martes, 3 de julio de 2018

Breakfast


a Cravan y Mina Loy

Todas las maravillas pertenecen al presente.
Es mejor estar aquí, hoy, desayunando en el extrarradio al lado de las tres viejas, que mirar los ojos de la Gioconda y sentir nostalgia por el pasado. Mejor que pisar ciudades subterráneas, fenicias y romanas, que hemos sepultado con nuestra actualidad.
Las viejas se llaman niña entre ellas, se preguntan por los hígados y las vesículas, esa fontanería interior que sólo importa a ciertas edades, cuando suenan los malos bajantes en mitad de la noche o el plomo se pudre y nos empapa de sangres y orinas. Han abrazado la palabra selfie y la usan en medio de las conversaciones:
antié estuve en el tanatorio, Julián, el pobre, estaba minadito
primero los de aquí,
ayer me hice un selfie con la chica de mi Ricardo.
Su felicidad y su justicia son simples como un columpio o una manzana.

Las camareras gordas de 50, con la axila sudada, me preparan un café egipcio o etíope sin saberlo, pulsan el botón del café cortado y jamás piensan que están tocando el ombligo de una civilización. Sueñan pueblos de costa cercanos: Chipiona, Matalascañas, Mazagón, Punta Umbría, Rota… la pobreza también es el mar, la playa es la democracia, el naufragio universal, el derecho de todos a mojarse el culo, a enterrar una sandía en la arena o a desaparecer en el horizonte como un delfín encendido. Y mañana es domingo para las camareras de 50, se pasan la lengua por los labios si piensan en el tinto de verano enfriándose en la nevera de corcho y vuelven los ojos cuando se imaginan entrando en el mar hasta la cintura y meando largamente, como quien llora un llanto tibio y secreto, un réquiem amarillo por sus vidas, felices porque hay filetes empanados, porque sus hijos están a salvo, jugando donde no cubre o porque mear se parece tanto a un orgasmo.

Aquí todos los niños son iguales; castaños, rubios, niños y niñas morenos, parto infinito de las madres obreras con tatuajes antiguos, tribales con estrías, el presente es una estría, María del Mar, Vanessa, Yolanda, mis niñas de 1980 llenando el barrio de Martines, Álvaros, Alejandros, Lucías, Valentinas… mis niños arrabaleros, qué tatuaje os espera mientras vuestras madres cuecen la pasta blanca, como tripas o bosques de un mal sueño y les preguntáis qué es el futuro.

El presente es escribir sobre el presente, no levantar el bolígrafo del papel por si desaparecemos.
El presente es esperar que me llames para desaparecer de los lugares donde no estás nunca.
Dejar de escribir porque me llamas.
Pero, mientras tanto, está el desayuno, que también es un presente hermoso, el pan es actualidad pura, el pan y los periódicos respiran por el agujero de un reloj de muñeca, mañana estarán duros o serán algo que ha desaparecido porque alguien dejó de escribir su columna.

Para que yo pueda escribir un poema de amor el mundo se lubrica, aceite para los engranajes y los resortes. Delante de mis ojos la cafetería es la cubierta de un barco funcionando ordenadamente con el fin de  que yo escriba. Hay camareras, ya lo dije, arriando velas, haciendo sonar las bonitas cucharillas dentro de los vasos, el contramaestre las guía para que nadie pase hambre. Al fondo, alguien maneja vapores y presiones y así, la lágrima dura del café, llega a las mesas en su justa medida, el café es la justicia que nos administramos, un veneno que nos levanta. Y hay un capitán, claro, un buen capitán que daría su brazo derecho por este barco y los que en él navegamos. Todos sudan, corren, manejan, chillan para que el mundo funcione y este poema exista.

De modo que escucha bien, emociónate porque hay mucha humanidad dejandose la vida con tal de que yo diga que te quiero porque el órgano de los gitanos te encoge el corazón y sé que te abrazarías a sus cabras amaestradas, llorando, como Nietzsche al caballo de Turín. Te quiero porque un vestido tuyo se hundió al sur de Terranova y con sus mangas aún saluda a los ahogados del Titanic. Te quiero porque tu corazón es un hueco en la escalera donde los gorriones se saben reyes de Francia. Te quiero porque tienes buenas piernas; glúteos, isquiotibiales, cuádriceps y gemelos que te hacen cruzar media ciudad si soy yo el que te llama. Llevo más de una hora desayunando, leyendo poemas de Jorge Teillier y de Manuel Vilas, no te soporto como no soporto la belleza de este barrio de mierda. Es maravilloso todo lo que leo, es maravilloso el vaso de agua por la mitad con tus ojos dentro, mirar el móvil de vez en cuando por si escribes, el móvil como una esquina negra por la que nunca apareces. Ojalá estuvieras aquí y la mañana, en vez de un algoritmo, fuese sencilla porque puedo tocarte un dedo del pie o decirte que tienes una pestaña en el pómulo. Te quiero porque tus uñas son diez preposiciones rojas que me anteceden el nombre. Te quiero porque no te ves cogerte la cabeza y elevarla para ofrecérmela, igual que Judith quería la de Holofernes. Te quiero porque casi nunca estás y me enamoro de las sillas vacías. Te quiero porque tus bragas son un papel de regalo
negro,
azul,
rojo
un papel de regalo transparente que deja ver lo regalado. Si las bajo con los ojos cerrados, la magia regresa como a una mañana de reyes donde los padres son los que no existen.
Te quiero porque me crees si te digo que Dios vive en una higuera y porque tengo un nudo en la garganta mientras intento acabar este poema, es una ciruela que me crece, es la ciruela de tu ausencia, el membrillo de mis ganas de verte, la fruta de los desesperados. Y quiero llorar por ahí, gotas dulces de albaricoque reventón, savia del tallo del plátano, quiero llorar el dátil que quieras comerte.
Te quiero por tu actualidad, porque existes, coetánea y mía, porque eres de este tiempo, porque no estás muerta ni eres alguien por nacer.
Te quiero porque todas las maravillas pertenecen al presente.

Iván Onia Valero

4 comentarios: