
Si en un tiempo, que casi no recuerdo,
quise ser carpintero, fue únicamente
para poder legar algo útil a mi hijo.
El hijo que no existía entonces
y que ahora ordena en el suelo,
según su analfabeta voluntad
de colores y formas,
el alma vertical que tuvieron mis libros.
Si quise que mis manos levantasen
cosas recias; camas del pleistoceno,
armarios del diecinueve,
sillas de la posguerra,
fue sólo para unir mi vida a la de otros hombres
y que, llegada mi muerte, alguien diera
golpecitos en mi pecho o mi cabeza
diciendo:
no suena a hueco, estaba hecho de buena madera.
Las charlas de familia se poblarían
de cedros, de cerezos y de pinos.
Sin haber escrito jamás un libro,
vendría a la memoria de mi hijo
cada vez que él mirase una librería:
así las hacía mi padre
tu abuelo construyó este mueble
hace más de cincuenta años.
Asuntos así de simples. Pero
es una maldición mi raíz léxica.
No sé de dónde nacen los poemas,
no sé explicar su tonta arquitectura.
Por qué un acento, por qué los esdrújulos
caballos que van hasta un adjetivo
en el que beben su definición.
Por qué los flexos guardan una espada,
por qué la espada lleva dentro un gato,
por qué los gatos son flexos a oscuras.
Antes de que crezcas y el alfabeto
te asome como una mala montaña,
quiero que me perdones, hijo mío,
por no saber las cosas de los hombres,
por esta ingeniería de la nada,
por este oficio de aire.
Iván Onia Valero
No hay comentarios:
Publicar un comentario