lunes, 1 de abril de 2019


El río traía a veces zapatos de mujeres entre las hojas tiernas y los troncos muertos.

Pero nosotros cruzábamos los puentes con canciones y pañuelos de azafrán.

Y, en el verano, colgábamos pendientes de cerezas en las orejas de la amada.

Más allá, en su memoria, los ciervos se incendiaban como flechas de sangre:

veloces en sus ojos azules y lejanos; rojos en sus cabellos heridos por la bruma.

Julio Llamazares

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