martes, 30 de junio de 2015

Sobre reseñas, artículos, París y las lentejas

Una de las preguntas fetiche de las personas que se acaban de enterar de que escribes o de que has publicado algún libro es si de la poesía se vive/come. Siendo simple en su planteamiento, necesita tener una respuesta sencilla, acorde, monosílaba y tajante: acero del SÍ, acero del NO o, todo lo más, algo más ligera y difusa, una respuesta de medio lado como la sonrisa de Tom Cruise en Risky Business: “bueno, ya sabes” para dejarlo con la duda de si eres un hijoputa con suerte o un pringao que aún no sabe de qué va la vida. Sin embargo es complejo responder, porque si bien entiendes la cuestión que se plantea, puedes llegar a hacer un cálculo simple y aproximado del dinero que la poesía te ha dejado en estos escasos años fuera del huevo de tu cuarto.

Yo he llegado a pensar que quizá me hubiese dado para comprar el billete de ida y vuelta a París que, en su mente macabra, Ryanair hubiese imaginado más barato y estrambótico, hospedarme en un extrarradio con cucarachas y pasarme una mañana viendo pasar la vida con el café frío de La Paix e irme corriendo sin pagar los doce euros para pensar que ese estaba siendo el momento en el que más vivo me había sentido jamás. Primera respuesta aclarada, de la poesía se puede vivir.

Lo de comer es otro asunto, haciendo el mismo ejercicio, he llegado a calcular que si hubiese reunido el dinero que la poesía me ha arrojado y me lo hubiese gastado en kilos de lentejas a granel o macarrones de la marca “Hoy la´mamma no estuvo finna” a lo mejor hubiese llegado hasta hoy con un par de comidas al día, por lo que posiblemente podría decir que sí, que de la poesía se puede comer.

Siendo un poco más graves y ajustándonos el nudo de la corbata de los hombres que que van a decir cosas serias como:
Futuro
Tantos por ciento
Maletero más amplio
Comemos con mis padres o
Tráigame la cuenta,

diría claramente que no se puede vivir ni comer escribiendo poesía, que habría que venderse un poco, que habría que saber venderse otro poco, conocerte el color de los tobillos o los centímetros de la garganta, llamar a puertas frías, saber quién es quién y con qué hilo está haciendo bailar a media ciudad, y aun así, ni eso.
En este circo de feria, el número más complicado de la noche lo tiene sin duda aquel que se ve en la necesidad de salir a explicarle al público las cosas pequeñas, eso de que a veces una reseña, un artículo, una felicitación por privado, un asombro que no sabías, te hacen sentir vivo como un potro o un boxeador inexperto, rico como un poeta que acaba de cobrar.

gracias al poeta Manuel González Mairena por ESTA RESEÑA DE HERMANOS DE NADIE

y a Sonia Domínguez por dibujar ESTE RECORRIDO POR LA POESÍA EN SEVILLA
y por ESTA ENTREVISTA

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