sábado, 15 de abril de 2017

Tres Caídas


Primera:
Una eyaculación de marineros entra por la matriz de Pureza, vienen de construir un puente con alegría, con ángeles duros saliéndoles de la boca, con anuncios de muerte. Vienen a por el mendigo bruno que vive en la barca seca, en la barca seca, en la barca seca. Vienen a por ti, gitano tremendo, hippie hebreo, a darte la muerte para que alegres las calles con tu blanca sangre
¡óyelos!

Segunda:
Triste masculino, mira cómo la muchedumbre te escupe con sus lágrimas y sus generaciones. Te alaban con un insulto, los niños dicen: “te quiero, moreno miserable, cabrón bellísimo, idiota, nos haces llorar, cómo se puede…” porque no han aprendido aún el lenguaje frío de las explicaciones, y sudan en las calvas paternas, y clavan las uñas para llorar bajito, y cuando van a hablar, pétalos y mercados de sus bocas pequeñas, quieren decir: “por el puente” o “papá” y sólo alcanzan a balbucear: “te quiero a ti, condenado, amo tu caballo y tu cruz como a una capitular griega, mayúsculo vagabundo, a vos, encomiendo el hombre que seré, su alma, no creo en nada ni en nadie más allá de esta noche y de este puente levantado con mi alegría tonta y tu loca muerte.”

Tercera:
En La Campana, los que no creemos en ti, lloramos más que nadie, porque en vez de rezar y entender, enloquecemos con las metáforas que la noche vierte sobre nosotros como un jarro enorme de leche y cornetas. Que me hiervan el hígado si no eres un boxeador levantándote con la carita llena de estrellas ateas, ah, ciclista de la noche de todas las noches, a dónde nos vas a llevar cuando todos los pájaros trinen a la vez y nos laven la cara con su gargajo metafísico. Ahora, cuando la gran serpiente te mira a los ojos convencidos, ahora que vas a derrotarla y te vamos a perder calle abajo, ahora que zumban los marineros más que nunca, tengo ganas de gritar que creo en el orden inevitable de los planetas y en el desvergonzado arquitecto que nos trajo hasta esta plaza, a este siglo y en esta hora. Con la tonelada de nuestra certeza devorada por un gramo de duda. Y odiamos a los que no están aquí para temblar junto a nosotros. Y decimos la palabra secreta que tu caballo muerde.

Iván Onia Valero

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