domingo, 30 de agosto de 2015

Sofocón

La lágrima en la arena de Peret llevaba a cuestas la marca de un beso negado. Hay litros de llanto que han empapado las salas de cine en un momento álgido o tierno: uno mira hacia atrás o hacia los lados y la caterva informe de los que adquirieron la entrada junto a ti dos horas antes, se ha convertido en salada hermandad, un concierto lastimero para trombón y pañuelo donde nadie desentona con su gimoteo cuando Ilsa Lund vuela sin retorno lejos de Rick Blaine en Casablanca o una lagartija abandona la cal del corazón y toca el piano llegando el rejón serio de la palabra FIN.

Me gustaría saber qué clase de miedo sintió el primer hombre cuando se sorprendió empapado en un misterio de sal y urea, quedándose allí, tan solo con su génesis y su hormiga de la duda, aún sin palabra alguna que nombrara el Descubrimiento. Seguramente notó que algo se había roto sin remedio, para siempre, y con una piedra en la arena levantó los idiomas esa misma tarde.

Otros llantos se solapan de forma impensable a la carcajada o llevan dulcemente tatuada la inicial de agosto con cielo de orquesta y plaza de pueblo, entonces lloramos por miedo a que las isobaras con bombillas verdes y rojas de las verbenas se apaguen y un decreto arrastre lejos la vida y las muchachas. Antes de que nos demos cuenta tenemos la cara seca y una foto a tiempo o una canción anclada, nos recuerdan que una vez lloramos de alegría.

Pero sin duda, la peor de todas las formas de romper en llanto es esa que no encuentra explicación ni sostén. Hay palabras que no saben salir de los arrabales y te acompañan para los restos con la camisa a cuadros, la pana rota, los zapatos rusos. El sofocón es una raza barata de la pena, el chucho de las congojas que anda buscando la baranda donde apoyar la desazón y no encuentra nada. El sofocón nos lame como el olor a pan y plátano de septiembre, es una pena chica que nos deja sin aire en los parques de la infancia y que tu madre viene a curar con un beso de saliva en el pañuelo para limpiar la sangre negra de las rodillas. Años más tarde, se puede romper a llorar, sin heridas, en los hospitales o los autobuses, delante del televisor o mirando el césped del espejo, como el capitán general de los locos, interconectado a todo y solo como uno solo, hasta que alguien te mira, se arremanga el sur de la lengua y murmura iluminando en el viento lo que te pasa: ojú, qué sofocón más tonto has cogío.

Iván Onia Valero

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