miércoles, 20 de junio de 2012

Anfield Stadium


Mi voz es hilo de esa voz que canta en Anfield
You´ll never walk alone,
aunque todos estamos solos
y somos una multitud de unos que suman uno:
un alma falsa.
Y el canto que cantamos es el hacha
que quiebra el mar helado que cada uno lleva dentro.

Por la mañana el aire se tiñó con luz cerveza
y mi padre me dijo que ganaríamos seguro,
me dijo no tengas miedo y sin que nos hayamos percatado
-espléndido truco de un mago que convierte el naipe en
sábana-
han pasado treinta años
y una sucesión de extraños saludándonos en los espejos
fueron irguiendo algo así como una biografía.

Aquí en la grada nos damos abrigo:
células rojas de la muchedumbre
bajo la bóveda de un cielo sin dueño.
Aquí cada cual viene con su barro ensuciándole las botas,
sus recuerdos barajados en duermevelas anchas,
sus bolsillos llenos de cosas que no pueden compartirse,
más solos que la una.
Y cada cual agrega
su voz al gran caudal de voces
que lanza el himno al aire antiguo del estadio:
Nunca caminarás solo.

Ah si fuera verdad que no caminaremos nunca solos.
Que la mano de alguien sacará de nuestros bolsillos algo
que le valga
mientras nuestra mano busca en los suyos alimento para
un día.
Si fuera verdad que el espejo se llenará de algo más que
mera biografía,
una verdad contundente contra la extrañeza
de poseer una mirada que no ha envejecido
mientras envejecía todo lo demás.

Pasaba tanto el sol en nuestra infancia
que era como si alguien hubiese colgado una tela de araña
en el aire,
y había kiosqueros sordos que de noche desataban los
periódicos,
negra palabrería para ciegos,
donde leíamos las hazañas del delantero Apollinax,
nuestro ídolo,
al que cuando la muchedumbre le escupía sus insultos,
le daba por reírse como un loco o se quedaba quieto,
negándose a jugar.
Su cromo era difícil, uno de los más cotizados:
se lo cambié a Megara por treinta repetidos.
Sí, caminaba solo.

Y ahora mi voz es hilo de esa voz que canta en Anfield,
You´ll never walk alone,
y soy parte de la multitud que escupe o que celebra a
nuestros chicos.

Al delantero centro Apollinax
habría de matarlo la prosa de percusión de los periódicos
que kiosqueros sordos nos vendían frotándose las manos.
Mi padre fue a su entierro,
la multitud cantó you´ll never walk alone.
Y ahora ya nadie recuerda sus hazañas, sus desplantes.
su cromo es ya una pieza para coleccionistas.

Claro que estamos solos.
En trenes subterráneos, míranos,
machacados los sesos por la prosa de percusión de los periódicos,
sin un halo de santidad en las miradas,
camino de sus bosques cada cual,
donde nos aguardan las hienas del día laborable,
los paréntesis en los que nos construimos
un sueño a la medida de quienes fuimos.
Llevamos en la nuca la mirada de quienes no pudimos ser.

Yo quise ser Mr. Apollinax cuando era chico,
el delantero que se hacía estatua cuando Anfield le reñía.
Mi padre me regaló su camiseta con el número 9 por mi
cumpleaños,
y ahora soy sólo hilo de esa voz que canta
-y cree de verdad mientras lo canta-
que no estaremos nunca solos,
aunque saldremos de aquí y cada cual
manchará sus botas con el barro de los parques de regreso a casa,
con las manos hundidas
en los bolsillos llenos
de cosas que no pueden compartirse.

Juan Bonilla

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