martes, 9 de abril de 2019


Bajo la secuoya estaba cavada mi tumba,
y con engaños persuadí a mi amado
de que se metiera en ella.
Nuestro beso fue un torrente
que hizo un canal alrededor del mundo:
de él zarpó el amor, igual que un refugiado en el último barco.
De mi cabellera hice un sudario,
que mantuvo a raya a los coyotes mientras nuestra anatomía trazaba jeroglíficos.
Los vientos proclamaban triunfo,
nuestras espaldas se plegaban bajo el peso,
y nuestros huesos crujían como árboles viejos,
pero una sonrisa como una telaraña cubría la boca de la caverna del destino.

Elizabeth Smart
fotografía de Concha Mayordomo

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