lunes, 24 de julio de 2017

Fiesta


Gloria a Dios en las alturas,
recogieron las basuras
de mi calle, ayer a oscuras,
y hoy sembrada de bombillas.

Y colgaron de un cordel
de esquina a esquina un cartel
y banderas de papel
verdes, rojas y amarillas.

Y al darles el sol la espalda
revolotean las faldas
bajo un manto de guirnaldas
para que el cielo no vea,

en la noche de San Juan,
cómo comparten su pan,
su mujer y su gabán,
gentes de cien mil raleas.

Apurad
que allí os espero si queréis venir
pues cae la noche y ya se van
nuestras miserias a dormir.

Vamos subiendo la cuesta
que arriba mi calle
se vistió de fiesta.

Hoy el noble y el villano,
el prohombre y el gusano
bailan y se dan la mano
sin importarles la facha.

Juntos los encuentra el sol
a la sombra de un farol,
empapados en alcohol
y abrazando a una muchacha.

Y con la resaca a cuestas
vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el señor cura a sus misas.

Se despertó el bien y el mal
la zorra pobre, al portal,
la zorra rica, al rosal,
y el avaro a las divisas.

Se acabó,
el sol nos dice que llegó el final,
por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual.

Vamos bajando la cuesta
que arriba en mi calle
se acabó la fiesta.

Joan Manuel Serrat

domingo, 23 de julio de 2017

Traspié entre dos estrellas


¡Hay gentes tan desgraciadas que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tanto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!

¡Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar toda su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres!


¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora, ...
el que suda de pena o de vergüenza,
aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,
el que paga con lo que le falta,
el que duerme de espaldas,
el que ya no recuerda su niñez;
amado sea el calvo sin sombrero,
el justo sin espinas,
el ladrón sin rosas, rosas,
el que lleva reloj y ha visto a Dios,
el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!

César Vallejo
fotografía de Chema Madoz

viernes, 21 de julio de 2017

Los poetas malos (última noción de Arthur)


Aún pienso en los trenes que venían desde
y recuerdo los barcos, su himno de bocinas
como un vómito que arrastrase las últimas
voluntades.
Todavía me oigo preguntarme
si desde el espigón parecerían
enormes megaterios alejándose
o si la gente que nunca viajaba
se sentaría en las piedras a contarse
las historias que se cuentan los que nunca viajan,
como esa del nunca regreso
o aquella otra que nos convertía en peces.

Cuando abriste la puerta de tu casa
me enamoré del sauce que te crecía desde los
zapatos,
poeta de ramas blandas –pensé–
y comencé a destruirte
porque sólo lo que se ama es un incendio hermoso,
es un ídolo de hierba,
es una sombra donde había una cabeza.

Ya nadie nos recuerda.
Íbamos a los nombres y a los antros
para oír a los dulces cacasenos.
Sólo los malos poetas escriben poesía.
Leen a otros poetas,
recitan como papagayos
sus estúpidas retahílas del corazón o la nube,
les apesta la boca a óxido y frases hechas,
dicen “es bastante” tapando la copa,
“hay un poeta que”
“este poema habla inédito”
“hay veces que me olvido de cenar”,
“me van a disculpar, señores” –dicen–
y se colocan el sombrero
y unas alas de cieno caliente como un hogar,
les crecen.
Abandonan temprano porque alguien les espera
siempre,
recogen las monedas y los oigo contarlas bajo el
abrigo,
después borrarán dos o tres versos para cansarse
y dormirán tranquilos con la mosca negra de la
duda
a la que llaman el hada. Los poetas malos.

Íbamos a los hombres y a los filos,
nos gustaba oler la música
que hacen las costillas al separarse
y el chaparrón de los interiores.
Cuesta comprender y quemar los restos,
saber que estás diciendo tus últimas palabras.
Para qué las ideas después
del imperio de algunas visiones,
qué poema no nace muerto después del mar.
Ya nada nos recuerda.

Aún toco mi mano y entonces vuelve a abrirse
el agujero de plomo por el que te miraba un tiempo,
igual que ahora miro por el ojo de buey
la vasta tiranía del agua
y la distancia que separa a Dios de las balas.

También, a veces, regresan los megaterios,
fabulosos en su lentitud,
buscando lo invisible esas bestias.
Como los trenes que venían desde,
como los barcos que llevaban hasta.

Iván Onia Valero de Hermanos de nadie (Karima Editora, 2015)
Cuadro: Season in Hell (Rimbaud and Verlaine), 2008, de Keith Batten

miércoles, 19 de julio de 2017

Escribir


escribir

para curar
en la carne abierta
en el dolor de todos
en esa muerte que mana
en mí y es la de todos

escribir

para ahuyentar la angustia que describe
sus círculos de cóndor
sobre la presa

aunque en el alma no

en el alma
la estimación del tiempo que concluye
y es arriba
algo más que un silencio
con ojos semiabiertos

escribir

como condescendencia y como rebeldía
sin elección
sin pausa
porque se va la luz, las fuerzas
se le acaban
y el ser se va de vuelo
en las garras de un ave
carroñera

escribir

para decir el grito
para arrancarlo
para convertirlo
para transformarlo
para desmenuzarlo
para eliminarlo
escribir el dolor
para proyectarlo
para actuar sobre él con la palabra

escribir

para descansar
(escribir que el sol, en invierno, es hermoso)

por no llorar tan dentro
tan a escondidas

escribir

hacia la extenuación
para que se derrame el dolor contenido
desde el inicio del mundo

escribir
para rebelarse
sin provecho

a pesar de la derrota ya prevista

porque no hay rebeldía que no esté justificada
ni violencia que no sea, en el fondo,
inocente,
escribir

con derecho al llanto

escribir para curar
escribir para guarecerse
escribir como si cerrase los ojos
para no cerrarlos
para mover la mano y seguir su curso
para sentirse viva
AÚN
para aplazar la angustia
como simulación
para guiar la mente y que no se desboque
para controlar lo controlable

escribir

como quien deja la luz encendida
y duerme de pie sobre sí mismo
para saldar las cuentas con el miedo

escribir
para reorganizar

escribir
sin hacer concesiones

escribir
como quien des-espera
para cauterizar
para tomarle las medidas al miedo
para conjurar
para morder de nuevo el anzuelo de la vida
para no claudicar

escribir
para apuntar al blanco

escribir
con palabras pequeñas
palabras cotidianas
palabras muy concretas
palabrasojo
palabras animales
palabrasbocadegato
ásperas por dentro y por fuera
suaves como “tal vez”
palabraslatigazo
como “demasiado” y “tarde”

escribir
para no mentir
para dejar de mentir
con palabras abstractas
para poder decir tan sólo lo que cuenta

decir que a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada
y la sábana verde se desdobla
en el espejo del armario
estoy en mí
en el lugar en que acostumbro
a encontrarme
en este aquí hecho de extraña
duración en lo mismo
repitiéndome
la carne dolorida
los huesos lastimados
los nervios, la piel
tirante, amoratada
el pelo encanecido
el grito sólo postergado
y hoy a las once
de la noche de hoy
mientras la luz calienta
el lado izquierdo de mi almohada

muere un niño
o dos o no sé cuántos
mueren y una anciana dice
sus últimas palabras
o no las dice y muere
y es otra la que habla
pero no habla, dice
apenas dice y muere
sin decir
apenas
nada
y algo se me atraganta
tal vez un alarido
largo como las once horas de esta noche
o tal vez la conciencia
que duerme encendida
como una lumbre la conciencia
de todos los que mueren
como una fogata
un espantoso incendio
que prende en las ventanas
de la ciudad y en el mar no se apaga
una conciencia absurda
una antorchahorizonte
la conciencia de todos los que saben
que se están acabando
en sus huesos de antorcha
hoy, mañana, siempre

escribir
todas las muertes son mi muerte
mi grito es el de todos
y no hay consentimiento
escribir

¿para consentir?
¡escribir para rebelarse!
no hay lugar para plegarias
no hay lugar para el sosiego
el ajuste de las almas
se hace en rebeldía

Estamos solas
y nos pertenecemos.
En nosotras está el poder
Somos un pueblo de almas
en rebeldía
¡Despertad!
Lo que escribo aquí
se traza en el aire
el dolor es la senda
el dolor es el medio
por el dolor la fuerza
que combate el dolor
y lo transforma
por el dolor deshago
mi dolor en lo ajeno
y el ajeno en el mío

escribir

para des-esperar
por todos los que están
por todos
los que fueron
los desaparecidos
escribir para cuidar
sus des
apariciones
para alimentarlas
para que no se enturbien
no tan pronto
no tan siempre
pronto

escribir

para desestructurar
para vencer
las estructuras
para contra
decir
lo dicho
para demoler

escribir

para desestimar
para aprender la delgadez del trazo
su vacío
habituarse a él
a su insignificancia

escribir
para insignificar

escribir

inútilmente
para ejercer lo inútil
para abrazar lo inútil
para hacer de la inutilidad un manantial

escritura como sortilegio

- volé esta madrugada
más alto que ninguna otra vez

Cada noche, en la duración de un grito
viene una sombra nueva

Cada noche, en la duración de un grito,
un alma acude a mí.
La acojo.
En el grito.
Ella no dura. Sólo se abre.
Y hay que entrar. Suavizar.
No hay que recordar.
Tan sólo entrar.
Respirando. –

escribir luego
para reforzar
los frágiles puentes
los conductos sutiles
con temor
de que se borren
en el espacio leve
entre lo presentido y lo sentido

Escribir
para desescribir
para desdecir
para reorganizar
las consciencias y
que cada una cumpla
su ceguera
El espacio de las almas
ha de guardarse oculto
En la palabra está el engaño

escribir pues
para confundir
para emborronar
y, luego, volver a escribir
en el orden que conviene
el mundo que hemos aprendido

escribir

como quien cuenta los pasos que da
por no oír el silencio
como quien cuenta pasos – uno, dos -
y se salta el tercero -cuatro, cinco-
para ver si se ha ido
para comprobar
pero no: sigue estando
y ya no dejará de andar
para contar los pasos
hasta caer exhausto
en el silencio enorme que se ensancha
entre sus piernas como un charco
de sangre

escribir

porque el héroe se hace con el miedo
sobre todo su miedo
a partir de su miedo
se hace héroe el héroe
ahuecando el miedo
y llenándolo de acción
para entumecerlo
haciendo tiempo en lo hermoso
haciendo tiempo en lo vivo

yo no soy ningún héroe
yo sólo escribo
para colmar la distancia
entre mi miedo y yo

escribir
“Se pone un abrigo de cuero.”
escribir
“Un hombre joven se levanta del asiento.
Se pone un abrigo de cuero.
Lleva gafas oscuras.
Se vuelve.
Su espalda es ancha.
Se dirige a la puerta.
No sé qué hará mañana.
No le conozco.
Ha cruzado la vía.
El cristal me devuelve mis ojos
y esa tristeza que se mide en mis labios.
El hombre joven tal vez camina hacia una casa.
Tal vez sea su casa.”

escribir
“En mi rostro el paisaje
- atravesándolo -
el paisaje.”

escribir
“Tiene las uñas recortadas.”
escribir
“Se desprende, muy lenta, de una frase,
la desliza en el cuaderno y espera.
Tiene las uñas recortadas
y una blusa de encaje.
Lleva una bolsa de color violeta
en las rodillas.
Cuando respira hace juego
con los versos de Sylvia Plath.
Hay un desfiladero en su mirada
y no termina de cruzarlo.”

escribir
para confundir las palabras
y que las cosas aparezcan

(Campos de limoneros cargados con sus frutos. Y cañizales
separando sembrados. Y vinagreras cubriendo de oro las taludes… )

que las cosas presionen
que un mundo se abra paso
(Es invierno, y ya crecen el trigo y la alfalfa. Aún hay campos entre ciudades y hermosos pueblos y una anciana se sienta
en un portal con un rayo de sol en su regazo.
La tierra arada humea bajo el sol y los olivos jóvenes tensan sus cuerpos retorcidos hacia el cielo. Creciendo. Crecer es
ascender.
Crecer es ensancharse.
Crecer es romper límites.
Crecer es invadir… )

que estallen los cristales de mis manos
que abran ojos en las letras

(Hileras de olivos.
Sus sombras paralelas… )

escribir
para rastrear

escribir

para perdonar
para ser perdonado

¿Dónde hallaré al sacerdote,
al mediador, aquel que tenga
conocimiento de los límites
y el poder de traspasarlos?
¿dónde hallaré a aquel
capaz de arder sin consumirse
y, entre los muertos y los vivos,
ecualizar
transformar, ¡bendecir!?

escribir

para hallar la paz
después de haber hablado
con los muertos

escribir

para sellar la paz
para conciliar
en mí
para perdonar en mí

escribir

la culpa misma que golpea y se licúa
en el pecho
y surte y es agua que mana
con fuerza y que nos une
agua que forma
remolino de amor irradiando

todas las culpas son
el mismo sufrimiento
el de existir queriendo
queriendo serlo todo
queriéndolo todo
y todo está en mis manos
en esta encrucijada donde permanecemos
el tiempo suficiente
para sufrirlo todo

en mi interior barrunto el gran estruendo:
todo el dolor del mundo me pesa entre los muslos

abrid los ojos: ¡ved!
es tan terrible vivir
¡quien sobrevive saluda!
morituri somos todos

toda la historia de tu estirpe
está presente y te reclama
como crisol
eres
la mediadora
operas
en ti misma el milagro
de la conciliación

y de repente soportas
el peso del mundo y su dolor
lo bebes todo entero.
Agradecida.

escribir

porque crujen las rodillas
y hay como un sueño
esperando ser soñado
justo detrás del dolor.

- Hoy observé las gaviotas.

He de volar muy alto esta noche.
He de volar sin lastre.
Hasta que amanezca.-

escribir
“otoño”
para recordar cómo
uníamos castañas con palillos de dientes
y surgían princesas y perros y dragones
y mi madre era hermosa
y ¿quién sabe? tal vez
fue feliz, también ella,
ese día.

escribir

para arquear el espinazo de las letras
a imagen del dolor
para trazar las líneas de la vida
líneas que se encogen
líneas retráctiles
como nervios apresados en la carne
como venas quebradizas
venenos infiltrados
en las arterias, líneas
que merodean en torno al corazón
calado por la angustia
y el cansancio
líneas como cables tendidos
entre una vida y otra menos vida
líneas ultracortas
líneas entrecortadas
líneas respiradero
líneas túnel
para desembocar
en el horizonte
recuperar allí
las fuerzas del principio pero
líneas quebradas
presionadas
oprimidas, líneas
de vuelta atrás
combadas sobre el tiempo
que queda
el tiempo que nos queda
termitero o volcán
vaciado por los seres (los insectos, la lava)
que operan desde dentro

líneas
de retroceso
¡si fuesen sólo al sueño!
pero no: más abajo.

escribir
como quien muerde un rayo
con los brazos en cruz

escribir
que sus pulmones se cerraron
como las alas de una
mariposa.
Dejó un rastro de polvo azul
en los dedos de quienes fueron
a tocarla

escribir
como aquel que se fuga de un hospital y arrastra tras de sí
las sondas, el goteo, la máscara de oxígeno y corre
sobre agujas envenedadas

¡Despertad!
¡nadie podrá evitarlo!
sólo es cuestión de tiempo
contad los gritos que dais
en el fondo del agua
¡Contad los gritos!

cada cual con su dolor a solas
el mismo dolor de todos

- Alguien disimula. Sonríe,
devuelvo la sonrisa. Sé
que para él ya oscureció.
También él lo sabe.
Pero se esfuerza. Todos
nos esforzamos.
Gritar es esforzarse.
Gritar es rebelarse. -

escribir
porque alguien olvidó gritar
y hay un espacio en blanco
ahora, que lo habita

escribir
porque es la forma más veloz
que tengo de moverme

escribir

¿y no hacer literatura?

¡y qué más da!

hay demasiado dolor
en el pozo de este cuerpo
para que me resulte importante
una cuestión de este tipo.
Escribo

para que el agua envenenada
pueda beberse.

Chantal Maillard

martes, 18 de julio de 2017

La delgada línea roja


Esta terrible crueldad ¿de dónde sale?
¿Cómo ha arraigado en el mundo?
¿De qué semilla, de qué raíz ha brotado?
¿Y de quién es obra? ¿Quién nos mata, nos arrebata la vida y la luz?
Se burla de nosotros mostrando lo que podríamos haber conocido.
¿Acaso esta destrucción beneficia a la tierra?
¿Ayuda a que crezca la hierba o que luzca el sol?
¿También en ti hay esta oscuridad?
¿Has vivido esta negra noche?

¿Eres honrado? ¿Amable?
¿En esto se basa tu confianza?
¿Todo el mundo te quiere?

A mí también me querían

¿Acaso imaginas que tu dolor será menos intenso porque amabas la bondad o la verdad?

¿Quién eres tú que adoptas tan diferentes formas?
De tu muerte nadie escapa, pero también eres la fuente de todo lo que ha de nacer.
Eres gloria, misericordia, paz, verdad.
Aportas calma al espíritu, comprensión, valor, y colmas los corazones.

¿Por qué iba a tener miedo a la muerte?
Te pertenezco a ti.
Si caigo yo primero, te esperaré allí, al otro lado de las oscuras aguas.
Te necesito ahora.

¿Todavía crees que hay algo bueno en la gente, verdad?
¿Cómo lo consigues? Para mí eres un mago.

Horas como meses.
Días como años.
Viví una época dorada. Pisé las orillas de un nuevo mundo.

En la guerra cada hombre libra su propia batalla.
Los miedos y las esperanzas despojan al alma de todo recubrimiento
y la dejan desnuda y sola frente al mundo.
En aquellos lugares donde conviven el paraíso y el infierno,
donde los hombres se convierten en bestias y envenenan su espíritu,
existe una delgada línea que separa la vida de la muerte,
la serenidad del terror y la lucidez de la locura.


¿Qué significa esta guerra en el corazón de la naturaleza?
¿Por qué la naturaleza compite contra sí misma, como la tierra hace con el mar?
¿Hay alguna fuerza vengadora en la naturaleza o, no sólo una, sino dos?


Terrence Malick  (The Thin Red Line, 1998, guión basado en la novela homónima de James Jones)

lunes, 17 de julio de 2017


Recogerla fue como recoger a una huerfanita de París cruzada de puta madrileña con tuberculosis.
Uno había creído siempre que la metáfora mujer/gata era un tópico de periodistas sin recursos, como cuando se lo aplicaban a Lauren Bacall, pero descubrí con asombro, como tantas cosas en la vida, que los tópicos son verdad: que los tópicos son verdades mineralizadas por los imbéciles. Jamás he conocido la femineidad en estado puro —eso que puede fascinarme—, salvo en la gata, mi gata.
Ha perdido uno la vida buscando lo femenino en estado puro y resulta que eso no se encuentra en las mujeres, sino, de pronto, en una gata.
Llega un momento, en la vida (lo tengo muy repetido), en que uno descubre que la única pureza errante sobre la tierra vaga en los animales.
Las bestias son nuestros ángeles, nos guarden o no, como los perros. Uno cree que la idea de ángel, más que a partir de un hombre o una muchacha, se realizó en la teología y en el arte a partir de un pájaro, por ejemplo: el ángel tiene alas. Pero valen tanto las alas del ángel como los cuernos del toro. El toro también es angélico. Ha habido escritores de derechas que plantearon, tórpidamente, la dialéctica entre la bestia y el ángel. No. La bestia es el ángel.
Los animales son un continente de pureza que uno descubre tarde y mal. Amo la vida en sus momentos puros estilizados y dramáticos. Eso, ya, sólo se lo dan a uno los animales, las dulces bestias en quienes está el franciscanismo que un tal San Francisco quiso rescatar para sí.
La amo con locura porque es lo igual entre lo igual, que ha dado, sólo para mí, su diferencia.

Francisco Umbral

domingo, 16 de julio de 2017

Sobre el tiempo presente


Escribo desde un naufragio,
desde un signo o una sombra,
discontinuo vacío
que de pronto se llena de amenazante luz.

Escribo sobre el tiempo presente,
sobre la necesidad de dar un orden testamentario a nuestros gestos,
de transmitir en el nombre del padre,
de los hijos del padre,
de los hijos oscuros de los hijos del padre,
de su rastro en la tierra,
al menos una huella del amor que tuvimos
en medio de la noche,
del llanto o de la llama que a la vez alza al hombre
al tiempo ávido del dios
y arrasa sus palacios, sus ganados, riquezas,
hasta el tejo y la úlcera de Job el voluntario.

Escribo sobre el tiempo presente.
Con lenguaje secreto escribo,
pues quién podría darnos ya la clave
de cuanto hemos de decir.
Escribo sobre el hálito de un dios que aún no ha tomado forma,
sobre una revelación no hecha,
sobre el ciego legado
que de generación en generación llevará nuestro nombre.

Escribo sobre el mar,
sobre la retirada del mar que abandona en la orilla
formas petrificadas
o restos palpitantes de otras vidas.
Escribo sobre la latitud del dolor,
sobre lo que hemos destruido,
ante todo en nosotros,
para que nadie pueda edificar de nuevo
tales muros de odio.

Escribo sobre las humeantes ruinas de lo que creímos,
con palabras secretas,
sobre una visión ciega, pero cierta,
a la que casi no han nacido nuestros ojos.
Escribo desde la noche.
desde la infinita progresión de la sombra,
desde la enorme escala de innumerables números,
desde la lenta ascensión interminable,
desde la imposibilidad de adivinar aún la conjurada luz,
de presentir la tierra, el término,
la certidumbre al fin de lo esperado,

Escribo desde la sangre,
desde su testimonio,
desde la mentira, la avaricia y el odio,
desde el clamor del hambre y del trasmundo,
desde el condenatorio borde de la especie,
desde la espada que puede herirla a muerte,
desde el vacío giratorio abajo,
desde el rostro bastardo,
desde la mano que se cierra opaca,
desde el genocidio,
desde los niños infinitamente muertos,
desde el árbol herido en sus raíces,
desde lejos,
desde el tiempo presente.

Pero escribo también desde la vida,
desde su grito poderoso,
desde la historia,
no desde su verdad acribillada,
desde la faz del hombre,
no desde sus palabras derruidas,
desde el desierto,
pues de allí ha de nacer un clamor nuevo,
desde la muchedumbre que padece
hambre y persecución y encontrará su reino,
porque nadie podría arrebatárselo.

Escribo desde nuestros huesos
que ha de lavar la lluvia,
desde nuestra memoria
que será pasto alegre de las aves del cielo.
Escribo desde el patíbulo,
ahora y en la hora de nuestra muerte,
pues de algún modo hemos de ser ejecutados.

Escribo, hermano mío de un tiempo venidero,
sobre cuanto estamos a punto de no ser,
sobre la fe sombría que nos lleva.

José Ángel Valente

sábado, 15 de julio de 2017

Cinco noches y una cabeza cortada: el decapitado de Ashton


Le dijeron enero al gran negro Pit y en sus bolsillos
empezó a crecer la flor del algodón. Las escopetas fuertes
de la sien le golpearon y fue consciente de la seriedad del
asunto, el gran negro Pit.

Solo de verdad, en los centros de lo oscuro, se toca el
cuello y cuenta la saliva porque no le dejaron ni un reloj.

“Te vamos a cortar la cabeza, negro”
–le dijeron–

“En enero”
–eso fue todo–

Y desde entonces piensa en los pájaros enjaulados,
en las muchachas del algodón;
el sudor y la luna negra,
en los pezones de Inés la Chica,
que venía a secarle el cuello
y se le hinchaban los pechos
como la tierra cuando nadie mira.
Piensa en los universos que separan
una mano de un hacha,
en la saliva piensa,
en la alegría de un niño que captura un pájaro.

El gran negro Pit, que aherrojaron un domingo mientras
bebía su cerveza y pesaba
los dos o tres odios antiguos. Un puñado de flores le
asomaba en los bolsillos.

La mañana que le cortaron la cabeza y los dos días que
le precedieron, serían recordados con el tiempo en las
jornadas grandes de aquel pueblo sureño.
El viernes, uno de los hijos del herrero, salió a la plaza con
un trozo de oro en la boca, soplando una melodía profana
hasta que los ojos se le volvieron un himno.
Al parecer, había estado construyendo una gran trompa
áurea y ensayando en secreto más de siete inviernos.

El sábado, después de quince años sin saber de ellos y
agotada toda esperanza, regresaron los cinco jóvenes
miembros del club de exploradores que, según relataron,
esa tarde se hizo tan noche que fueron cayendo
uno
por
u
n
o

dentro de aquella cueva, alimentándose todo ese tiempo
de unos extraños seres ciegos y alados, hasta que, en esa
misma mañana, uno de ellos gritó la luz más fuerte que
cualquier continente imaginable.

En honor a estos grandes prodigios, el hijo del herrero,
con su gran trompa dorada, y los cinco ingenieros de la
oscuridad, abrieron el cortejo y las pompas que llevarían
a aquel gran negro a su definitiva partición.

Estaba tan nervioso que olvidó su última voluntad
y sólo pudo balbucear el verso que una vez oyó que le
encontraron a un poeta muerto dentro de su abrigo:

estos días azules y este sol de la infancia

algo que enterneció al hombre del hacha, puesto que,
además de verdugo, William también era el poeta del
pueblo. Su padre fue un poeta mediocre y olvidado que
apenas escribió nada reseñable más allá de un poema al
gran poeta que creía ser y otro a un cocodrilo que mordía
los corazones rotos a los hombres (algo que nadie llegó a
entender jamás). Will, por su parte, le dedicó una elegía
a su padre cuando aún estaba vivo y alcanzó algo de fama
con un romance de dos mil versos en el que narraba, con
un ritmo aceptable, todos los tipos de pescuezos, cogotes,
cuellos y golletes que conocía, así como las mañas y artes
del pescozón y el golpe seco.

Fueron precisos
tres

rojos

mandobles

hasta hacer desguazar la enorme testa.
Para tal ocasión, Will el verdugo había compuesto un
endecasílabo propio:

así no robarás más algodón

haciendo coincidir el tercer hachazo con la décima
sílaba del verso, hecho que hizo al público aplaudir por
no menos de diez minutos, acabando todo en un gran
estruendo loco y coral que exigía un bis de sangre.
Al no haber ningún reo más para ése ni los próximos
días, el rapsoda del hacha improvisó partiendo al aire una
gallina vieja.

Quedó Pit dividido,
encabal
gado
en la tierra, un desorden anatómico del que subía un
brazo de humo por cada parte rota hasta que invierno y
sangre decidieron una temperatura donde hallarse, una
puntualidad de frío, un cuerpo abandonado.
Semanas después, por allí cruzaban los comerciantes
o algún carretero y miraban un rato la cabeza mientras
fumaban su pipa. Uno de ellos pensó en llevarla consigo
y vaciarle los ojos
–tan–
podridos para rellenarlos luego con dos piedras verdes que
guardaba de cuando tuvo que saquear la casa abandonada
de aquel viejo deudor, pero, por un instante, recordó la
cara de asco de la señora Bennet esa vez que llegó con un
caballo a cuestas con el fin de convertirlo en un armario o
en una mesa de trabajo.

Y la dejó allí,
hundiéndose la esfera en el lugar

del que brotó más tarde un pozo blanco
donde las bestias iban a mirarse la sed negra en el fondo;

y del cuerpo borrado,
una fanega de yerba y algodón;

y del hacha olvidada, una higuera.

Tantas veces hicieron el amor allí los jóvenes,
tanta cerveza los domingos,
tanta música de agosto,
que, pasados algunos años, ya no quedaba nadie que
supiera recordar
por qué aquel lugar de agua y sombra se llamaba
Plaza de los Decapitados.

Iván Onia Valero de El decapitado de Ashton (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016)