viernes, 10 de febrero de 2017

La perra


Yo no lo sabía, pero mi hermana, la chica, siempre había sido una perra.
Una perra inmensa al final de la familia.

De pequeños nos mirábamos sin lenguaje.
Aprendimos a ladrar primero y, sólo después,
supimos de otros códigos más humanos.
Mucho antes de querernos, quisimos, cada uno por su lado,
a una caniche blanca que murió muy ciega
-que murió muy sorda-
gruñendo al mundo porque ya no pudo descifrarlo.

Después vino el jardín de una casa en el extrarradio
y dos perros brotando como los hongos de la hierba de los días.
Un padre y un hijo, alegres, desperezados encima de los almanaques
contra todo pronóstico.
Perros falderos que lastiman y se mean en los parterres
por donde pasa la muerte a escucharlos.

Igual que Edward Bloom era un pez gigante,
mi hermana fue siempre una perra grande.

En la playa, una perra.
En navidades, una perra.
Los domingos comía la paella con la perra.
Una perra de madrugada sacando las oposiciones en la habitación de al lado.
Eso ha sido mi hermana todo este tiempo y yo sólo lo supe hace unas semanas.

Hubo de nacer primero una galga lejos de ella dos años atrás.
Hubo de venir el cazador para zurrarla si no atrapaba la liebre
y le enseñaba el olivo ungiéndola con un aceite de miedo.
Hasta el tuétano de esa resina la embadurnó el malnacido,
hijo de las mil putas de Satán. Si lo cojo.
Si el destino me lo pusiera delante, lo colgaría
-como he visto a esos perros suspendidos de la tarde-
del árbol universitario y allí lo dejaría hasta que el viento
lo borrara mes a mes, apestando a lo largo de la historia.
Todavía algunas noches sueño que me dejan matarlo,
y lo mato con dientes tremendísimos,
con mandarinas duras,
con el fémur largo de un niño enfermo,
con el cuchillo romo de la justicia.
Vuelve a nacer y lo mato, y lo mato al cabrón
martilleando su cabeza contra la madrugada.
Toda la noche así, hasta que amanece
y me levanto radiante, odiando de alegría.

A ese madrigal de huesos y miedo
encomendó mi hermana su ternura,
su hogar en ciernes, el olor preñado
de una perra aventando a las moscas.
Salvándola, gramo a gramo, del triste quintal de su mala suerte.

Por eso, cuando la galga huyó en enero,
espantada por el ladrido y el avellano,
mi hermana lloró tanto y tanto
que le creció un hocico cuarterón,
se le doblaron las orejas blandas
y corrió lejos, como buscando en el gasoil de la noche
la lágrima redonda del encuentro.

Mi hermana, transformada ya.
Mi hermana, licántropa mansa,
bendita y triste,
loca en los andenes,
quieta y galga ya para siempre.

Tuvo que venir la muerte para que supiera al fin
que no la había amado tanto a ella
como quise aquel día a esa hermana conversa,
a esa perra mirándome.

Iván Onia Valero  poema inédito recogido en la antología Luz Sur (Unaria Ediciones, 2016)

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