domingo, 6 de agosto de 2017


Voy en el anochecer azul, que se va volviendo feo, con mi máquina de escribir colgada de la mano, de un pueblo a otro, en busca del taller oscuro y perezoso donde me la limpian, arreglan, aligeran.
El mundo ocurre como a una luz de carburo. Esto no es campo ni ciudad. La máquina, tan ligera, empieza a pesarme con toda la literatura que lleva dentro de sí, cien libros, miles de artículos, una vida de escritura que a mí mismo me avergüenza. Da vergüenza haber jugado tan limpio y andar ahora con la máquina a cuestas, por los desmontes y los retazos de campo que nos quedan, cargando una tonelada de literatura, cómo pesan los libros una vez escritos, nada más llegar de la imprenta, reciente, vivo, casi caliente, un libro se muere, se muere para siempre, se cierra herméticamente conmigo dentro.
Amo esta máquina, este pequeño ente de hierros y literatura que es como el esqueleto de un pequeño animal, la osatura de una metáfora. Algo así como un gato muerto que he llevado colgado de mi mano toda la vida, por el mundo, en los viajes y las vacaciones, dando la vuelta a Europa o escribiendo en un alto rascacielos de Nueva York. No quiero nada, no aspiro a nada. Me basta con que a esta máquina no se le caigan los dientes. Una letra en cada diente. Las articulaciones le funcionan mejor que a mí. Qué dulcemente envejecen las cosas.
Mi pobre máquina, mi máquina pobre envejece prestando servicio, suena joven su tecleo todas las mañanas, y es como si sonase mi vida, que en realidad es mucho más opaca. Se hace de noche y dejo la olivetti en el taller callado y tedioso, con una pequeña oficina delante y un fondo de mecánicos no sé dónde. Dentro de unos días volveré para llevarme la máquina, este peso duro y
familiar en mi mano, en mi hombro, esta carga que es toda la realidad de mi literatura, lo único que me hace verdadero, puntual y funcionario de mí mismo.
Y la vuelta por barrios de sombra, ya con anovelada luz de luna, improvisado arrabal. De mi caminata hago un paseo sin prisa, la tarde se ha ido y sólo nos ha dejado su tristeza. Mañana, con luz de parra y sol de noviembre, la máquina madrugará como la gata. Este chisme me ha dado de comer durante casi medio siglo, me ha salvado de la biografía negra y negativa que me esperaba, ha sido el garfio de todos mis naufragios. El ingeniero la hizo a conciencia. Es frágil y segura como algunas mujeres. Tengo con ella la intimidad casta y la amistad sobria del gato, la herramienta y el arma.

Francisco Umbral

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