jueves, 19 de septiembre de 2019


Este mundo me ahorra. Por la vagina de luz de domingo, esa llaga de barro por la que intuyo qué día me espera, me hago largo plazo, inversión planetaria de quién sabe.
Por ahí alguien echa sus monedas sueltas, la chatarra de la semana, que es como decir los huesos que sobran de un todo. Mañana habrá quien querrá irse de vacaciones o comprar una disculpa zarcillera con mi pobre arquitectura.
Por la raya vertebral veo caer el galgo azul de mi calva, las libretas y el látigo de tinta que gritan: "escribe, cabrón!", el olor del pan -única prueba hasta el momento de que el mundo es bueno y redondo-, el hígado con aristas de los libros, el amuleto verde de una sombra.
Cuando rompan el barro y me descubran, sonarán los bronces de la decepción: "vaya, otro poeta mediocre y muerto" y mi cuerpo les dará apenas para comprar la piruleta de fresa de una niña chillando o el globo metálico que asusta a las palomas.

Iván Onia Valero de Hermanos de Nadie, Karima Editora (2015)

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Tú que vienes a rondarme


En la periferia brillante
de una galaxia mediana,
en medio de un mar oscuro
donde flota nuestro mundo.

Tú, que vienes a rondarme
como los nueve planetas,
parece que cuando bailas
llueven miles de cometas.

Tú que vienes a rondarme
amárrate a mí.
Tú que vienes a rondarme
arrímate aquí.

Magia negra entre tus manos
mil caballos desbocados
corren con el morro en llamas
el fuego baila y tú cantas.

Lamen lunas desorbitadas
las mareas mareadas
así me sigues al trote
y de cabeza al galope.

Magia negra entre mis formas
suben hormigas, se enraman
romeros de sierras altas
fresco el aire que me cantas.

Se han abierto las ventanas
beben cientos de gargantas
mientras alzas con la mano
el vino que todo sana.

Tú que vienes a rondarme
amárrate a mí.
Tú que vienes a rondarme
arrímate aquí.

En los aposentos del universo
estás tú que me esperas,
mi piel se llena de chispas
que saben a flores y a lenguas.

Magia negra entre tus manos
altos jazmines se enzarzan
amarran nuestras caderas
vuelan hacia las esferas.

Fuentes de estrellas antiguas
santiguan nuestros jaleos
arden en llamas azules
todas las voces del universo
con nosotros.

Río de ti rayo de mí
no siento ninguna pena
rayo de ti río de mí
esta es nuestra verbena.

Tú que vienes a rondarme
amárrate a mí.
Tú que vienes a rondarme
arrímate aquí.

En la periferia brillante
de una galaxia mediana
en medio de un mar oscuro
donde flota nuestro diminuto mundo
nuestro diminuto mundo.

María Arnal

martes, 17 de septiembre de 2019

Las causas


Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

Jorge Luis Borges

lunes, 16 de septiembre de 2019

Velocidad


Como pasan por estos huesos tardes
que fueron lenta táctica y decálogo,
recuerdo y esquema son ahora. Rápidas
fotografías que nadie captura,
liebres de luz, destino hecho ya carne.

Cuando se cumplen las promesas acaban
los sueños. Todo aquello que esperábamos
o temíamos con la incertidumbre
vagabunda de las horas pasantes,
frío encima de la mesa es ahora.

Dentro de nada existen nuestras bestias.
En un huido regreso van lamiendo
camino hasta nosotros, enseñando
por sus llagas la sangre descosida.
El miedo y el minuto que las han
devorado de aquellos calendarios
hasta esta sencilla velocidad.

Iván Onia Valero (2008)

domingo, 15 de septiembre de 2019

Anatomía de Alicia


Nombrarte es comer pan.

Quizá porque la boca se abre para
estrenarte el segmento primero;
silábica modestia, soledad
de A, recipiente y ángulo, agujero
de lengua y paladar para empezar
a decirte.

Después,
el músculo se enrosca y sube al cielo,
lazo en construcción de la ele que trepa
y se asfixia en el punto desterrado
de la i

para dar paso a mis imperfecciones,
mi particular forma de llamarte
en la ce que va en los cauces secretos
de las serpientes huidas en el sur
o el diptongo final que silba y te abre
para que vengas, última y cerrada,

en el trigo partido de tu nombre.



Iván Onia Valero, de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en Huida, 2013)

sábado, 14 de septiembre de 2019

Traspié de dos estrellas


¡Hay gentes tan desgraciadas que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tanto! ¡ay de tan poco! ¡ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
el que lleva zapato roto bajo la lluvia,
el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
el que se coge un dedo en una puerta,
el que no tiene cumpleaños,
el que perdió su sombra en un incendio,
el animal, el que parece un loro,
el que parece un hombre, el pobre rico,
el puro miserable, el pobre pobre!

¡Amado sea
el que tiene hambre o sed, pero no tiene
hambre con qué saciar toda su sed,
ni sed con qué saciar todas sus hambres!


¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora, ...
el que suda de pena o de vergüenza,
aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,
el que paga con lo que le falta,
el que duerme de espaldas,
el que ya no recuerda su niñez;
amado sea el calvo sin sombrero,
el justo sin espinas,
el ladrón sin rosas, rosas,
el que lleva reloj y ha visto a Dios,
el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora
y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tanto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!

César Vallejo
fotografía de Chema Madoz

viernes, 13 de septiembre de 2019


Después de que pase otro día más,
después de que nada haya ocurrido hoy;
el rey sigue vivo,
los grandes monumentos en pie,
el gusano en la panza del tomate,
el vecino en su sueño con moscas,
la cal enfriando la casa del pueblo.

Después de que nada parezca ocurrir,
el pronombre "tú" persiste contigo dentro,
colgando de la siesta, como un galgo
de un árbol al que se entra por una puerta azul.
Si digo este pronombre, digo el silencio,
igual que el niño de arriba se calla
cuando en la tele anuncian que han encontrado un planeta habitable
o que mañana, por extraño que parezca,
va a llover.

Iván Onia Valero

jueves, 12 de septiembre de 2019


Mi amor por ti
Es un vidrio roto por el mal alumno del curso
Una capilla con techo de zinc bajo la lluvia de Vilcún
Una manzana ofrecida a la profesora por el alumno bueno del curso
El viento sur jugando ajedrez contra el viento norte
para decidir qué tiempo va a haber
La conversación con los mapuches que desde la costa
traen las estrechas carretas de cochayuyo
El abejorro que zumba deslumbrado al contemplarse en el espejo
El olor a café en el molinillo de la tía solterona
El recuerdo de rostros bellos como las proas de los veleros de otro siglo que se recuerdan junto a la cocina económica
El encanto de leer el Ojo y recitar las tablas de multiplicar
El gallo de pelea cuyas heridas cura tu padre tras suú últimavictoria
El maqui de los mendigos que aún no soporta el aliento de los camiones
El gesto del loco tratando de atrapar un rayo de sol con su sombrero en medio de la plaza
Un viaje en carreta con los primos para celebrar en la hijuela familiar el Año Nuevo
Las chispas de la locomotora a vapor iluminando la noche frente a mi perdida casa
Los nombres de poetas amados que repasamos como las cuentas de un racimo de uvas de Italia
El primer surco trazado por los colonos con susa aradosde madera
Y en fin
La llave que se nos ha dado para unir la memoria con el olvido
Y que lanzo al fondo de un pozo
Para que alguien tan afortunado como nosotros hoy día
la encuentre algún día.

Jorge Teillier

miércoles, 11 de septiembre de 2019


Cómo se agradece un septiembre a cierta edad. Tarde de sol frío, naufragios silenciosos por el cielo, un viento como una música que no suena, pero emociona las mejillas, un sol redondo y fuera de órbita como una luna equivocada. Las lluvias voluptuosas de este año han puesto verde lo verde, de un verdor intenso y sólido, de un verdor como yo nunca había visto por aquí. O ha nacido un verde nuevo o a determinada altura de la vida se descubren colores, se alcanza al fin la intensidad de la vida, el rubor del planeta, que es verde.

Me resisto a la cuenta atrás o adelante de los años, de los tiempos. No hay otra salvación que el presente, el presente es todo mío y me moriré en presente, con este viento alto, marinero en seco, este sol intemporal y este lujo de verdor que debe tener incendiados y alegres los cementerios.
Vive el presente en el jardín, coronado de pinos y de nubes. Aquí dentro, en casa, los periódicos y los libros, el trabajo y los papeles son un pequeño mundo por donde se ve correr el tiempo. La naturaleza, afuera, es inocente en verde, ignora el tiempo aunque ella sea el tiempo.

Hay bloques de presente a la deriva, en los océanos del cielo. Contra lo que suelo observar, el tiempo y el clima se han desgajado lo uno de lo otro. Cómo se agradece un septiembre a cierta edad. Porque cualquier septiembre es el eterno retorno de septiembre, el eterno retorno de uno mismo. Yo me siento volver con las estaciones, estoy siempre en rotación, vivo dentro del clima y vuelvo a encontrarme bajo el pinabeto o el alto ciruelo donde estaba hace un año, y septiembre, como un oso con frío y amistad, me devuelve todo lo mío: castañas locas, rosas fatigadas, perfumes que me olfatean como esbeltos galgos, abrazos del viento y piñas de verde pesantez. Los árboles siempre te regalan cosas. Serían nuestros abuelos centenarios si no fuesen tan actuales.

Pero dejo el presente en su soledad purísima y sin pájaros, y vuelvo dócilmente a entrar en la corriente doméstica del día, del año, del siglo. Me siento presentísimo, que no es igual que eterno ni quiere serlo.
O eso creo.


Francisco Umbral

martes, 10 de septiembre de 2019

La luz


Entraba la luz de la tarde, posándose en las pequeñas botellas
del minibar de la habitación de mi hotel, una luz de montaña
-estábamos en el hotel más caro de los Alpes-, que traía el frío
de finales de agosto. Desde la terraza, ponte un jersey si sales
a la terraza, se podía ver esos pinos enormes, religiosos, fragmentos
de la carne de un dios inocente, ¿por qué no quieres ver a nadie,
cabrón antisocial, te pasas los días aquí metido, bebiendo
y mirando los pinos?, me preguntaste, y yo te lo dije bien claro,
estoy jodidamente muerto, soy sólo un cadáver que viaja
por el mundo, un cabrón de vacaciones eternas, un asaltador
de minibares de hoteles de lujo, un consumidor de minibotellas,
y sólo me importa esta luz, esta luz que ilumina la habitación
porque esta luz es lo más misterioso que he visto nunca,
parece como si en ella cupiese la vida que he vivido
y la que no podré vivir, todo mezclado, claro fantasma.

Tu falda y tus bragas negras estaban en la silla, y tú sentada en el suelo
bebiendo un gintonic, si no me gustases tanto, dijiste, ven aquí,
volvamos a la cama, y empecé a comerme tus brazos,
tus manos, tus uñas bien cortadas, y la luz seguía entrando
y resplandecía en las etiquetas de las pequeñas botellas
del minibar. Eres un guarro, hijodeputa, no me lo hagas así,
eres un guarro, seguías diciendo, pero la luz no se marchaba nunca.
Y ella que hablaba de su vida y de sus ilusiones,
y su ropa interior esparcida por la habitación,
decentemente esparcida, y quejándose
de que, en vez de salir por ahí, nos quedásemos jodiendo
toda la noche, y luego, colmada, diciéndome eso
de eres un guarro, hijodeputa, te he dicho que no me lo vuelvas
a hacer así, toda la noche llamándome, repitiendo lo mismo.

Me quedé dormido un rato, me levanté de la cama, desnudo,
fui al minibar, cogí el último botellín y me lo bebí de un trago,
fui al lavabo y dejé correr el agua hasta que salió fría
y luego bebí, y mojé mi boca y mi lengua mucho tiempo,
tú seguías durmiendo, aún tenía líquidos tuyos por todo mi cuerpo,
saliva tuya y aguas de tu sexo y de tu boca, escociéndome,
y la luz ya se había ido, trayendo una paciente oscuridad.

Manuel Vilas

domingo, 8 de septiembre de 2019


Según mi torpe opinión
el matiz que distingue a un gilipollas
de un poeta
es que el gilipollas llega a la tumba con una íntima convicción:
la de haber sido un poeta
y el poeta sólo se lleva a la tumba una sutil sospecha:
la de haber sido un gilipollas.

Francisco Ruano

viernes, 6 de septiembre de 2019


Era uno de esos días en que está a punto de nevar y el aire esta cargado de electricidad. Casi puedes oírla, ¿verdad? Y esa bolsa estaba bailando conmigo, como un niño pidiéndome jugar, durante quince minutos. Es el día en que descubrí que existe vida bajo las cosas y una fuerza increíblemente benévola que me hacía comprender que no hay razón para tener miedo, jamás. El vídeo es una triste excusa, lo sé, pero me ayuda a recordarlo; necesito recordarlo. A veces que hay tantísima belleza en el mundo que siento que no lo aguanto, y que mi corazón se se está derrumbando.

Alan Ball

martes, 3 de septiembre de 2019


Escribo para vosotros, testarudos, calamitosos seres que deambuláis en este laberinto agrietado de nuestro siglo.
Os mando estas cartas porque creo en el fenómeno poético, lenguaje enloquecido y apesadumbrado que se derrite de calor
ante un malasio que agoniza entre el plomo y la rabia.
Escribo porque amo atrozmente lo que aún no ha sido todavía,
como lo amáis vosotros, gente, que vais por las ciudades recordando y deseando, con un periódico arrugado y un corazón que se hincha como un aullido en un barranco.

Escribo esta carta mientras oigo los ruidos de la cocinas y veo pasar el tiempo como un megaterio por la dulce ventana.
Escribo porque no soy un degenerado, porque estoy muy en deuda con dos viejos que languidecen en la edad al borde de su nieta,
con una persona pequeña vestida con telas graciosas, con seres que me dieron o me dan, con gentes que pasan, con años que transcurren camino de los siglos, con un sueño de amistad popular que cruza solitario
como un viejo vehículo del mar por el mar de la historia.

Félix Grande

lunes, 2 de septiembre de 2019

Del nacimiento de la melancolía


para Laura
She's my Coney Island Baby
TOM WAITS

Arrimo mi hombro a tu cuerpo para que “también por mí” vayan las hormigas.
-Eso dijiste. Así fue tu principio, no brotaste
de la costilla de neón rosa de Adán,
sino que naciste de mí como una extrema solidaridad.

Pronto estábamos en la mañana como un grupo que hace tai chi en un parque.
Nuestros cuerpos eran sencillos
y realizábamos movimientos repetitivos para obtener un alma.


II

Se celebró tu infancia
y yo quise llegar al fondo de “aquello”
colocándome una acreditación de poeta para entrar.
Los poetas éramos un grupo de académicos
que no habían terminado los estudios
y por eso en lugar de pajarita llevábamos una larva debajo de la nuez.
En aquellos tiempos ser moderno consistía netamente en la ironía.
(Por ejemplo si algo nos dolía o hacía mucho daño
procurábamos siempre aún así sonreír.)
Y tú fuiste el objeto
-Dear little you, I'm so sorrowful sorry,
culpable como un viento de primavera en una flor de plástico-:

Nos pintamos los labios y comenzamos
a besar tus cuadernos escolares tan sólo con el labio superior,
sellando así tu inocencia con algo parecido a un bigote.

Yo le hablé con crueldad
a la niña que eras. Dije -Snow White,
hoy vas a oír un cuento de verdad:
Cuando la princesa besó al sapo, éste se convirtió en un príncipe,
cuando la princesa besó al príncipe, éste se convirtió en dos príncipes
y cuando la princesa besó azorada a los dos príncipes,
todos juntos se convirtieron en un solo muerto.

Te dije que los terremotos eran el modo que tenía Dios
para mecer las cunas de los huérfanos.

Porque andaba mothertheless por el mundo y te regalé versos que te hicieron llorar.
Pero tampoco tu llanto podía hacerme abdicar de mi nueva mirada deportiva:
en nuestra institución había un pinball
y yo te pregunté: -Y cuando las lágrimas
atraviesan tu rostro
y pasan justo sobre tus lunares... ¿recibes puntos?,
dime, Snow White...

Pero Snow White no me dejó continuar.
Snow White me cogió de la mano y me enseñó a
escribir versos cuyo ancho era irregular como los cuerpos de las lombrices,
a pintarle de rojo las uñas a la mano de oro del viejo llamador si era verano
o vestirla de un guante si hacía frío.

Snow White me llevó
al mediodía de un mar cubierto de infinitos y rojos bombos chinos.
Y cuando un día de marzo se derritió la nieve de la calle,
Snow White me enseñó la calavera del muñeco de nieve.
Snow White me dijo que la mujer con las dos piernas ortopédicas era una sirena.
Porque Snow White era una niña que decía ¡Dios salve a la reina del panal! antes de comerse la cucharada de miel.

Y cuando los pájaros veían a Snow White, decían lindascosaslindascosas.

Snow White, Snow White, the little men have come to say littleiloveyou.

Juan Andrés García Román

domingo, 1 de septiembre de 2019


Te doy un más que me pides
y todo te parece poco,
ahora he pensado regalarte
hasta la torre del oro.
A ver si callas la boca
y no levantas el pío
veré si puedo traerte
los cuatro puentes del río.
Dueño, soy tu dueño
pidiendo imposibles
me quitas el sueño.
No digo que seas mala
ni se lo consiento a nadie.
La que ofreció tanto y tanto
me va ahora a dejar en la calle.
Pide que yo te daré
mi última gota de sangre,
a ver si de esta manera
de una vez tu te satisfaces.
Tu boca es mi perdición,
tu boca es mi Dios te salve,
pídeme por esa boca
y a los dos Dios nos ampare.

jueves, 29 de agosto de 2019


Mirando estoy tus ojos desatados, la violenta belleza que te mata, lo que de niña tienes, y de muerta, el cuchillo en que cifro tu tristeza. Mirando estoy una candente niña que se me va en los fuegos de la luna, lo que tanto he querido, esa penumbra que el día siguiente teje, cuando pasas. Mirando estoy, amor, como una tapia, el trayecto que dejas ante el tiempo, y llorando en lo dulce de la piedra, el pedazo de sombra que me quitas.

Francisco Umbral

martes, 27 de agosto de 2019


Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello que me deslumbraba.
Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no hay que afligirse.
Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.

William Wordswort

sábado, 24 de agosto de 2019

En tiempos de mi abuela


La Muerte vino a pedirle a una anciana
que por favor le cosiera un botón
y ella dijo que sí, se levantó
de la cama y se puso a buscar
aguja e hilo a la luz de una vela
que el cura había dejado sobre su cabeza.

Charles Simic

viernes, 23 de agosto de 2019


Yo soy el pescador,
el que con nardos llama a las sardinas,
el que tira cerezas a las olas.

En cada mano tengo un anzuelo
por si alguna vez ella se pregunta
¿quién
es el que atrapa la rana de mi estómago,
la langosta que pinza mi sangre,
el calamar que me nada en las venas?

Madrugo mucho,
llegaré a no dormir nunca pensando
en mi barca y en su blanco nombre de nadie.

Llegaré a no dormir nunca si anudo
mi red, si mastico un hueso de plata
y si llego el primero a los mercados
para vender mi historia:

yo soy el pescador,
el que enseña a flotar a las manzanas,
el que toca las branquias de la pena,
el que pincha la panza de la luna,
el que cose salabres con un lápiz,
el que le habla al ángel del agua,
el que cree que el fuego es la leyenda
que las sirenas cuentan a sus hijos.
El que ha escrito los peces esta noche.

Yo soy el pescador.
El que silba si en ella piensa.

Juan Aníbal 

jueves, 22 de agosto de 2019

Febril templo secreto


Aquel liviano e inmortal vestido
que con mis manos resurrectas
yo arrugaba feliz contra tu carne
guárdalo para siempre en la penumbra
de tus baúles donde nadie pueda
verlo tocarlo olerlo nadie
excepto el tiempo que nos aniquila
Guarda el vestido aquel pordiós consérvalo!

Caerán a nuestros pies como pájaros muertos
nuestra alegría y nuestra juventud
La renuncia y los años darán con todo en la ruina
Pero el vestido aquel que duele
aquella cosa incomparable, el cuenco aquel
de tu calor y de tu olor, que dure,
que dure mucho, que nos sobreviva
Guarda el vestido aquel pordiós consérvalo!

Y que cuando tus deudos hurguen entre las sobras
apasionadas y oscuras de tu vida
nada comprendan de esa tela perpleja
todo lo ignoren de esa cosa suave agazapada
Y que sólo una especie de nostalgia increíble
sin nombre ya y sin nadie y sin sitio
y este poema clandestino y maltrecho
cuenten lo que allí había en el trapo sagrado

Félix Grande

miércoles, 21 de agosto de 2019


ESTAMOS siempre aquí, años y cartas, estamos riñéndonos, doliéndonos, mirando los colores de las cosas, los verdaderos y profundos colores, en la oscuridad de la televisión, como en un panteón con tele, como estatuas yacentes con tele, un poco egipcios, un poco miserables, dándonos y quitándonos objetos, una carta otoñal, un botón de oro, repartiéndonos muerte, estamos heredándonos uno al otro, y dentro de esta casa nacemos y morimos cada día, estamos siempre aquí, meses y gente, escuchándonos lejos al teléfono, o el sonido elocuente del maderamen, las pisadas nocturnas, el pisar tuyo o mío, hasta que el nudo de la noche se resuelve en un lazo de gato, en la gata enredada entre las piernas, estamos cada uno espiando a una multitud, que es el otro, vamos en este viejo barco, navegaciones y semanas, dos viajeros solos, sin tripulación, dejando que la barcaza se adentre cada día en el corazón de las tinieblas, o en el hígado del alcohol, que es más doliente.
Contamos el dinero ya contado, escuchamos un disco y lloramos en falso, repartimos la hambrienta comida de los viejos, como si los viejos no fuéramos nosotros, miramos a lo alto, en el jardín, el alto cabotaje de las nubes, el sol, rueda de buey, que va despacio, pasamos frío y calor, el odio pone cuchillos en las puertas, ella trae carne fresca del mercado, o ese pescado rojo que le brinda el pescadero enamorado, como una rosa acuática de las profundidades.
Nos damos sexo y muerte, todo en frío, recaudamos la mierda, enterramos una foto infantil o ponemos la antena en el tejado, estamos aquí solos, gélidos de teléfono, y nos pasamos las enfermedades, como viejos recuerdos, yo te cambio una vértebra por tu vagina herida, tú me traes una flor que viene a gritos, quizá seamos dos locos, será esto un manicomio, dos locos en la casa de dos cuerdos, qué invasión de la ropa cuando la rebelión de los armarios, cada prenda es un mes, una moda distinta, a temporadas, nos pasamos vestidos como lentos cadáveres suavísimos, violados por el tiempo como damas.
Afuera hay urracas azules, afuera en el jardín, y ladran perros, y hay gatos que nos miran con nocturna inteligencia, nos ofrecemos libros, será invierno o verano en el jardín, leemos cosas distintas como huyendo uno de otro por el sendero menudo de la prosa, coincidimos en Borges y eso es sedante como empezar de nuevo, y viene nuestra muerte, la tuya o la mía, mirando los portales y los números, pero la muerte es esto, nos la vamos haciendo con palabras, con arrugas azules, muy ensayadas, nos herimos a muerte, el uno al otro, con una palabra ya enterrada, con un nombre, la muerte va cociendo como un pan, pero ahora sale el sol de los domingos, algo empieza de nuevo, sigue en la página siguiente, buscamos nuestro nombre en los periódicos como el signo exterior de que aquí vive alguien, continúa en la página siguiente.
Estamos siempre aquí, años y muertos, nos cosemos botones, nos robamos la ropa, nos espiamos, tan olvidados ya el uno del otro, te cambio este pie viejo por tu nariz de entonces, usábamos a veces el mismo cepillo de los dientes, pero ahora cada uno tiene su cepillo, su enfermedad, su muerte, su salud, nos respetamos como se respetan dos presos en la celda común, pero ya se ha nublado el sol de invierno, tú estás en tu silencio de maíces y yo escribiendo a máquina este cuento.

Francisco Umbral

martes, 20 de agosto de 2019

La dicha


El que abraza a una mujer es Adán.
La mujer es Eva.
Todo sucede por primera vez.
He visto una cosa blanca en el cielo. Me dicen que es la
luna, pero qué puedo hacer con una palabra y con una mitología.
Los árboles me dan un poco de miedo. Son tan hermosos.
Los tranquilos animales se acercan para que yo les diga su nombre.
Los libros de la biblioteca no tienen letras. Cuando los abro surgen.
Al hojear el atlas proyecto la forma de Sumatra.
El que prende un fósforo en el oscuro está inventando el fuego.
En el espejo hay otro que acecha.
El que mira el mar ve a Inglaterra.
El que profiere un verso de Liliencron ha entrado en la batalla.
He soñado a Cartago y a las legiones que desolaron a Cartago.
He soñado la espada y la balanza.
Loado sea el amor en el que no hay poseedor ni poseída,
pero los dos se entregan.

Loada sea la pesadilla, que nos revela que podemos crear el infierno.
El que desciende a un río desciende al Ganges.
El que mira un reloj de arena ve la disolución de un imperio.
El que juega con un puñal presagia la muerte de César.
El que duerme es todos los hombres.
En el desierto vi la joven Esfinge, que acaban de labrar.
Nada hay tan antiguo bajo el sol.
Todo sucede por primera vez, pero de un modo eterno.
El que lee mis palabras está inventándolas.

Jorge Luis Borges

lunes, 19 de agosto de 2019

El idioma


Más que aquellos que allí fuimos alguna vez,
extrañan las casas.
-El polvo intacto,
cada cosa en su frío-.

Regresamos a las habitaciones
para que los objetos vistan sus huesos
con el asombro de ser encontrados.
La nostalgia que nos recorre entonces
es la lengua del hierro conteniendo el vacío.

Idioma de lo que un día habitamos.


Iván Onia Valero de Galería de Mundo y Olvido (Ediciones en huida, 2013)

domingo, 18 de agosto de 2019

Ramas


A contraluz,
tu pulmón al desnudo.

Y en su interior
(aunque no puedas verlas)
ramas como de almendro o de avellano

y una especie de florecillas blancas
brotando en sus extremos:

Una radiografía.
La dejas otra vez sobre la mesa
que aún conserva intacta
su memoria de ramas, tronco y árbol.

(La memoria no muere,
se transforma).

Ramas en tus pulmones
y en la mesa

y en el papel de un libro.

Todo es parte de todo,
un mismo árbol.


Josep M. Rodríguez

sábado, 17 de agosto de 2019


Solo te tengo
el tiempo
en que te escapas.

Placer y dolor
coinciden,
Tenerte.
Levemente
perderte.

Tú me diste
la palabra mientras.

Dulce Chacón

viernes, 16 de agosto de 2019

Agosto


Este irse convirtiendo.
Aquel principio. Fábula de invierno.

Hay una horquilla de nuestras vidas
que sólo existe en la voz de los otros;

eras bueno cabezón y rubio
una gitana te quiso comprar
amabas la teta de tu madre

Una parte de ti es mitología.
Has crecido sabiendo que en la casa
duermen pirañas dentro del pasillo,
que tu blandura mirando
es heredada del abuelo cuando la guerra
y por eso la bala del húmero
o aquella canción de plomo
que hoy tarareas sin comprender.

Ulises, Capitán Nemo (sois lo mismo)
¿de quién es esta vida que te dicen
porque ya la memoria aún y tierna?
Tallito rubio,
ya por entonces triste y atolondrado,
pañuelo fino para llorar temprano
la luz alcalina de candelabro,
el olor a enebro del futuro.
Llorar el patio con sus trenes,
sus bragas sucias,
sus niños que ya los hombres que tú
nunca,
en tu rincón de contar creciendo:

uno, dos, tres…

te hicieron lento, por eso
miras crecer la yerba
o pronuncias las cosas y la boca
se llena de relojes y tuyas.

Tu madre era una sandía de agosto
-luna de cuento infantil-
de ti redonda aquella tarde,
de tu grito blanco adentro.

Niño polizón
Niño despiste
Niño leyenda


en tu rincón de contar sigues:

cuatro, cinco, seis…

lento, para los libros y la rosca de la yedra,

para comprender que la vida después y sólo
este camino que va de la fábula a la física.
Este irse convirtiendo uno de llanto en preguntas.

Iván Onia Valero
poema inédito recogido en la antología "Luz Sur" Unaria Ediciones (2016)













jueves, 1 de agosto de 2019

Estamos realizando trabajos fuera


Pequeño respiro en el blog.

Después de diez años de blog y tres de labor casi diaria con más de mil entradas, voy a parar una mijita. 
No tengo ni idea que quién entra en este rincón anónimo, pero si tenéis alguna sugerencia u otra cuestión que queráis comentar, estaré encantado de atenderlas.
Nos vemos pronto.

Iván Onia


Ser o no ser, esa es la cuestión:
si es más noble para el alma soportar
las flechas y pedradas de la áspera Fortuna
o armarse contra un mar de adversidades
y darles fin en el encuentro. Morir: dormir,
nada más. Y si durmiendo terminaran
las angustias y los mil ataques naturales
herencia de la carne, sería una conclusión
seriamente deseable. Morir, dormir:
dormir, tal vez soñar.

William Shakespeare

martes, 30 de julio de 2019

Soledad del farero


Cómo llenarte, soledad,
Sino contigo misma.

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
Quieto en ángulo oscuro,
Buscaba en ti, encendida guirnalda,
Mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
Y en ti los vislumbraba,
Naturales y exactos, también libres y fieles,
A semejanza mía,
A semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta
Como quien busca amigos o ignorados amantes;
Diverso con el mundo,
Fui luz serena y anhelo desbocado,
Y en la lluvia sombría o en el sol evidente
Quería una verdad que a ti te traicionase,
Olvidando en mi afán
Cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
Con nubes sobre nubes de otoño desbordado
La luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
Te negué por bien poco,
Por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
Por quietas amistades de sillón y de gesto,
Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
Por los viejos placeres prohibidos,
Como los permitidos nauseabundos,
Útiles solamente para el elegante salón susurrado,
En bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
Que yo fui,
Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
Limpios de otro deseo,
El sol, mi dios, la noche rumorosa,
La lluvia, intimidad de siempre,
El bosque y su alentar pagano,
El mar, el mar como su nombre hermoso;
Y sobre todos ellos,
Cuerpo oscuro y esbelto,
Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
Y tú me das fuerza y debilidad
Como el ave cansada los brazos de piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
Y erguido desde cuna vigilante
Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres.
Por quienes vivo, aun cuando no los vea;
Y así, lejos de ellos,
Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
Roncas y violentas como el mar, mi morada,
Puras ante la espera de una revolución ardiente
O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,
Transparente pasión, mi soledad de siempre,
Eres inmenso abrazo;
El sol, el mar,
La oscuridad, la estepa,
El hombre y el deseo,
La airada muchedumbre,
¿Qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
En ti, mi soledad, los amo ahora.

Luis Cernuda

lunes, 29 de julio de 2019


Hijo, salto que da el día
hacia otro día.
Pimpirincoja,
zapateta,
pingaleta en el aire
hacia otro aire.

Por ti van las semanas
a pata coja,
sin pisar raya.
El que pisa raya pisa medalla.
Cuando no sabe el mundo
qué paso dar,
y todo está en suspenso,
como trabado,
saltas tú a pies juntillas,
salvas la zanja,
y vuelve el día a correr,
claro en tu agua.

Francisco Umbral

domingo, 28 de julio de 2019

Cuenta el bosque


Corteza de árbol el vestido de novia,
fantasma blanco de resina.
Los días nacen de las noches,
no entre pliegues de luz,
una colina es sólo fango endurecido,
el nacimiento una lejana estrella,
y el poema únicamente voz.
Caza nocturna de sueños,
fisura en la mirada ajena.

Rosa Lentini

sábado, 27 de julio de 2019

Sofocón


La lágrima en la arena de Peret llevaba a cuestas la marca de un beso
negado. Hay litros de llanto que han empapado las salas de cine en un
momento álgido o tierno: uno mira hacia atrás o hacia los lados y la
caterva informe de los que adquirieron la entrada junto a ti dos horas
antes, se ha convertido en salada hermandad, un concierto lastimero
para trombón y pañuelo donde nadie desentona con su gimoteo
cuando Ilsa Lund vuela sin retorno lejos de Rick Blaine en Casablanca
o una lagartija abandona la cal del corazón y toca el piano llegando el
rejón serio de la palabra FIN.

Me gustaría saber qué clase de miedo sintió el primer hombre cuando
se sorprendió empapado en un misterio de sal y urea, quedándose
allí, tan solo con su génesis y su hormiga de la duda, aún sin palabra
alguna que nombrara el Descubrimiento. Seguramente notó que algo
se había roto sin remedio, para siempre, y con una piedra en la arena
levantó los idiomas esa misma tarde.

Otros llantos se solapan de forma impensable a la carcajada o llevan
dulcemente tatuada la inicial de agosto con cielo de orquesta y
plaza de pueblo. Entonces lloramos por miedo a que las isobaras con
bombillas verdes y rojas de las verbenas se apaguen y un decreto
arrastre lejos la vida y las muchachas. Antes de que nos demos cuenta
tenemos la cara seca y una foto a tiempo o una canción anclada, nos
recuerdan que una vez lloramos de alegría.

Pero sin duda, la peor de todas las formas de romper en llanto es esa
que no encuentra explicación ni sostén. Hay palabras que no saben
salir de los arrabales y te acompañan para los restos con la camisa a
cuadros, la pana rota, los zapatos rusos. El sofocón es una raza barata
de la pena, el chucho de las congojas que anda buscando la baranda
donde apoyar la desazón y no encuentra nada. El sofocón nos lame
como el olor a pan y plátano de septiembre. Es una pena chica que
nos deja sin aire en los parques de la infancia y que tu madre viene
a curar con un beso de saliva en el pañuelo para limpiar la sangre
negra de las rodillas. Años más tarde, se puede romper a llorar, sin
heridas, en los hospitales o los autobuses, delante del televisor o
mirando el césped del espejo, como el capitán general de los locos,
interconectado a todo y solo como uno solo. Hasta que alguien te
mira, se arremanga el sur de la lengua y murmura iluminando en el
viento lo que te pasa: ojú, qué sofocón más tonto has cogío.

Iván Onia Valero, poema recogido en la antología Luz Sur (Unaria Ediciones, 2016)

jueves, 25 de julio de 2019

La llamada de la selva


Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía
con el que yo he jugado algunas tardes.
Sin apretar los dientes me estiraba del brazo,
paseaba conmigo, se sentaba a mis pies
en los fríos inviernos.
En los días aciagos, por probar su obediencia,
le lanzaba mi alma, y ella me la traía
dulcemente empapada en su aliento doméstico.
Siempre fue la tristeza
un dócil animal de compañía,
que hace tiempo ha adoptado
esta fea costumbre de morder a su amo.

Vicente Gallego

miércoles, 24 de julio de 2019

El poema inacabable


Como el pulso en mi mano estás en mí,
como este movimiento en mi mano que ondula y mi aptitud
de ver en la mirada.

Mas te oigo con la yema de mis dedos,
y mi cuerpo es lo bronco en el dúo arterial de nuestros cuerpos.

Yo dejé mi pasado entre cactus y cerros magueyes de angustia
y ahora estoy aquí -rendido- igual que un animal extraño.

¿Y tú? Si pudiera decirlo yo diría que vienes
como pulpa de noche, agitada por raras convulsiones eléctricas.

Y ahora, ambos a dos, aquí, en la palma de Dios
o solamente en la
quiromántica palma de la Vida.

Ambos a dos, aquí, abrochados de angustia por espacios ignotos
donde en el fondo, acaso, están llorando niños.

Ya no contamos nada. Ni siquiera alegrías ni lágrimas.
Es una queja alegre ésta del "da y toma" de las mayores ansias.

Yo voy a ti, pirata.
Y ven tú a mí, ¡saquéame!...
...hasta la fiebre y el cansancio y la desesperación y
la caída.
Naufragamos en islas de soledad.
Perdidos, sordos y yertos al clamor lejano,
estiramos los brazos vanamente, tratando de encontrarnos...

Ciro Alegría
fotografía de Katarina Smuraga

martes, 23 de julio de 2019

Felices los normales


Felices los normales, esos seres extraños,
Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
Una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
Los que no han sido calcinados por un amor devorante,
Los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
Los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
Los satisfechos, los gordos, los lindos,
Los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
Los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
Los flautistas acompañados por ratones,
Los vendedores y sus compradores,
Los caballeros ligeramente sobrehumanos,
Los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
Los delicados, los sensatos, los finos,
Los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
Las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
Y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
Que sus padres y más delincuentes que sus hijos
Y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Roberto Fernández Retamar

lunes, 22 de julio de 2019

Relatos de verano: Caruso

En el verano de 1986, el barco de Lucio Dalla se rompió cerca de la costa y, en Sorrento, sólo estaba disponible el lujoso apartamento en el Grand Hotel Excelsior Vittoria, donde Caruso vivió los dos últimos meses de su vida y donde se conservaban intactos sus libros, sus fotografias y su piano. Los camareros le contaron a Lucio Dalla la leyenda del amor de Enrico Caruso con una chica joven a la que dio clases de canto en sus últimos días y que lo acompañaría hasta su muerte. En la misma habitación donde se alojara el tenor napolitano, Lucio Dalla comenzó a componer la canción Caruso



Qui dove il mare luccica e tira forte il vento su una vecchia terrazza davanti al golfo di Surriento...

Verán ustedes, mi nombre es Enrico y llevo 80 años muerto. Espero que este dato no los asuste porque además de un simple número, la muerte es sólo eso, un momento, plantas un pie como si nada y cuando te quieres dar cuenta ya no hay vuelta atrás, crees que sigues respirando, pero el suelo ha desparecido y las luces del puerto se van apagando hasta que no quedan más que pequeñas cabezas de alfiler y alguien te suelta la mano para que te alejes. No es nada solemne, ni siquiera asusta un poco, al final sólo aciertas a decir ¿ya? y toda la vida para esto, en fin .
Desde siempre me gustó más mi nombre que mi apellido, incluso cuando éste pasó a desterrar a aquel y en los carteles ya nadie podía leer Enrico, con las peleas que mi madre, napolitana de carácter, tuvo con mi padre para conservar la única herencia de Enrico Tardo, mi abuelo. De un plumazo Edward Bernays borró todo vestigio de tradición familiar porque Caruso tenía fuerza y carácter, pero créanme, con mi voz hubiera triunfado incluso llamándome Pepino il Fino. Desde pequeño mi canto supo encaramarse a las sábanas blancas de las azoteas cuando subía a tender con mi madre y congregaba a un número considerable de vecinas que nos tenían cogida la hora, mis conciertos prístinos olían a jabón y los primeros aplausos que escuché fueron los pasos bajando las escaleras de una veintena de napolitanas que sabían que el espectáculo ya había terminado y cuchicheaban acerca de la voz del hijo de La Barbara.

Después todo pasó demasiado rápido, con apenas veinte años me vi atravesando el océano como un tambor donde se ahogaban los meses de uno a otro lado; del teatro de San Carlo en Nápoles al teatro Colón en Buenos Aires, de mi adorada Scala de Milán al Covent Garden de Londres y desde allí al Metropolitan Opera de New York, donde estuve diecisiete años como primer tenor de la mano de mi amigo Arturo Toscanini, mi hermano en América. El champán corría, había rosas que no me dejaban ver las bóvedas de los teatros y dormía sobre colchones de dinero que nunca podría llegar a gastar.

Llegados a este punto se preguntarán a qué he venido después de tantos años, a qué mis huesos llaman a su puerta para contarles una historia sabida por no poca gente. Bueno, la muerte es aburrida, uno lee, mira, otea la realidad desde su atalaya de eterna nadería, pero como toda máquina imperfecta, la muerte se olvidó de desocuparnos los recuerdos, la memoria persiste más allá y el dolor nos vuelve a una piel que ya no tenemos y comprendemos, ahora sí, que el dolor no se instalaba en la piel.

Se llamaba Apolonnia. Me habían detectado cierta complicación de pleuresía, lo que venía significar que mi garganta estaba tan repartida por todos los teatros del mundo que ya no volvería jamás a su lugar natural, de modo que, relativamente joven, me asusté porque por entonces no comprendía la inocuidad de la muerte. Era el verano de 1921 y, como un elefante, me retiré a Sorrento, buena parte de mis ahorros los dediqué a morir por todo lo alto. En el Gran Hotel Excelsior Vittoria me abandoné a las noches de whisky y silencio, en el balcón de la 207 iba deshojando como un alcaucil mis últimos pensamientos hasta que me olvidaba de mi mala suerte y el alcohol me vencía unas horas con los peores sueños que recibí nunca.
Su nombre ya lo sabéis, pero sus ojos aparecieron detrás de la barra reconociéndome a pesar de mi deterioro, sus ojos viejos, como los míos, mis ojos nuevos, como los de ella, se cruzaron, egipcios, mesopotámicos, como si no fuera la primera vez que se cruzaban. La voz sonó antigua cuando me dijo Enrico, hacía al menos 30 años que nadie me llamaba Enrico, y a ese ángel profano encomendé mis últimos días y mi alma.

El 30 de julio sacamos un piano a la terraza del hotel y después de un tanteo de sus dedos con el marfil; el whisky y la euforia de vida que sólo padecen los moribundos y los enamorados (en mí pugnaban y se abrazaban ambas circunstancias) me hizo volver a cantar Mattinata, primero con cierto titubeo y encerrado en un susurro, más tarde casi como en mis mejores días. Mi voz atrajo a las barcas de pescadores hasta la playa que daba a la terraza y detrás de Apolonnia un coro me hizo con silencio un regazo donde cobijé mi vida y acudieron sus mejores momentos, me vi mirándome a mí mismo, me multiplicaba callado y esa multiplicidad de mí me escuchaba desde una azotea de banderas enjabonadas, desde Milán, desde Londres, Buenos Aires, Nueva York…todas mis edades, todos los Enrico Caruso que me atravesaron habían acudido a aquel hotel y entonces comprendí que ese era mi último concierto y que la muerte, ya sin miedo, también me estaba escuchando.

Cuando me acosté aquella noche ya no me levantaría más. La mano de mi Apolonnia se hizo un nudo de dos días, trenzada a la mía, mientras, con la que me quedaba libre fui saludando a la niebla que se acercaba hora a hora, hasta que el suelo desapareció bajo mis pies.

Los jóvenes llegan con ganas de comerse algo, siempre que sea a dentelladas limpias y calientes, no seré yo quien critique eso puesto que también estuve vivo y fui joven mordiendo el océano, saboreando las rosas que llevan un aplauso tatuado, no durmiendo nunca.

Cuando a Lucio se le estropeó aquella barca cerca del Excelsior Vittoria sesenta y cinco años después de mi última noche, yo ya sabía que de allí sólo podrían sacarse restos de mi vida embotellados, quién sabe si no hizo estropear su barcaza adrede sólo para que aquel camarero le contara la leyenda de que allí, justo donde él estaba sentado, el Gran Caruso se emborrachaba cada noche y enseñaba a cantar a la dulce Apolonnia hasta que se consumió en su Mattinata con los últimos tragos de una vida apoteósica que conoció el amor segundos antes de estrellarse contra la Nada.

Claro que aquí, verán ustedes, en estas sucias palabras, jamás cabrá lo que fui ni podrá reconocerse un solo gramo de vida, del mismo modo que en la canción tardía y curda de leyenda que el amigo que nunca conocí compuso sobre mis últimas horas, tampoco caben los misterios que encierra la muerte, ni el atardecer que apresa el whisky ni el epitafio de ojos fijos que era Apolonnia y, sin embargo, no está mal esto que dices amigo Lucio, no está nada mal...

un uomo abbraccia una ragazza dopo che aveva pianto poi si schiarisce la voce e ricomincia il canto...


Iván Onia Valero

domingo, 21 de julio de 2019


Estamos entre bragas y tomates
tomando un sol que no da en nuestras vidas,
estamos entre trapos y recibos,
mojándonos los pies en un barreño.
Estamos entre cosas de un vecino
que se murió, María, y nos vendió esta casa
(o quizá fue al revés: casi seguro,
nos vendería esta casa siendo aún vivo).

Estamos entre gatos y desastres,
odiándonos tan sólo los domingos,
y subimos al cielo algunas tardes
-escalera de mano del garaje-,
a coger frutos verdes de tu huerto
y algún pájaro tonto como un ángel.

Francisco Umbral

viernes, 19 de julio de 2019


Todo el mundo tiene un plan hasta que le das la primera hostia

Mike Tyson

jueves, 18 de julio de 2019


Amor, amor,
que estoy herido.
Herido de amor huido;
herido,
muerto de amor.
Decid a todos que ha sido
el ruiseñor.
Bisturí de cuatro filos,
garganta rota y olvido.
Cógeme la mano, amor,
que vengo muy mal herido,
herido de amor huido,
¡herido!,
¡muerto de amor!

Federico García Lorca

martes, 16 de julio de 2019


Ojalá mi vida fuera una carreta de bueyes
que se acerca, chirriando, de mañanita, por el camino,
y que vuelve después al sitio del que ha venido,
de nochecita, por el mismo camino.

Yo no tendría que tener esperanzas: sólo tendría que tener
ruedas…
Mi vejez no tendría que tener arrugas ni pelo blanco…
Cuando ya no sirviera, me quitarían las ruedas
me quedaría volcado y roto en el fondo de un barranco.

Alberto Caeiro

lunes, 15 de julio de 2019

Sobre despistes


Calculas que quedan 3 ó 4 segundos para llegar al frigorífico y vas pensando: sacar la cerveza del congelador/sacar la cerveza del congelador, no te distraigas, concéntrate.
Cuando horas más tarde vas a por un poco de helado, la botella te mira con esa mueca de chapa, la boca torcida de aquellos a los que le duele más el olvido que el frío y te maldices y te preguntas cómo es posible que otra vez/que otra vez.
Después recuerdas que esta tarde pensaste en José Hierro -ojú qué frío- y en Aureliano Buendía tocando una barra de hielo como si fuera el lomo de un toro paterno. Has escrito que el frío es un lenguaje ministerial que nos prestan los animales antes de tacharlo y levantarte a por un helado.
Ahora ya lo sabes, estás en el pelotón de los que se acaban disparando en el pie siguiendo el vuelo de un tucán. Prefieres la metáfora a la vida. Un día te destruirás pensando en otra cosa.
 
Iván Onia Valero de Paseando a míster O (Asociación Noctiluca, 2017)

sábado, 13 de julio de 2019

Taberna Gonzalo

Anoche cerró definitivamente sus puertas la Taberna Gonzalo Molina de la calle Relator, dejo algunas fotografías de la última noche y un poema que escribí hace dos años.


TABERNA GONZALO

Dos hombres se dicen, se desmadejan.


¡Oh tarde de los Generales!

Cerrar los ojos y que las verdades rojas
o las muchachas de la fruta,
las tres fotografías de cuando,
¿te acuerdas?
la policía, su prisa de almidón
y nosotros corriendo, con los bolsillos
llenos de carbón y futuro:
por los tejados, el gato,
apóstol del presente.

Dos hombres diciéndose, en las hilachas.

¡Oh noche de los Generales!

Mi último poema es más viejo que yo.
Aún puedo ver las farolitas de cuando,
las bellas ratas del amanecer,
¿también tú?
Hasta la policía se cansa
y nos arde el bolsillo si recordamos mucho:
por los tejados, el gato,
bujía del pasado.

Iván Onia Valero

viernes, 12 de julio de 2019


Si no estás, escribo un poema al día. Nunca me siento tan poderosa (te lo dije) como cuando mis dedos corren por el teclado del ordenador; nunca recuerdo los árboles de la infancia y la savia de la infancia y la saliva que portaba mi boca en la infancia como cuando mis dedos arañan el teclado del ordenador. Si no estás, escribo un poema al día. Hablo de vasos, de leche, de la creación de la Tierra. Hablo del cuerpo, hablo de mi cuerpo desnudo, hablo de la sangre que menstrúo y del vello que crece como los límites de las ciudades extranjeras. Hablo de ciudades extranjeras a las que nunca he viajado sola. Hablo de mi madre, hablo de mi padre, hablo de un tubo de dentífrico gastado por el acné de la adolescencia. Hablo, escribo un poema al día; si no estás, me siento tan poderosa como los trozos de granizo (haré a todas las familias salir a la ventana; les haré comentarlo y llamar por teléfono; les haré quedarse en casa, cancelar los planes, discutir porque no se puede salir a la calle y salgan a la ventana si no lo creen, si piensan que no tengo razón). Si no estás, planto espigas y modelo un mundo; y modelo un mundo de ciudades extranjeras en las que nunca estás, en las que escribo (te lo dije) un poema al día.

Si estás, no hago nada. Nunca me siento tan poderosa como cuando tus dedos corren por los campos rotos de mi cuerpo. Si estás, árboles de la infancia y savia de la infancia y saliva que mi boca porta en la infancia; vasos, leche, la creación de la Tierra; mi cuerpo desnudo (todo lo cubre mi cuerpo desnudo; la carpa del cuerpo desnudo no permite saber si llueve), la sangre que menstrúo, el vello y las ciudades extranjeras. Si estás, tomo todo el café de golpe. Quiero estar despierta. Quiero tragarme un poema al día. Quiero tragarme las espirales de la cama, el sonido de tu espalda cayendo sobre la puerta, temblando sobre la puerta del mundo que modelo. Si estás, cubro las ciudades con las manos, esbozo sobre las ciudades un cielo oscuro y me siento poderosa; nunca me siento tan poderosa como cuando estás. Nunca me siento tan poderosa como cuando puedo soplar el viento (este viento fricativo) sobre tus orejas; si estás, escuchas los ciclones una vez al día. Si estás, no necesito espejos; si estás, se hunden las agujas en la carne que cuido; si estás, si estás, si un día sucede que estás, si me levanto una mañana y estás agarrando mi pelo y estás hablándome de las ciénagas y estás preguntándote por qué no quedan ciudades extranjeras.

Escribo un poema al día. Las espigas, el granizo: todo ha empezado a formar un jardín en mi ventana. Si no me paras, crearé la Tierra.

Aida González Rossi

jueves, 11 de julio de 2019

Viceversa



Tengo miedo de verte
necesidad de verte
esperanza de verte
desazones de verte

tengo ganas de hallarte
preocupación de hallarte
certidumbre de hallarte
pobres dudas de hallarte

tengo urgencia de oírte
alegría de oírte
buena suerte de oírte
y temores de oírte

o sea
resumiendo
estoy jodido
y radiante
quizá más lo primero
que lo segundo
y también
viceversa.

Mario Benedetti

miércoles, 10 de julio de 2019


Quiero llevar tu sello,
estar marcada
como una cosa más entre tus cosas.
Que las gentes murmuren: allá pasa,
allá va feliz, la señalada,
la que lleva en el rostro
esa antigua señal de risa y lágrima,
la cabellera derramada y viva,
toda ella una antorcha y toda llama,
musgo de eternidad sobre sus hombros
resplandeciendo así, como una lámpara.
A mis pies, un rumor de muchedumbre
se irá abriendo en canal, como una calle.
No me importa que digan:
esa mujer que escapa como ráfaga,
que no ve fuera de su sangre, nada,
que ya no escucha fuera de sus voces,
que no despierta sino entre sus brazos,
que camina sonriendo;
esa mujer que va segando el aire,
la boca contra el viento,
le pertenece toda como un libro,
como el reloj, la pipa o el llavero.
Como cualquier objeto imprescindible
que es uno mismo a fuerza de ser nuestro.
Quiero que todos sepan que te quiero:
deja tu mano, amor, sobre mi mano.
Sobre mi corazón, deja tu sello.

Julia Prilutzky