martes, 11 de abril de 2017

El señor Rudyard


Todo lo que hay sobre la Tierra será tuyo,
y lo que es más: serás un hombre, hijo mío.
R. KIPLING


Mi padre no creía en Dios casi nunca.

Sólo cuando las cosas se ponían serias
murmuraba algo como un padrenuestro
desquiciado
y acababa diciendo ahora y en la hora de nuestra muerte,
Santamaría.
Entonces el desastre era inevitable
porque ninguno, ni Dios ni la Virgen,
se daban por aludidos y siempre
delegaban en el otro el milagro.

Mi padre sólo creía en Kipling.

Por eso yo he crecido despertándome
todos los días con el poema “Si”
del señor Rudyard sobre mi cabeza.
A mi edad, todos los niños tenían
un ángel de la guarda, con sus alas
de algodón rosa de feria, velándoles
el alma, procurando que no dieran
con sus huesitos blandos en el suelo,
tapándoles la boca cada vez
que iban a pronunciar las picardías
grandes que se dicen cuando uno
es más pequeño que las palabras.
Rezaban a las cuatro esquinas de la cama
y un beso les cerraba del mundo.
¿Quién, así, no iba a dormir como un bendito?
Yo tenía el poema que mi padre
copió de un libro antiguo con la máquina
prestada del vecino a la que le faltaba
la letra ese.
Un poema clavado, con las eses
escritas con la tinta negra de la familia.
Todas las noches me leía un verso;
Si puedes mantener en su lugar tu cabeza…
Si crees en ti mismo…
Si no te domina el odio…
Si puedes soñar…
Si puedes pensar…
Si puedes ganar y perderlo todo…
Si puedes empezar…
Si puedes forzar tu corazón...

Mi padre, que creía en Dios, de miedo en miedo sólo,
destronó a los santos para que el señor Kipling
me mordiera con su lenta esperanza.
Lástima que, igual que las eses, yo también
me fui enroscando en los días, torciéndome,
y mi cabeza se entregó a los pájaros
y delegué en otros mi voluntad,
odié cuanto pude,
soñé tanto que ya sólo me fue permitido
pensar despierto,
lo perdí todo.
Mi corazón es un puño cansado y limpio.

Me sigue a todas partes el señor Rudyard
y también –no lo van a creer–
el estúpido de mi padre con su poema estúpido.
No hablo ahora del bueno de Kipling,
sino de esto que están leyendo ustedes
y que escribió el infeliz una de tantas noches
en las que no tenía nada mejor que hacer,
pensando que yo lo escribiría
exactamente así, dentro de algunos años,
como homenaje a la vida de triste dedicación
de un poeta mediocre y olvidado.

Yo, que no sé de qué trata la Tierra,
ni todo lo que hay en ella,
que ni siquiera peso ni soy más
allá de una equis que flota en la nada,
existo simplemente porque alguien,
antes de desearme,
ya me imaginaba.

Iván Onia Valero de El Decapitado de Ashton (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016)

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