miércoles, 19 de febrero de 2014

La mancha en la corbata


Hay una zorra hija de puta en el lugar donde desayuno alguna mañana, me gustaría saber su nombre para decir: hay una zorra hija de puta llamada Elvira o Cati (cuánto de humanidad y de estupidez ancestral hay en querer poner nombre a una cara, qué ganamos diciendo tienes cara de llamarte Beatriz o Jorge) pero nunca la han llamado, simplemente porque no deja hablar a nadie con su odiosa voz aguda de funcionaria (voz aguda, esta penca me deja sin metáforas, pero imaginen, para entendernos, un violín barato en manos de un mono enfermo) sus gafas, su tinte, sus repugnantes caderas de mostrador y sello, sus anécdotas grises de supermercado, profesor o aeropuerto que parece creer que interesan al resto de pobres clientes, que sólo queremos tragar y largarnos sin que nada nos joda el momento.
Por lo demás, este es un sitio amable, pides un café y un trozo de pan con algo y la camarerita, que parece sacada de un poema de Celan, te trae una copa de zumo de naranja recién exprimido sin que lo hayas pedido, cortesía de la casa contra el invierno, que sólo está a una ventana de distancia.
Alguna vez he fantaseado con levantarme y decirle algo ingenioso a la funcionaria, salir como un héroe por la puerta y que deje de llover en ese instante. Otras, con insultarla sin más y, la mayoría de días, he pensado en rebanarle el pescuezo con el cuchillo de la mantequilla, pedir luego otro café y esperar sentado a la policía, un lunes de esos en los que el equipo haya hecho las cosas bien el domingo, un empate en un campo difícil me valdría, igual un buen verso, tampoco hace falta más, mientras la gente me saluda y se acerca para tomarse una fotografía junto a mí. Pero apenas la veo llegar, acabo la página (este poema es una mierda) el equipo volvió a perder (vamos chicos!) apuro el café barriga de rana, el zumo, como una costumbre diaria, como son de exactos y fríos los ángulos de un reloj.
Podría decirse que acabo clavándome el cuchillo a mí mismo para que el mundo siga rodando sin noticias, un sacrificio redentor y mesiánico  que me deja una gota de sangre siempre en el mismo lugar de la corbata, podría decirse incluso que esa zorra impertinente con voz de pífano húmedo, me mancha la corbata de sangre todos los días.

della Guetto

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