miércoles, 4 de marzo de 2015


Al montón de huesos y fluidos, de tendones y músculos, esa casquería grave que nos une y no nos permite disgregarnos fatalmente, deberíamos añadir los azares y las geografías que también nos forman.
Perdí una pluma, la primera que compré y siempre llevaba encima, me gustaba palparla, meter la mano en el bolsillo y creer que era un revólver con el que algún día mataría a alguien de un poema en la frente. La dejé junto a la taza de café vacía una mañana, al día siguiente pregunté a la camarera, pero me dijo que no había visto nada. Aún hoy me gusta imaginar que la guardó en el delantal y después la llevó a su casa, intentó escribir algo: medio kilo de plátanos/llamar al dentista/preguntar por la tía Sofi y luego la encerró en un cajón donde a veces la ve cuando busca pilas y se arrepiente de no habérmela devuelto, se llama a sí misma urraca!, urraca! y se muerde el labio hasta que sangra un poco de culpa y luego pone la radio para ducharse.
Hace unas semanas, a unos metros del lugar donde olvidé mi pluma, encontré en el suelo una navaja, cuando la abrí pude ver que el desgaste de años de afilarla le había abierto en la hoja una boca, una suerte de luna menguando en el acero. Recordé a mi tío que usaba una igual con la que cortaba primero tocino salado y después una manzana.
Pensé que el mundo me estaba pidiendo que pasara a la acción, "deja de escribir y mata a alguien de verdad". A cambio de eso va siempre conmigo. A veces la abro unos segundos y hago cuervos y brazos debajo de la bombilla del escritorio, otras sólo la toco bajo la ropa, la llamo azar o coordenada. Sonrío un poco al creer que llevo toda la historia de la humanidad doblada en el bolsillo.

Iván Onia Valero

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