
Cada día escribo menos, un poco menos cada vez, como si me hiciera
lento en la cantidad o la manigua de ideas me pesara en la mano con
un plomo de aburrimiento. Me da miedo abrir un libro por si alguien
ha escrito ya lo que yo llevo persiguiendo en mis años de pescador
paciente y ha logrado atrapar al Gran Pez legendario o si, por el contrario,
me aburre más de lo que yo puedo aburrirme a mí mismo.
Odio a los poetas básicamente por dos cosas: por mediocridad y por
envidia. A los primeros los dejo vivir y les doy palique incluso. Hablamos
de asuntos dispares, pero nunca profundizamos, siempre
tengo en mente algún pasaje de algo que haya escrito, una metáfora
coja o un verso descarnado y horrible que me haya dado a leer,
entonces nuestras vaguedades lo salvan de un buen puñetazo en
los dientes y casi siempre acabo rascándome el bolsillo para invitarlo
a la última cerveza.
A los segundos me gustaría matarlos y sé que ellos harían lo mismo
conmigo. Tampoco hablamos demasiado de poesía, a lo sumo,
nos limitamos a citar a algún autor grande, demasiado viejo o demasiado
muerto, ya se sabe, cuando un poeta lleva mucho tiempo
muerto, regresa a la vida en forma de anciano y de ahí no pasa, es
eternamente un mueble antiguo al fondo de las conversaciones,
inmortalizado en su única fotografía de principios de siglo.
Tratamos de otras cosas por evitar la reyerta lorquiana de gallo, gitano
y faca. Nos reímos y nos abrazamos a ciertas horas largas, cuando
sólo queda un puñado de jinetes atravesando los bulevares y siempre
tenemos una mano en el bolsillo que está tocando la punta de la
navaja o la pistola por si al otro le da por enseñarte un buen poema,
nos dé tiempo a matarnos.
Soy un hombre de cera consumiéndose. A los veinte años era un potro
desencadenado a la vida, mastín de tinta que escribía como una
yugular recién cortada. Todo era taumaturgia y fiesta, pregón de la
primavera y mi sangre manchaba las flores. Todas las metáforas eran
una mujer desnuda en el desayuno, todas las palabras una leche tibia
y amarilla donde hundir la cara de alegría.
Cada día escribo menos. Pienso en que la lluvia y la tormenta llevan
siglos diciendo lo mismo, fascinando con el mismo tempo. No les
ha hecho falta cambiar el diapasón ni llevar sus trombones a afinar
para deslumbrar con electricidad y agua a las nuevas generaciones.
Escribe eso, me digo a veces cuando el espejo me devuelve la
copia de un tipo a medio acabar. Escribe el rayo y el aguacero, el
gran poema, atrapa al Pez y repítelo tantas veces a lo largo de la
historia que la gente no tenga más remedio que huir de frío al leerlo,
abrir los paraguas o correr a las cafeterías a resguardarse de la
belleza, a hipnotizarse detrás de los cristales mientras se enamora
o seca la cabeza a sus hijos.
Iván Onia Valero, de Paseando a Míster O (Asociación Noctiluca, 2017)
Muy bueno, Iván, muy bueno, y yo que soy tan vieja y tan nueva, creo escribir una palabra joven, inventada y al rato, salgo a la calle y encuentro los naranjos repletos de palabras repetidas y mis ideas pisadas por algún chiquillo travieso que ya lo inventó todo. Un abrazo
ResponderEliminarGracias, Julia. La búsqueda del resquicio de lo no dicho cada día es más compleja, pero hay que seguir buscando. Un abrazo.
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