domingo, 4 de junio de 2017

Un comienzo


Uh lalalá…, ¿recuerda a Alexia al menos? Esto sonaba en 1998, si no me equivoco.

No me acuerdo de nada que pueda servir para un poema.

Haga un esfuerzo.

Ojalá recordara algo, lo digo de veras.
No ya el día, que al fin y al cabo no es más
que un soldadito muerto escribiendo aún postales y cartas para sabrá Dios.
Siquiera el mes o que fuera verano, por ejemplo,
porque el frío nos ponía los pies eneros,
o si de noche, porque entonces leíamos a Shakespeare
y los gatos eran los notarios de las ventanas altas.

Le dimos un tema bastante accesible y tiempo por delante.

Losé, losé…

Eso se escribe separado.

Lo sé, lo sé, no crea, he escrito algunos poemas por encargo que ni se imagina.
Una vez me dieron a elegir entre escribir un poema erótico o uno ecológico,
dígame ¿usted cree que eso es serio?
Elegí el ecológico, por supuesto, y lo hice bien,
mezclé ciudades y poetas, y recé por la Tierra
arando con un violín un campo de calabazas.
Me pagaron con vino y embutidos de la zona
ah, y una noche de hostal.

¡Vaya!

Espere que aún hay más.
En otra ocasión me pidieron un poema de temática alienígena
¿cómo se queda?
Pues también lo escribí, y más vino y más noches de hostal
escuchando el ronquido ancestral de los otros poetas
en las habitaciones aledañas,
cada uno abrazado a su marciano
o su luna como a un salvavidas interestelar,
angelitos borrachos, los otros poetas.

Lo sabemos, por eso pensamos que escribir sobre la pérdida de su virginidad sería coser y cantar.

Claro que visto así parece fácil,
pero mire, salvar al planeta es sencillo,
porque es imposible
y escribir sobre galaxias lejanas
es tremendamente entretenido porque nadie ha estado allí.
Ahora, si me piden un poema sobre algo tan íntimo,
me hago bola de garganta y me clausuro.
Porque entiendo que buscan algo verdadero, ¿cierto?
que aparezcan humedades, velas,
una metáfora copulativa,
una decepción de riego
una torpeza de látex,
alguna sinestesia como:
“desde la calle podía olerse el tigre de tu grito”
o
“tenía los pezones alegres, como dos viernes”.
Pero no recuerdo absolutamente nada de aquel momento
y me conmueve comprobar cuánto de frío alberga una memoria.
Debió ser bastante aburrido o decepcionante,
que es peor que doloroso.
En esa época yo leía aún a Bécquer, ¿entiende?
y también a Machado. Escribía unos poemas
horribles y tiernos.

¿Cómo de horribles?

Malos, malísimos, tanto que hoy se venderían muy bien.

Eso ha tenido gracia, ¿no tiene entonces nada para nosotros?

Esto podría servir.

Pero esto no es un poema.

Lo sé, pero al menos, es un comienzo.


Iván Onia Valero













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