro de una cancha de fútbol, en ninguna época, y es muy posible que no ocurra más.

Es verdad, estoy escribiendo en caliente. Redacto esto la misma semana en que Messi hizo tres para Argentina, cinco para el Barça en Champions y dos para el Barça en Liga. Diez goles en tres partidos de tres competiciones diferentes.

La prensa catalana no habla de otra cosa. Durante un rato, la crisis económica no es el tema de inicio en los noticieros. Internet explota. Y en medio de todo esto a mí me acaba de pasar por la cabeza una teoría extraña, muy difícil de explicar. Justamente por eso intentaré escribirla, a ver si termino de darle vuelo.

Todo empezó esta mañana: estoy mirando sin parar goles de Messi en Youtube, lo hago con culpa porque estoy en mitad del cierre de la revista número seis. No debería estar haciendo esto.

De casualidad hago clic en una compilación de fragmentos que no había visto antes. Pienso que es un video más de miles, pero enseguida veo que no. No son goles de Messi, ni sus mejores jugadas, ni sus asistencias. Es un compilado extraño: el video muestra cientos de imágenes —de dos a tres segundos cada una— en las que Messi recibe faltas muy fuertes y no se cae.

No se tira ni se queja. No busca con astucia el tiro libre directo ni el penal. En cada fotograma, él sigue con los ojos en la pelota mientras encuentra equilibrio. Hace esfuerzos inhumanos para que aquello que le hicieron no sea falta, ni sea tampoco amarilla para el defensor contrario.

Son muchísimos pedacitos de patadas feroces, de obstrucciones, de pisotones y trampas, de zancadillas y agarrones traicioneros; nunca las había visto a todas juntas. Él va con la pelota y recibe un guadañazo en la tibia, pero sigue. Le pegan en los talones: trastabilla y sigue. Lo agarran de la camiseta: se revuelve, zafa, y sigue.

Me quedé, de repente, atónito, porque algo me resultaba familiar en esas imágenes. Puse cada fragmento en cámara lenta y entendí que los ojos de Messi están siempre concentrados en la pelota, pero no en el fútbol ni en el contexto.

El fútbol actual tiene una reglamentación muy clara por la que, muchas veces, caer al suelo es asegurar un penal, o conseguir que se amoneste al zaguero contrario es propicio para futuros contragolpes. En estos fragmentos, Messi parece no entender nada sobre el fútbol ni sobre la oportunidad.

Se lo ve como en trance, hipnotizado; solamente desea la pelota dentro del arco contrario, no le importa el deporte ni el resultado ni la legislación. Hay que mirarle bien los ojos para comprender esto: los pone estrábicos, como si le costara leer un subtítulo; enfoca el balón y no lo pierde de vista ni aunque lo apuñalen.

¿Dónde había visto yo esa mirada antes? ¿En quién? Me resultaba conocido ese gesto de introspección desmedida. Dejé el video en pausa. Hice zoom en sus ojos. Y entonces lo recordé: eran los ojos de Totín cuando perdía la razón por la esponja.

Yo tenía un perro en la infancia que se llamaba Totín. Nada lo conmovía. No era un perro inteligente. Entraban ladrones y él los miraba llevarse el televisor. Sonaba el timbre y no parecía oírlo. Yo vomitaba y él no venía a lamer.

Sin embargo, cuando alguien (mi madre, mi hermana, yo mismo) agarraba una esponja —una determinada esponja amarilla de lavar los platos— Totín enloquecía. Quería esa esponja más que nada en el mundo, moría por llevarse ese rectángulo amarillo a la cucha. Yo se la mostraba en mi mano derecha y él la enfocaba. Yo la movía de un lado a otro y él nunca dejaba de mirarla. No podía dejar de mirarla.

No importaba a qué velocidad moviera yo la esponja: el cogote de Totín se trasladaba idéntico por el aire. Sus ojos se volvían japoneses, atentos, intelectuales. Como los ojos de Messi, que dejan de ser los de un preadolescente atolondrado y, por una fracción de segundo, se convierten en la mirada escrutadora de Sherlock Holmes.

Descubrí esta tarde, mirando ese video, que Messi es un perro. O un hombre perro. Esa es mi teoría, lamento que hayan llegado hasta acá con mejores expectativas. Messi es el primer perro que juega al fútbol.

Tiene mucho sentido que no comprenda las reglas. Los perros no fingen zancadillas cuando ven venir un Citroën, no se quejan con el árbitro cuando se les escapa un gato por la medianera, no buscan que le saquen doble amarilla al sodero. En los inicios del fútbol los humanos también eran así. Iban detrás de la pelota y nada más: no existían las tarjetas de colores, ni la posición adelantada, ni la suspensión después de cinco amarillas, ni los goles de visitante valían doble. Antes se jugaba como juegan Messi y Totín. Después el fútbol se volvió muy raro.

Ahora mismo, en este tiempo, a todo el mundo parece interesarle más la burocracia del deporte, sus leyes. Después de un partido importante, se habla una semana entera de legislación.

¿Se hizo amonestar Juan exprofeso para saltarse el siguiente partido y jugar el clásico? ¿Fingió realmente Pedro la falta dentro del área? ¿Dejarán jugar a Pancho acogiéndose a la cláusula 208 que indica que Ernesto está jugando el Sub-17? ¿El técnico local mandó a regar demasiado el césped para que los visitantes patinen y se rompan el cráneo? ¿Desaparecieron los recogepelotas cuando el partido se puso dos a uno, y volvieron a aparecer cuando se puso dos a dos? ¿Apelará el club la doble amarilla de Paco en el Tribunal Deportivo?
¿Descontó correctamente el árbitro los minutos que perdió Ricardo por protestar la sanción que recibió Ignacio a causa de la pérdida de tiempo de Luis al hacer el lateral?

No señor. Los perros no escuchan la radio, no leen la prensa deportiva, no entienden si un partido es amistoso e intrascendente o una final de copa. Los perros quieren llevarse siempre la esponja a la cucha, aunque estén muertos de sueño o los estén matando las garrapatas.

Messi es un perro. Bate records de otras épocas porque solo hasta los años cincuenta jugaron al fútbol los hombres perro. Después la FIFA nos invitó a todos a hablar de leyes y de artículos, y nos olvidamos que lo importante era la esponja.

Y entonces un día aparece un chico enfermo. Como en su día un mono enfermo se mantuvo erguido y empezó la historia del hombre. Esta vez ha sido un chico rosarino con capacidades diferentes. Inhabilitado para decir dos frases seguidas, visiblemente antisocial, incapaz de casi todo lo relacionado con la picaresca humana. Pero con un talento asombroso para mantener en su poder algo redondo e inflado y llevarlo hasta un tejido de red al final de una llanura verde.

Si lo dejaran, no haría otra cosa. Llevar esa esfera blanca a los tres palos todo el tiempo, como Sísifo. Una y otra vez. Guardiola dijo, después de los cinco goles en un solo partido:

—El día que él quiera hará seis.

No fue un elogio, fue la expresión objetiva del síntoma. Lionel Messi es un enfermo. Es una enfermedad rara que me emociona, porque yo amaba a Totín y ahora él es el último hombre perro. Y es por constatar en detalle esa enfermedad, por verla evolucionar cada sábado, que sigo en Barcelona aunque prefiera vivir en otra parte.

Cada vez que subo las escaleras internas del Camp Nou y de pronto veo el fulgor del pasto iluminado, en ese momento que siempre nos recuerda a la infancia, digo lo mismo para mis adentros: hay que tener mucha suerte, Jorge, para que te guste mucho un deporte y te toque ser contemporáneo de su mejor versión, y, trascartón, que la cancha te quede tan cerca.

Disfruto esta doble fortuna. La atesoro, tengo nostalgia del presente cada vez que juega Messi. Soy hincha fanático de este lugar en el mundo y de este tiempo histórico. Porque, me parece a mí, en el Juicio Final estaremos todos los humanos que han sido y seremos, y se formará un corro para hablar de fútbol, y uno dirá: yo estudié en Amsterdam en el 73, otro dirá: yo era arquitecto en São Paulo en el 62, y otro: yo ya era adolescente en Nápoles en el 87, y mi padre dirá: yo viajé a Montevideo en el 67, y uno más atrás: yo escuché el silencio del Maracaná en el 50.

Todos contarán sus batallas con orgullo hasta altas horas. Y cuando ya no quede nadie por hablar, me pondré de pie y diré despacio: yo vivía en Barcelona en los tiempos del hombre perro. Y no volará una mosca. Se hará silencio. Todos los demás bajarán la cabeza. Y aparecerá Dios, vestido de Juicio Final, y señalándome dirá: tú, el gordito, estás salvado. Todos los demás, a las duchas.

Hernán Casciari

domingo, 8 de enero de 2017

Nosotras las que no


Los huesos de Alejandra brillan en la noche, en la garganta viva de un pájaro petrificado. Dice que comprende la verdad. Que comprende la verdad, dice. Y Teresa vive sin vivir en sí. Concha busca sonrisas de recambio y Alfonsina se ahoga entre algas por una casa de cristal. Qué terrible es lo que nos pasa, Safo.
Me gustaría decirte que muchas quisimos, aunque no supiéramos bien por qué, llamarnos Frida. Pero no lo fuimos. Ni Lempickas, ni Ariadnas, ni Lucrecias. Te diré que nosotras, las predecibles, las que dolemos antes del mes porque se nos ve venir, porque terminamos en a
día, planeta, mano;

nosotras, las que estamos siempre al frente sentadas en la última fila, o en escenarios invisibles
nao, seo,

como la Mistral, amando las cosas que nunca tuvo;

nosotras, las cortas, las torpes, las que no llegan a, las que saben poco de, las que mejor no. Nosotras los trabajos, las noches, la jaula, la danza, Alejandra, la jaula, Alejandra, la jaula, la jaula, la jaula, la jaula de arteria, Sylvia.

Nosotras, las que no sabemos las reglas: clima, trauma, programa. Nosotras: problema, dilema, poema. Nosotras, párpado de Cristina y vista de Wislawa. Nosotras, aburridas de las sordas orillas del Sar. Nosotras, Rosalía, que llegamos al fin de la tarde o a fin de mes. Nosotras, Ernestina, empeñada en ser isla, en ser signo que persigue el mar y sus entornos. Nosotras, las Glorias, islas ignoradas. Nosotras, con nieve en la mano, con el corazón en un puño, como Gertrudis cuando embarca hacia la noche. Nosotras, reclamando a los arcángeles, como la Conde, porque “es igual que reír en una campana” de manos de Roldanas barrocas.

Nosotras, las Venus obesas y adiposas del origen de los tiempos, las del espejo de vitrina, las fecundas, las Maribárbolas, las Aracnes que vestimos desnudas los museos y cuando nos desnudamos somos fulanas y menganas escandalosas. Nosotras, anatomía de consumo, sonrisa de Zenobia, espectáculo de escaparate, musas, las promiscuas musas que servimos a todo Arte, las anoréxicas de templanza, las que no somos mujeres fatales porque estamos hartas de fatalidad. Nosotras las de los márgenes, las periféricas, las lavanderas costumbristas de las escenas de agua quieta, las apostadas a pie de página, las que siempre nos preguntamos cómo se llamaría la mujer de Lot. Nosotras, las ninfas de pelo color mar, las que no tenemos otra cosa que hacer que bailar, amar y cantar; nosotras esfinges, gorgonas y sirenas que nunca oímos la historia de los labios de Clío.
Nosotras, las Juanas, las que “esta tarde mi bien, cuando te hablaba”, también señalamos necedad y cordura. Nosotras, incendio, adelfa, mediterráneo, barbitúrico, niña, Blanca. Nosotras, mujer, Giconda, pájara.

Nosotras, las que nunca enterraremos la placenta para plantar sobre ella árboles efímeros. Nosotras, las que quisimos oler las raíces del fuego, las pangeas, las mujeres barro, las mujeres savia, las sublimes, las derrotadas, las heridas, las rotas, las perdidas, las hechas, las inmunes, las que triunfan, las invisibles, las miles. Nosotras, las de boca de lirio o de ortiga; las de manos de cristal o de cardo, las Chabucas, las Rebecas, las Chavelas, las Piaf, las solas, las que son porque están, las Hipatias, las que enseñamos los días de la semana, los meses, los números, los sentimientos, los colores, todos iguales: el verde, el miércoles, el absurdo, el ciento, el suajili.

Nosotras, las hijas de la Bernarda. Las que fuimos reinas sin países y ciudadanas sin república; las gobernadoras desgobernadas, las sin gobierno, las parias, las impares, las ilustradas a oscuras, las que no pudimos ser Godiva, las que nunca tuvimos un arco, las malinches, las Luxemburgo, las trece rosas, las Gentileschi, las Arendt, las Kent, las Campoamor, las Maeztu, las Beauvoir, las Marguerite, las Fiztgerald, las que viven en el otro lado del mundo y tienen nombres impronunciables y pieles habitadas por una historia muda a la memoria.

Nosotras, las Lispector, aullando a las puertas de la gramática; las Montessori, amamantado sueños; las que firman con pulso de hombre: las Shelley, las Arenal, las Matute; las que son reconocidas años después, las Bronte; las maravillosamente pacientes: las Zambrano, las Curie.

Nosotras, chica española o sudamericana se ofrece para el cuidado de personas mayores, niños o mascotas, por horas o a convenir y también actividades de la casa. Nosotras, también doy cursos de francés y de inglés para todas las edades. Nosotras, las Bovary y las Karenina, las que nos comemos las lágrimas o lloramos con la rabia de Juno. Nosotras, las que cuando estamos tristes seguimos los consejos de las abuelas y nos hacemos trenzas que atrapen la melancolía. Nosotras, las lobas heridas que no deberíamos regar las macetas o lavarnos el pelo durante la regla; las que seguimos dando como madrinas besos en la frente.

Nosotras,
todas,
las que no somos como las demás y las que sí,
las que compartimos espacios, habitamos sueños y construimos tiempos;

nosotras, las otras,
las anónimas,
las que también importan.


Las que también.


Lola Crespo
escultura: Niño del Dolor, de Luisa Roldán "La Roldana" (1652-1706)

viernes, 30 de diciembre de 2016

The Wallace Hartley Band


Wallace Hartley y su orquesta siguieron tocando
hasta que el Titanic empezó a hundirse
en las heladas aguas del Atlántico Norte


Un resumen de cuerdas y de lágrimas.

Mientras, el miedo sube desde lejos
por la grieta y el hielo azul y limpio
huele a cama caliente y a las algas
que se enredan en el cuerno de la luna.

Aquí todo es desorden y oraciones,
salvo tu mano lenta susurrando
notas en el oído de la muerte
y mi cuerpo trepando las estrellas.

Seguramente ya quede muy poco,
puede que algún minuto antes de que
se haga el silencio encima de las olas.

Cuando todo acabe quiero subir
al cielo como tu violín al fondo:
lento, esquivando el sueño de los peces.

Iván Onia Valero de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en Huida, 2013)

domingo, 25 de diciembre de 2016

Solo de poesía, de Edward Bloom


Qué cosas.
A las tres estoy dudando si salir a buscar a los ladrones
que anoche saquearon la casa familiar o quedarme
aquí, de inventario y mugre, intentando este tibio
algoritmo de decir lo mínimo con lo máximo. Vade
retro, condensación. Vade retro, haiku, poemita, buenas
formas. Mierda también esta noche a la pausa y la tinta,
a los signos de puntuación al ligero equipaje seamos
excesivos irreales utópicos digitales jardineros de las
puntas del tiempo donde suceden los vértices en los que
damos al traste con una estrella que nos pincha el pie o
con el charco del beso aquel –de albero rotundo de luces
efímeras– para gritar adolescencia y que el tiempo note un
temblorcito de mosca posada en el hombro hasta pararse
–piadoso y bisiesto– como queriendo pedir perdón
por su quintal y su caravana de calcio sobre nosotros

                         *

qué música tan inmensa lo destartalado
qué sonajero de yunque estribo y martillo
para dormir a las bestias del desorden
para llamar a la consolación
para explicar la insolencia de preguntar qué es la
Poesía
y qué tijera tan pesada el silencio
cuando se mariposa en cruz sobre la boca si a la Pregunta
quéslapoesía sonríes mientras un huracán de sangre y
lenguaje te reverbera desde el estómago y piensas en el
galimatías celestial de las entrañas en el arquitecto que
imaginó un trozo de pan convirtiéndose en combustión
y magia de la mano que escribe la palabra mano en los
peces –después vertió siete océanos allí donde no llegaba
la tierra– nadando a través del esófago iluminando la
escalera del ánimo hasta hacernos andar demasiado
humanos por las praderas intestinales y regresar luego
ventriculares barrocos disciplinados cíclicos nuevos

¿qué es la poesía entonces?
pienso seriamente señor mi amigo oh compañero que
a usted le importa muy poco la lo que yo vaya a decirle
porque lo que realmente desea es regresar pronto a casa
lanzando al aire la moneda reluciente de una certeza que
mañana intentará cambiar por el gesto de afirmación
de las muchachas o por una copa si hay suerte
podría decirle que es un vómito la poesía como
dicen los no poetas los que hoy cogen la pluma y
mañana el aguarrás y pasado te cuentan que están
escribiendo una novela y al otro un disco de rumbas
apátridas o la obra de teatro que te cambiará la vida
¿la poesía? el poeta es un tullido que levanta
los pueblos sumergidos que la nada cubre

que baila los mágicos perros que el día deshace
llora mucho porque le duelen los gramos de ser así
mira la cal y promete la nieve

dios acabó su obra firmándonos sobre la tripa píloros
y puertas heno y serpientes metros y metros
la poesía
señor
no es un vómito
la poesía
monsieur
es el sistema digestivo para que la vida pase y no duela
para que pase y no
para que la Vida

                         *

esto ha sido todo –la cuenta por favor– ya ves el legado
hijo mío
esta espada de aguardiente abriendo la puerta de la
rutina
estos dos poemas salvados de las llamas
este traqueteo del corazón rompiéndose bajo la tierna
protesta de los astros
qué poco después de tanto ¿verdad?
mira cómo regresan a calentarme las manos los signos de
puntuación cuando, a lo lejos, vuelve a oírse el cabotaje
de lo recién parido.

El hatillo pesa poco, quemé toda mi poética para
volverme puro y mira lo que he conseguido:
una vanidad,
una elegía,
un cocodrilo contando las horas verdes del domingo.

Qué refrán mi vida, donde aprendieras el arte
propedéutico de ser sin sufrir apenas.
Todos estos años, dedicado a levantar la gloria sobre
mi sombrero –como el ave intenta el pan– para acabar
sucumbiendo a la ira, raíz del mal de nuestro tiempo:
a la envidia,
a la altanería.
Para morir solo, mientras el mundo se aleja con una
música que ya no reconozco.

Y qué imperio de hormigas la vejez.
Y qué cuenco las manos al final del camino.
Y qué geometría del hielo cuando mira.

Qué cosas.

Iván Onia Valero de El Decapitado de Ashton, Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016