martes, 17 de julio de 2018

La hija de Juan Simón



Cuando acabé mi condena
viví muy solo y perdido
ella se murió de pena y yo,
que la causa he sido, sé que murió siendo buena.
Ella se murió de pena y yo,
que la causa he sido, sé que murió siendo buena.

La enterraron por la tarde
a la hija de Juan Simón
y era Simón en el pueblo
y era Simón en el pueblo, ay,
el único enterrador.

El mismo a su propia hija
al cementerio llevó
y el mismo cavó la fosa
y el mismo cavó la fosa murmurando una oración.

Y como en una mano llevaba la pala
y en el hombro el azadón,
sus amigos le preguntan
y todos le preguntaban
de dónde vienes, Juan Simón.

Soy enterrador y vengo,
soy enterrardor y vengo
soy enterraror y vengo, ay,
de enterrar mi corazón.

Nemesio M. Sobrevila

lunes, 16 de julio de 2018

Los poetas malos (última noción de Arthur)


Aún pienso en los trenes que venían desde
y recuerdo los barcos, su himno de bocinas
como un vómito que arrastrase las últimas
voluntades.
Todavía me oigo preguntarme
si desde el espigón parecerían
enormes megaterios alejándose
o si la gente que nunca viajaba
se sentaría en las piedras a contarse
las historias que se cuentan los que nunca viajan,
como esa del nunca regreso
o aquella otra que nos convertía en peces.

Cuando abriste la puerta de tu casa
me enamoré del sauce que te crecía desde los
zapatos,
poeta de ramas blandas –pensé–
y comencé a destruirte
porque sólo lo que se ama es un incendio hermoso,
es un ídolo de hierba,
es una sombra donde había una cabeza.

Ya nadie nos recuerda.
Íbamos a los nombres y a los antros
para oír a los dulces cacasenos.
Sólo los malos poetas escriben poesía.
Leen a otros poetas,
recitan como papagayos
sus estúpidas retahílas del corazón o la nube,
les apesta la boca a óxido y frases hechas,
dicen “es bastante” tapando la copa,
“hay un poeta que”
“este poema habla inédito”
“hay veces que me olvido de cenar”,
“me van a disculpar, señores” –dicen–
y se colocan el sombrero
y unas alas de cieno caliente como un hogar,
les crecen.
Abandonan temprano porque alguien les espera
siempre,
recogen las monedas y los oigo contarlas bajo el
abrigo,
después borrarán dos o tres versos para cansarse
y dormirán tranquilos con la mosca negra de la
duda
a la que llaman el hada. Los poetas malos.

Íbamos a los hombres y a los filos,
nos gustaba oler la música
que hacen las costillas al separarse
y el chaparrón de los interiores.
Cuesta comprender y quemar los restos,
saber que estás diciendo tus últimas palabras.
Para qué las ideas después
del imperio de algunas visiones,
qué poema no nace muerto después del mar.
Ya nada nos recuerda.

Aún toco mi mano y entonces vuelve a abrirse
el agujero de plomo por el que te miraba un tiempo,
igual que ahora miro por el ojo de buey
la vasta tiranía del agua
y la distancia que separa a Dios de las balas.

También, a veces, regresan los megaterios,
fabulosos en su lentitud,
buscando lo invisible esas bestias.
Como los trenes que venían desde,
como los barcos que llevaban hasta.

Iván Onia Valero de Hermanos de nadie (Karima Editora, 2015)

domingo, 15 de julio de 2018


Si no estás, escribo un poema al día. Nunca me siento tan poderosa (te lo dije) como cuando mis dedos corren por el teclado del ordenador; nunca recuerdo los árboles de la infancia y la savia de la infancia y la saliva que portaba mi boca en la infancia como cuando mis dedos arañan el teclado del ordenador. Si no estás, escribo un poema al día. Hablo de vasos, de leche, de la creación de la Tierra. Hablo del cuerpo, hablo de mi cuerpo desnudo, hablo de la sangre que menstrúo y del vello que crece como los límites de las ciudades extranjeras. Hablo de ciudades extranjeras a las que nunca he viajado sola. Hablo de mi madre, hablo de mi padre, hablo de un tubo de dentífrico gastado por el acné de la adolescencia. Hablo, escribo un poema al día; si no estás, me siento tan poderosa como los trozos de granizo (haré a todas las familias salir a la ventana; les haré comentarlo y llamar por teléfono; les haré quedarse en casa, cancelar los planes, discutir porque no se puede salir a la calle y salgan a la ventana si no lo creen, si piensan que no tengo razón). Si no estás, planto espigas y modelo un mundo; y modelo un mundo de ciudades extranjeras en las que nunca estás, en las que escribo (te lo dije) un poema al día.

Si estás, no hago nada. Nunca me siento tan poderosa como cuando tus dedos corren por los campos rotos de mi cuerpo. Si estás, árboles de la infancia y savia de la infancia y saliva que mi boca porta en la infancia; vasos, leche, la creación de la Tierra; mi cuerpo desnudo (todo lo cubre mi cuerpo desnudo; la carpa del cuerpo desnudo no permite saber si llueve), la sangre que menstrúo, el vello y las ciudades extranjeras. Si estás, tomo todo el café de golpe. Quiero estar despierta. Quiero tragarme un poema al día. Quiero tragarme las espirales de la cama, el sonido de tu espalda cayendo sobre la puerta, temblando sobre la puerta del mundo que modelo. Si estás, cubro las ciudades con las manos, esbozo sobre las ciudades un cielo oscuro y me siento poderosa; nunca me siento tan poderosa como cuando estás. Nunca me siento tan poderosa como cuando puedo soplar el viento (este viento fricativo) sobre tus orejas; si estás, escuchas los ciclones una vez al día. Si estás, no necesito espejos; si estás, se hunden las agujas en la carne que cuido; si estás, si estás, si un día sucede que estás, si me levanto una mañana y estás agarrando mi pelo y estás hablándome de las ciénagas y estás preguntándote por qué no quedan ciudades extranjeras.

Escribo un poema al día. Las espigas, el granizo: todo ha empezado a formar un jardín en mi ventana. Si no me paras, crearé la Tierra.

Aida González Rossi

sábado, 14 de julio de 2018


Quiero llevar tu sello,
estar marcada
como una cosa más entre tus cosas.
Que las gentes murmuren: allá pasa,
allá va feliz, la señalada,
la que lleva en el rostro
esa antigua señal de risa y lágrima,
la cabellera derramada y viva,
toda ella una antorcha y toda llama,
musgo de eternidad sobre sus hombros
resplandeciendo así, como una lámpara.
A mis pies, un rumor de muchedumbre
se irá abriendo en canal, como una calle.
No me importa que digan:
esa mujer que escapa como ráfaga,
que no ve fuera de su sangre, nada,
que ya no escucha fuera de sus voces,
que no despierta sino entre sus brazos,
que camina sonriendo;
esa mujer que va segando el aire,
la boca contra el viento,
le pertenece toda como un libro,
como el reloj, la pipa o el llavero.
Como cualquier objeto imprescindible
que es uno mismo a fuerza de ser nuestro.
Quiero que todos sepan que te quiero:
deja tu mano, amor, sobre mi mano.
Sobre mi corazón, deja tu sello.

Julia Prilutzky

viernes, 13 de julio de 2018

El amenazado


Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir.
Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó el áspero Norte para cantar sus mares y sus espadas,
la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes,
los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan, las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Jorge Luis Borges

jueves, 12 de julio de 2018

Oración en Columbia University


Bendito sea Dios, porque inventó el silencio,
y el chirrido de la chicharra,
y el lagarto de fastuoso traje verde,
y la brasa hipnotizadora
(horizontal crepúsculo pudo haberla llamado
don Pedro Calderon de la Barca en el declive del Barroco).
Bendito sea Dios que inventó el agua,
el agua sobre todo.

Bendito sea Dios porque inventó el amanecer
y el balido que lo poblaba.
Ahora vuelvo a escuchar aquella melodía.
El arroyo arpegiaba sobre cantos rodados,
hacía el contrapunto.
Suena el concierto en mi memoria.
O puede que se trate
de una música diferente:
la que escuchó, primero, entre los arrayanes de Granada
Federico García Lorca,
y luego aquí, rescatada,
en Columbia University.

Bendito sea Dios que inventó los prodigios
que contaba mi padre
perfumado de espliego y de tomillo.
Eran historias de ciudades mágicas
en las que el agua circulaba
por venas de metal, agua caliente y fría
(nos lo contaba al borde del regato,
helado en el invierno, seco en estío:
'Venga, a lavarse, coño, guarros'.
Y obedecíamos).

Bendito sea Dios porque inventó la cabra
-la cabra que rifaba por los pueblos-
mucho antes que Pablo Picasso,
con barriga de cesto de mimbre
y tetas como guantes de bronce.
Maldito sea Dios porque inventó el estaño
parpadeante del olivo,
ramas y tronco de Laoconte,
y aquella sombra trágica de catafalco y oro:
un rayo congelado en la mano siniestra
y en la diestra un crepúsculo.
Maldito sea Dios porque inventó a mi padre
colgado de una rama del olivo poco después de recogerse la aceituna.
No puedo perdonárselo.
Pero eso fue más tarde.

Antes fueron los niños.
Bendito sea Dios que inventó aquellos niños,
vestidos como príncipes o pájaros.
Con voces de cristal, 'Papá', decían a su padre.
Bendito sea Dios por inventar una palabra
milagrosa, jamás oída,
y su padre correspondía
con vaharadas de ternura.

Maldito sea Dios, porque yo quise
arrezagarme en la ternura
pronunciando la mágica palabra
entonces descubierta. '¿Papá?', 'Mariconadas,
si te la vuelvo a oir te llevas una hostia'.
Bendito sea Dios porque inventó los años,
1970, 1980, 1990...,
inventó el fuego, el oro viejo
de los arces de otoño,
y estos ríos profundos como penas,
largos como el olvido o el recuerdo,
hospitalarios, generosos,
por los que la ciudad va navegando
hasta la mar, que es el morir.

Bendito sea Dios que inventó libros sabios.
Se daba nombre en ellos
a lo que antes no lo tenia.
Bendito sea Dios porque inventó licenciaturas
masters, campus con risas y con marihuana,
laboratorios y celebraciones
con cantos en latín, gaudeamus igitur,
todo situado en niveles distintos del tiempo.
Bendito sea Dios que inventó la memoria
y que inventó el silencio de este lugar aséptico,
y las venas metálicas ocultas
en las que el agua espera
unas manos liberadoras que les devuelvan su canción.
Ahora sé que mi padre está vengado.
Mi padre, descolgado del olivo
pronuncia con mis labios las palabras totémicas,
y se estremece este recinto sagrado.
'Coño, joder, carajo, a lavarse la cara, hostias.'
Y abro los grifos, lavabos, duchas, retretes,
se desbordan las aguas que él soñaba
en la choza de adobe y paja,
cantan la gloria de la recuperación,
y mi padre navega por las aguas,
le provoco, gritándole desconsolado.
'iPapá!'. 'Mariconadas', me contesta.
'iPapá!'. Maricona... glu, glu,
ahogado, recuperado,
navegante por los canales de oro,
vivo ya para siempre.

José Hierro

miércoles, 11 de julio de 2018

La sangre por fuera


Esta es la gente: urbana pluralidad, carne de pueblo.

Hay quien acarrea la literatura de su vida en la espalda y le pone ruedas al pasado para no morir de melancolía.

Quien vuela de pura prisa en las plazas laborables, con los labios rojos de las siete de la mañana, porque los autobuses son pequeños trenes que perder donde la vida cambia cada ocho minutos.

Hay quien ve a Dios en la seda y el oro de los domingos o quien lo llora de pecho adentro porque no entiende o no soporta la ciencia exacta de hallarse vivo.

Qué morbidez lo humano, qué alimento de generaciones para saciar a la nada.
Hemos conquistado algunas prestidigitaciones de nuestro tiempo, como la tecnología que fulmina las distancias o la cocina, que elimina los instintos y, sin embargo, hay vestigios de la especie en los pequeños gestos:

miramos al otro de la misma forma que el hombre del Plioceno miraba al megaterio.

Soñamos juntos en los bancos de los aeropuertos igual que los primeros amantes se prometían la vida bajo la constelación de Orión antes de tomar la cicuta.

Teselas de este mordisco a la historia, caminamos creyéndonos reyes de alguna naturaleza. Baladrones, cruzando los puentes, empavonados de intimidad. Creemos encerrar algún misterio cuando, en realidad, somos rojos y transparentes. Nos necesitamos, rojísimos, los unos a los unos.
Llevamos la sangre por fuera.

Iván Onia Valero
fotografías de Ignacio Vara

martes, 10 de julio de 2018

Amor


Una mañana Manuel Vilas sacó todo su dinero de los bancos.

Fue a las cajas de ahorro, fue a las compañías de seguros,
vendió su coche, anuló su plan de pensiones,
se lo llevó todo en efectivo, un buen fajo de billetes calientes.

Qué bien, dijo, qué fuerte,
y todos los empleados y los directores querían disuadirle
pero Vilas tenía unas ganas infinitas de pasarlo bien.

Y luego se fue a ver enfermos,
a ver emigrantes, incluso se fue a las cárceles.

Quería ser un santo espectacular, tenía esa marcha,
tenía esa gran ilusión.
Quería ser Cristo, Lenin, San Pablo,
quería ir más allá del orden, de la naturaleza y de la vida.

Recorrió la ciudad de Zaragoza repartiendo dinero.
En Conde de Aranda, dío mil euros a tres árabes,
que le besaron los pies, y las manos y se arrodillaron.

En el barrio de Delicias, en la calle Barcelona,
dio trescientos euros a una negra africana,
y ella quería comerle el sexo al buen Vilas,
pero Vilas dijo hoy soy San Vilas,
consérvate para tu marido, él te necesita,
y yo os bendigo; anda, nena, ve en paz.

Y Vilas se echó a reir.

Fuego, qué fuego más grande,
y siguió repartiendo, a una vieja china
de un todo cien le dio seiscientos euros,
y la vieja le hizo una foto de diez millones de megapixels
y la amplió y la enmarcó y la colgó
en mitad de su tienda con dos velas debajo.
A un vendedor de La Farola, ese periódico
de los pobres, le dio ochocientos euros.
Y el vendedor se echó a llorar y ardía
como una vela en mitad de las catedrales antiguas.

Vilas quería ser un santo, tenía esa marcha.
Toda la mañana y toda la tarde estuvo quemando su dinero.
Miró la atmósfera y se estaban abriendo los palacios celestiales.
Estaba enamorado de sus semejantes.
Nunca vimos a nadie tan enamorado.

Manuel Vilas