lunes, 20 de marzo de 2017


Hemos llegado, como cada tarde,
al punto exacto en el que los indios
vendieron a los holandeses
su derecho de primogenitura
por treinta dólares de plata. ¿qué se fizieron
vendedores y compradores?
Yerran sus sombras tras los posters de Warhol,
o se ahogaron en los espejos de Rothko,
inventor del silencio.

Porque reina el silencio
en esta calle. Y al trasponer la puerta,
el silencio resulta doloroso. (Una luz azulada
ilumina, lunar, la mesa donde
un hombre sincero de donde crece la palma
cincelaba, tallaba, bruñía las palabras
más hermosas del español, las más recién nacidas
y las enfilaba en proclamas, esperanzas, nostalgias,
sin sospechar que redactaba su testamento
de muerte y esperanza
corroborado cara al sol.)

El instante se ha congelado en noche o azabache.
Y -prodigio diario- una nieve
caída en otro cielo, en otro reino extraño,
colma los jarros, trae a nuestros labios
el amargor antiguo, desata nuestras lenguas.
Y ellos, mis compañeros, los supervivientes,
los que no tienen fuerza para recordar,
hablan y ríen, hablan, hablan, hablan.
Yo escucho sus palabras, día a día.
Las escriben -siempre las mismas-
sobre su pergamino que ellos no ven.
Son un humus depositado -años tras año-
sobre un texto antiguo.

José Hierro

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