martes, 7 de febrero de 2012

Conjetura para Chopin


Ahora, que su memoria, lentamente,
se esculpe con materia de olvido;
ahora que su nombre se adhiere a los legajos humanos
para florecer en sombrías gargantas
que no han nacido todavía;
ahora que aquellos valses, la nevada hoguera,
los hijos de su cráneo que tiritaba de pasión,
cubren carrera al paso reflexivo y oscuro
de generaciones futuras;
ahora que comprendemos, desde el fondo
de nuestra lóbrega sustancia, el miedo,
que un hombre nace y, por sufrir,
sigue naciendo durante siglos
que no obstante
hasta su memoria se agota de la vida
y se cierra;
ahora,
inclinémonos a esa tumba,
contemplemos ese mármol soberbio,
esa impostura que asegura preservarlo
y pensemos que aquel cerebro sofocado
conocía su suerte más allá de su fama
y que su corazón discutía con el río de siglos
que iba a arrastrar a su inmortalidad
hasta el olvido poderoso
y que sus dedos, en el piano, creían golpear
pequeños catafalcos de los hijos de los hijos,
lápidas negras y lápidas blancas al otro borde del futuro;

pensemos
que aquella criatura de pánico indomable
vivió un tercio de siglo
pero que hozó la humanidad entera
desde el origen acorralado de leyendas
hasta ese fin del tiempo que se pierde en la idea
como un eco lejano de pasos en el cráneo;

pensemos
que aquella criatura vio, sentado al piano,
el silencio de los destinos,
la caída de los grandes al abismo
en donde el grito de victoria,
errante, se desnutre y se apaga,
la prescripción de todo hombre, ejecutada
con una atroz monotonía;

y ahora, deduzcamos
que aquel muchacho, Federico,
el polaco que supo
desenfrenar la nada que deambula
en la caverna de nuestro corazón,
ni fue de amor únicamente
de lo que fabricó su bloque de catástrofe,
no fue de enfermedad tan sólo
de lo que su quejido se echó a andar
como un ciego solemne en un jardín deshabitado,
sino que la mirada de su horroroso raciocinio
había asistido a la agonía de los inmortales
y con esa visión tatuada en sus ideas
miró el papel pautado y
tal vez llorando
definió la grandiosa desdicha de nacer sin destino.















Félix Grande
Audio: Vals en mi menor Op Postumo. Frederic Chopin.

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