
La noche del pasado 15 de marzo participé en la última de las Veladas Ultramarinas, organizada por la editorial Ultramarina Cartonera, de la mano de Iván Vergara.
Allí leí por primera vez el poema inédito "En el Salvador square me senté y lloré". Dedicado a la memoria de Elizabeth Smart y George Barker
EN EL SALVADOR SQUARE ME SENTÉ Y LLORÉ
Estoy sentado en esa cafetería, justo enfrente de la tienda donde una muchacha siempre nos ofrece patatas fritas cuando pasamos.
El libro que me diste es una grieta,
me has regalado una herida;
si me lo pongo en las costillas, sangro un vaso de tragedia,
si me quedo dormido con él, amanezco muerto.
Si lo coloco sobre mi garganta, respiro por la herida,
como una vaca por la amapola donde entró el cuchillo del matarife.
Pero si lo abro, escribo;
de la kodak de los franceses,
de las lámparas del ánimo,
de la ternura de esperarte en una mesa donde se ha posado una herida.
Vas a aparecer por esa puerta.
Son inevitables la flor del alcaucil,
el olor a tortilla del barrio obrero,
la sonrisa sexy del suicida,
la escama pobre de las cucharas,
los abrigos
o tú.
Ven a chapotear a esta casa seca.
Quiero saber si los ombligos son pozos,
si en tus costillas hay una escalera,
qué silencio envenena un alfabeto.
Ven, seremos dos niños que llueven.
Me gusta lo que tienes de pronombre.
Eres tanta cosa; un inventario,
una cubertería alegre con los cuchillos blandos.
Adoro tu menaje de huesos, funcionándote ahí dentro,
como un ferretería íntima, haciendo que vayas y vengas,
sobre todo que vengas.
Pero si hay algo que amo es el pronombre sobre el que giras,
si pronuncio tú y sé que existe ciertamente un tú
sucediendo en alguna parte. Que viene,
que va a aparecer por esa puerta.
Bienaventurados los que esperan, porque de ellos será el reino de las apariciones.
Bienaventurados los que leen un poema, porque son los mayordomos de un fantasma.
Bienaventurados los que escriben un poema, porque son los panaderos de un pájaro.
Bienaventurados los que intentan un poema, porque son los arquitectos de un incendio.
Bienaventurados los que dejan el lápiz sobre la mesa porque alguien se acerca.
Ahí afuera, la niña persigue hormigas con una tiza roja y pone una corona de oro a su maldad.
Los gitanos domadores pasan con el acordeón dormido al hombro, como si fuera un cachorro del vals Las olas del Danubio.
El señor con traje de otro siglo porta un ramo de flores entre la gente borracha. Es Prometeo, que viene de robar el fuego a una florista y va a encender el hogar olímpico, donde hay una mujer que no sospecha nada.
Ahora querría recordar el nombre de esos árboles a los que se le caen campanitas entre abril y junio, pero no puedo.
Llorar se parece tanto a recitar el abecedario delante de los abuelos para que sepan cuánto hemos crecido.
Llorar se parece tanto a la rebeldía de Elizabeth Smart, cuando convida a su pobre poeta a ser eterno: Cuidado con esa chica. Es ella quien hace circular mi sangre, por ella vuelven las estaciones y giran las estrellas.
Dios bendiga los días de fiesta y los días de espera. Dios bendiga las plazas redondas con esquinas. Dios bendiga el mecanismo del gorrión. Dios bendiga el café frío. Dios bendiga el escándalo naranja de su estatura. Dios bendiga las vísperas. Dios bendiga los retrasos por causas ajenas. Dios bendiga los adverbios de tiempo. Dios bendiga a los pobres poetas que dicen: si me miras me alimentaré toda la vida. Dios bendiga a los que no desesperan. Dios bendiga a Dios
y
Dios bendiga el espacio entre tu ombligo y el viernes.
Dios te bendiga porque, al fin, apareces.
Bendígame Dios porque, aquí, me callo.
Iván Onia Valero
Belleza , que grande.Enhorabuena.
ResponderEliminarGracias ;)
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