miércoles, 28 de diciembre de 2011

La enfermera

Entre sus dedos las heridas eran
serpientes moribundas.
Me dejé disparar
tanto como fui vida vertical,
tanto como las balas resistieran
la cuna de mi cuerpo,
las cruces de mi suerte.
Muchas veces noté su oficio blanco
hurgando bajo mi costillaje
como aquel que persigue un pájaro herido,
leyéndome las tripas,
sellando todas las bocas que llaman
a la muerte con un idioma rojo.

Un soldado que se enamora en la batalla
ama sin saberlo el fusil equivocado.


Cuando todo acabó nos regresamos
en silencio a los que creímos que éramos
antes de emprender este vuelo,
pero la guerra planta en la cordura
la semilla azul de la desmemoria.

Hubo trompetas en el puerto y besos recorriéndonos los dientes
del mismo modo que las lagartijas trepan la cal del verano.

Fue entonces que empecé a extrañar el barro
que se queda en la carne y su caricia
al separar metralla y piel hendida,
ese país sin mapa llamado azar
en la lucha o valor en las medallas
que cuelgan una mentira sobre el pecho.

Extrañé su cruz roja y la aduana
de sus manos, por las que fui saltando
desde los territorios de la muerte
a esta parte de la frontera:
campo con luz de sangre donde
volver a ser un hombre herido.


















Iván Onia Valero

1 comentario:

  1. Me fascinan el tono y el ritmo que tienen tus versos.

    Este tiene un hermoso desarrollo y un final rotundamente lírico.

    Felicidades.

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