miércoles, 8 de febrero de 2017


ESTAMOS siempre aquí, años y cartas, estamos M. y yo riñéndonos, doliéndonos, mirando los colores de las cosas, los verdaderos y profundos colores, en la oscuridad de la televisión, como en un panteón con tele, como estatuas yacentes con tele, un poco egipcios, un poco miserables, dándonos y quitándonos objetos, una carta otoñal, un botón de oro, repartiéndonos muerte, estamos heredándonos uno al otro, y dentro de esta casa nacemos y morimos cada día, estamos siempre aquí, meses y gente, escuchándonos lejos al teléfono, o el sonido elocuente del maderamen, las pisadas nocturnas, el pisar tuyo o mío, M., hasta que el nudo de la noche se resuelve en un lazo de gato, en la gata enredada entre las piernas, estamos cada uno espiando a una multitud, que es el otro, vamos en este viejo barco, navegaciones y semanas, dos viajeros solos, sin tripulación, dejando que la barcaza se adentre cada día en el corazón de las tinieblas, o en el hígado del alcohol, que es más doliente.
Contamos el dinero ya contado, escuchamos un disco y lloramos en falso, repartimos la hambrienta comida de los viejos, como si los viejos no fuéramos nosotros, miramos a lo alto, en el jardín, el alto cabotaje de las nubes, el sol, rueda de buey, que va despacio, pasamos frío y calor, el odio pone cuchillos en las puertas, ella trae carne fresca del mercado, o ese pescado rojo que le brinda el pescadero enamorado, como una rosa acuática de las profundidades.
Nos damos sexo y muerte, todo en frío, recaudamos la mierda, enterramos una foto infantil o ponemos la antena en el tejado, estamos aquí solos, gélidos de teléfono, y nos pasamos las enfermedades, como viejos recuerdos, yo te cambio una vértebra por tu vagina herida, tú me traes una flor que viene a gritos, quizá seamos dos locos, será esto un manicomio, dos locos en la casa de dos cuerdos, qué invasión de la ropa cuando la rebelión de los armarios, cada prenda es un mes, una moda distinta, a temporadas, nos pasamos vestidos como lentos cadáveres suavísimos, violados por el tiempo como damas.
Afuera hay urracas azules, afuera en el jardín, y ladran perros, y hay gatos que nos miran con nocturna inteligencia, nos ofrecemos libros, será invierno o verano en el jardín, leemos cosas distintas como huyendo uno de otro por el sendero menudo de la prosa, coincidimos en Borges y eso es sedante como empezar de nuevo, y viene nuestra muerte, la tuya o la mía, mirando los portales y los números, pero la muerte es esto, nos la vamos haciendo con palabras, con arrugas azules, muy ensayadas, nos herimos a muerte, el uno al otro, con una palabra ya enterrada, con un nombre, la muerte va cociendo como un pan, pero ahora sale el sol de los domingos, algo empieza de nuevo, sigue en la página siguiente, buscamos nuestro nombre en los periódicos como el signo exterior de que aquí vive alguien, continúa en la página siguiente.
Estamos siempre aquí, años y muertos, nos cosemos botones, nos robamos la ropa, nos espiamos, tan olvidados ya el uno del otro, te cambio este pie viejo por tu nariz de entonces, usábamos a veces el mismo cepillo de los dientes, pero ahora cada uno tiene su cepillo, su enfermedad, su muerte, su salud, nos respetamos como se respetan dos presos en la celda común, pero ya se ha nublado el sol de invierno, tú estás en tu silencio de maíces y yo escribiendo a máquina este cuento.

Francisco Umbral

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