lunes, 8 de mayo de 2017


Comprender que el origen es el Nilo,
esa cicatriz de agua recordándonos
que allí mojaron sus pies los amantes
y bebieron esta misma cerveza,
que allí la traición es una merienda
y un chapoteo de brazos desmembrándose,
que nada se perdona en el Nilo
porque el río conoce nuestra historia
desde la primera casualidad
hasta este mediodía galopando,
una memoria sabe nuestra arcilla
y la de nuestras madres preguntando
a los astros en la plaza del pueblo
cómo serían sus hijos.
Debajo del trombón y las estrellas
nuestras madres jugando a tener hijos
valientes, con espaldas anchas y buenos dientes
para morder el misterio de las nueces
y los muslos de la vida,
así como sus madres sonreían
debajo del vestido a los hombres más altos
del baile, e inventaban letanías
que repetían hasta dar los hijos
que temblarían ante la traición
como un mendigo contando monedas dobladas.
Es así, simple como un agujero,
el mecanismo del deseo.
Hasta donde la vista nos alcanza
estamos regresando siempre,
somos los mismos que ya nacieron
y los tejidos que están comenzando
a heredar todas nuestras ambiciones,
el trozo de camino que va del fracaso al fracaso
y guarda en los cajones balas y panteras,
cartas y linternas,
semen y postales.
¿Qué madre en su pozo adolescente
me hubiese imaginado? ¿Quién querría
para alargar su sangre a un guerrero
de trapo que entreteje naderías?
Para las fieras de la felicidad
fui forjado y me pudro con mi ropa
frente a un mar de amenazas afilándose.
Hasta el verano me mira con dientes,
ni para el mar sirvo. Madre.

Iván Onia Valero
fragmento del poema Un cocodrilo, perteneciente a El Decapitado de Ashton (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016)

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