miércoles, 23 de diciembre de 2015

Sobre "Exilios. Hacia el azul" de Miriam Palma


Cuando abran este libro y lleguen a los primeros poemas, si se detienen un instante, podrán escuchar un traqueteo de aeropuerto. El sonido que hacen los extraños al chocar huesos y lenguas, donde se mezclan los idiomas con esa suerte de himno de elefantes conversando que tienen los aviones al despedirse y que, pasados unos minutos, tanto se parece al silencio.

Azul late hoy el centro
de un silencio (…)
que se acurruca entre los bancos
de una estación de trenes.

Exilios, de Miriam Palma, se asemeja por momentos a una catedral erigida en torno a la máxima: “aquel lugar en el que fuiste feliz, no debieras tratar de volver”

Por aquel entonces existían aún constelaciones,
la tapia del viejo cementerio
se prestaba  paciente
a guardar el secreto de los besos
bailando con el humo
de los primeros cigarrillos a escondidas.

Si en algún momento llegamos a creer que estamos ante un poemario en el que los paisajes van a suceder delante de nosotros como en un cuaderno de viaje o que vamos a desconocer las ciudades y las coordenadas de las que nos hablan, estamos en el camino incierto. La pluma gira toda y la poeta se transforma en ciudad y álamo, en parque y bitácora de sí misma, y se parte como pan para ofrecerse en comunión con el lector. Las plazas no tienen nombre porque son las de todos, hay calles que hacen de esquina entre la adolescencia y el olvido. Hay hermanamiento entre la que escribe y nosotros porque la pérdida es una cicatriz democrática, porque el tiempo es la lengua de todos.

En aquellos días
el canto de los grillos
destrenzaba a menudo
la densidad de esa ciudad pequeña

Umbral, en su libro “Carta a mi mujer” decía: envejecer no es abandonar las cosas, sino ir viendo cómo las cosas nos abandonan.
Miriam Palma nos coge de la mano para bajar a los sótanos donde las cosas que nos abandonaron permanecen sonámbulas, y se hace necesario decirlas para consagrarlas al rito de la existencia o a la literatura del recuerdo. Pone la mano encima para ver hasta qué punto está tornándose en pasado, en qué parte, sílaba o latido la tarde aquella la fotografió en un descuido y hoy puede asombrarse al verse hecha atardecer, horizonte de sí misma.

De a ratos se ilumina
la retina
de niña que recuerda
aromas entre el verde
de encinas extrañadas
y de rimas,
de futuros lejanos
que nunca fueron ciertos
a la postre.

Y también:

un tiovivo teñido de olores a rastrojos,
del asombro prendido
de la mano grande de la abuela
embutiendo de amor un corazón
de niña sola

Otro aspecto transversal a lo largo de los poemas es un continuo regreso al presente. El poemario se transforma poco a poco en una estación de paso, donde los paisajes genéricos: plaza, tarde, montaña… se funden y confunden con la poeta, que se sitúa en el centro de una bisagra por la que se dobla su vida. No sabemos si llamar a esto destino o parada obligatoria, pero los poemas nos golpean desde una atalaya en la que mirar hacia atrás o adelante parecen suponer el mismo ejercicio de inutilidad, y son bellezas iguales. Nos encontramos envueltos por dos pieles, una pasada y otra venidera, cosidas ambas por la punta roma de la esperanza.

Componer un poema
para una piel
repleta de preámbulos

*

Se acerca un tiempo de huracanes rotos

*

Y aquí estamos ahora
sobre la escombrera de un presente (…)
entre los dedos
restos aún
de esperanza ajada


Las cosas nos abandonan, ya lo sabemos, en eso consiste nuestro mecanismo de estar y pesar sobre la Tierra y de eso, en parte, habla este libro de poemas. Pero, mientras buscamos los exilios que nos lleven lejos de tanta destrucción, entre los escombros, a veces, cabe una mano que escriba los lugares donde fuimos o que encienda la luz verde de lo aún no habitado.


Iván Onia Valero

Aquí puedes conseguir el poemario


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