viernes, 26 de mayo de 2017

Run, Frost, Run!


Como aquel año no tuve nada nuevo que ponerme para la feria del libro, hice lo más parecido que, según la Espasa, puede hacerse a presentar un libro de poemas: echar a correr por esos campos.

Decidí unir en una sola y trepidante carrera mis dos últimas camas desde hace 17 años a hoy, de este modo empecé en la de casa de mis padres, una camita típica de 90 en un barrio residencial del condado de Quinto en la que yo había soñado, tanto, cosas que ahora no me importaba no haber cumplido, con la intención de acabar en mi cama actual, algo mayor, para el cobijo de dos cuerpos yacentes, adyacentes y arrabaleros.

Por el camino pensé esas cosas cándidas que se piensan a veces: "si no me paro, mañana a la mañana hará fresquito, prometido está", "si no me paro, mañana a la mañana me llamará alguien con una buena noticia, prometido está".
Después de un buen trecho y de creer haber visto al negro Red paseando por el trigo camino de Zihuatanejo, de sortear una vía de tren tomada por gatos, una fábrica de cemento y otra de neumáticos, apareció el Sena sin esperarlo. Imaginad mi sorpresa, habían pasado tres años desde la última vez que nos vimos en un viraje muy parecido, sólo que aquella vez rodeaba Notre Dame y ahora estaba cerca del destino que me había marcado. Eso me dio fuerzas.

Sonreí mucho delante del espejo cuando al fin toqué la almohada en la cama del otro lado y pronuncié la palabra "casa".

A la noche seguí sonriendo hasta la rendición. Soñé con Robert Frost habitando esos campos, soplándome en la espalda o poniendo una piedrecita en el hueco donde iba a torcerme un tobillo.
Gracias señor Frost por habitar el trigo y por meterme en la cabeza los versos que esa mañana extraña, como de una raza fresca, fui masticando con alegría:

Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
yo tomé el menos transitado,
y eso hizo toda la diferencia

Iván Onia Valero

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