lunes, 20 de febrero de 2017

Camino















Qué hermoso debe ser un diccionario
en el que las palabras no sean contraseñas,
sino ellas mismas: huracán, cicatriz...
BENJAMÍN PRADO

Te nombro fuente, atardecer, locura,
jazmín, recuerdo, corazón o estrella;
y no encuentro palabra que te alcance
elemental y mía como eres.
JULIO MARISCAL

¿Desde dónde este barro?
Este río caliente de hombre y lenguas,
¿hasta dónde?
Soy una lentitud entre la prisa.
Las calles son inmensas, van a plazas
donde verdean las piedras diciendo su fuente,
el pan su hambre,
el límite su abismo.
No me reconozco en las palabras caídas,
esa sencillez al señalar lo que nombran;
el pájaro que es el pájaro y no el presagio del incendio,
ni una casualidad que nos traspasa.

Camino un poco más;
hay amarres en los árboles,
hay sílabas que buscan una boca para romperse,
diálogos amputados,
dientes como letras.
Qué lento es no entender nada en los nombres.
Qué hermoso debe ser decir clavícula y que nada se rompa,
no encontrar el bostezo en el vaso,
no oler el sexo antiguo de los bosques.

Ahora el labio me sangra dos versos:
entre el amor y los cuerpos hay una araña de aceite,
entre la voz y el sueño, un pez imposible,

digo en un hilo
mientras sigue la riada de hombres veloces,
abrigados en su fugacidad
porque la tarde es una promesa de la nieve.
Este rayo de lenguas diciendo signos que conozco,
herramientas de acero para señalar el amor,
la casa donde duerme el enemigo
y que he olvidado dentro de algunos poemas.

Es hora de abrigarse y regresar,
hace mucho frío en lo que ya no entendemos.

Iván Onia Valero, de Galería de Mundo y Olvido, Ediciones en Huida (2013)
fotografía de Ignacio Vara

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