martes, 22 de diciembre de 2015

Una hora cítrica


La naranja de todas las tardes.
La naranja paterna y regalada.
Esta promesa química de agosto/ Esta boca destetada del naranjo.
El invierno existe porque está encerrado dentro de la naranja. Es necesario afilar el acero de la liturgia, llegar a los centros, proclamar la carne y la nieve. Morder. Es necesario señalar los husos de un mundo diminuto, rajar la esfera como un dios creando;
por aquí parto El Cairo, por allí Ciudad del Cabo.
Nueva York es debajo de mi cuchillo una parturienta hendida por el Hudson.
Van a dar las seis en ristre de diciembre, una hora cítrica me baja por el esófago.
Atardezco.
Para que venga la noche, me como la naranja.

Iván Onia Valero

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