jueves, 23 de abril de 2015


TODOS soñamos siempre nuestro crimen. Todos pensamos un crimen perfecto, decisivo, como se
piensa un poema o un amor. Ese crimen que completa o libera nuestra vida. Todos soñamos siempre
un crimen, lo soñamos despiertos, lo perfeccionamos día a día, durante años, siglos, cerca o lejos de
la víctima.
Y afilamos cuchillos, sacamos navajas o tijeras a la luz de la luna, imaginamos armas muy
brillantes que hermosean la muerte, un estampido de silencio o un lento filo de oro navegando las
aguas de un cuerpo, hasta dar con la proa en el corazón.
Todos tenemos nuestro crimen larvado, político, nuestro viejo proyecto, un último gesto de odio
acuñado con amor, una tranquila decisión violenta, ese cuerpo que ya flota, como enorme magnolia
o rota luna, en el agua agazapada del estanque, agua que se retira como sangre, como animal herido.
Vivimos nuestro crimen, lo pensamos despacio, vamos cambiando de proyecto, o insistiendo en
lo mismo, ultimando detalles como un novelista. Crimen cuyo motivo ya hemos olvidado, hay que
matar a alguien muy concreto, no sabemos por qué, cambia el motivo pero no la víctima. Y eso es
lo que hace obsesivo y sagrado nuestro crimen: que vamos depurando un cadáver viviente gracias a
las afrentas sucesivas, inventadas. No hay nada que vengar, el tiempo ejerce sus sutiles venganzas,
pero el muerto tiene ya cara de víctima, su existencia, su roce con nosotros, el espacio que ocupa en
la noche o el día, mansamente, es una provocación, un signo, es una muda invitación al crimen.
Todos tenemos una víctima. No sabríamos vivir sin ella. Y el tramar ese crimen, las noches
desveladas plateando metales, las dagas imposibles del bellísimo crimen, todo eso es lo que nos va
matando, de lo que vamos muriendo. Moriremos de nuestro propio crimen, jamás consumado.
Anacrónico.

Francisco Umbral
Cuadro: detalle de La muerte de Marat, de Jacques Louis David

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