lunes, 27 de marzo de 2017

El poeta


Imaginar un libro, leer versos en público, presentarse
a un certamen poético, esta sucia manía de colocarse
frente a otros y decir, escribir en fin, también tiene un
poco de esa hija de granjero que pasa por el espejo y cree
tener el mejor culo de todo el condado de Glasscock,
pero, chicos, todos no podemos tener el mejor culo del
condado. Yo soy el poeta.
Los mejores versos siempre se me ocurren haciendo otra
cosa:

mientras los astros giran allá a lo lejos, aquí, a lo cerca,
un hombre está sentado sobre sus escombros mirando
el techo y contando sílabas con los dedos, encima de sus
rodillas Gamoneda se muere de frío y, en la habitación
de al lado, el televisor escupe su sangre amarilla.
“Así serán los poemas”, pensarán ustedes.
Así son.
Yo soy el poeta.

Vosotros, petimetres, porcelana,
vosotros álamo y monedas sonando en el pantalón.
Sólo los malos poetas escriben poesía,
leen a otros poetas, dicen la poesía,
dicen cosas como es la vida,
yo no creo en los artificios:
si la lluvia me moja,
escribo esta lluvia que me moja.
Y olvidan nombrar la democracia
del agua sobre nuestras cabezas,
el ministerio blando del desorden,
el idioma con el que entendemos
a los animales.
Nunca hablan de que la poesía
es la maldición de no saber hacer otra cosa,
de que cada poema es un epitafio para seguir vivos,
el puñetazo al aire de un borracho
buscando el mentón del tiempo.

Dicen “hay que darle una vuelta a la poesía
acercarla a la gente. Aquel señor,
el de la gabardina y el niño regordete,
ellos la piden, vayamos allí”, dicen.

O bien, es un vómito la poesía:
dicen “píntate los labios/ baila la canción del desorden/
haz el mono que habla/ haz el ciego que dice/ rómpete la
copa contra los dientes/ enseña la herida
juega con el público a adivinar/ qué es vino y qué es
sangre/ besa en la boca al ganador/ ríete de la mancha/
ríete del muchacho/ pídete otra
parte otra sílaba
y lánzala a la última fila/ haz como si tocases el piano/

como si Dalí te cogiese el culo/ descansa un poco/ apaga
las luces/ méate encima cuando todos crean
que el espectáculo ha terminado/ desnúdate/ di perro
mundo que me quitas la ropa/ pero no me quitarás lo
que siento esta noche/ enseña los insectos de tu brazo/
piensa en tu abuelo que trabajó la/ tierra/ piensa en tu
abuelo fusilado
di putos/ di nazis/ tapia blanca que mi abuelo mancha
para que yo escriba”
–no calles–
no calles ahora
no te muevas en la foto.

iYo soy el poeta!
Vengo del barrio, del barro,
de la dura corona del arrabal.
Del violín de hambre del gato,
de la brillante tripa del perro.
Del helado de fresa,
del balón descosido,
de la siesta partida,
del niño encontrado.
De la mesa callada,
del poema a pesar,
del zodiaco y el bronce
del gol por la escuadra.
Del barrio,
del barro.

De la piscina sola,
de la playa del padre,
de la fuente lenta,
de la fuente verde,
de la muerte lejos.
Del corazón helado,
de la rima de Bécquer,
de la pluma robada,
del cero en calambre.

De la blanda corona del arrabal
vengo.

Soy la línea curva,
el camino más largo,
el abrazo a la nada,
la vergüenza del mundo.
Cierren todos los ríos
y los párpados, timbres,
candiles, las cancelas,
las muchachas, la lengua,
el himno y la bandera
del héroe viniendo,

cierren el grito azul
del niño sorprendido.
Abran la hojalata y la cal,
el cuchillo de hacer hombres,
la rueda de hervir la sangre.
Olviden mi nombre
–esa campana oscura–
Desde todo regreso,
desde todos.
Soy vosotros,
soy éramos,
soy aún,
soy entonces,
el inicio,
los huesos fríos,
la canción de los huesos fríos.
Soy el poeta.
Soy el poeta.
Soy el poeta.

Iván Onia Valero de El decapitado de Ashton (Ediciones de la Isla de Siltolá, 2016)

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