lunes, 25 de julio de 2016

Me duele un piano en todo el cuerpo


Uno de los mayores problemas que tenemos los desnortados es que nos cuesta creer en las oficinas, por eso creemos en el fuego, y en la burocracia, de ahí los pianos. Somos duros de mollera para los asuntos mundanos, no nos enteramos de qué coño va la vida chaval hasta que nos cierran una puerta roja en las narices. Quizás por eso siempre estemos perdiendo y quizás, también por eso, no nos demos cuenta de que jamás nos ha hecho falta levantarnos porque nunca nos habíamos caído, sino que simplemente estábamos sentados en el suelo, a falta de un hueco libre o de una silla, escuchando el ruido que hacen al chocar la alegría y los jueves.

A los desnortados nos pasan cosas muy poco decorosas; yo, por ejemplo, una vez perdí un tren, lo metí en dios sabe qué bolsillo y hasta hoy. Y un amigo mío, estuvo un año y doce meses en un banco esperando a una chica con la que había quedado la noche anterior, hasta que se cansó y se cambió de banco. Por estas cosas no es de extrañar que, cuando nos hablan del Archiduque de Villapollón del Membrillo y de sus privilegios sobre nuestras santas tierras de la prima y el bordón, del fuego y el vino, nos entre la risa boba y nos pidamos otro botellín por si se pasa la tontería. A veces nos frotamos los ojos con un verso de Félix Grande “yo no he llamado patria más que a ti y al lenguaje” o jugamos con las teclas, debajo de la gran chimenea, a adivinar una polonesa de Chopin.

A los desnortados, que parecemos tan alegres y despreocupados, cuando las cosas se ponen graves nos duele el cuerpo, como a Borges le dolía una mujer en todo el cuerpo, a nosotros nos duele un piano que no sabíamos que llevásemos por dentro. Un piano arrancado del cuajo del habla, un piano chico que no cabe en el mar, un piano con un tigre, un piano sin fantasma, un piano conmigo dentro y mi pena pianísima, negra, negra como un piano azul.

A los desnortados cuando nos clausuran la patria, nos echamos el carbón a la espalda y caminamos, como si el norte nos importara, -piano, piano- hasta la siguiente calle. Sabemos sin fisuras, que donde se cierra una puerta, se abre un patio.

Iván Onia Valero



7 comentarios:

  1. Muchas gracias, Iván, en nombre de todos los carboneros. Abrazos rojos.

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  2. a vosotros siempre por lo que habéis y seguiréis dando

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  3. Esas palabras tuyas ponen música al destierro. ¡ole tú!

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  5. Estuve allí y fui testigo de cómo se abre un patio...
    Y te entiendo.

    Abrazos Iván.
    Pepi Bobis

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