martes, 27 de septiembre de 2016

El pez


Ver con los ojos abiertos y ver con los ojos cerrados. De eso trata el poema "El pez" de Elizabeth Bishop (Charles Simic)

Cacé un tremendo pez.
y lo sostuve mitad fuera del agua
al costado del bote,
con mi anzuelo clavado
en una esquina de su boca.
No peleó
No tenía que hacerlo después de todo.
Colgado, gruñía pesadamente.
Espasmódico, venerable
y sin atractivo. Aquí y allá
su piel marrón colgaba en tiras,
al igual que empapelado antiguo.
Y su figura marrón oscura
era como empapelado
con aspecto semejante al de rosas todas rendidas
y descoloridas por el transcurso de las edades.
Era un percebe salpicado;
fina roseta de lima
e infestada
con un pequeño y blanco piojo de mar.
Y debajo dos o tres
retazos de yuyo verde colgando
mientras sus branquias –las aterrorizadas branquias-
respiraba el terrible oxígeno,
con sangre fresca y crujiente
que podía cortarlo tan mal.
Pensé en la blanca y áspera carne
comprimida como plumas.
Los grandes huesos y los pequeños huesos;
los dramáticos rojos y negros
de sus brillantes vísceras
y el rosado saco membranoso
como una gran peonía.
Lo miré a los ojos
que estaban tan grandes como los míos,
pero debilitados y amarillentos...
Los iris apoyados y empaquetados
con descolorida aleación,
buscaban a través de las lentes
de viejas micas raspadas.
--Esto se pareció más al titilar
de un objeto cuando refleja la luz.
Admiré su cara malhumorada;
el mecanismo de su mandíbula.
Y entonces vi
su pequeño labio.
Podrías llamarlo un labio
rígido, húmedo y parecido a un arma.
Cuatro o cinco piezas viejas
colgando de la línea de pesca
y un cable guía con el pivote adjunto
a sus cinco grandes ganchos que
crecían firmemente en su boca.
Una línea verde peleando hasta que al final
donde él se quebró en dos líneas pesadas
y un delgado hilo negro
permaneció enredado por el esfuerzo y el chasquido
cuando se quebró para dejarlo escapar.
Como medallas con sus cintas
luchando y moviéndose,
una barba con cinco pelos de sabiduría
que se arrastraba desde su dolorida mandíbula.
Lo observé y observé.
Y la victoria llenó
el pequeño bote alquilado,
desde la pileta de la sentina
donde el arco iris del aceite estaba derramado
alrededor del motor oxidado,
hasta la oxidante carga de naranjas.
El sol atravesaba y partía con sus cuerdas
las horquillas de la borda –Antes que todo
fue el arco iris arcos iris arco iris
Y dejé a los peces ir.

Elizabeth Bishop

lunes, 26 de septiembre de 2016

Hábitat


Ensuciar el orden de lo que nos ha sido dado. El músculo promisorio en las cosas blancas. Levantar el lenguaje donde sólo existe el himen del silencio.
Al principio la mesa limpia, sola como un piano o una lápida y sobre ella, después, el torrente de la jornada; aquí un pie de luz, allí los bisturís azules y negros, la oblea simple del folio, donde hiberna la esperanza de lo que puede ser, hasta que todo se derrumbe con la primera palabra y los límites me acompañen. Más allá, el agua de la radio, la mayúscula recia de la silla, el brazo de libros sobre el que a solas lloro de envidia:

Miro entonces mis pies y mis rodillas, mi sexo y mis cartílagos, miro de arriba abajo esta fraterna máquina de morir (Félix Grande)

Ensuciar el orden de lo que nos ha sido dado.
Creer que vivimos cuando sólo estamos habitando.

Iván Onia Valero

sábado, 24 de septiembre de 2016

Un cocodrilo (fragmento final)


¿Quién es ese que no soy yo y con mi cuerpo está
durmiendo?
No sabe aún que su sitio está aquí.
Aguardo mi regreso,
me dejo creer que duermo,
me dejo ser la arista blanda de alguna hondura.
Aún puedo creer
–esperanza satélite de la destrucción–
que también soy ese que me está soñando,
que soy el mismo que amaneció en la cuna de un ángulo
y ha roto sus zapatos sobre la hierba
de este día.
Aún puedo creer que la vida
me ha atravesado con un segundero de plata
y el cansancio me ha puesto un elefante en cada ojo.
Aún puedo creer en esa casa y en ese árbol,
en el desordenado idioma de los brazos y el vino,
en los siglos que nos aman hasta la repetición.
Puedo creer en el agua y su encía sobre mi torso,
en el secreto que respira bajo los vestidos,
en la ciudad y en el nombre de hoy.
Creo en los amigos que miran y miran,
en mis padres y mis hermanos que me llaman
desde un mar que les corta por la cintura.

Has llegado hasta aquí. Te sientas sobre nuestras rodillas,
meneas la cabeza, hojeas, dices “no”
y tachas dos o tres versos que te dejan los dedos azules.
Dices “no” y arrugas las cejas cursivas.
Dices “no” con los puños mayúsculos.
Dices “no” con la calva planetaria.

“Es hora de dormir, muchacho”

y me levantas de la silla como en aquel poema de
Biedma
para ir hasta el infierno juntos
y dar los corazones rotos al cocodrilo que aguarda.

no he sido feliz
si no fueses tan puta
no he sido feliz
a tientas cruzamos el piso
torpemente abrazados
un glacial nos arrastra
eres el poeta
eres el poeta
eres el poeta


“Es hora de dormir, muchacho”

Mañana, con el corazón nuevo,
terminaremos el poema que no ha existido nunca.
–Con el corazón nuevo, muchacho que somos–
el poema que no acabará nunca.

Iván Onia Valero, de El Decapitado de Ashton (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2015)

domingo, 18 de septiembre de 2016


¿Con qué sueña un gato que nunca ha visto un ratón? Le toco el cansancio en el lomo de maíz y brea mientras imagina los animales nunca cazados, igual que el niño hipóxico tararea en su profundidad el recuerdo del útero durante toda la vida. Se convierte en ellos esta pájara en su jaula de pladur, esta ratona persiguiéndose a sí misma por dentro del sueño. Cuando se alcance, despertará a mi mano y a mi voz llamándola.

Iván Onia Valero

sábado, 17 de septiembre de 2016

Los ángeles reaccionarios (fragmento)


La injusticia gobierna el universo. Todo lo que se construye, todo lo que se deshace, lleva la huella de una fragilidad inmunda, como si la materia fuese el fruto de un escándalo en el seno de la nada. Cada ser se nutre de la agonía de otro ser; los instantes se precipitan como vampiros sobre la anemia del tiempo; el mundo es un receptáculo de sollozos... En este matadero, cruzarse de brazos o sacar la espada son gestos igualmente vanos. Ningún soberbio desencadenamiento sabría sacudir el espacio ni ennoblecer las almas. Triunfos y fracasos se suceden según una ley desconocida que tiene por nombre destino, nombre al que recurrimos cuando, filosóficamente desguarnecidos, nuestra estancia aquí abajo, o no importa dónde, nos parece sin solución y como una maldición que debemos sufrir, irracional e inmerecida. Destino: palabra selecta en la terminología de los vencidos... Ávidos de una nomenclatura para lo irremediable, buscamos un alivio en la invención verbal, en las claridades suspendidas encima de nuestros desastres. Las palabras son caritativas: su frágil realidad nos engaña y nos consuela...

(En este mundo nada está en su sitio, empezando por el mundo mismo. No hay que asombrarse entonces del espectáculo de la injusticia humana. Es igualmente vano rechazar o aceptar el orden social: nos es forzoso sufrir sus cambios a mejor o a peor con un conformismo desesperado, como sufrimos el nacimiento, el amor, el clima, y la muerte. La descomposición preside las leyes de la vida: más cercanos a nuestro polvo que lo están al suyo los objetos inanimados, sucumbimos ante ellos y corremos hacia nuestro destino bajo la mirada de las estrellas aparentemente indestructibles. Pero incluso ellas estallarán en un universo que sólo nuestro corazón toma en serio para expiar después con desgarramientos su falta de ironía...
Nadie puede corregir la injusticia de Dios y de los hombres: todo acto no es más que un caso especial, aparentemente organizado, del Caos original. Somos arrastrados por un torbellino que se remonta a la aurora de los tiempos; y si ese torbellino ha tomado el aspecto del orden sólo es para arrastrarnos mejor...)

E.M Cioran