miércoles, 12 de octubre de 2016


En el cóctel posterior, entre doncellas pintadas en cualquier siglo (la mujer ha vivido siempre como en el cuarto de hora anterior a la cúpula) y bellezas contemporáneas que solo dan besos para el Hola, consigo una mesa para ella y para mí, que enseguida se habita de más gente y se convierte en mesa de boda de los cercanos Jerónimos. Ella bebe champán y yo bebo whisky. El champán se bebe cuando no hace falta beber, sólo por lucir una mano dentro de un líquido, por beberse la propia mano, mientras que el whisky lo bebemos los hombres solitarios porque es la "sangre de los cobardes" y Bukowski no está aquí para mear en la nuca de todo este personal que viene en busca de mi ingenio, mas no hay ingenio porque no me ama.
De modo que prefiero recordar nuestra juventud, cuando todos éramos más cínicos y ellas más folladoras porque creían que la neogynona limpiaba los pecados. Al fin nos vamos a la calle, a la noche, que sigue siendo la región de los grandes lagos, por entre vestidos de tiniebla y luces de gas. Me da el último beso de la noche y conservo en la mejilla el estigma de carmín como la llaga de un solitario que me condecora entre las sombras, mientras paseo mi whisky hasta el árbol de adumbramiento que es como un Hadsburgo de árboles, y donde orino a calzón caído, feliz, despejado y con ganas de escribir.
Estoy seguro de que mañana, o sea hoy, voy a escribir bien.

Francisco Umbral
para C. en su noche de lápices

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